20. Legados #3
Vasilak se movió inquieto, sintiendo la mirada dorada de la chica en él.
—Me preguntaba cómo cojones llegaste hasta allí..., y he tenido que estar al borde de la muerte para averiguarlo. Eres una de ellas .
Neve tragó saliva sin parpadear. Ante el prolongado silencio, Vasilak prosiguió con su avalancha de palabras, sin poder detenerse.
—Y si es cierto que tan solo se ve el reflejo cuando está bajo el agua, y yo te vi a ti, que fuiste lo último que estuvo frente a él, ¿qué fue lo que viste tú?
La capitana negó con la cabeza secamente, apretando los labios.
—No estoy segura —contestó al fin.
—El hecho de que seas una de ellas incluye también que seas una mentirosa consumada, supongo.
—Ser una de ellas ha hecho posible que te salve la maldita vida y que tu hija no se haya quedado huérfana, ¡puto egoísta desagradecido!
»Esto es una mierda —escupió Neve, sin darle tiempo a Vasilak a replicar ante tal exabrupto, y fue a apoyarse en el filo de su escritorio, negando con la cabeza—. ¡Una gran jodida mierda!
—¡¿Para ti o para mí?! —indagó él con la misma rabia.
—¡¡¡Para ambos!!! —Furiosa, lanzó el vaso vacío que había sobre la mesa y lo estrelló contra el suelo frente a él—. Este pacto, todo esto, ¡¡¡todo es una jodida mierda y no sé cómo narices acabar con ello!!!
No iba a llevarlos a ninguna parte. Discutir así, gritarse, desahogarse el uno con el otro.
Pero lo necesitaba, necesitaba saciar ese afán de igualar la balanza de poder con ella.
El hecho de haber estado a las puertas de la muerte y de que Neve se lanzara al agua para rescatarlo le había hecho perder credibilidad ante los demás; la imagen que llevaba años trabajando, esa de Demonio del Mar invencible, parecía haberse desvanecido en un instante.
Por lo visto, Neve O’Shea era la única con el poder suficiente para resquebrajar el pétreo espíritu del capitán.
Y le reconcomía. Hería su orgullo e insultaba a los suyos, a su tripulación, a su flota. Ya no se trataba de cómo eso lo hacía sentirse respecto a sí mismo, sino de las consecuencias que tendría para todo aquello que llevaba sobre sus hombros...
—Si lo que te preocupa es que vaya contando esto —dijo ella, como si le hubiese leído el pensamiento—, ahórratelo. Si crees que voy a contarlo, estás muy equivocado.
Tenía que cambiar de tema. Distraerse. Pero no pudo evitarlo, la pregunta danzaba en la punta de su lengua:
—¿Me sacaste del agua por Ivette?
Neve torció los labios y chasqueó la lengua antes de contestar.
—¿Aparte de por cumplir el pacto que hicimos en Cráneo Negro? Sí. Fue por ella.
Todo eso lo pilló desprevenido.
—¿Por Ivette?
—Sí. Y no preguntes más respecto a ese tema. He conseguido que, por ahora, puedas volver a reunirte con tu hija algún día.
—¿A qué te refieres con «por ahora»? —inquirió, pues sus palabras habían sonado como una amenaza y sus sentidos se pusieron aún más en alerta.
—El ataque que hemos sufrido no es nada comparado con lo que nos puede caer encima. Gracias a mis «habilidades», sé que no están lejos. Había notado que nos seguían hacía días, pero parecían inofensivas.
»Cuando te he salvado, me han dejado saber qué quieren.
—El trozo de espejo.
Neve asintió, cerrando los ojos y resoplando.
—Entonces..., ese espejo es importante. Tal vez que lo encontráramos no fue casual.
Algo en la mente de Vasilak mutó, como si aquella información le hiciese cambiar el objetivo de la conversación que mantenía con Neve, pero también consigo mismo.
Ese trozo de espejo era clave.
—Que lo fuese o no es irrelevante. Nos topamos con él, lo encontré y me lo llevé. Y, sí, fui en mi otra forma a investigar el lugar, pero lo que os conté era la verdad —le aseguró, y Vasilak la miró a los ojos—. Aunque me dio la sensación de que era...
—De que era ¿qué?
—Una cárcel. Como si la persona que vi en el espejo fuese una prisionera.
—¿«Una»? ¿Una mujer?
—Me lo pareció. Tenía una de esas bellezas sobrenaturales, pero no era una sirena ni tampoco una nereida. No sé muy bien cómo explicarlo.
—¿Cómo? —Extendió la pregunta al ver la confusión en el rostro de ella—: ¿Cómo es posible que seas... esto?
Sus hombros se tensaron de repente y notó que se ponía a la defensiva, como levantando un escudo a su alrededor.
—Lo soy y ya está.
—¿Hay más como tú? —No pudo evitar la pregunta.
—¿Sirenas que puedan convertirse en humanas y viceversa? No. Ahora soy la única.
De pronto Vasilak recordó algo que había dicho, algo que ponía en peligro a Garret, a Arendar y a él mismo.
—Las nereidas volverán a atacar.
Neve asintió secamente.
—Es lo más probable. Y no sé cómo lo harán esta vez.
—¿Tienes carboncillo y un pergamino en blanco?
Neve, extrañada, asintió y rodeó su escritorio, abriendo un cajón del que sacó lo que le había pedido.
Vasilak lo cogió e, inclinándose sobre la mesa, dijo:
—Describe lo que viste en el espejo.
—¿Qué vas a hacer?
—Manualidades. —Señaló el pergamino vacío que tenía delante y levantó la mano que sostenía el carboncillo—. ¿A ti qué te parece?
Neve resopló, pero, asintiendo con la cabeza como resignándose, comenzó a describir con detalle lo que recordaba.
—Era una mujer. Cabeza menuda, fino y largo cabello liso de color blanco.
Tenía la tez más pálida que he visto nunca, similar a su pelo, y sus ojos eran lilas, alargados y algo rasgados.
Tenía la nariz ancha y los labios gruesos, pómulos marcados.
Solo pude ver del pecho hacia arriba, pero parecía vestida con una túnica de color azul claro. No paraba de decir...
—¿Hablaba? —No dejó de dibujar, sin mirarla y centrado en el dibujo. Sentía los ojos de ella sobre sus manos.
—No. Más bien diría que era como un recuerdo. Un recuerdo que no paraba de susurrar «Sácame de aquí». Por eso llegué a la conclusión de que aquella especie de isla flotante era una prisión. La cuestión es si ella logró escapar.
—¿Era algo así?
Le mostró el retrato que había esbozado. Hacía tiempo que no dibujaba y se había notado un poco oxidado, pero cierta satisfacción inundó su pecho cuando Neve agarró el pergamino con fuerza con expresión anonadada.
—¡Sí! Tiene un gran parecido. Es casi idéntico. —Se tomó un momento para observar el retrato y luego murmuró, tal vez para sí misma—: ¿Qué relación tendrá todo?
—Tenemos que hablar de esto con los demás. Entre todos podríamos hallar respuestas.
—Respuestas, ¿a qué? Lo que tenemos que encontrar es la Séptima.
—¡No tenemos ni idea de lo que es! Y esto podría estar relacionado con nuestra misión, y lo sabes. Me apuesto diez nokdrils a que lo has pensado.
—Primero intentas estrangularme y ahora me vienes con apuestas. Estás hecho un lío, Rackstorm.
No le faltaba razón, pero jamás se lo reconocería.
—¿Sabes lo que más me jode de todo esto? ¿Cómo diablos hemos pasado de que intentases matarme a salvarme de la muerte? Te debo la vida.
Neve se giró, su suelto cabello moviéndose alrededor de ella, y encogiéndose de hombros declaró:
—Ahora me debes tres favores. Y, te lo advierto, algún día me los cobraré.
—No esperaba menos de ti, serías tonta si no lo hicieras..., y no me cabe duda de que eres muy lista para lo que quieres.
—Exacto —declaró ella. Vasilak frunció el ceño, pero no replicó—. Debemos hablar con los demás. Y lo haremos ahora. Tenemos todo el día, así que aprovechémoslo. Lo que pasará cuando caiga la noche me es desconocido.
«Y te pone de los nervios —quiso acabar él por ella—. Igual que a mí».
—Pero no voy a revelarles a los tuyos lo mío —prosiguió la capitana del Luz del Alba —. Que tú lo sepas no significa que ellos tengan que saberlo, no al menos mientras pueda elegir.
—Pero si te descubren como yo lo he hecho —dijo con seriedad—, no quiero que me eches la culpa de nada.
—No te echaré la culpa si no me das motivos, Rackstorm. —Lo amenazó de esa manera a la que el capitán del Indomable ya se estaba empezando a acostumbrar.
Neve pasó por su lado, dirigiéndose al escritorio, y Vasilak percibió su aroma, que impregnó por completo sus fosas nasales muy a su pesar.
¿Sería uno de sus trucos de seducción de su parte sirena?
¿Sería consciente de ello?
¿O tal vez solo era su olor y el cansancio le estaba haciendo llegar a conclusiones descabelladas?
—Ahora, siéntate. —Le señaló el sillón que había frente al escritorio y ella se dejó caer en su butaca—. Hablemos de lo que le diremos a nuestra querida tripulación.
Sage elevó un mudo agradecimiento al ver que no tendría que deshacerse de sus rastas, un símbolo que la había acompañado durante tantos años que no se recordaba llevando el cabello de otro modo.
En ese momento, recién levantados tras unas pocas horas de descanso y con la inmensa capital frente a ellos, Bernher negociaba con la gente del puerto de Serídea.
Dejó sus ropajes bien doblados dentro de una bolsa que el capitán del Wendy se encargaría de proteger hasta su vuelta y empezó a vestirse mientras Raven, fuera, en la puerta, vigilaba que nadie se acercase al castillo de popa, donde podían cambiarse con intimidad.
Sage agradecía ese instante de paz y soledad antes de iniciar la «misión», como Bernher la había llamado.
Sus uniformes eran austeros y sencillos, el típico de los trabajadores domésticos: una camisa gris ajustada al cuerpo, unos pantalones de un tono gris algo más oscuro y zapato plano, algo a lo que Sage no estaba acostumbrada.
Examinó sus botas, altas, de tonos marrones, con cordones y un poco de tacón.
Muchas veces, las demás le habían preguntado cómo podía estar todo el día con ellas puestas, incluso para luchar.
Lo difícil para Sage era pensar que tendría que prescindir de manera indefinida de ese calzado, estar sin esas botas que formaban parte de su esencia, que eran su marca personal.
Terminó con su transformación quitándose los pendientes, la nariguera y el piercing del ombligo, y lo guardó todo junto a la ropa.