19. Nereidas
Nereidas
El ambiente nocturno de Velora era de lo más singular, muy parecido al de las ciudades que Raven había visitado durante su juventud en el continente.
Por ejemplo, las diferencias entre clases sociales eran notables y, aunque aquel era el barrio de los más adinerados y se veía bien cuidado, para acceder a él habían pasado por otros que destacaban por lo contrario: pobreza, falta de salubridad, gente malviviendo y hasta desmayada en el suelo...
, porque Raven se autoconvenció de que estaban desmayados.
Muchas personas de la capital del Continente Oeste iban a Velora para desconectar de la metrópoli y descansar en una costa idílica, pero también, por supuesto, para llevar a cabo ciertos negocios clandestinos que tenían lugar en locales como ese en el que Raven, Sage, Nasir y Barak se disponían a entrar.
La presencia del Indomable en su puerto había llamado la atención y no habían sido bienvenidos. Sin embargo, la intervención de Sage, que soltó algunos nokdrils aquí y allá, había cerrado bocas y reducido reticencias. Así que una preocupación menos.
Llegaron a la dirección acordada, en la calle Veinte, y Raven llamó a la gran puerta de madera de la tintorería. Unas largas cuerdas de las que colgaban telas teñidas de diferentes colores secándose al aire cruzaban el techo del patio central del edificio de piedra.
La tapadera era buena y bien estudiada, Raven tenía que reconocerles ese mérito.
Por otro lado, Barak y Nasir no habían hecho demasiadas preguntas a pesar de que en sus miradas se palpaba la curiosidad. La espía había sopesado contarles algo, pero decidió que ya lo haría en el momento correcto. Primero tenía que saber qué tipo de información habían conseguido sus agentes.
Tras llamar utilizando el código secreto para aquella ocasión, dos golpes de talón y tres de nudillos, aguardaron.
La puerta se entornó lo justo para que Raven pudiera deslizarse dentro, y al poco les hizo una señal a los demás para que pasaran porque todo estaba despejado.
Cuando cerraron la puerta se encontraron, en efecto, en la recepción de una tintorería, a esas horas cerrada.
La sala estaba a oscuras, aunque los ventanales que había a la izquierda y que daban a la avenida principal dejaban entrar algo de luz.
Al fondo se veía una mesa con una caja de caudales y también baldas con telas dobladas y otros objetos que la oscuridad hacía irreconocibles.
Lo que sí identificó fue la silueta apoyada en una de las puertas que daba, sin duda, a la trastienda.
—¿Te has vuelto a cortar el pelo, jefa?
—¿Qué cojones haces aquí tú solo?
Nasir y Barak desenvainaron las espadas, alerta, pero Raven les hizo un gesto para que calmaran sus nervios. Sage no se había movido, pues había reconocido la voz.
—Zach, déjate ver antes de que acabes con los sesos desparramados por el suelo.
El susodicho se adelantó, y la leve iluminación acarició su rostro.
Era algo más bajo que ella, pero con un cuerpo trabajado y unas facciones marcadas.
Tenía el pelo teñido de color gris, rapado por los lados, y unos ojos cristalinos afilados que contrastaban de forma llamativa con su oscuro traje y su cuadrada mandíbula.
—La verdad, sería una pena, con la cara que tengo y... ¡Madre mía, Raven!, decías la verdad. —Sus ojos se clavaron en los dos piratas, ambos con semblantes serios—. Sigo sin entender cómo habéis podido pactar con ellos. Ya tiene que estar jodida la cosa.
—A nosotros aún nos cuesta creerlo también —declaró Barak, con voz grave.
—Hola, Sage. —Zach lo ignoró por completo, y Raven vio la rabia en el rostro del capitán temporal del Indomable —. Sigues igual de preciosa que siempre.
—Ahórratelo —le indicó esta con indiferencia y guardando sus armas—. ¿Solo está él?
La pregunta iba dirigida a Raven.
—Lía, te recomiendo que empieces a utilizar otro perfume, porque este lo huelo desde aquí —fue la respuesta de la espía.
La tal Lía saltó del techo, silenciosa, frente a ella. Como era de esperar, los demás dieron un respingo, sorprendidos. La chica esbozó una sonrisa felina ante aquel gesto. Su cabello, moreno y liso, cayó frente a su cara y sobre sus oscuros y grandes ojos.
—Sabes que me encanta este perfume, jefa, pero iré con más cuidado la próxima vez. —Giró sobre sí misma y saludó divertida a los demás—. Desconocidos y enemigos de mi jefa, encantada..., aunque en realidad no lo esté. Sage, sigues preciosa.
—Lo mismo que le he dicho a Zach: no .
—No, ¿qué? La última vez los tres lo pasamos...
—Suficiente —los cortó Raven de una forma casi incontrolada.
Todos la miraron asombrados, y advirtió que los labios de la artillera se curvaban en una pequeña mueca de diversión, un gesto que demostraba que sabía el porqué de dicha interrupción.
La espía mantuvo el tipo, muy derecha, intentando controlar el cosquilleo que le recorría el cuerpo además de una emoción que desde hacía poco amenazaba con convertirse en un sentimiento más habitual para ella: celos.
Raven nunca había sido celosa, pero al parecer eso estaba cambiando; su reacción la había sorprendido incluso a ella.
Trató de dejar a un lado la avalancha de pensamientos y sensaciones, y encontró de nuevo su voz.
—Compartid la información. Ya —ordenó.
Tras intercambiar una mirada, Zach y Lía los hicieron franquear aquella puerta, que, en efecto, llevaba a la trastienda.
Era una habitación sin apenas mobiliario, con una mesa en el centro y un candelabro en el que solo quedaban cuatro velas utilizables que la mujer encendió enseguida, ya que la estancia no tenía ventanas y estaban por completo a oscuras.
Encima de la mesa había varios planos y pergaminos con una codificación que Raven reconoció.
Sonrió para sus adentros al comprobar que los había enseñado bien; incluso para ella, habían codificado los mensajes. Al fin y al cabo, una nunca sabía dónde podía acabar la información.
—Al grano —los apremió una vez que todos estuvieron alrededor de la mesa.
—Harker lleva semanas encerrado en su palacio —dijo Lía, señalando un pergamino que contenía un plano del interior del palacio amurallado—. No sale para nada, y hasta recibe allí a las legaciones diplomáticas.
»Las entradas están muy controladas y tienen a todo el personal identificado con números para evitar suplantaciones o accesos no autorizados. Si alguien no figura en el listado oficial de la guardia, lo expulsan de inmediato como poco.
—¿Por qué tanto control de repente?
—Según uno de los guardias de palacio —prosiguió Zach—, un colega espía que fue con el rey a ese «supuesto encuentro» que nos comentaste en tu misiva, y que te confirmo que se produjo, la última vez que salió fue, precisamente, al regresar de esa reunión. Esa noche, cuando volvió, parecía distinto.
—¿Con quién se vio? —preguntó Barak interviniendo en la conversación.
Zach miró a Raven y esta asintió.
—Con las nereidas.
—Al fin puedo pisar la cubierta de este precioso navío. Había oído hablar tanto de él... Me alegro mucho de que hayáis decidido navegar por las profundas y hermosas aguas de nuestro océano, ya era hora.
»Además, aprecio mucho el regalo que habéis traído. Hace mucho que no disfrutamos del olor de un hombre..., y menos de unos tan sabrosos .
La nereida se movió con rapidez, tanto que en un parpadeo avanzó varios metros. El movimiento les dio vértigo a las tres piratas, pero no se movieron del sitio y sujetaron las armas todavía con más firmeza.
—Joder... —susurró Índigo para sí misma, ambas espadas listas para atacar.
—Si te mueves, te disparo en los sesos —gruñó Hazel, apuntándole con una pistola, su pulso firme.
—¿Los queréis para vosotras? —La criatura se llevó una mano al pecho desnudo y chorreante—.
Lamento comunicaros que a mí y a mis hermanas no nos gusta compartir.
Pero, si nos los dais, dejaremos el barco tranquilo y podréis seguir con vuestra travesía hacia el Continente Este...
, pues presumo que es allí adonde vais, ¿no es así?
La leve inclinación de cabeza y su sonrisa reveló unos dientes perfectos, pero Neve vio, a través de esa ilusión, una afilada dentadura que amenazaba con romper la magnífica imagen que la nereida había formado.
Un recordatorio más de la amenaza que suponían.
—Lleváis días siguiéndonos —escupió Neve, dando un paso al frente sin amedrentarse—, ¿o crees que soy tonta?
—Jamás me atrevería a insultar de ninguna manera a la reina de los piratas —dijo la nereida con mofa—, ¿o acaso no lo eres?
—¿Qué narices queréis? —exigió Neve endureciendo más el tono.
—Cumplir con nuestra función. —Lo dijo con tal frialdad que Neve gruñó enseñando los dientes, su forma más primitiva saliendo a la luz. La nereida sabía qué era ella, e interpretó ese gesto sin dificultad—. Cuesta luchar contra la bestia, ¿verdad?
Varias nereidas aparecieron trepando por las bordas del barco, bellezas acuáticas listas para cautivar y matar.
Hazel e Índigo se volvieron de manera automática para controlar los puntos en los que estas aterrizaban en cubierta, pero las criaturas no las miraron siquiera, concentradas en donde estaban sus objetivos: Vasilak, Arendar y Garret.
—¿Por qué no lo compruebas? —la retó Neve.
—Hay tres. Todos vuestros, chicas.
La canción fue horripilante. Neve lo supo por el modo en que Índigo y Hazel gritaron de dolor, subyugadas por el horror de su tono, llevándose las manos a los oídos y cerrando los ojos con fuerza.
—¡Cómo no, a la única e impenetrable Neve O’Shea no le afecta nuestro maravilloso canto! —Sacó sus garras, de un tamaño tal que sorprendió a Neve—. Siempre me he preguntado cómo sabe el corazón de una sirena.
Más nereidas subieron al barco, y Neve vio que Índigo y Hazel se ponían de pie, con el rostro contraído de dolor por el canto, pero preparadas para luchar sin importar las circunstancias.
—No suelo mancharme las manos hasta después del coito, pero esta noche haremos una excepción. Concebir en el Luz del Alba ... Una oportunidad entre un millón.