17. Mito
Mito
Encontrar un rato de soledad en aquel barco era casi imposible.
Nada tenía que envidiar el Luz del Alba al Indomable , sobre todo en cuanto al tránsito de personas se refería.
En su día, cuando se unió a Neve, a Sage le pareció muy extraño que ellas cinco fueran el total de la tripulación.
Al principio fue singular, silencioso y una sucesión de errores hasta que todas acabaron adaptándose a una rutina en la que cada una de ellas encajaba en un engranaje perfecto.
Pero su realidad actual consistía en no separarse de Raven y establecer conversación con Barak y Nasir solo cuando era estrictamente necesario.
El recibimiento del resto de los marineros, la tripulación del Indomable , había sido... desagradable. Se habían visto obligados a resignarse y acatar las órdenes de su capitán, y, por suerte, ambas compartían una alcoba privada, al ser las únicas mujeres a bordo.
En parte aún no sabía si eso la tranquilizaba.
Había pasado casi una semana desde que ambas embarcaciones habían tomado caminos separados, y estaban esperando para iniciar la primera fase del plan que Raven, los dos Demonios del Mar y ella misma llevaban preparando desde el día que pusieron rumbo al archipiélago.
En ese momento circunnavegaban la isla de Unea y habían doblado ya el cabo donde se encontraba Tullem, la capital, cuyo faro guiaba a los navíos hacia tierra firme en la oscuridad de la noche.
En pleno mediodía y bajo un sol inclemente, los cuatro se encontraban en la mesa que habían improvisado en el puente de mando, detrás del timón, para que Barak participara en la planificación mientras mantenía el rumbo, y escuchaban las instrucciones de Raven.
—Mis confidentes no tardarán en contestar a mis misivas. Debemos ser pacientes. Eso sí, en cuanto tengamos respuesta..., será una cuenta atrás.
—¿Crees que alguien ha podido interceptar e interpretar tus mensajes? —preguntó el médico.
—Esas misivas usan un código de cifrado especial que solo conocen mis espías. Además, para mayor seguridad, lo cambiamos con frecuencia.
—Imposible desentrañarlos, entonces —declaró Sage, cruzada de brazos junto a Raven, que había apoyado las manos en la mesa redonda—. Necesitamos esa información para actuar en consecuencia. Ahora mismo vamos a ciegas. Nuestros agentes responderán pronto.
—Nada que objetar —musitó Nasir, observando el mapa del archipiélago y parte del continente que tenían delante—. Propongo que anclemos en esta zona, así estaremos en un punto intermedio en caso de tener que volver atrás.
—Me parece buena idea, ya que tarde o temprano tendremos que ir al continente. Aun así, izad la bandera blanca —dijo Raven.
—Estáis en territorio enemigo —les recordó Sage en un murmullo, con una mueca de satisfacción.
Barak, capitán provisional del Indomable , se dispuso a fondear.
—Esperemos que no tarden —comentó mientras el peso del ancla hacía que el barco se balanceara.
La espía, tan alta como él, fue quien contestó.
—Estoy segura de que hoy mismo recibiremos noticias.
—Estupendo. ¿Qué os parece si comemos aquí? —propuso, dirigiéndose hacia las escaleras con intención de avisar al cocinero—. La tripulación ya ha comido, y no nos vendría mal repasar los accesos a la capital.
La propuesta sorprendió hasta a Nasir, que entreabrió ligeramente los labios.
—Por qué no —aceptó Sage, dando una palmada. Si iban a confraternizar, o al menos a intentarlo, mejor con el estómago lleno—. ¿Qué hay en el menú de hoy, capitán?
Apagó la cerilla tras encender la última vela que había sobre la mesa. Habían anclado el Luz del Alba en medio de un tranquilo océano envuelto en oscuridad y solo las estrellas decoraban el negro cielo.
No es que Índigo se quejara de aquel espectáculo nocturno único, pero se le hacía raro que ninguna de las dos lunas estuviese a la vista.
Aquella noche había lunas nuevas completas, lo que significaba que ambas se habían escondido de los ojos humanos.
Tal vez querían algo de privacidad. Desde luego, ella sí que la necesitaba.
Los primeros días conviviendo con Arendar, Garret y Vasilak habían sido extraños para las chicas.
Desde el primer día habían establecido una rutina con tareas para cada uno, así como la jerarquía a seguir en el barco: Neve era la máxima autoridad, seguida de Vasilak, y después venía ella.
También se habían establecido las guardias. Esa noche, le tocaba a ella.
No es que le desagradasen, al contrario. Ese solía ser su momento de paz y soledad en cubierta, mientras el resto dormía, cosa que agradecía. Pero justo esa noche, al haber tan poca luz, el capitán Rackstorm había ofrecido a su contramaestre para que la acompañase.
Este se encontraba abajo, en cubierta, pues ella se había refugiado en el puente de mando con su fiel compañero el timón, que parecía susurrar en silencio lo divertida que le parecía la escena.
—¿Quieres compañía?
Índigo dio un respingo y se giró para ver que Arendar estaba en la escalera, con una mano en el pasamanos, un pie en cubierta y el otro en el primer peldaño, evidentemente inseguro de si sería bienvenido allí.
—¿Acaso la he pedido?
—No, de ahí mi pregunta. Solo tienes que contestar y, si es un no, me iré a la otra punta del barco..., lo que no es muy lejos, por lo que creo que será aún más incómodo para los dos.
—Odio lo incómodo, pero lo será igual si te quedas.
—Aquí el resentimiento es mutuo, pero somos dos personas adultas y podemos actuar durante el resto de la noche, fingiendo que nos toleramos y nos interesamos por los temas banales que el otro comenta, aunque ninguno de los dos tenga genuino interés. ¿Qué te parece?
Índigo parpadeó. Y tuvo que apretar los labios para que no se le escapara una sonrisa.
—¿Eso ha sido una sonrisa?
Ella fingió toser, negando con la cabeza.
—¿Qué sonrisa? —Carraspeó de nuevo—. Estaba intentando no toser porque me ha parecido muy grosero por mi parte responder así.
—Y ahí lo tienes. Temas banales. —Arendar subió e Índigo se cruzó de brazos y se apartó, aunque el joven de cabello blanco y ojos azules mantuvo las distancias—. Hoy hay lunas nuevas.
—Me he dado cuenta.
—No, contramaestre Índigo. Así no. —Se acercó un poco, en ese momento con las manos metidas en los bolsillos de su oscuro pantalón—. Debes decir algo tipo: «Pero ¿cómo es posible que no las veamos? ¡Es inaudito!».
—Estás pidiéndome que actúe como una necia.
—Jamás le pediría eso a una dama. Para necios ya estamos los hombres.
—Ese no me parece un tema banal —comentó ella, todavía cruzada de brazos y encarándolo del todo—. Es un tema de lo más interesante, y cierto, además.
—Exacto: el segundo nombre de todo hombre debería ser ese, Necio. El mío lo es.
—¿Por qué intentas... esto?
—¿El qué? —inquirió, fingiendo inocencia.
—No vas a conseguir caerme bien, contramaestre.
—No quiero caerte bien, contramaestre . Solo que la noche se haga más amena.
Había verdad en sus palabras. Podía seguirle aquel juego e intentar que las horas no fuesen tan tediosas.
Además, durante los cinco días de travesía que ya llevaban, solo durante el primero se habían cruzado con otros barcos y todos iban en dirección contraria.
Ninguno quería ir adonde iban ellos, por lo que las posibles amenazas no estarían en la superficie, sino bajo las aguas.
—Eso es... —empezó a decir ella, cuando algo le llamó la atención; algo a lo lejos, en las aguas calmas.
Se lo tenía que estar imaginando, no podía ser verdad.
«¿Qué narices es eso?», pensó, pero no con curiosidad, sino con una preocupación creciente y la adrenalina provocada por lo desconocido comenzando a inundar sus venas.
Índigo pasó junto a Arendar y fue hacia la borda, sus botas repiqueteando en la madera. Desde luego, había muy poca luz, por lo que sus ojos le podían estar jugando una mala pasada, pero parecía real.
—¿Seguimos fondeados, contramaestre Arendar?
Él apareció a su lado, sus ojos azules buscando lo que quiera que fuera que la chica había divisado en la oscuridad.
—Así es. El ancla está echada.
—Entonces, ¿me puedes decir si estoy loca o, por el contrario, ves como yo que esa isla se está moviendo?
El hombre buscó lo que había hecho palidecer a la contramaestre y se quedó sin aliento al verlo. En medio de la oscuridad, apenas visible pero presente, un islote se deslizaba despacio sobre las aguas, como provisto de vida.
Parecía un cadáver de tierra a la deriva.
—¿Eso es una isla?
—Lo parece, aunque no sé lo que es, pero... si estamos parados y eso se está moviendo...
—Mierda.
—Exacto.
Índigo volvió a la mesa, cogió su pluma, la mojó en tinta y escribió algo deprisa en el pergamino en el que un rato antes había estado haciendo anotaciones.
—Vigila esa... cosa —le pidió a Arendar, soltando la pluma—. Tengo que avisar a la capitana de inmediato. ¡Tú no lo pierdas de vista!
Bajó corriendo hacia los aposentos de Neve, temerosa de que aquella misteriosa isla desapareciese. Lo que no pudo ver fue que Arendar se quedó blanco al leer las anotaciones de la joven.
Ni que se tambaleó hacia atrás, como si hubiese visto un fantasma.
—¿Moviéndose?
—Te lo juro. Arendar te lo puede confirmar. Estaba conmigo desde hacía poco cuando la he avistado durante nuestra guardia.
Neve se levantó de la cama a toda prisa y, descalza y en camisón, puso los brazos en jarras, sopesando qué hacer.
Aunque la respuesta era evidente.
—Voy a ir a investigar.
—¿Estás segura?
—Saldré por aquí al agua. Nadie me verá. Intentaré volver cuanto antes.
—¿Y si es un monstruo marino de las profundidades? Estamos en aguas desconocidas, Neve.
—Lo habría sentido. Creo que se trata de lo que tú dices, una isla. Pero que se mueva... Tengo que ir a ver de qué se trata.
—Una hora, Neve; más tiempo levantará sospechas.