18. Un horror hermoso #3
—Arendar y yo lo hemos visto. En cuanto han salido los primeros rayos del sol, ha empezado a sumergirse.
—¿Y eso puede tener alguna relación? —intervino Garret, apoyándose con ambas manos sobre la gruesa madera.
Mientras todos intercambiaban preguntas, Neve percibió la presencia de Vasilak muy cerca, detrás de ella, envolviendo el trozo de espejo en el trapo. Luego se lo devolvió en silencio.
Ella lo recibió y se sostuvieron la mirada unos segundos más, en una muda conversación en la que Neve casi pudo oírlo decir «¿Vas a contármelo o no?».
Como respuesta, Neve trasladó su atención al resto de los piratas... y notó que Vasilak se tensaba junto a ella, sin duda frustrado, crispado y decepcionado.
—También podría deberse a que este libro recoge sucesos que se produjeron en otras zonas —argumentó Índigo, cuyas frías facciones contrastaban con la luz anaranjada del amanecer—.
Es muy posible que nadie haya registrado jamás los fenómenos sucedidos en el Océano Central... porque nadie ha regresado nunca de él.
—Pues ya tenéis una tarea esta noche cuando hayáis descansado —declaró Vasilak, y todos lo miraron, incluida Neve—. Arendar, Índigo, a dormir; la guardia ha debido de ser dura. Garret y Hazel, ocupad vuestros puestos. Capitana, yo me encargo del rumbo, ¿te parece?
Neve asintió.
—Yo iré a guardar el espejo en un lugar seguro.
Todos obedecieron, pero Neve pudo sentir sus miradas, en especial la de Hazel e Índigo, sobre ella.
Deseaban saber qué había pasado en realidad, pero aquel no era el momento para desvelar dicha información, aunque tampoco sabía cuándo podría hacerlo.
Así que, mientras los contramaestres descansaban, su curandera y el arquero comenzaban sus tareas y Rackstorm maniobraba el barco, Neve volvió a sus aposentos con una clara convicción.
Vasilak sabía que mentía.
Y ella sabía que él también.
Hacía días que Hazel no había tenido tiempo de revisar sus medicinas y venenos, y eso la desquiciaba.
Pero el barco requería cuidados y atenciones, y con una tripulación de solo seis personas las tareas se multiplicaban, por lo que intentó mantener la cabeza fría mientras comprobaba que las trincas que sujetaban barriles, velas e incluso los botes que había a los costados de la embarcación estuviesen bien firmes.
Si alguna se había aflojado, su obligación era deshacerla y hacerla de nuevo, para evitar un posible accidente, algo que sería desastroso teniendo en cuenta lo lejos que se hallaban de tierra firme.
Debía reconocer que esa perspectiva le provocaba escalofríos, pero ese era uno de los posibles finales para quienes vivían en el mar: perecer en él.
Tras comprobar esos amarres, fue a babor para asegurarse de que la toldilla, orientada hacia el palo de mesana, estuviese bien sujeta y de que el material no se hubiera deteriorado.
Estaba concentrada en su tarea, pero no tanto como para no oír la voz profunda y autoritaria del capitán Rackstorm:
—Zatran, ayuda a Hazel con las trincas.
La curandera no se giró, pero oyó el pesado caminar de Garret acercarse a ella.
Garret Zatran. Sonrió para sí misma por tener otra pizca de información sobre él, y también por el hecho de que el nombre le pegaba de una forma que le molestaba sobremanera.
Pensó en su propio nombre. No recordaba la última vez que alguien la había llamado Jeanne, sin contar la noche en que Neve reveló que conocía ese dato.
«Hazel» era algo familiar, cotidiano y sencillo.
Había ido interiorizándolo hasta el punto de que se había convertido en su seña de identidad, aunque no había sucedido de un día para otro.
Primero las letras se transformaron en la palabra, y la palabra tomó cuerpo a través de la experiencia y de cómo se relacionaba con ella, el navío y sus compañeras.
Jeanne era la niña que huyó buscando la libertad.
Hazel era la mujer que la había alcanzado.
La presencia de él a su lado le pesaba, como si fuera algo de lo que no pudiera escapar, como un farolillo en medio de la noche que es imposible ignorar.
Sabía que no era el momento, pero le crispaba que no le quitara los ojos de encima.
Una pequeña parte de la chica se sentía halagada, pero otra se preguntaba qué pretendía y qué lo había llevado a renunciar a pasar la noche con Tania en el peñón de Run.
No es que le importara, pero le sorprendía que un reconocido mujeriego hubiese desaprovechado la última oportunidad de encamarse con alguien antes de emprender un viaje tan largo.
Romper el silencio fue fácil.
—Así que Zatran.
«¿Qué narices haces?».
Él no respondió de inmediato: ralentizó sus movimientos y, aunque ella no lo miraba, con el rabillo del ojo percibió que negaba con la cabeza con una expresión de incredulidad y diversión en la cara.
—¿Tantas ganas tenías de saber mi apellido, Belladona? —Su voz sonó ronca y cansada—. Solo tenías que preguntarlo.
Hazel se enderezó y lo miró por fin con expresión seria. Sus ojos se encontraron, pardo con azul verdoso.
—¿Cómo me has llamado?
—Lo has oído perfectamente: Belladona.
Repitió el apelativo arrastrando la palabra y clavando sus ojos en ella.
—No tienes derecho a llamarme nada.
Sabía cuál era su juego: muchos hombres recurrían a apelativos cariñosos para ir reduciendo la distancia con las mujeres hasta conseguir el objetivo.
La mayoría de las veces era para llevárselas al catre, pero, a Garret, Hazel no lograba comprenderlo del todo... y se estaba convirtiendo en un reto demasiado tentador; un misterio demasiado apetecible y llamativo que desenmarañar.
—Tú sabes mi apellido en contra de mi voluntad y tampoco me parece tan melodramático —esta vez bajó el volumen de su voz, volviéndose para asegurarse de que el capitán no los miraba.
En efecto, estaba ensimismado revisando los mapas de Índigo—, Belladona.
Al fin y al cabo, es uno de los venenos más peligrosos y letales, ¿no?
—¿Qué sabrás tú de venenos? —escupió ella con condescendencia.
—Puede que no mucho, pero todo el mundo conoce la belladona. Si fuese una persona, serías tú.
Aquellas últimas palabras le hicieron abrir más los ojos, sorprendida. ¿Qué clase de mente intentaba personificar una planta y se la imaginaba a ella?
Ambos parecieron darse cuenta del peso de lo que había dicho, pues sus respiraciones se acompasaron durante apenas un segundo, y algo pareció volverse más ligero; como si sus espíritus hubiesen llegado a una intersección inesperada, parecida a las estelas que dejan los barcos, única prueba de que un navío, de que algo , ha pasado por allí, y se hubieran cruzado.
Garret carraspeó y apretó los puños, apartando la vista de ella y cerrando un nudo que había dejado a medias. Hazel siguió sus movimientos y vio cómo se le marcaban las venas de los antebrazos.
Entonces le tocó a ella tragar saliva. Puede que fuese insoportable, pero menudos músculos tenía.
—Por cierto, tú sí que lo pasaste bien. —El tono burlón en su voz había regresado, y cualquier sentimiento que no fuese el de crispación desapareció del alma de la chica.
Esa. Esa era su oportunidad.
—¿Puedes decir lo mismo? —contraatacó, pasándose la lengua por los dientes.
El joven la miró de arriba abajo con expresión sombría, y ella se fijó en su mano, larga, morena y callosa. La vista no le había fallado hacía dos noches: le faltaba parte de un dedo.
¿Cómo podía ser arquero si le faltaba algo tan importante?
—A Tania —prosiguió Hazel, mirándolo de arriba abajo a su vez— se la veía algo contrariada por la mañana.
Habiendo comprobado las trincas, se apartó de allí y se dirigió a las escaleras del puente, no sin oír que Garret gruñía de frustración tras ella. Pero también sintió el aroma que una súbita brisa trajo consigo y que la obligó a detenerse con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
El olor de Garret la atrapó y la envolvió y la retuvo en el sitio, como si aquella brisa tuviese vida propia y el joven hubiera sido capaz de controlarla y llevarla hasta ella. Soltó el aliento y subió las escaleras a toda prisa, aturdida ante su propia reacción.
—He acabado mis tareas, capitán —anunció con tono formal y distante—. ¿Puedo subir al nido de cuervos un rato?
—¿Motivo? —dijo este sin mirarla.
—Me gustaría disfrutar de algo de privacidad.
—Habló lo bastante alto para que Garret la oyese y, ante dichas palabras, los ojos dorados de Vasilak se posaron en ella, teñidos por el contraste de sus oscuras y densas pestañas—.
El nido de cuervos la ofrece y puedo otear el horizonte por si hubiese alguna amenaza en el camino.
Vasilak dudó un instante, y luego echó una mirada fugaz a su arquero y volvió a mirarla.
—Concedido —dijo, y cerró el libro que tenía en la mano de un golpe y lo dejó en la mesa—. ¡Garret, sube aquí ahora mismo!
Hazel giró la cabeza y vio que el pirata soltaba lo que tenía en las manos y subía con rápidas zancadas las escaleras cabreado.
Al pasar por su lado, la chica pudo confirmar, inhalando de manera casi imperceptible pero voluntaria, que lo que había olido antes era su maldito aroma.
El corazón le dio un vuelco y, ante la vulnerabilidad y el cero control que había tenido en ese gesto, tragó saliva y corrió a subir al palo mayor hacia el nido de cuervos.
—¿Qué narices ha pasado?
—Lo siento, capitán.
Se negaba a darle a Hazel el placer de ver el espectáculo que buscaba: a Vasilak reprendiéndole de nuevo. Aceptaba las recriminaciones de su capitán si hacía algo fuera de lugar o su impulsividad lo llevaba a actuar de modo poco precavido, pero esta vez solo había estado hablando con ella.
Es más, había sido ella la que había empezado a hablar con él. No era justo.
—Pero en mi defensa diré que ha sido Hazel quien ha buscado hablar conmigo. Yo no tenía pensado entablar ninguna conversación, solo hacer mi trabajo y seguir con la mañana.
—Garret...