20. Legados
Legados
La muerte le daba la bienvenida con un beso.
Con su aliento. Sin embargo, todavía le quedaba un hálito de vida, pues sintió su calor, sus brazos fuertes pero delicados sujetándolo para evitar que se hundiese en las profundidades.
Las horribles risas que lo habían atormentado mientras peleaba por sobrevivir se desvanecieron, y solo quedó esa luz que iluminaba sus párpados cerrados y su calidez y su aliento.
Vasilak se atrevió a abrir los ojos y hubiese reaccionado de no ser por el cansancio, por la manera en que su cuerpo estaba luchando por mantenerse vivo.
La vio clara como un amanecer.
El agua había perdido ese aspecto borroso y pudo distinguirlo todo, incluido el destello dorado que rodeaba como un halo el cuerpo de la sirena, las manos membranosas que lo sujetaban por los brazos, los cabellos como tentáculos que flotaban en torno a su rostro como si levitaran.
Vasilak parpadeó y, cuando su visión volvió a ser nítida, se fijó en sus ojos.
Dudó un instante, pues, aunque no eran los mismos que había visto ya tantas veces, reconoció la forma en que se movían y su color, igual tanto fuera como dentro del agua, con un toque etéreo y un magnetismo inevitable.
Las manos de la sirena subieron a sus mejillas y comprendió que ella no sabía que había recuperado la conciencia: le escrutaba el rostro con una expresión preocupada que le parecía extraña pero también conocida, familiar.
— ¿Vasilak? ¿Me oyes?
No había movido los labios, pero su voz resonó en su cabeza...
aunque de un modo distinto a otras veces.
Era un oscuro hábito suyo repetir las conversaciones que mantenía con la capitana, repasar mentalmente las palabras que intercambiaban en busca de vulnerabilidades, flaquezas, grietas que le diesen acceso a los secretos que ella le ocultaba.
En ocasiones creía saber mucho de Neve O’Shea, y en otras la percibía como un misterio absoluto que estaba dispuesto a desentrañar.
Reconoció todo de ella a pesar de su marino aspecto y, esperando la reacción más obvia ante algo así, se sorprendió al no verse invadido por el pánico, un pánico que sí había sentido hacía unos instantes, cuando lo había asaltado la última imagen que tenía de Ivette, con lágrimas en los ojos, rogándole que no se fuera porque sabía que tal vez no volvería. Era joven, pero no ingenua.
Lo que lo invadió fue distinto.
Un sentimiento de posesión que jamás había experimentado antes.
Un anhelo que lo empezaba a consumir.
Un deseo que ni en mil años pensó asociar con ella .
Quizá eso era la muerte, una mera alucinación.
Se movió, aferrándose a los brazos de la criatura, pero incapaz incluso de deletrear mentalmente su nombre, aunque no hacía falta, sabía que era ella.
No entendía cómo ni por qué, pero lo sabía.
Agarrado a ella, empezó a boquear, falto de aire, y, una vez más, la alarma se instaló en el rostro de Neve.
«Neve».
¿Neve lo estaba salvando?
Ella acercó su rostro, con los labios cerrados.
Neve lo besó.
Lo estaba besando.
Lo estaba salvando.
Notó cómo le abría los labios con habilidad y la aceptó, esta vez ciñendo con sus brazos la cintura femenina. El tacto le resultó extraño pero reconfortante, hasta el punto de que la desazón de su pecho comenzó a menguar con ese beso.
¿Cómo era posible?
Sintió aquel soplo prestado entrando en su cuerpo y sus pulmones dieron la bienvenida a aquel aliento que volvía a rescatarlo.
Su boca era suave, sus labios, gruesos, y, cuando fue a separarse, el pirata no pudo evitarlo.
Sentía en lo más hondo que si la dejaba alejarse moriría, y no quería volver a sentir esa ansia de nuevo.
La arrimó a él, casi olvidando que estaban bajo el agua fría y oscura, luchando contra unas criaturas que habían huido despavoridas.
Ajeno a todo, movió los labios sobre los de Neve, deseando más vida, deseando más aire. Deseando volver a recibir ese regalo.
Esperaba que ella lo apartara, pero no. Tal vez confundiendo su curiosidad con desesperación, pues él mismo ignoraba qué lo llevaba a actuar de aquel modo, Neve O’Shea le devolvió el beso con pasión.
Él la estrechó con más fuerza, pero ella le soltó la cara y deslizó una mano hacia su nuca mientras la otra bajaba poco a poco por su pecho hasta posarse en la cicatriz que tenía sobre el corazón.
Los rostros se movieron apenas en aquella caricia íntima y notó las garras de la sirena clavándose en su cuello y en su pecho, una mezcla entre advertencia y placer cruzando por su mente.
Apretó más sus labios contra los de ella y, de alguna manera, sintió la reverberación en el pecho de Neve, una combinación de sorpresa y bienvenida que le hizo arrimarla más a él, sus cuerpos pegados el uno al otro, la garra de ella sobre su corazón mientras era arrastrada por el éxtasis del momento.
«Neve».
Su nombre era lo único que podía pensar con coherencia, lo único que tenía sentido en su mente.
De repente ella se apartó y el frío que dejó su ausencia fue como una cuchilla.
Vasilak abrió los ojos y detectó alarma en el rostro de ella.
Sus ojos, en ese tono ámbar tan familiar, lo miraron de arriba abajo para luego inspeccionar el entorno, como si, distraída en su intercambio, hubiese olvidado toda prevención.
El brillo de su cuerpo se apagó y, cogiéndolo por debajo de las axilas y evitando mirarlo a los ojos, ascendieron despacio hacia la superficie.
Vasilak se atrevió a mirar hacia las profundidades, pero no vio a las nereidas que habían atacado el barco, sino a las aliadas de Neve; estaban allí y, aunque no supo si habían presenciado lo que acababa de pasar, supo que bajo el mar estaban protegidos.
Al llegar arriba, justo antes de emerger a la superficie, Neve lo soltó y se apartó de él, dándole la espalda. Vasilak se giró para observarla.
Tuvo claro que lo que vio fue en contra de la voluntad de la chica.
Lentamente, su forma fue cambiando, hasta que la cola y los tentáculos, junto con las escamas, desaparecieron y la Neve que conocía volvió a aparecer ante sus ojos.
Enfrentándolo de nuevo, ambos se miraron durante un largo instante y, con un gesto que pareció un suspiro, la capitana del Luz del Alba fue la primera en salir del agua.
El encuentro tendría lugar en alta mar. Volver al Indomable había requerido dejar a Zach y Lía atrás y, en ese momento, los cuatro piratas se dirigían al punto de reunión, donde el navío de Bernher los esperaba.
Aunque se hallaban cerca de la costa, en aguas poco profundas, navegaban sin luces.
El cielo nocturno estaba despejado, por lo que la luz de las lunas, ya en fase creciente, era más que suficiente.
Raven se había apoyado en el palo mayor, mientras algunos tripulantes se encargaban de que el barco avanzara de forma fluida. En el timón, Nasir y Barak parecían mantener una conversación un tanto íntima, por lo que la espía apartó la mirada, suspirando.
—¿Y ese suspiro? —Raven sonrió al oír la voz de Sage, que apareció frente a ella estirándose—. Estoy reventada.
—Pues aún queda bastante para que nos vayamos a dormir.
—Nunca he estado en la capital, la verdad. —Los ojos de Sage se perdieron en el mar, y también se apoyó en el mástil—. Y la idea de cambiar mi apariencia para disimular no me mola nada.
—Es el trabajo de los espías, y más en este tipo de situaciones.
—Creía que espiar era esconderse bien y recabar información.
—Es mucho más complejo. Hay diferentes tipos de espionaje y el que vamos a llevar a cabo es de los más complicados.
—¿Qué me recomiendas, entonces?
Raven la miró y le mostró una mueca dulce.
—Actúa con naturalidad. Se nota cuando alguien finge ser quien no es de forma exagerada. Y respecto a la actitud, tómatelo como una parada temporal: imagina que el barco se ha transformado en un palacio amurallado y que debemos encontrar lo necesario en ese navío terrestre extraño.
—¿Navío terrestre extraño? Menudo vocabulario el tuyo..., pero sí. Creo que es una buena perspectiva.
—¿Te ha molestado?
Raven rozó su meñique con el de la artillera, que lo aceptó entrelazando el suyo con el de la espía.
—¿El qué? —dijo Sage, fingiendo no saber de qué hablaba.
—El comentario de Zach y Lía.
Esta vez, Raven se separó para mirarla a los ojos y vio que la Sage por lo general divertida había desaparecido.
En ese instante, una más vulnerable e íntima se mostraba ante ella.
Era una faceta suya que había descubierto meses atrás y, aunque solo había podido disfrutar de ella en contadas ocasiones, no tenía la intención de dejar de hacerlo cuando le fuera posible.
—Sabes que fue hace mucho tiempo y...
—Sage, somos libres de hacer lo que queramos —le aseguró Raven, y lo decía de verdad—. A no ser...
—Ya te dije que no ha habido nadie más. No desde nuestra primera noche.
Raven intentó controlar el aleteo que creció en su pecho e, inclinándose hacia ella, susurró:
—Entonces te dejaré saber que, por mi parte, tampoco ha habido nadie más.
Vio cómo Sage se sonrojaba, sus labios se separaban y sus ojos lanzaban una mirada fugaz a sus labios.
Raven frenó sus impulsos como nunca.
—Entonces, esto, ¿es exclusivo? Quiero decir...
—Si necesitas denominarlo así, de acuerdo. Tenemos «exclusividad».
La artillera sonrió de medio lado y se mordió el grueso labio.
Raven tuvo que respirar hondo y luchar todavía más contra sus instintos para no morderlo ella misma, llevársela a la habitación y demostrarle lo mucho que la echaba de menos.
Se limitó a coger su mano con delicadeza y regalarle la mayor de sus sonrisas.
Sage apartó los ojos y miró detrás de ella, por lo que se obligó a soltarle la mano y se giró para ver a Barak.
—Hemos avistado un barco —dijo entregándole el catalejo a Raven— y necesito que me confirmes que es el de tu contacto.
Ella asintió y, apuntando hacia donde Barak le había señalado, cerró un ojo y examinó con el otro el horizonte. Al cabo de unos segundos, la embarcación entró en su campo de visión y leyó en la popa, escrito en grandes letras, el nombre del navío.