19. Nereidas #3
—Según las informaciones que hemos podido recabar —Zach empleó un tono de seriedad que revelaba que quizá a primera vista parecía alguien que se tomaba la vida demasiado a la ligera, pero que, en realidad, esto solo era una máscara, como muchas otras, que el oficio requería.
En ese momento, metidos de verdad en el asunto, el espía que llevaba dentro salía a la luz—, el encuentro no fue casual.
Harker Rout fue convocado en aquel lugar hace poco más de tres semanas.
»Como ya os he comentado, uno de los guardias que estuvo en aquella reunión forma parte de nuestra red de confidentes. Según nos contó, lo mejor del destacamento real acompañó a Rout en aquel encuentro, que tuvo lugar en una playa remota y virgen situada en la frontera entre ambos mundos.
—¿Cuántos guardias había? —quiso saber Barak.
—No tengo un número exacto, pero nuestro hombre calculó que había por lo menos treinta.
—¡Eso es una barbaridad! —exclamó Sage, cruzada de brazos.
—De ahí se deduce la importancia de esa reunión —añadió Lía, que continuó tras buscar la aprobación de su compañero—.
Como iba diciendo Zach, según nuestros informantes, las nereidas acudieron en representación de su «maestro», quien, debido a su naturaleza, no podía subir a la superficie; es decir, las usó como canal.
»En resumen: las nereidas le ofrecieron algo que Harker Rout aceptó, pero ignoramos de qué se trata porque solo dos guardias, los de mayor rango y cercanía al monarca, lo acompañaban en la orilla. Solo estos dos oyeron esa conversación privada.
—Pues eso es lo que tenemos que averiguar ahora —intervino Raven, su mirada perdida, intentando recrear la escena en su cabeza—: qué pactaron y quién está detrás de las nereidas.
Raven intercambió una mirada con el resto de los piratas y, por primera vez, los cuatro compartieron un secreto: era mejor no revelar a Lía y Zach que ellos ya sabían que el Emperador estaba detrás de todo ese asunto.
Acababan de sellar una especie de pacto silencioso que, de alguna manera, los unía más.
—El próximo paso será infiltrarnos en palacio, y para ello tendremos que hacernos con identidades falsas.
—Nos encargaremos de facilitaros la ropa y la documentación adecuada para que paséis por personal de palacio. Lo único malo... —Lía echó un vistazo a los piratas, que se miraron a sí mismos algo confundidos.
Fue Sage la que cayó en la cuenta de a qué se refería.
—Canta un poco que no somos ciudadanos del continente, ciudadanos de a pie.
—Un pequeño cambio de imagen ayudaría bastante, aunque me encanten esas rastas tuyas —dijo Lía con voz seductora, mirándola de arriba abajo.
Sage obvió el gesto y Raven se percató de que Nasir daba varios pasos hacia delante, posicionándose junto a la artillera, que lo miró con interés.
—¿Cómo llegaremos a Serídea? Necesitaremos otro barco, porque el Indomable no es bienvenido en el continente.
—¿Lo es en algún lugar? —bromeó Sage, arqueando una ceja.
Nasir no hizo caso del comentario, pero a Raven no se le escapó la intensa mirada de rabia que Barak, al fondo de la sala y apoyado en la pared, le dedicó a la artillera.
No lo culpaba; ella misma tendía a lanzar miradas de ese tipo cuando alguien hablaba mal del Luz del Alba o de su tripulación: de su familia.
—Viajar allí con el Indomable resultaría demasiado peligroso.
—La voz de Nasir era rasposa y tenía un ligero acento que a Raven le resultaba extrañamente familiar—.
Habrá que dejarlo en alta mar, lejos de la costa y a cargo del resto de nuestra tripulación.
El único problema es... ¿cómo llegaremos hasta la capital?
La espía intercambió una mirada rápida con sus camaradas y Zach y Lía sonrieron de medio lado. Los demás se removieron inquietos ante la muda conversación que estaba teniendo lugar entre los tres espiones.
—Me encanta cómo compartís la información con el resto —escupió Barak, rompiendo su silencio—. ¿Qué mierda pasa?
—Mañana mismo podemos estar dentro de palacio con la ayuda de un amigo nuestro. Nos llevará hasta Serídea y, a partir de ahí, tendremos que actuar con mucha prudencia —contestó Zach.
—¿Podemos? —inquirió Sage, apoyándose con ambas manos sobre la mesa e inclinándose hacia delante—. ¿Quién os ha dado vela en este entierro?
—Sage —le advirtió Raven.
—Lo digo en serio. Ya será bastante complicado colarnos nosotros cuatro y obtener la información sin levantar sospechas como para que vengan ellos dos también.
—Dio un golpe en la mesa y añadió—: Que se queden fuera de palacio; ellos serán el único contacto que tendremos en el exterior, nos resultarán más útiles en las calles que dentro de los muros.
—Estoy de acuerdo con la artillera —secundó Nasir—. Por nuestra parte, estamos depositando en vosotros una confianza no ganada —se señaló a sí mismo y a Barak mientras hablaba—, por lo que más vale que todo lo que hagamos no sea en vano.
—¿Jefa? —Lía se dirigió a Raven y esta respiró hondo.
Sus argumentos tenían sentido y debía ser así.
No les sería de utilidad alguna que todos fueran a palacio; necesitaba a Zach y Lía en la segunda línea del frente mientras ellos se metían en la boca del lobo.
Chasqueando la lengua, repasó el mapa de la capital del continente y el plano del interior del palacio, tan lleno de detalles, de anotaciones, que, en aquel cuartucho, ocultos de todo el mundo y con el poder de las falsas ilusiones a flor de piel, planificar la incursión incluso le pareció sencillo, aunque supo que les llevaría toda la noche hacerlo.
—Llamad a Bernher. —Las palabras iban dirigidas a los dos espías, que esperaban respuesta con un sosiego fingido que Raven identificó al instante.
Esa misión también los tenía al borde de su asiento—.
Que prepare el barco para esta misma noche.
Partiremos hacia Serídea en cuanto esté listo.
Llamad a la puerta dos veces, pausa de tres segundos, y de nuevo dos veces.
Ambos confidentes asintieron y abandonaron la sala de inmediato, dejando a los cuatro piratas a solas.
—No les has contado que sabemos con quién ha pactado Rout, ¿por qué? —pronunció Barak, sin moverse. Raven sabía que las palabras iban dirigidas a ella.
—Hay información que es mejor no compartir, y esta lo es. Guardaremos ese dato solo para nosotros, ¿entendido?
—Compartimos un secreto —canturreó Sage, negando con la cabeza con incredulidad—. Cada vez hacemos más piña, ¿no es genial?
Nasir enarcó una ceja mirándola, pero Raven no vio frustración en sus ojos verdes, sino... camaradería. Y qué sensación tan extraña le producía a la espía estar viviendo todo eso.
—¿Cómo entraremos en el palacio amurallado, Raven? —quiso saber Barak, que al fin abandonó la pared y se acercó para ponerse al lado de Nasir. Raven no pasó por alto el roce de meñiques que intercambiaron.
Los tres la miraron, esperando respuesta, y el peso de la situación le cayó como un jarro de agua fría: contaban con ella, lo que le otorgaba una responsabilidad y una autoridad en esa misión que le puso los pelos de punta.
Iban a meterse en los dominios de Harker Rout.
Iban a espiar al padre de Índigo delante de sus narices, lo que lo convertía en el trabajo de espionaje más complejo de Raven hasta la fecha.
Y lo más importante era que tenían que salir de allí con vida y cuanto antes para llevar la información a Neve O’Shea.
—Estamos los cuatro metidos en esto, ¿no? —Cogió una de las sillas de la sala, la colocó con un golpe seco junto a la mesa y se sentó—. Tenemos una noche, mapas, cuatro pares de ojos y mentes hábiles para preparar la acometida.
—Somos un equipo —declaró Nasir, cogiendo otra silla.
Sage y Barak intercambiaron una mirada, dubitativos, un gesto comprensible.
Era una locura. Estaban maquinando infiltrarse nada menos que en el palacio del rey con dos Demonios del Mar, lejos del Luz del Alba , de casa, en la trastienda de una tintorería...
Si Raven pudiese contarle eso a su yo del pasado, de hacía unas semanas, la mandaría a la mierda.
Pero todo había cambiado de tal manera que su yo del pasado empezaba a difuminarse como tinta en el agua, y en sus formas imprecisas no podía distinguir dónde comenzaba la nueva Raven que dejaba atrás a la antigua.
Todos ellos eran tinta nueva en un mapa sin precisar dónde eran claves las siguientes pinceladas.
Así que el primer trazo lo había dado ella invitándolos a preparar el ataque juntos, al contrario de lo que habría planeado la antigua espía del Luz del Alba .
Solía trabajar en solitario; así había sido durante gran parte de su vida, pero, de pronto, esa misión le quedaba grande, se le escapaba de las manos...
, y más valía saber cuándo uno no podía abarcar tanto y debía pedir ayuda.
Fue Sage la que acudió al rescate.
—Siempre he sabido que Nasir era el más sentimental de los dos —fue lo primero que dijo, y, cogiendo una silla, se sentó a horcajadas en ella y apoyó los brazos en el respaldo—. Capitán, usted es el último que falta.
Todos miraron a Barak, el líder temporal del Indomable , y, aunque era difícil pensar que él era quien estaba a cargo del navío en lugar de Rackstorm, algo en su mirada y en el modo de moverse le hizo saber a Raven que, en el fondo, estaba hecho para ese trabajo.
—Supongo que será mejor que me ponga cómodo, ¿no?
Cogió una silla, se sentó con el resto alrededor de la mesa y Sage murmuró:
—Morena —Raven hizo una mueca ante ese calificativo—, cuando quieras.
Para Neve, el agua solía ser una aliada con la que contar en situaciones como esa. Pero en ese momento solo era un campo de batalla del que, sí o sí, tenía que salir victoriosa.
Cambió de aspecto rápidamente y nadó a toda velocidad hacia las cinco nereidas que arrastraban a Vasilak, que seguía bajo el hipnótico canto. Vio cómo lo manoseaban, intentando desvestirlo lo más rápido posible, listas para aparearse.
Luego vendría lo peor.