La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #7
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16. Una última parada #7

—... que gasté en munición. A saber lo que nos encontraremos ahí fuera.

—Además de lo que nos llevamos de aquí —declaró Garret chorreando y con una toalla atada a sus caderas.

Vasilak asintió con la cabeza y volvió a su habitación para despertar a su hija.

Se vistió con todo el sigilo que pudo.

La habitación, solo iluminada por las pocas velas que quedaban encendidas, estaba en silencio excepto por el leve ronquido de Roy. Hazel se había zafado de su abrazo y había recuperado su ropa, que estaba esparcida por toda la estancia.

No tenía ni idea de qué hora sería, pero necesitaba un poco de aire fresco.

Además, esa misma mañana partían a océano abierto. Lo mejor era reunirse con Neve cuanto antes.

Cuando estaba a punto de salir oyó que Roy murmuraba:

—¿Dalia?

Sin responder, Hazel salió y cerró la puerta con cuidado.

Recorrió los sinuosos pasillos sin cruzarse con nadie y, de manera inesperada, se topó con el gran salón, en ese momento vacío a excepción de un par de tipos dormidos, uno en el suelo y otro sobre la barra.

Pasó de largo y, con rapidez, fue hacia la entrada principal, donde tenía intención de recuperar sus armas.

La luz de la mañana le dio la bienvenida. Aún era tenue porque era temprano, y tomó la decisión de ir al Luz en cuanto estuviese equipada de nuevo.

Se sentía ligera. Necesitaba una noche de «distracciones» y Roy había cumplido su cometido de forma positiva.

De las tres veces que lo habían hecho, al menos había culminado en una ocasión.

Era mucho pedirle a un tío que cumpliese en todas, pero se lo había pasado bien, porque le encantaba tener a los hombres encandilados y deseosos de ella, y Roy había sido uno de ellos.

Se encaminó a la recepción, donde, para su asombro, estaba Tania, fumando un cigarrillo. El lugar parecía muy distinto sin el misterio, la atmósfera y la pasión nocturnos; era mucho más mundano.

—Esto... ¿puedes devolverme mis armas?

La chica levantó la vista y un fugaz gesto de furia inundó su rostro.

— Tú.

—¿Yo?

—Estarás contenta.

—¿Por haber pasado una noche follando y pasándomelo bien?

—soltó con descaro. Para Hazel, el sexo era algo tan natural como respirar.

Y si a la otra persona le incomodaba, era su problema...

, pero, tal y como había visto la velada anterior a Tania en los brazos de Garret, supuso que aquellas palabras no le afectarían lo más mínimo—. Sí. ¿Mis armas?

La chica apagó el cigarrillo con rabia en el escritorio y fue hacia el armario donde las había dejado la noche anterior, sacó la bolsa y se la entregó. Hazel pudo comprobar que Índigo y Neve ya habían recogido sus armas.

Genial. Cuanto antes se fuesen de allí, mejor .

—No era precisamente a lo que me refería —escupió la recepcionista mientras la curandera se equipaba.

—Mira, Tania, lo último que quiero es pelearme contigo a primera hora de la mañana. No sé qué narices te ha picado, pero no voy a rebajarme a esos niveles.

—No hicimos nada —gruñó ella, cruzándose de brazos.

—¿Y eso es culpa mía?

Fue a responder, pero se lo pensó mejor y apretó los labios.

—Piensa lo que quieras. Si no quiso llevarte a la cama, no es problema mío, sino suyo. Eres guapa y lista. La próxima vez búscate a uno que se concentre en que los dos lo paséis bien. A más ver.

Hazel atravesó las puertas, pero pudo sentir la mirada resentida de la chica quemándole la espalda. Salió al camino por el que habían llegado la noche anterior y bajó al puerto. Algunos barcos ya habían zarpado mientras que otros se aprestaban para navegar.

En cuanto supo que nadie podía verla, esbozó una sonrisa felina.

«No hicimos nada». Las palabras resonaron en su cabeza con fuerza.

Qué victoria tan... placentera.

En cuanto se acercó al Luz , vio a Índigo en el timón, sin duda decidiendo el rumbo. Y, en cubierta, Neve hablaba muy seria con Vesna.

No había rastro de los Demonios del Mar.

«Últimos minutos de libertad antes de encerrarnos con ellos en alta mar», pensó y, en lugar de embarcar, se quedó en tierra, estiró los brazos y respiró el singular olor que le ofrecía la fresca mañana.

—Esto es todo lo que lleváis. Tendréis suficiente para tres meses, pero no más.

Neve examinó los pergaminos de nuevo y tuvo que reconocer que estaba gratamente sorprendida.

Que Vesna les hubiese proporcionado tal cantidad de suministros en una sola noche le hizo saber su estatus.

Además, el navío estaba intacto y parecía que sus aposentos no habían sido «allanados», lo que apaciguó la desconfianza de Neve.

De todos modos, solo deseaba salir de la boca del lobo.

—Déjame decirte que el famoso Luz del Alba no me ha decepcionado —comentó Vesna una vez que acabaron de hablar de los suministros, paseando la mirada por el navío—. He de admitirlo, se nota que lo construyeron con cariño. Es elegante y sofisticado.

—¿Un Rackstorm alabando mi barco? Tendré que apuntar eso en el cuaderno de bitácora —bromeó Neve, entregándole los pergaminos a Índigo, que había bajado del puente de mando a recogerlos al ver el gesto de su capitana.

—Pero también tiene sus puntos débiles.

—Que sin duda habrás memorizado, o tal vez ayer mandaste a tus hombres a que hicieran un boceto mientras dormíamos bajo tu techo.

—Ni confirmo ni desmiento —se limitó a responder Vesna.

Neve observó cómo se movía por el barco, y pudo ver el parecido con Vasilak al instante: el modo de caminar, cómo tensaba la mandíbula, la forma de la nariz y los ojos.

—Hubieses disparado, ¿verdad? —preguntó Neve sin poder evitarlo.

Vesna se detuvo, la miró y sonrió de medio lado.

—Nunca digo que no a un buen espectáculo. Sí. Habría disparado, capitana O’Shea. Por el honor y la gloria de mi familia y de mi hermano.

—Tuve razones para ir a por él.

La mayor de los hermanos Rackstorm hizo un gesto duro, apretando los labios, sabiendo que se refería a la capitana. Por fin, dijo:

—Y él tuvo las suyas para ir a por ti. No sé si decir que fue mala suerte o fortuna el hecho de que la daga que clavaste a escasos centímetros del corazón de Vasilak no diese en el blanco. Pero, si no se ha cobrado su venganza hasta ahora, lo hará en algún momento..., y los mares serán suyos.

—Los mares no pertenecen a nadie más que a sí mismos. Parece que eso es lo que os cuesta entender a los piratas.

—Tú también eres pirata, querida.

—Pero sé respetar el territorio por el que me muevo. ¿Puedes decir lo mismo?

Sintió los pasos de Índigo, que le susurró al oído:

—Ya vienen. Hazel está en el muelle, a los pies del barco.

Asintió agradeciendo la información, y vio que Vesna echaba un vistazo rápido a su contramaestre y se quedaba pasmada. Siempre ocurría cuando alguien miraba a los ojos a Índigo.

—Tu hermano ya está aquí. Será mejor que os despidáis.

Vesna asintió, apretando la mandíbula y dirigiéndose hacia la rampa de acceso. Neve la siguió, pero no bajó del navío, y vio que Hazel se cruzaba con Vesna mientras ascendía al barco.

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó Neve sin mirar a Hazel en cuanto esta pisó la cubierta.

No pudo verla, pero sintió su sonrisa de oreja a oreja.

—De maravilla.