La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 19. Nereidas #4
47%

19. Nereidas #4

Apremiada por el temor y la adrenalina de la lucha, Neve se detuvo a pocos metros de ellas, pero estaban tan ensimismadas en su tarea que solo una llamada conseguiría captar su atención.

— Soltadlo.

El pensamiento llegó a todas, que se giraron de inmediato hacia ella. La nereida que había iniciado el ataque, la de los cabellos blanquecinos, que sujetaba a Vasilak desde atrás, sonrió de medio lado, sus claros ojos negros bajo el agua.

— Sin tus espadas no eres tan intimidante, O’Shea. ¿No te hacemos un favor? Se supone que es tu enemigo. Incluso bajo las aguas, los rumores terrestres y las aterradoras historias llegan a nuestros reinos.

— A diferencia de vosotras, los humanos seguimos cierto código de honor.

— Ahora no luces muy humana ante nuestros ojos. Pero... tal vez te lo devolvamos vivo, después de aparearnos con él. Sin duda... —hizo una pausa para mirarlo de arriba abajo, pasándose la lengua por los dientes afilados— es un bombón.

— Habéis atacado el barco hoy, después de días siguiéndonos. ¿Por qué? ¿Qué queréis?

— Sabes lo que venimos buscando, ¿no es así?

— ¡¿Qué queréis?!

— Devuélvenos el trozo del espejo. —La miraba con odio y hablaba con asco, como si la mera idea de que aquel objeto hubiera acabado en manos humanas la llevase al extremo—. Devuélvenoslo y lo dejaremos en paz.

La capitana del Luz abrió mucho los ojos, sorprendida ante lo que le pedían...

Eso que ella había rescatado la noche de lunas nuevas, donde había visto aquel extraño reflejo.

El secreto que compartía con Vasilak.

— ¿Ese trozo de cristal opaco? ¿Eso es lo que queréis?

— Es un insulto que lo llames de ese modo, pero sí. Dánoslo y os dejaremos en paz.

No le quedaba tiempo. Tenía que sacar a Rackstorm de allí. Tenían que volver a la superficie.

«Te lo tienes merecido... por intentar matar a mi padre».

La voz de Ivette inundó sus pensamientos, y el efecto que tuvo en ella hizo que aquella familiar vibración naciese en el centro de su pecho. Una especie de luz.

«Luz. No soportan la luz».

Neve se percató entonces de que ella misma podía convertirse en el punto débil de las nereidas, lo que también implicaría exponer algo que jamás había usado antes.

Algo que ella misma se había prohibido tocar.

El recuerdo vino a ella, y la lucha interna se intensificó, por lo que debía tomar una decisión. Y debía hacerlo ya .

«Es un don extraordinario, cielo. Pero úsalo solo si ves que la muerte tiene posibilidades de ganar».

Una pequeña esfera de luz nació en su pecho, y sus enemigas no tardaron en comprender lo que se les venía encima.

— Creo que esta noche me quedaré con el cristal y con el capitán que lleváis con vosotras.

— No te atreverás —gruñó una de ellas.

— Ya te digo yo que sí.

Fue un estallido como ningún otro, una descarga que la atravesó por completo.

Se originó en el fondo de su pecho, de una forma tan dolorosamente familiar y a la vez placentera que supo que, si la usaba esta primera vez, vendrían más, y que tendría que luchar contra la tentación de volver a utilizar la mortífera y desconocida arma con la que había nacido.

La luz se extendió desde el centro de su ser hasta cubrirle todo el cuerpo.

Toda ella era un faro letal.

Cuando lanzó el ataque, Neve gritó bajo el agua y cientos de burbujas le salieron de la boca. El haz de luz salió de ella, un fulgor como el de un amanecer de verano que iluminó las aguas de tal manera que las nereidas se apartaron espantadas.

Siendo criaturas de las profundidades, tenían esa debilidad: solo podían atacar por la noche, en la oscuridad; solo entonces tenían potestad para actuar en el exterior.

La luz pura era su talón de Aquiles.

Huyeron despavoridas hacia el fondo marino, excepto la cabecilla de cabellos blancos, que se apartó, dolorida, resistiendo para dejarle un mensaje.

Como respuesta, Neve se acercó aún más, con las garras expuestas y su cuerpo volviendo a recargarse de energía para atacar de nuevo, aunque notaba que sus propias fuerzas empezaban a flaquear.

— Sabemos dónde estáis. No tardaréis en caer. Y tú serás la primera.

Un parpadeo después, también había desaparecido, y solo quedaron Vasilak y ella en la inmensidad del océano.

La capitana concentró entonces toda su atención en él. Salvó la distancia que los separaba y tomó su rostro entre sus manos. Vasilak volvió en sí y la alarma sustituyó a su mirada vidriosa. Empezó a debatirse, exhalando decenas de burbujas por la boca.

Aire. Buscaba aire.

Mareada por el esfuerzo, Neve no se percató de que su cuerpo aún brillaba, pero supo lo que tenía que hacer.

— Rackstorm. Rackstorm, ¿me oyes?

No oyó su voz, pero sí su corazón. Cómo perdía fuerza; cómo, poco a poco, el latido se volvía más débil.

De nuevo, la imagen de Ivette cruzó su mente, esta vez junto con el rostro de un Vasilak desesperado despidiéndose de su hija y de su hermana, y su expresión de felicidad cuando estaba con los suyos, con su pueblo.

Sintió un pinchazo en el pecho y, viendo que la superficie estaba demasiado lejos, supo que no llegaría a tiempo.

Era entonces o nunca.

El cuerpo de Vasilak dejó de luchar, sus párpados se cerraron y, exánime, empezó a hundirse lentamente en aquellas temibles e indómitas aguas.

«No me gustaría quedarme huérfana del todo».

Las palabras de Ivette resonaron de nuevo en su mente y trajeron con ellas un dolor y una sensación en el pecho demasiado familiares, demasiado nostálgicos.

Y tuvo algo claro: esa no era una manera digna de morir.

Si Vasilak Rackstorm tenía que morir a manos de alguien, ese alguien era ella .

Nadó para alcanzarlo y, cogiendo su rostro otra vez, lanzó una plegaria.

Una plegaria por él.

Separó los labios, buscó su boca y, abriéndole los labios como pudo, cambió a sirena de nuevo, consciente de que, si mantenía su aspecto humano, ni siquiera ella lograría aguantar consciente.

Retuvo el aire en su boca y, en cuanto sintió que aparecía su cola, que sus cabellos se transformaban en aquellos tentáculos tan familiares y que sus manos humanas se convertían en garras, lo hizo.

Soltó lo más preciado de una sirena: su aliento.

Y se lo dio a Vasilak Rackstorm.