18. Un horror hermoso #4
—Aceptaré un rapapolvo cuando me lo merezca, pero esta vez no he hecho nada —se defendió hastiado. Miró hacia arriba y la vio, en ese momento una figura pequeña subida a la parte más alta del Luz del Alba , y suspiró exasperado—. No voy a cambiar de opinión.
Vasilak se apoyó en el timón, que había fijado para que no perdiera el rumbo. El arquero se cruzó de brazos, pero no con desafío; respetaba a Vasilak y lo seguiría adonde hiciese falta.
Si no fuese por su capitán, tal vez él no estaría allí. La pose era más bien defensiva.
—¿Fue por ella? —Eso fue lo primero que dijo tras un largo silencio; Garret frunció el ceño, pero el pecho se le contrajo—. ¿Por eso no pasaste la noche con Tania?
La respuesta no llegó de forma inmediata; el crujido de la madera al mecerse el barco, el choque del viento en las velas y el avance del navío fueron testigos silenciosos de aquella conversación, un tercer participante que ansiaba la contestación de Garret tanto como Vasilak.
Si la pregunta respondía a la curiosidad o era mero protocolo, a Garret Zatran no le pudo importar menos.
—¿Preguntas como amigo o como capitán? En todo caso, mis asuntos privados no influyen de ninguna manera en la vida a bordo. Pero, si tanto te carcome, responderé para que me...
—En eso llevas razón —el capitán del Indomable respiró hondo—. Tu vida privada no nos incumbe. Solo recuerda una de las normas del pacto: nada de acostarse con miembros de su tripulación. Y eso —Vasilak señaló con su tatuada mano hacia arriba— la incluye a ella.
Garret asintió, tal vez demasiado rápido.
—Lo sé muy bien, capitán.
—Ve a organizar las raciones de hoy para la comida —ordenó, zanjando el tema—, así no os molestáis.
—Antes quiero intercambiar unas últimas palabras con ella —dijo aún cruzado de brazos. No había cambiado de posición en ningún momento.
—No es buena idea.
—¿Es eso una prohibición? —inquirió de nuevo.
Vasilak sabía de su persistencia y el suspiro que soltó le dejó saber a Garret que el permiso estaba concedido.
—Como capitán debería respetar su deseo de privacidad, pero tú eres parte de mi familia. Tienes un minuto; después, sigue con tus obligaciones.
El arquero asintió y, analizando las cuerdas que colgaban de la arboladura del barco, sonrió para sí mismo, frotándose las manos.
No lo vio, pero Vasilak, de nuevo al timón, puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.
El horizonte parecía infinito y la tranquilidad de aquellas aguas era aterradora, señal de que estaban tan alejados de tierra que eran un objetivo fácil.
Miró hacia abajo, hacia los costados del barco, observando la estela que dejaban tras ellos en el agua amenazante y oscura.
Hazel tenía respeto por el mar y, hasta cierto punto, lo temía.
Sabía que el océano era impredecible, un lugar donde lo que vivía bajo la superficie en muchas ocasiones tenía poder sobre lo de arriba.
Con el tiempo, había confirmado que muchos mitos eran reales, que tanto las sirenas como otros seres que en su infancia protagonizaban cuentos y fábulas siniestros inventados para asustar a los espíritus débiles no eran fantasías, sino realidades bajo sus pies.
Bajo aquel navío, las sirenas eran lo más inofensivo que se podían encontrar.
—Joder, sí que está alto esto.
La curandera soltó un grito ahogado y se giró, desconcertada.
—¿Se puede saber cómo narices has subido hasta aquí?
El único acceso al nido de cuervos eran unos peldaños metálicos incrustados en el palo mayor, pero Garret estaba frente a ella, del otro lado de la plataforma de madera rodeada por un muro de poco más de un metro de alto para evitar una caída mortal.
Tan solo estaba agarrado a una cuerda que colgaba de una de las crucetas que había sobre sus cabezas, y se aferraba con la otra mano a la madera de dicha plataforma con marcado esfuerzo.
—Hazme hueco.
—Está hecho para una sola persona.
—Con lo pequeña que eres, quepo. No voy a quedarme colgando aquí, Belladona. Déjame sitio.
—Le he pedido a Rackstorm que me dejara subir aquí para estar sola. Menudo...
—Ojo con lo que dices de mi capitán —la atajó con voz dura Garret, y Hazel lo miró agarrada al mástil—. Me ha concedido un minuto para hablar contigo. Después seguiré con mis obligaciones.
—Pues si solo es un minuto, no tiene sentido que te haga sitio. Sufre las consecuencias de tus actos y aguanta...
Sin hacerle el menor caso, cayó de un salto limpio en el pequeño hueco que ofrecía el nido de cuervos. Hazel pensó que la plataforma oscilaría, que se resquebrajaría, pero resistió, firme, intacta, mostrando la calidad de su construcción.
Hazel apoyó el cuerpo en el mástil que tenía detrás y se agarró al palo para no perder el equilibrio.
—¿Qué quieres?
Garret tuvo que inclinar la cabeza hacia abajo para mirarla debido a la evidente diferencia de altura.
—Estoy cansado de esto, Hazel.
Era la primera vez que decía su nombre. Apoyó un brazo en el mástil, justo sobre su cabeza, como si la estuviese acorralando.
—¿De ser un gilipollas?
—No. —No había mofa en su voz, todo lo contrario—. De este tira y afloja que nos traemos.
—No nos traemos nada.
—Niégalo cuanto quieras, Belladona, pero es cierto; no te caigo bien, lo he pillado. Tú tampoco eres santa de mi devoción, pero vamos a estar atrapados en este barco los tres próximos meses y lo último que quiero son estas estúpidas riñas. Una vez está bien; dos, pasable. Esto ya roza lo cargante.
—¿Crees que soy cargante?
—Creo que eres alguien que, en otras circunstancias, me habría gustado conocer de verdad.
Esta vez, Hazel sí que no supo qué contestar..., igual que cuando antes le había insinuado que era la personificación de la belladona.
—Te propongo que actuemos con cordialidad —continuó, sus ojos fijos en ella, mostrando que hablaba con honestidad—. Como dos adultos. Insúltame en tus sueños...
—Serían más bien pesadillas —interrumpió ella con un hilo de voz.
—... escúpeme cuando yo no lo vea —prosiguió él, ignorándola—, pero, aunque creas que soy un imbécil y un inmaduro, pues lo veo en tus ojos, soy un pirata que se gana la vida como puede desde hace mucho tiempo, y no voy a permitir que tu arrogancia me haga quedar mal delante de mi capitán sin motivo.
»No me acosté con Tania porque no quise. Los hombres también podemos decidir que no a última hora. Y si crees que fue por otra razón, entonces sé lo bastante egocéntrica para creerte tus propias fantasías.
La flecha dio en la diana. Hasta con metáforas era un arquero impecable.
—Así que —inspiró hondo y Hazel se dio cuenta entonces de que, de manera inconsciente, su cuerpo imitaba el ritmo de la respiración del joven— cumplamos nuestros papeles como la capitana y el capitán mandan.
Tú te vengaste lanzándome esa daga venenosa después de que yo disparara a Neve O’Shea. Orgullo restaurado. ¿Te parece?
Asintió con dificultad. No lo iba a admitir, pero sus palabras la habían desarmado por completo.
—Me parece justo.
—No te molesto más, entonces. —Hizo ademán de irse, retirando el brazo de su apoyo en el mástil y dándole la espalda a Hazel.
No. No se iba a quedar sin decirlo.
—No tienes razón —murmuró Hazel, lo que obligó al pirata a girarse para mirarla—. La belladona no es la planta más venenosa.
Esa sonrisa arrogante que tan bien conocía asomó en el rostro del chico, provocando no solo que le brillasen los ojos con diversión, sino también que se le formaran líneas de expresión alrededor de los ojos... y dos increíbles hoyuelos.
—Eso significa que guardas algo de dulzura bajo tu veneno. Espero que tu odio no esté demasiado arraigado y me la permitas ver algún día, Belladona.
Sin más, se agarró a la cuerda por la que había escalado y saltó.
El impulso le hizo rodear el barco en el aire mientras bajaba, hasta que encontró otro cabo del que asirse, y luego otro, descendiendo con tal gracia y facilidad que Hazel no pudo apartar la mirada.
Segundos después el arquero aterrizó en cubierta con un salto limpio y silencioso.
¿Cómo narices había aprendido a hacer eso?
Hazel se maldijo al darse cuenta de que había soltado un suspiro de alivio al ver que no se había hecho daño.
—Imbécil —se recriminó.
Y Garret desapareció en la bodega del barco.
El paso del tiempo era algo que Neve toleraba mejor o peor según el momento y las circunstancias. Y, desde luego, le costaba procesar que habían pasado ya casi dos semanas desde que iniciaron la travesía.
Habían ido documentando lo que veían, pero, aparte del extraño encuentro con la supuesta prisión flotante, no había sucedido nada más significativo y el viaje se estaba desarrollando con relativa normalidad..., hecho que, más que tranquilizarla, la hacía estar en constante alerta.
—Sé sincera, ¿cuándo no estás tú en alerta constante? —se dijo a sí misma mientras se acercaba a la borda y contemplaba el mar. Los demás estaban también en cubierta, dejándolo todo recogido, pues, una vez que caía la noche, los peligros se multiplicaban.
Pronto tendrían que apagar los farolillos. Una de las nuevas normas que se habían impuesto era no dejar luces encendidas en cuanto se ponía el sol. Más valía pasar desapercibidos en aquella inmensidad oscura y negra que ser un faro en alta mar.
Neve cerró los ojos, saboreando el viento y sonriendo para sí al ver que no traía señales de tormenta. Una de las muchas cosas que le habían enseñado sus padres era a predecir el tiempo percibiéndolo en el aire, y, aunque no era una experta, se le daba bien.
Los alisios soplarían lo suficiente para permitirles seguir navegando a buen ritmo y tal vez habría alguna que otra nube, pero ni lluvias ni tempestades.
Entonces, ¿por qué estaba inquieta?
—Capitana —dijo Arendar, y tuvo que reconocer que todavía le resultaba extraño oírlos dirigirse a ella de ese modo—, ¿voy preparando la cubierta para cenar?
—Sí, contramaestre segundo...
Nació en el centro de su espalda y le recorrió todo el cuerpo como lo haría la descarga de un rayo, tan potente que se tambaleó hacia delante y se quedó sin aliento.