17. Mito #2
La capitana asintió y fue hasta la pared que había detrás de su escritorio, la más alejada de la puerta del camarote, para activar el mecanismo.
Puso la mano sobre la superficie, que a simple vista parecía corriente, pero enseguida la madera se convirtió en algo parecido al cristal, y el oscuro y vasto océano les devolvió la mirada.
—Intimida un poco, la verdad.
—Cuida del barco, Índigo.
—Lo haré, capitana.
Neve respiró hondo para tranquilizarse y, cerrando los ojos, lo atravesó.
Atravesó el cristal.
Al instante, se vio rodeada por el agua fría y oscura, y, con rapidez, se transformó. Ya en su forma acuática, se giró hacia Índigo, que la miraba fijamente desde el interior del barco. Neve hizo un leve gesto con la cabeza y su contramaestre respondió de la misma manera.
Un instante después, y a una velocidad vertiginosa, Neve O’Shea nadó en dirección a la isla flotante, dejando un rastro de burbujas tras ella.
Fue en mitad de la noche. El Indomable dormía apaciblemente en una noche de lunas nuevas que daría origen a historias y leyendas que los piratas de aguas cercanas y lejanas narrarían mil veces y que quizá se convertirían en mito.
Raven no había crecido creyendo en mitos ni leyendas; su infancia había sido lo más alejado de una fantasía, pero todo cambió el día que puso un pie en el Luz del Alba , huyendo de su vida anterior.
Una vida que una joven de diecinueve años no había podido soportar.
En ese momento, a sus veintinueve, la vida de pirata espía era casi privilegiada en comparación con lo que había tenido que hacer para sobrevivir desde que era tan solo una cría; recuerdos que una década después aún la perseguían y que la atacaban cuando menos lo esperaba.
Sobre todo, en la vulnerabilidad que la soledad aportaba.
Se había ofrecido a hacer guardia porque esperaba pronto la respuesta de sus confidentes en tierra y, aunque se había entrenado física y mentalmente para no sentirse amedrentada por esa clase de pensamientos, a veces se preguntaba qué habría ocurrido si aquella noche hubiese matado a la persona que le habían encomendado; si no hubiese huido tras darse cuenta de que, si no lo hacía, sería ella la siguiente en morir.
No habría sido la primera vez que cumpliera un encargo de asesinato.
Al fin y al cabo, esa había sido su vida antes de llegar al Luz del Alba .
De ahí que Neve la hubiese elegido como su espía: gracias a su gran habilidad para moverse sin ser vista a pesar de su altura y a los conocimientos que había ido ganando como asesina, que podía aplicar en su nuevo círculo de confianza.
Todo seguía un esquema claro, y para Raven era tan sencillo como blandir una espada o disparar un arma.
Quitar una vida sin que nadie se percatase y sin dejar un rastro de sangre.
Un graznido la distrajo de sus reflexiones y el cuervo se posó en silencio en la baranda de cubierta con el mensaje colgado del cuello.
No perdió el tiempo y se acercó al ave, que se mantuvo quieta mientras ella recuperaba y desenrollaba el pequeño pergamino que portaba...
, la respuesta que tanto ansiaban recibir.
Raven identificó el código y lo leyó en voz alta una vez que lo hubo descifrado:
—Mañana al atardecer. Tintorería en la calle Veinte, al sur de Velora. Sed puntuales.
Debía informar a Barak. Se dirigió a la escotilla, bajó las escaleras y, oyendo los ronquidos del resto de los piratas del navío, serpenteó hasta llegar al camarote privado de Vasilak, que Barak y Nasir compartían.
Imaginó que estarían dormidos a esas horas, por lo que abrió sin llamar, lista para comunicar sin demora las novedades.
—Capitán, he recibido respuesta de mis espías y...
Debería haber llamado a la puerta.
Pudo ver el momento exacto en el que rompió todo el ambiente y la tensión sexual, pues Barak estaba besándole el cuello a Nasir mientras este le empezaba a quitar la camisa a él.
La joven se quedó pasmada, con la mano agarrando el pomo de la puerta y la frase a medio decir en el aire.
Nasir se apartó, ruborizado, mientras Barak suspiraba molesto y le hacía un gesto con la cabeza a Raven.
—Rapidito. Estábamos ocupados.
La chica carraspeó y sonrió para sus adentros.
—He recibido respuesta. Debemos poner rumbo a Velora de inmediato.
—Informa a los que estén de guardia de que he dado órdenes de que así sea. Ahora vuelve a tu puesto y déjanos solos.
—Claro, capitán. Disculpa la intromisión.
—Y la próxima vez llama a la puerta. Se agradecería.
Raven asintió y, aguantando la risa mientras salía, corrió a cubierta para dar instrucciones sobre el nuevo rumbo.
Se detuvo bastante cerca, en cuanto comprobó que no se trataba de una isla, pues no había tierra debajo, solo la negrura del agua que se extendía metros y metros hacia el fondo.
Además, las pocas criaturas que percibió se habían refugiado en la oscuridad, alejándose de lo que fuese que tenía delante.
Era gigantesco, como el cadáver de una tortuga marina descomunal de la que solo quedaba el colosal caparazón como prueba de que una vez estuvo viva. De ahí que se moviese despacio y sin ruido. En todo caso, Neve no sentía que fuese una amenaza, así que aún con más razón tenía que ser cauta.
A medida que se acercaba al extraño objeto, el entorno había cambiado.
Lo había percibido en la temperatura del agua, que se había vuelto mucho más fría, gélida, como si dos corrientes se hubieran entremezclado.
Eso, unido a la falta de luz tanto dentro como fuera del agua, la obligó a agudizar sus sentidos.
Había estado tentada de usar su poder de luz, pero sería como un faro y no convenía llamar la atención, ni de lo que hubiese abajo ni de lo que hubiese arriba.
Además, la inquietud que le provocaban aquellas aguas desconocidas se sumaba a la tensión y la curiosidad que se habían despertado en ella. Organizó sus pensamientos, puso la mente fría y se acercó al misterioso objeto hasta que pudo tocarlo.
La parte sumergida de aquella estructura inmensa presentaba una serie de aberturas que dejaban pasar el agua y creaban extraños efectos de sonido.
Neve se asomó con cautela por uno de esos orificios para echar un vistazo.
Sus escamas se abrieron y cerraron, gesto que denotaba sorpresa: ante ella se extendía un laberinto de pasillos que se entrecruzaban y la invitaban a perderse en ellos.
Se apartó despacio girando sobre sí misma, y los tentáculos de su cabello formaron un halo en torno a su rostro debido al movimiento: estaba sola en aquel lugar, y un océano sombrío y turbador la rodeaba.
Si esa cosa había aparecido allí en mitad de la noche, debía de haber una razón.
En todos sus años de vida marinera jamás había oído hablar de nada parecido, ni siquiera a sus padres.
Pero también era cierto que había navegado antes por aguas profundas y alejadas de tierra por las que no se había atrevido a nadar, y se preguntó si, justamente por eso, aquel sería el lugar donde hallaría respuestas.
No debía perder más tiempo.
Ascendió a la superficie, donde una cálida noche le dio la bienvenida. Adaptó sus ojos a la oscuridad y se acercó a la parte aflorada del insólito objeto. Lo acarició con sus escamosas manos y le sorprendió descubrir que no era arenoso, sino más bien... roca. Roca pura y dura.
Era una roca hueca y gigante que flotaba en mitad del océano.
Pero cómo había llegado hasta allí no era el misterio a desentrañar, al menos no para Neve.
Con el paso de los años, había aprendido que a veces las cosas no aparecían por casualidad, de manera que, si en aquella noche de lunas nuevas algo así se había cruzado en su camino, tenía que ser por un motivo.
Lo que le preocupaba era el precio que tendría que pagar por descubrirlo.
«¿Qué es lo que escondes?», se preguntó.
Fuese lo que fuese, lo iba a averiguar; quedarse con preguntas a medio responder no era una opción.