La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 19. Nereidas #2
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19. Nereidas #2

»¿Dónde queréis que colguemos vuestros huesos una vez que hayamos acabado con vosotras?

—No caigáis en la provocación —les advirtió Neve a sus compañeras, y ellas asintieron—. Seguid sus movimientos.

—¿No fue en el palo de mesana donde Graves colgó a tus padres?

Neve apretó los dientes, sintiendo cómo la tensión se convertía en una mezcla de rabia, dolor y cólera que amenazaba con hacer añicos su compostura.

«Aguanta. Aguanta, no caigas».

No fue su cólera lo que la hizo moverse, sino el sonido de la puerta del castillo de popa abriéndose con estrépito.

Vasilak fue el primero en salir, con los brazos colgándole a los lados, avanzando como sin voluntad propia.

Una mirada vidriosa había sustituido el dorado letal de sus ojos. Buscaba el origen de aquel canto.

A aquellas criaturas horripilantes.

—¡NO! —gritó Neve, yendo hacia él para detenerlo.

Tras Rackstorm, venía Arendar, bajo los mismos efectos, sus ojos vidriosos y sin vida fijos en las criaturas, que seguían con su horrorosa melodía.

Un horror hermoso para los dos piratas hipnotizados.

Las nereidas atacaron aprovechando la distracción, e Índigo y Hazel presentaron batalla. La alquimista lanzó sus dagas con pericia y una de las criaturas se desplomó en la cubierta: el veneno que había puesto en sus armas superaba con creces la definición de letal.

Mientras, Índigo se movía en una danza mortal con sus espadas. Cada vez eran más las nereidas que subían al barco decididas a conseguir su premio, premio que Neve estaba intentando retener.

—¡Volved a...! —gritó, tratando de advertir a Vasilak sin decir su nombre, pero no fue lo bastante rápida.

—Pero ¿qué cojones...?

Todas, incluso las nereidas, se giraron al oír la voz masculina y se quedaron de piedra al ver que Garret Zatran contemplaba la escena consternado.

No estaba bajo los efectos de la melodía.

Hazel corrió hacia él, mirándolo de arriba abajo estupefacta. Y con razón.

—¿No oyes el canto?

—¿Ese chirrido espantoso? ¿Eso es un canto? —Desenvainó la espada, y sus ojos turquesa localizaron a sus compañeros, que iban directos hacia la borda.

—¡¿Cómo narices no te...?!

—¡Belladona!

Una nereida aterrizó tras ella con las garras listas para destrozarla, pero el arquero se interpuso entre ambas para cubrir con su cuerpo a la curandera y le rajó la garganta a la criatura, que cayó de bruces al suelo, empapándolos a ambos de sangre.

Él se giró deprisa para comprobar que Hazel estuviese sana y salva, y ella lo miró confusa, sin comprender muy bien lo que acababa de suceder.

—¿Estás bien?

Sus miradas se encontraron y ella balbuceó algo ininteligible.

—¡Arquero! —El grito de Neve rompió el momento—. Sube al nido de cuervos. Desde allí podrás ver por dónde vienen y disparar a discreción.

—¡Sí, capitana!

Garret lanzó una última mirada a Hazel, que notó que el joven mantenía su mano un instante más del necesario en su antebrazo antes de salir corriendo hacia el palo mayor con su arsenal de armas.

Algo cogió a Neve de la pierna y la derribó al suelo con violencia. Unas garras la retuvieron y la nereida de cabellos plateados se le echó encima gruñendo; su olor putrefacto le provocó arcadas.

—Voy a disfrutar arrastrándote conmigo, O’Shea.

—Antes tendrás que matarme. —Pateó a la criatura, que se retiró, arrastrándose por la cubierta.

—Tienes suerte de que eso no esté en mis planes —gruñó la criatura esbozando una sonrisa espeluznante.

A la derecha de Neve, Índigo hirió a dos de las criaturas a la vez, que se lanzaron al mar para escapar, pero no tardaron en asomar otras y la contramaestre las acometió soltando un grito de guerra, decidida a impedirles llegar vivas muy lejos.

Sin embargo, a estas se les unieron otras y se vio obligada a retroceder con un gesto de incredulidad ante la cantidad de ellas que había.

Estaban acorraladas. Había por lo menos diez rodeándolas.

Un disparo hendió la noche y la atacante de Neve se apartó con un chirrido escalofriante. Al momento, Hazel la ayudaba a levantarse.

—¿Estás bien?

Neve asintió, respirando con dificultad y sintiendo todavía las garras brutales de la criatura en ella.

—Ocúpate de él. —Señaló a Arendar, a quien Índigo intentaba retener con un brazo al tiempo que retrocedía frente al ataque de las nereidas.

Hazel no perdió el tiempo. Situándose frente a Índigo, comenzó a atacarlas sin piedad, dagas y espada en mano, su pistola cargada en la cadera por si fuese necesario usarla como hasta entonces.

Neve concentró de nuevo su atención en su oponente, la cabecilla de sus enemigas, y lo que vio hizo que se sintiese estúpida.

Solo lo había perdido de vista un momento y el resultado era desastroso.

Vasilak se había aupado a la borda del combés y se agarraba a los flechastes casi como en sueños.

La nereida de cabellos blancos le sonrió y, en un parpadeo, se deslizó por la cubierta como una serpiente.

Rodeó con su cuerpo a Vasilak, sujetándolo de una manera seductora, pero a la vez depredadora.

Las nereidas seguían subiendo, pero varias fueron detenidas por las flechas que Garret comenzó a lanzar desde las alturas.

Pero Neve no podía apartar los ojos de Vasilak y la criatura.

Sin alzar la voz y articulando las palabras de manera exagerada, el monstruo marino declaró:

—Es mío.

Y, de un salto limpio, arrastró consigo al Demonio del Mar, el capitán del mismísimo Indomable , hacia el fondo de las oscuras aguas, seguida por varias nereidas que proferían una risa de victoria horripilante.

«No. No. NO».

Neve dejó de respirar, paralizada en el sitio; sostenía la espada en alto, pero jamás se había sentido tan desarmada como en aquel momento. Y, entonces, tan solo necesitó un único pensamiento, un recuerdo que vino a ella de manera automática y que le provocaría miles de preguntas después.

La imagen de Vasilak abrazando a Ivette antes de partir del Peñón de Run, las lágrimas de la niña cuando el barco se alejaba.

El instinto ganó a la razón y Neve soltó la espada, corrió hacia la borda y se lanzó al agua.

Eran demasiadas. Índigo estaba sin aliento.

En ese momento retenía a Arendar con todas sus fuerzas mientras una de las criaturas esquivaba sus estocadas e intentaba alcanzarlo.

Los gritos y alaridos de dolor llenaron el aire cuando varias flechas certeras se llevaron por delante a otras tantas nereidas, que cayeron en la cubierta o de nuevo al mar.

Y, entonces, la contramaestre aprovechó su oportunidad. Si tenía que mantener a Arendar lejos de ellas, las armas de corto alcance no servirían, aunque fuesen su punto fuerte.

Envainó las espadas, sacó las pistolas y, con precisión, apuntó y disparó una bala tras otra mientras contenía los intentos de Arendar de huir de ella para entregarse al enemigo.

Más flechas cayeron sobre cubierta ahuyentando a los monstruos marinos y, en el centro del navío, Hazel se lanzó hacia las pocas que quedaban en babor esgrimiendo su espada, de hoja corta pero afilada y letal.

—¡Contramaestre! —gritó la curandera, lo que obligó a Índigo a volverse hacia ella—. ¿Dónde está la capitana?

Índigo disparó de nuevo y la nereida que tenía delante cayó fulminada con un balazo en el centro de la frente. Corrió arrastrando a Arendar consigo y, tras meterlo en el castillo de popa, cerró la puerta que el hombre, en su inconsciencia, seguía tratando de abrir.

—¡Arquero! —Índigo miró hacia arriba y vio que Garret se detenía en mitad de un disparo—. ¡Baja ahora mismo y aguanta la puerta! ¡Que no salga!

Este asintió y, asiendo una cuerda cercana, descendió con tal rapidez y agilidad que un instante después Índigo volvía a la batalla dejándolo a cargo de la puerta, arco en mano, y reteniendo a su compañero.

Índigo se dijo que Hazel había hecho una buena pregunta, pues no había rastro de Neve... ni de Vasilak.

—¿Dónde están? —cuestionó al aire, pero la respuesta resultaba evidente.

Las miradas de ambas se dirigieron a las aguas oscuras, y un angustioso sentimiento empezó a inundar a Índigo, el mismo que pudo ver reflejado en el rostro de Hazel, solo que la chica era mejor disimulándolo.

—Podrá encargarse sola. —La voz le temblaba—. Pero si dentro de dos minutos no están arriba...

—¡¿Pretendes luchar en su territorio?! —exclamó Índigo.

—Lo que pretendo es rajarles la garganta. ¿Te apuntas?

La respuesta no vino con palabras, sino con un gesto.

Índigo se giró al mismo tiempo que Hazel y, espalda contra espalda, la contramaestre volvió a desenvainar sus espadas mientras Hazel sujetaba dos dagas de pedernal en la mano izquierda y, en la derecha, una más que ensangrentada espada. En ese momento quedaban siete nereidas.

—¡Reventadlas! —gritó Garret desde su posición. Ninguna se giró para mirarlo, pero el gruñido que siguió les dejó saber que estaba luchando por retener a Arendar en su sitio—. ¡Que no quede ni una!

Ambas chillaron en respuesta, lanzándose hacia los monstruos. Hacia la batalla.

Ese cambio de jugada pilló desprevenida a Raven.

—¿Nereidas? —Repitió la palabra de tal manera que se podría pensar que no la había oído bien, pero lo que pasaba era que no podía terminar de creérselo.

—¿Vuestra capitana se lleva bien con ellas? —La pregunta vino de Lía.

—Al contrario —explicó Sage, casi igual de pálida que Raven—. Según nos ha contado, son criaturas de las profundidades que solo suben a la superficie para alimentarse de hombres tras aparearse con ellos.

—¿Cómo? —soltó incrédulo Nasir.

—Las sirenas comen. Las nereidas se reproducen. Y que el rey Harker Rout se haya encontrado con ellas no es buena señal —sentenció Raven, que se dirigió de nuevo a Zach y Lía—. Contadme, ¿qué más pasó?

Los dos confidentes intercambiaron una mirada rápida y Lía instó a hablar a su compañero con un gesto.