18. Un horror hermoso
Un horror hermoso
Raven pasó gran parte de la noche despierta.
Aunque logró dormir a ratos, debía admitir que la escena con la que se había encontrado al ir a informar a Barak y Nasir la había sorprendido por inesperada; a ella tanto le daba que estuviesen juntos, pero se había enterado y, de pronto, cargaba también con ese secreto...
, y no quería tener que ocultarle nada a la mujer que en ese momento empezaba a despertarse a su lado.
Las habían acomodado en la que normalmente era la habitación que compartían los cuatro Demonios del Mar, situada en el segundo piso, a popa, alejada del centro de la actividad.
La estancia era grande, pero solo contaba con cuatro camas individuales y un baúl a los pies de cada una para las pertenencias.
Vasilak tenía su propio camarote, privilegios de ser capitán, igual que Neve, y el resto de la tripulación dormía en hamacas en otro nivel del barco.
Sin duda, los Demonios del Mar gozaban de un trato privilegiado.
Nasir y Barak se trasladaron al camarote del capitán, Raven supuso (antes de la gran revelación, claro) que por respeto o porque no querían confraternizar con ellas, y por eso había tres camas libres, ya que Sage y ella compartían una, como habían hecho todas las noches que llevaban allí.
—Apenas has dormido —murmuró la artillera, ciñéndole la cintura.
Raven suspiró ante el gesto y, despacio, posó su mano sobre la de Sage y la acarició con sus callosos dedos.
—Aún no ha amanecido, sigue durmiendo —respondió Raven girando la cabeza para mirarla; Sage tenía los ojos hinchados por el sueño y su sonrisa torcida lo confirmó—. Te despertaré cuando el sol se asome por las escotillas.
—Se me ocurre algo mejor que dormir.
Era excitante saber que allí gozaban de una privacidad que en el Luz era difícil de conseguir.
Neve jamás les había prohibido tener relaciones entre ellas, pero era algo que no se les había pasado por la cabeza y que, en los diez años que llevaban navegando bajo sus órdenes, nunca había sucedido...
, hasta hacía unos meses, cuando, después de unas copas de más durante una de sus paradas en tierra, mientras la capitana se encargaba de gestionar los intereses de sus aliados, Sage se había lanzado a sus labios.
Su primera reacción había sido de sorpresa: se quedó petrificada.
Aún recordaba con humor lo que la artillera le había soltado tras aquel beso robado.
«¿Tan mal beso, pajarito?».
Al oír aquello, Raven le devolvió el beso, y se escabulleron a la habitación de la artillera para compartir la que sería la primera noche de muchas.
Al principio discutieron varias veces sobre la conveniencia de contárselo a Neve o no, pero, teniendo en cuenta que sus encuentros eran esporádicos y muy escasos, decidieron mantenerlo en secreto por el momento.
Si llegado el caso debían contarlo, lo harían.
Sage se incorporó, más despierta que antes, apoyó la cabeza en el pecho de Raven y enarcó una ceja en espera de respuesta.
—¿Pajarito?
El corazón le dio un vuelco y se sonrojó. Sage la llamaba con ese apelativo cariñoso en contadas ocasiones y solo en la intimidad. Y le encantaba que compartieran aquel secreto, algo que era solo de ellas.
Sin pensárselo dos veces, tomó la iniciativa.
Con un movimiento rápido, agarró a Sage por la cintura y la puso bocarriba debajo de ella, arrancándole un pequeño grito de sorpresa.
La artillera se rio y le acarició el corto y negro cabello.
Al sentir sus uñas en el cuero cabelludo, Raven soltó un suspiro y, con dulzura, rozó su nariz con la de Sage.
—Hace semanas que no estamos así —murmuró con anhelo la artillera. Raven tan solo pudo asentir, disfrutando del calor que emanaba de la mujer que tenía entre sus brazos—. Te he echado...
La espía no la dejó terminar: se lanzó a sus labios y, entre suspiros de placer, empezaron a moverse despacio, saboreándose la una a la otra. Raven buscó el cuello de Sage, lamiéndolo lentamente, sin llegar a succionar.
No debían dejar pruebas. Esa era una de las promesas que se habían hecho al empezar todo aquello.
Raven sintió que Sage le subía la camisa de dormir y suspiró contra el cuello de la artillera ante el cosquilleo que sus dedos provocaron en su columna vertebral.
—Te he echado de menos. —Sage acabó su confesión y Raven se apartó un poco para mirar los ojos de la artillera, obnubilados por el placer y la intimidad del momento—. ¿Y tú?
La espía rozó de nuevo su nariz con la suya y respondió:
—Déjame demostrártelo.
Sage soltó una risita de emoción y se besaron de nuevo, esta vez con más urgencia, sus lenguas encontrándose al fin y bailando con pasión, sus manos aferrándose la una a la otra, sin dejar un solo centímetro entre ambos cuerpos.
Los suspiros fueron en aumento y Raven se dispuso a quitarle la camisa a Sage.
De pronto la puerta se abrió de par en par y ambas se separaron de golpe, alerta y en posición de ataque.
Pero nada las amenazaba, solo era el médico del barco, que se había quedado pasmado en el umbral.
—¿Nasir?
Este entró despacio y entornó la puerta sin girarse y, dando un paso atrás, la empujó con el cuerpo hasta que se cerró con un discreto chasquido.
— Vaya. Y yo que venía a hablar de lo que viste anoche, Raven Cormac.
Sintió que Sage la miraba, cogiéndola del brazo para captar su atención.
—¿Qué viste?
Suspirando, se volvió hacia su... ¿compañera?, ¿amiga?, ¿amante?
—Iba a contártelo nada más despertarnos, pero me has propuesto otra cosa y... no he podido evitarlo.
Sage salió de la cama, se puso de pie y los miró exigiendo una explicación.
—¿Qué me estáis ocultando?
—Nada —se apresuró a contestar Raven, levantándose también y poniéndose frente a la artillera—. Como he dicho, iba a contártelo. Cuando volví anoche ya estabas dormida y no quise despertarte.
—Además, no es un secreto, Sage —intervino Nasir, captando la atención de ambas—. Yo mismo te lo cuento si hace falta.
Cruzándose de brazos, la joven le hizo una indicación al médico con la cabeza para que continuara.
—¿Y bien?
—Anoche, Raven vino corriendo a informarnos de que sus espías habían respondido y, cuando entró en el camarote de Vasilak, nos pilló a Barak y a mí en una situación íntima. Fue desafortunado, pero por suerte solo acabábamos de empezar.
Sage se llevó las manos a la boca para ocultar su expresión de sorpresa, pero sus ojos desorbitados la delataron.
— Estáis... ¡juntos! —Dio un saltito en el sitio para, un instante después girarse hacia Raven y decir—: ¿Sabes, Nasir?
Otro me habría despertado y me habría contado el cotilleo, pero Raven no.
Anoche se tumbó a mi lado y trató de dormir, aunque, por las vueltas que ha dado, apenas habrá descansado. Y no por las ganas de contármelo...
Sage rompió la distancia con ella, suspirando para sí misma y negando con la cabeza con una media sonrisa. En su mirada había orgullo y una expresión que decía «Te conozco bien».
—Y ahora que ya lo sé... —Sage le guiñó el ojo a Raven y, sin vergüenza alguna, se puso de puntillas y la besó con dulzura—, tú también sabes esto.
El silencio que siguió los devolvió por un instante a la realidad de que eran enemigos, aliados temporales, y que no se tenían aprecio precisamente. Raven aprovechó para añadir algo.
—Perdón por lo de anoche. —El peso que tenía en el pecho se aligeró—. Debería haber llamado a la puerta.
—Creo que, visto lo visto —Nasir hizo un gesto señalando la estancia—, estamos en paz.
Raven asintió vehemente.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —quiso saber Sage, curiosa, y la espía lo agradeció.
—Cuatro años —respondió Nasir—. Un año después de unirnos a la tripulación de Vasilak, se me declaró una noche y desde entonces caminamos y navegamos juntos.
—¿Barak fue quien se declaró? —Sage parpadeó, atónita—. No parece de los que toman la iniciativa.
—No lo conoces en absoluto, pero es un juicio más que comprensible si uno se deja llevar por las primeras impresiones —musitó él, cruzándose de brazos y apoyándose en la puerta—. Pero, sí, fue él, de forma muy clara y concisa.
—No vamos a contar nada a nadie, si es por lo que has venido —dijo Raven de pronto, dando un paso hacia delante.
—¿Decir nada a nadie? —Nasir soltó una risa seca, estupefacto—. Todos en este barco saben que estamos juntos.
Las dos mujeres se quedaron mudas ante dicha revelación e intercambiaron una mirada. Sage frunció la nariz y el piercing que llevaba siguió el movimiento; era evidente que no sabía adónde mirar.
—Creíamos que... —se excusó la espía, sintiéndose estúpida— que lo manteníais en secreto.
—¿Por qué íbamos a mantener nuestroamor en secreto?
La pregunta le llegó como una puñalada en el pecho y Sage silbó en respuesta, mirándose los pies descalzos, también avergonzada.
—Asumo que lo vuestro todavía no es amor —añadió Nasir al verlas tensas, apartándose de la puerta y acortando la distancia entre los tres—. Sea lo que sea que tengáis, es del todo válido.
—Estamos... —comenzó a decir Raven, buscando la palabra correcta.
—Estamos explorando nuestra relación más allá de una amistad.
Mientras Sage decía aquellas palabras, entrelazó su mano con la de Raven y le buscó los ojos. La espía le devolvió la mirada con una sonrisa tímida pero radiante, y ella respondió del mismo modo, la cabeza inclinada y las rastas cayéndole en cascada por el hombro derecho.
—¿Puedo preguntar cómo se lo tomó Neve?
Otro jarro de agua fría. Raven cerró los ojos, mientras que Sage giró la cabeza hacia el médico, apretando los gruesos labios con fuerza.
—Ella... no lo sabe.
— ¿Cómo?
Nasir se acercó aún más, mirando de una a otra varias veces, estupefacto.
—No os lo permite —dijo Nasir, dándolo por supuesto, con la rabia subiendo por su rostro, enrojeciéndolo por momentos—. Cómo se atreve a ...
—¡Por supuesto que no! —se apresuró a aclarar la artillera, defendiendo a su capitana.