18. Un horror hermoso #5
Arendar, extrañado, fue hacia ella, sin tocarla, pero tendiéndole las manos.
—Capitana, ¿te encuentras bien?
Sin hacerle caso, Neve se giró sobre sí misma, su mirada fija en el agua, en la amenaza que su otro instinto había captado incluso en su forma humana.
Y si su parte sirena había sentido aquello como una amenaza era porque no se trataba de sus aliadas precisamente.
Se aferró a la borda con ambas manos y respiró hondo: los colores anaranjados del atardecer empezaban a ceder terreno ante la creciente oscuridad, dejándolos cada vez más expuestos.
Y, entonces, una figura con cabellos humanos se movió tan cerca de la superficie que dejó un surco a su paso. Desapareció tan rápido como había aparecido y, después, llegaron las risas. Unas risas espeluznantes y cantarinas que bastaron para que supiera cuál era la amenaza.
Y lo jodidos que estaban.
Ignorando a Arendar y con el corazón batiéndole tan fuerte que sus latidos se entremezclaban con su tensión y sus precipitados pensamientos, corrió hacia su mano derecha, hacia Índigo, que estaba junto al timón, pues esa noche también le tocaba guardia y estaba preparando sus pergaminos.
—Índigo —susurró, y debía de tener una expresión de verdadero pánico, porque la contramaestre se guardó el pequeño pergamino que tenía en las manos sin que Neve fuera consciente de dónde—, nos atacan.
La contramaestre abrió los ojos en una expresión de máxima preocupación y miró alrededor buscando a los atacantes.
—Es una amenaza acuática —dijo cuando su mirada se encontró de nuevo con la de su capitana. Neve asintió, su garganta seca—. Estamos en desventaja. En mucha.
—Somos seis, tal vez...
—No. Somos tres. Tres contra...
—¿Qué narices está pasando?
Ambas se giraron al oír la imponente voz de tenor de Vasilak y se encontraron, no solo con él, sino con la tripulación en pleno.
Los ojos de la capitana fueron a Arendar, que no dijo nada, pero por su mirada supo que la lealtad hacia su capitán lo había obligado a alertarlo ante la preocupante reacción que Neve había tenido.
—Estamos bajo ataque —anunció Neve, recomponiéndose. Sintió la mirada inquieta de Índigo a su lado, pero no debía volver a ese momento de debilidad..., aunque su instinto le indicaba que algo no iba bien.
—¿De qué mierda hablas, O’Shea? —exigió saber Vasilak.
—Lo tenemos debajo.
Las risas inundaron el silencio que se hizo tras las palabras de la capitana. Todos se removieron inquietos, como si creyesen haber oído algo no real, como si creyesen que aquellas carcajadas femeninas, profundas pero con un eco espeluznante, habían sido producto de su imaginación.
—¿Sirenas? ¿No son amigas tuyas?
—Si fueran sirenas, no os tendría que ordenar esto —Neve dio un paso hacia delante, decidida—: Encerraos en el castillo de popa.
—Tendrás que darme una buena razón para pedirme que me esconda como un cobarde y no luche contra lo que sea que está atacándonos —gruñó Vasilak, apretando los puños a los lados del cuerpo.
—La razón es que no tenéis nada que hacer contra ellas. A nosotras no nos afecta porque somos mujeres. En resumen: vienen a por vosotros .
—¿Qué cojones son? —quiso saber Garret, quitándole la pregunta de los labios a Vasilak.
—¿Conocéis la fábula Un horror hermoso ?
Los rostros de todos los presentes denotaron alarma absoluta. Neve desenvainó sus espadas como respuesta.
—Id al castillo de popa, tapaos los oídos y no salgáis .
Con los años, Neve había aprendido a distinguir los diferentes tipos de silencios que uno podía encontrarse o enfrentar.
Algunos nacían de la reflexión, y otros, de una soledad abrumadora, asfixiante, pero en muchas ocasiones necesaria.
También estaban los que seguían a una batalla, a veces llenos de esa pequeña chispa de la victoria y otras preñados del amargo sabor de la pérdida.
Y, por último, el que Neve más aborrecía, pero con el que en más ocasiones había tenido que convivir: la llamada calma antes de la tormenta.
Esos momentos de pura anticipación antes de un ataque.
Y ese familiar silencio las acompañaba en ese instante, con la noche y la oscuridad ya encima, con el enemigo bajo su navío, gozando de una clara ventaja.
Nereidas.
Había oído hablar de ellas a través de sus compañeras sirenas.
Los marineros las confundían a menudo, a pesar de que la diferencia entre ambas resultaba evidente a primera vista: la belleza de las sirenas era para conquistar lo que había bajo el agua, mientras que las nereidas usaban sus encantos para engatusar a lo que había en la superficie.
Además, las sirenas atacaban sin seducción alguna.
Eran letales, voraces y dejaban una masacre a su paso.
Las nereidas eran, en comparación, más crueles.
Seducían a sus víctimas, siempre hombres, y los arrastraban vivos al fondo del mar.
Les daban su «aliento» para que respirasen varios minutos más, los usaban para reproducirse y luego los devoraban...
, aunque a veces se limitaban a hacerlos pedazos.
Por eso Neve supo que, cuando el silencio se rompiera, debía ser lista y actuar con rapidez.
Con los Demonios del Mar encerrados en el castillo de popa, rezó para que se convirtiesen en una preocupación menos. Pero lo que mantenía alerta a Neve en ese momento era el hecho de que esas hijas de puta trabajaban para él .
Por lo que ese ataque no era aleatorio.
—Dejadme hablar. Quiero intentar negociar antes de que me destrocen el barco.
—¿Cuántas hay, Neve? —quiso saber Hazel, a su izquierda.
Odiaba tener que responder eso, pero no le quedó otra opción.
—No... no lo sé.
Hazel e Índigo intercambiaron una mirada de pánico. Siempre habían tenido la seguridad de que, en esos casos, Neve lo tenía todo bajo control.
Sin duda ese era uno de los riesgos del viaje.
—No deis vuestros nombres. No los tenéis. Ni tan siquiera uno falso, ¿entendido? —les advirtió Neve, sus ojos fijos en las bordas del barco.
—Sí, capita...
—Estáis muy lejos de tierra, ¿no crees, capitana O’Shea?
Se acabó el silencio.