La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 17. Mito #3
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17. Mito #3

Lo mejor sería sumergirse de nuevo, no era seguro seguir en la superficie.

Si Índigo y Arendar habían sido capaces de ver esa especie de isla en movimiento desde el barco, quizá la vieran a ella, y los Demonios no dudarían en acercarse al ver a una sirena merodeando por aquel paraje extraño.

Divisó el Luz del Alba y distinguió en cubierta las figuras empequeñecidas por la distancia de los dos contramaestres junto al timón.

Sin más preámbulo, se zambulló de nuevo, apreciando cómo sus escamas agradecían el contacto del agua contra ellas.

Si hubiese podido suspirar, lo habría hecho; en su lugar dejó escapar un cerco de burbujas, preparándose para lo desconocido.

Bajo el agua, las únicas armas que tenía eran la cola, las garras y su mente.

Analizó las aberturas hasta que dio con una con tamaño suficiente para colarse por ella y entró en el laberinto.

Impulsada por su potente cola y sus manos, serpenteó por los pasadizos, evitando aquellos demasiado estrechos para permitirle un paso cómodo.

Al rato se encontró de nuevo en la parte no sumergida y sus pulmones, anhelantes de aire, la obligaron a cambiar a su forma humana.

Empapada, notó que, al contacto con su cuerpo mojado, la roca de la zona seca se convertía en una especie de polvo o ceniza. La naturaleza de aquella descomunal masa horadada con forma de bóveda se le escapaba, pero siguió avanzando a gatas por el túnel hasta llegar a su final.

Se quedó petrificada, su cara, una expresión de asombro absoluto.

Ante ella se abría una enorme caverna poblada de ecos. Neve salió del túnel y se puso de pie.

Tras sondear el terreno y asegurarse de que era transitable, caminó con paso lento hacia el centro, donde había un único objeto de lo más extraño.

Parecía el marco de una puerta, como si hubiese habido algo allí en el pasado y solo hubiera perdurado el hueco...

, o no del todo: en la parte superior del marco quedaba un fragmento de lo que en su día fue...

—¿Un espejo? —murmuró para sí misma, y su voz debió de ser la primera que se oía en aquel lugar desde hacía siglos. Era como si alguien hubiera querido llevárselo con tanta prisa que, con la precipitación y la adrenalina del momento, se hubiera olvidado el último trozo.

El marco era algo más alto que Neve, así que, al acercarse, esperaba ver en aquel fragmento una parte de su propio reflejo, quizá el rostro..., pero contempló con horror que la imagen que le devolvía la superficie no era la suya, sino la de una desconocida.

Se giró de inmediato, esperando encontrar a alguien más allí, pero no, estaba sola.

Respirando agitadamente, se volvió de nuevo hacia el espejo, rezando para que la misteriosa imagen hubiera desaparecido, pero allí seguía.

Era el reflejo parcial de un rostro, el de una mujer de cabellos y piel blancos como la nieve y ojos de color púrpura claro cuya belleza parecía humana, aunque algo en ella revelaba que no lo era del todo.

Tampoco era una sirena; no había ninguna pista en la imagen que indicara la naturaleza de la fémina, nada que...

— Sácame de aquí.

Neve se apartó de un salto, ahogando un grito de puro terror.

El tono era desesperado, el de alguien cansado de suplicar, alguien al límite. Y las palabras habían salido del maldito trozo de espejo.

La misteriosa mujer lloró desconsolada tras esa petición, y la escena volvió a repetirse una y otra vez.

No estaba sucediendo en el presente. Era un recuerdo, algo del pasado que había quedado grabado en el cristal.

Neve miró a su alrededor y de pronto comprendió lo que era aquello..., o lo que había sido.

Una cárcel.

Una cárcel para algo o alguien que quizá logró escapar..., o quizá no.

Respirando hondo, se acercó de nuevo y se atrevió a preguntar a la imagen del espejo.

—¿Puedes verme?

La dama blanca no respondió; solo repetía lo mismo sin cesar: «Sácame de aquí».

No estaba viendo a alguien encerrado allí. Era alguien que había estado donde ella se encontraba en ese momento.

—¿Quién te hizo esto? —Se sorprendió al percibir el dolor en su voz—. ¿Quién eres?

En ese instante, el agua le rozó los pies.

Aquella roca se hundía.

Localizó el sitio por el que había entrado y corrió hacia él, pero algo la detuvo en el último segundo.

Giró sobre sí misma pensando en la mujer del espejo.

No se lo pensó dos veces.

Veloz, fue hacia allí y, haciendo acopio de fuerza, arrancó el trozo. Los bordes mellados le lastimaron las manos, pero no hizo caso y, un momento después, el marco quedó reducido a polvo.

Y Neve no perdió más tiempo y salió de allí despavorida.

De nuevo como sirena, serpenteó por los túneles hasta encontrar una salida y dejó atrás la estructura que, poco a poco, se hundía en el océano. Arriba, los primeros rayos del amanecer teñían el cielo y supo que el momento no había sido casual.

Se mantuvo a flote, viendo cómo aquella cárcel desaparecía bajo las aguas, hasta que la oscuridad del fondo marino se la tragó por completo.

Y entonces, con el trozo de espejo en la mano y un sentimiento de pavor en el cuerpo, volvió al Luz del Alba , sin saber muy bien cómo explicaría lo sucedido.

Ni cómo se lo ocultaría a Vasilak..., si es que tenía opción.