La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 18. Un horror hermoso #2
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18. Un horror hermoso #2

—Decidimos no explicárselo —explicó Raven con voz tensa—. Solo llevamos unos meses con esta nueva relación, y no sabemos hacia dónde irá. De momento no es nada serio , por lo que no vamos a contarle nada a Neve a menos que vaya a más.

Nasir escuchó la explicación con el ceño fruncido y al final asintió.

—Tiene sentido, aunque debe de ser complicado. ¿Cómo os las apañáis en el barco?

—Hacemos muchas guardias juntas... —soltó Sage juguetona, abrazando a Raven por la cintura—, y las aprovechamos bien.

La espía puso los ojos en blanco riendo, discreta, y luego le besó la coronilla con cariño. Nasir presenció todo aquello con una mirada nostálgica, como si la escena le hubiese traído dulces recuerdos del pasado, del inicio de su relación con Barak.

—Entonces os dejo a solas para que también aprovechéis bien antes de que amanezca —dijo Nasir guiñándoles un ojo—. Nadie excepto Barak lo sabrá. Como entenderéis, no voy a engañar a mi pareja.

—Por supuesto —declaró Raven a la vez que Sage asentía.

—En cuanto a los demás, mis labios están sellados.

Y en ese momento, Raven sintió que algo había cambiado, que la tensión que solía rodear la interacción con ellos se disipaba. Pues Nasir les había dejado saber que les guardaría el secreto y eso, de algún modo, los convertía en aliados, aunque hubiese sido de la manera más insospechada.

—Agradecemos mucho que durmáis en la habitación de Vasilak, la verdad.

—No teníamos pensado salir de allí, la verdad. —Dicho esto, se rio con ganas mientras sacudía la cabeza con expresión de incredulidad y se dispuso a marcharse.

Justo antes de trasponer la puerta se volvió a medias y las miró.

—¿Puedo deciros algo? —susurró.

Abrazadas, ambas asintieron con un gesto.

—No creo que a Neve le importe lo más mínimo. Reconozco a una mujer con honor e integridad cuando la veo y, aunque sea la enemiga de mi capitán, Neve O’Shea es ese tipo de mujer. Cuando todo esto acabe, decídselo si lo veis necesario. En todo caso, no ocultéis lo que compartís por miedo.

—No tememos a Neve —declaró con firmeza Raven—. Se trata de respetar lo que tenemos y compartirlo con ella en el momento adecuado.

Nasir asintió, comprendiendo sus palabras.

Y, sin más, abandonó el camarote.

Neve alcanzó el barco cuando los primeros rayos del sol rielaban ya sobre las aguas iluminando tenuemente el tenebroso paisaje tanto en la superficie como en las profundidades.

Atravesó el cristal mágico de sus aposentos y cayó de bruces en el suelo de madera con el trozo de espejo todavía asido en la mano derecha.

Cambió de forma y se quedó con el mojado camisón con el que se había acostado horas antes.

La estancia estaba vacía, lo que la tranquilizó, pero pronto tendría que subir a cubierta y temía la situación que pudiera encontrar allí.

El escozor de la mano le devolvió la conciencia de su propio cuerpo y miró el insólito trozo de espejo. La imagen de la misteriosa mujer que tanto la había asustado había desaparecido y su superficie solo reflejaba una negrura opaca.

Sin duda no era un espejo común.

No sabiendo aún si revelar a los demás su hallazgo, lo envolvió en un trapo y lo escondió bajo la almohada. ¿Qué le habría dicho Índigo a Arendar? Tenía que averiguarlo cuanto antes, debía...

—Por todos los mares, Neve O’Shea, cálmate —se ordenó a sí misma, gesticulando con las manos.

Barajó, nerviosa, las distintas posibilidades. Arendar por fuerza tenía que saber que Índigo había ido a avisarla, y el hecho de que no hubiera salido de su camarote ni siquiera para ir a ver qué los amenazaba debía de haber levantado sospechas.

Se imponía la cautela. ¿Qué sería mejor, compartir todo lo que había pasado o solo una parte, inventando una excusa sobre cómo lo había conseguido? No y sí. Un punto intermedio, una media verdad, esa era la respuesta.

Además, tenía otras preocupaciones: aquella masa enorme había desaparecido bajo las aguas, se había desvanecido ante sus narices como si hubiera sido un simple fantasma, un espejismo. Quizá lo había sido.

Se acercó al aguamanil para limpiarse la herida con alcohol y luego se la tapó con una venda limpia. Se secó a toda prisa, se puso unas ropas sencillas y se recogió el pelo en su trenza habitual.

Mientras tanto, su mente rauda estudiaba palabra por palabra lo que iba a decir.

Cogió el bulto que había guardado debajo de la almohada, se lo metió en la chaqueta y salió del camarote.

El interior del barco estaba desierto, por lo que no le sorprendió la escena que se encontró en cubierta.

Los cinco la esperaban junto al timón. Mientras subía la escalera del puente de mando, se fijó en que, sobre la mesa de reuniones que llevaba tiempo instalada allí, a los mapas y pergaminos que Índigo solía tener se les habían unido libros y pergaminos más antiguos.

Estaban investigando qué narices había sido eso.

Neve empezó con las medias verdades.

—Perdonad la tardanza. Estaba recibiendo un informe de mis... aliadas acuáticas.

Los hombres no advirtieron que Hazel fruncía el ceño e Índigo mostraba un gesto de asombro, ambas expresiones momentáneas y fugaces que revelaban que sabían que su capitana estaba mintiendo.

—Puedes aclararnos eso . —Vasilak, por supuesto, fue el primero en hablar.

—Capitán Rackstorm —Neve se acercó a la mesa estirando la espalda, dejando ver su cansancio. Estaba agotada, apenas había podido dormir tres horas antes de su incursión en el océano—, creo que a estas alturas no es ningún secreto que tengo una alianza un tanto especial con las sirenas.

—Somos todo oídos —la alentó este, con gesto serio y también cansado.

A Neve le extrañó. ¿Acaso no había dormido?

—Anoche —explicó, apoyando sus manos en sus anchas caderas—, cuando Índigo me comunicó lo que habían visto ella y tu contramaestre, contacté con ellas y les pedí que investigaran de qué se trataba. La cuestión es que ni siquiera ellas lo saben.

—¿Cómo no lo van a saber? —soltó Garret, con el pelo suelto en lugar de recogido en sus típicas trenzas, clara señal de que acababa de salir de la cama—. No quiero sonar impertinente, capitana, pero, si pertenece al mar, los que son del mar deberían saber...

—Según sus palabras —prosiguió Neve intentando ser paciente, aunque la poca paciencia que le quedaba estaba a punto de expirar—, la descripción más adecuada para ese objeto tan extraño es la de una especie de caparazón de tortuga gigantesco, pero con cavidades internas que formaban un laberinto de túneles y pasadizos al que lograron entrar.

—¿Y encontraron algo? —Esta vez la pregunta venía de Arendar, y la capitana vio que tenía grandes ojeras bajo los ojos y el pelo desaliñado.

Se iba a arrepentir.

Se iba a arrepentir...

—Sí, esto.

Dejó el fragmento de espejo envuelto en el trapo sobre la mesa.

Vasilak lo desenvolvió con cuidado, y una expresión de decepción pero también de intriga asomó en todos los rostros.

—¡¿Un trozo de cristal?! —exclamó Hazel, defraudada.

—Lo encontraron en el interior del «laberinto», por llamarlo de alguna manera —se apresuró a detallar Neve—.

Por lo que se ve, estaba en una especie de caverna situada en la parte más profunda, como si fuera el corazón de ese lugar.

Era lo único que había allí, el último pedazo de un objeto más grande que había estado allí, un...

—¿Un espejo? —inquirió Vasilak, cogiéndolo entre sus manos.

Neve asintió con firmeza.

—No creo que lo sea, O’Shea. Es opaco. —Rackstorm lo levantó, buscando su propio reflejo en vano—. ¿No será un trozo de mineral?

—Mis sirenas vieron algo reflejado en él. Fue una imagen fugaz y no lograron distinguirla con claridad, pero la vieron, luego sí es lo que queda de un espejo. Al parecer se volvió opaco cuando me lo entregaron.

—¿Es posible que solo refleje algo cuando está bajo el agua? —sugirió Índigo, observándolo con curiosidad.

Todos se miraron y Vasilak no perdió tiempo. Bajaron a la cubierta principal y el capitán lanzó un cubo por la borda sujeto a un cabo, lo llenó de agua de mar y, cuando lo recuperó, hundió en él el cristal opaco.

Neve, cuyo corazón se había acelerado, respiró tranquila. Todos se habían asomado para mirar y comprobaron que, en efecto, no se veía nada.

—No...

—No refleja nada, capitán —sentenció Garret, frustrado.

—¿Seguro que es un espejo? —murmuró Hazel.

Vasilak clavó los ojos en Neve con una pregunta muda en ellos, pero a ella no se le ocurría qué querría saber.

—Nada —declaró Vasilak.

—Yo no veo nada, capitán —dijo Arendar.

—Yo tampoco —se sumó Índigo.

—Sea lo que sea —Rackstorm se levantó, sin apartar la vista de Neve. Ella intentó mantener la calma, pero algo no iba bien, y solo ellos dos parecían estar al tanto—, debemos andarnos con mil ojos. Puede que eso sea lo más inofensivo que nos encontremos por estas aguas.

—He estado investigando y no he encontrado en mis pergaminos ni en mis libros ninguna mención a nada parecido a esa especie de isla —musitó Índigo, subiendo al puente de nuevo.

Todos la siguieron, y Neve se quedó la última, con Vasilak detrás. Sentía la mirada de él en la nuca, punzante, como el eco de un grito que decía «Mientes, cuenta la verdad».

Buscaría respuestas. Y seguro que las encontraría.

Neve debía ser quien controlara cómo lo averiguaría.

—Lo que sí he podido constatar —la contramaestre cogió un libro entre los muchos que había sobre la mesa, bastante diminuto, pero lleno de dibujos y anotaciones en los márgenes de las páginas— es que, en alta mar, se han detectado fenómenos o apariciones extrañas según las fases de la luna.

Hay una gran variedad, por lo que he buscado los testimonios, mitos o historias relacionados con una noche de dos lunas nuevas.

—¿Y no hay nada? —La voz de Arendar mostraba decepción y Neve esperó verlo mirando a Índigo, pero no. Sus ojos estaban perdidos en los manuscritos, en los apuntes de su suboficial.

—Hay algunas historias, pero ninguna que explique la misteriosa aparición de ese objeto y su posterior hundimiento.

—¿Cómo sabes que se ha hundido? —quiso saber Hazel.