La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #8
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16. Una última parada #8

Ivette no le había dirigido la palabra desde que habían salido.

Iba entre Arendar y Garret, y Vasilak tuvo que tragarse el sabor agridulce de la indiferencia de su hija.

Una vez que avistaron el Luz del Alba se fijó en que Vesna y Neve parecían mantener una conversación que se notaba tensa desde allí; luego su hermana bajó al muelle al mismo tiempo que la curandera, Hazel, embarcaba.

—Arendar, Garret, subid al barco. Quiero despedirme.

Estos asintieron; Ivette siguió sin decir nada.

—Nos vemos pronto, enana —le dijo el arquero, dándole un abrazo y besándole la coronilla—. No te cabrees con tu padre. La vida es demasiado corta para estar enfadada.

Arendar, en cambio, se agachó y le besó ambas manos, sin decir nada. Ivette lo abrazó con fuerza.

Los chicos fueron hacia el barco e intercambiaron un rápido apretón de manos con Vesna al cruzarse con ella. Esta se detuvo al llegar junto a su hermano y, con un gesto de la cabeza, le indicó que se alejaba un poco para darles intimidad.

Tocaba despedirse.

Dioses, cómo odiaba hacerlo.

—Ivette, ven aquí.

La cría negó con la cabeza, girándose y dándole la espalda..., algo que hacía siempre que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—No me voy a subir al barco hasta que me despida de ti, cariño. Ven aquí con tu padre.

—Llévame contigo.

—Ya sabes que no puedo.

Los hombros de la niña empezaron a sacudirse y oyó que rompía a llorar.

Vasilak la rodeó y se agachó frente a ella, que se cubría la cara con sus pequeñas manos.

—No hace falta que digamos nada. Solo es un «hasta luego», ¿sabes? Con un abrazo de esos que me das será más que suficiente —musitó Vasilak en aquella reducida y privada burbuja—. Dame las manos, cariño. No hay por qué ocultar la pena que uno tiene.

La joven obedeció por fin, y Vasilak se maldijo a sí mismo.

«¿Qué narices estás haciendo? Deja todo esto. Ve a recuperar tu barco, acaba con ella y vuelve a casa. El causante de estas lágrimas eres tú, pedazo de...».

Su hilo de pensamientos se vio interrumpido por un leve tirón dentro de él. Fue casi imperceptible, pero lo sintió. Un tirón que parecía provenir del Luz . Echó un rápido vistazo al barco y vio a Neve, que presenciaba la escena con semblante serio.

Vasilak apartó la vista enseguida y se percató de que su hija seguía mirando sus manos unidas, con grandes lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Prométeme que volveremos a vernos.

—Pues claro que nos volveremos a ver. ¿Acaso hago promesas que no voy a cumplir?

Ivette negó con la cabeza y lo miró al fin.

Y a Rackstorm le golpeó lo mucho que se parecía a ella.

Ya no eran solo los ojos, sino ciertas expresiones que, aunque hubiesen pasado tantos años, al verlas reflejadas en el rostro de su hija le hacían volver a los tiempos en que aún estaba viva y su voz y su presencia eran algo tan cotidiano como respirar.

En ese momento, en cambio, pertenecían a la caja de recuerdos amargos y dolorosos que todo ser vivo lleva consigo.

Vasilak le ofreció una mueca y juntó su frente con la de su hija, que cerró los ojos.

— M’kwali , ¿vale?

Ivette apretó sus manos, repitiendo la palabra en un susurro.

— M’kwali .

«Para siempre».

La muchacha se separó de él y se lanzó a sus brazos. Vasilak no se lo pensó dos veces y, poniéndose de pie, la abrazó con fuerza. Ella le rodeó la cintura con las piernas y estuvieron así un minuto, dos.

Vasilak no dejó de dedicarle palabras reconfortantes: lo mucho que la quería; lo orgulloso que estaba de ella; la fiesta que montarían una vez que volviera a casa.

—Tú y yo, pequeña. No lo olvides. Ahora —la bajó poco a poco y cogió su rostro entre sus manos, agachándose para estar casi a la misma altura—, deja que tu tía te lleve a casa y estaré contigo antes de lo que imaginas.

Ivette asintió y ambos se giraron al oír los pasos de Vesna, que con las manos a la espalda esperaba tranquilamente.

Vasilak miró a los ojos de su hermana y vio comprensión en ellos.

La cruda realidad de que no sabía si volvería de esa.

Rompiendo la distancia, Vasilak le dio un abrazo intenso y fuerte a Vesna, y aprovechó para susurrarle al oído:

—Si no regreso, ella es la heredera. Todo es suyo. Todos la obedecen.

Vesna no respondió, pero Vasilak percibió el leve movimiento de cabeza: un asentimiento.

No quiso alargarlo más, pues la tortura sería mayor, por lo que subió en cuatro zancadas por el acceso al barco.

Los trabajadores del puerto retiraron la rampa para que el Luz empezara su travesía.

Neve había subido al puente para hacerse cargo del timón, y los demás, incluso Arendar y Garret, se ocupaban de las tareas que les habían encomendado mientras el navío empezaba a alejarse del muelle.

Con los brazos caídos a los lados, Rackstorm seguía con la vista fija en Ivette, que lloraba abrazada a su tía.

Vesna le susurraba algo a la niña, como si intentara consolarla.

Vasilak le lanzó un beso al aire, llevándose la mano al pecho, justo encima del corazón.

No apartó la mirada del muelle hasta que lo perdieron de vista y lo único que quedó a su alrededor fue el océano.

El vasto Océano Central, peligroso, profundo y desconocido.