La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #6
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16. Una última parada #6

La muchacha soltó una exclamación, mostró una mueca de desagrado y resopló molesta al ver de quién procedía esa pregunta.

—¿Por qué no te metes en tus asuntos?

—Déjame adivinar: No vienes con nosotros, ¿verdad?

La joven frunció los labios y apretó y relajó los puños en un intento de calmarse.

—¡Estoy harta de que no me escuche!

Neve se giró, apoyando su peso en la gruesa baranda del balcón y entornando los ojos a la vez que se cruzaba de brazos.

—Parece que necesitas que alguien lo haga. —Sus palabras fueron sinceras.

—¿Y vas a ser tú?

—Aprovecha antes de que nos vayamos y tú te quedes en tierra.

Los ojos verdes de Ivette relumbraban a la luz de las lunas, que resplandecían tras ellas en el firmamento. En ellos ardía la llama de la ambición, del deseo, del anhelo por que la desencadenasen y la dejasen hacer lo que quisiera; una adolescente en toda regla.

—¿Ya lo sabías? —Hizo una pausa para señalar hacia el interior, donde estaba Vasilak—. Que me obliga a volver a casa.

—No era difícil adivinarlo —declaró sin apartar la mirada de ella.

—No es justo. —La muchacha se acercó a la baranda y la agarró con ambas manos. Se balanceó ligeramente, todavía muy afectada por la decisión de su progenitor. Aun así, mantuvo una distancia prudencial con la capitana.

—Tiene su lógica —opinó esta—. Eres su hija y quiere lo mejor para ti. Agradece que tienes un padre así. Otros no lo tienen, o peor, lo tienen y es una verdadera pesadilla.

—Y los tuyos eran así, ¿verdad? Por eso has salido tan cruel.

—Piensa lo que quieras. Pero tú no has tenido que ver a tus padres colgados con las tripas fuera ni luchar por darles un entierro digno.

La joven Rackstorm la miró, esta vez con cierto toque de consternación que se apresuró a ocultar, pues no quería que supiera que aquello había captado su interés.

—¿Qué les pasó? —preguntó en un susurro, como si de pronto fuese consciente del peso que tenían sus palabras.

¿Rackstorm no le había contado nada ?

—Buen intento, niña, pero la que ha venido agitada a perturbar mi momento de tranquilidad has sido tú. No voy a darte la ventaja de dejarte preguntar lo que te venga en gana. Lo que sí te voy a dar es un consejo. Si lo tomas o no, no me puede importar menos.

»Escucha lo que tu padre te diga. Cada frase, cada consejo, cada lección. Apréndelo y aplícalo.

La menor de los Rackstorm no respondió al momento, su larga coleta negra ondeando en la brisa que se levantó en aquel instante.

—¿Sabes? Muestras un comportamiento muy contradictorio, capitana O’Shea.

Esperaba de todo menos aquella respuesta. Cambiando su peso de una pierna a otra, Neve descruzó los brazos y aferró la baranda con la mano izquierda mientras ponía la otra en jarras.

—Vaya, ahora no me puedes dejar con la miel en los labios. ¿Qué es contradictorio, exactamente?

—Solo digo que yo podría haberte disparado en el corazón, como bien dijiste.

Pero tú ... —Ivette dio dos pasos, señalándola; aun así, mantuvieron las distancias— podrías haberme matado allí mismo y no lo hiciste.

Y ahora andas dándome consejos sobre qué debo o no debo hacer tras discutir con mi padre.

»Si eso no te parece contradictorio, no sé qué otra cosa puede serlo. Imagino que tienes un motivo, pero seguro que ni siquiera tú lo sabes.

—No asumas que desconozco el motivo por el que actúo de cierta manera.

Puede que a ti te parezca ingenuo o incluso un tropiezo por mi parte —dio un paso hacia la joven, que se estremeció, aunque trató de ocultarlo—.

Como he dicho: ahí tienes mi consejo. Tómalo o déjalo.

Ahora, vete. Este es el único lugar donde no hay un solo ser que quiera clavarme un puñal por la espalda en este peñón.

—Sus razones tienen.

— Ve-te —ordenó la capitana.

Ivette hizo ademán de marcharse, pero, en el último momento, se giró y declaró con orgullo:

—Voy a ir pregonando por ahí que la herida que tienes en el hombro es mía.

Para sorpresa de Neve, se vio mostrando una mueca de diversión que también asombró a Ivette, cuya máscara de chica dura cayó durante un instante para dejar ver a la cría de trece años que era y que solo quería ser escuchada.

—Presume de ello. No todos los que me han atacado han vivido para vanagloriarse de dicha hazaña.

La muchacha asintió y, muy a su pesar, dijo:

—Buen viaje, capitana O’Shea. Y suerte. Solo espero que, cuando vuestra travesía acabe, no haya perdido a mi padre también. No me gustaría quedarme huérfana del todo.

Y, tras aquella revelación de gran calado, la niña se fue.

Su madre no estaba viva.

El cristal de los ventanales que daban acceso al balcón le devolvió el reflejo borroso de la sorpresa instalada en su cara.

Y sus ojos, en lugar del común canela, brillando con ese toque dorado particular.

Neve sabía que era imposible que la chica detectase su parte sirena, pero fue un claro recordatorio de que en ese momento, más que nunca, debía ser cuidadosa.

Se giró y le dio la espalda al reflejo para encararse al mar. El agotamiento se abatió sobre ella y supo que debía descansar.

Observó las estrellas, las constelaciones y las lunas. Observó las olas rompiendo contra los acantilados, el sonido del mar. Escuchó lo que había bajo la superficie. Y, cerrando los ojos, se prometió que les pararía los pies a Rout y al Emperador.

Fuese como fuese.

En el primer amanecer de su gran travesía, el capitán del Indomable se llevó la humeante taza de café solo a los labios, soplando antes de tomar el primer sorbo. Era una costumbre que tenía: el único momento de paz antes de enfrentarse a lo que traería el día.

Las imágenes de la noche anterior se seguían repitiendo en su cabeza, y le resultaba complejo encontrar una sola palabra, un solo sentimiento, para describir qué predominaba en el interior de su pecho.

Curiosidad.

Preocupación.

Miedo.

Era humano y, por lo tanto, curioso por naturaleza. Pero, además, Vasilak se permitía sentir miedo, lo que le provocaba preocupación, y la preocupación lo obligaba a estar alerta, pues debía defenderse.

Así, en el fondo, el miedo era un arma que Vasilak Rackstorm había perfilado y amoldado a sus necesidades desde que se convirtió en capitán, hacía ya cinco años.

Tras la muerte de su padre.

Mentalmente, repasó todos y cada uno de los momentos que lo habían llevado más al límite la noche anterior.

Cómo Neve había mirado a su hija, pero no de un modo vigilante. Allí había algo más.

El insulto de los guardias. La calma con la que Neve había controlado a Hazel, aunque en sus ojos había podido ver la repugnancia.

Vesna con el cañón de su pistola contra la frente de Neve.

El modo en que Neve había irrumpido en la conversación con su hermana.

El vistazo de soslayo que Neve le había echado mientras subía por las escaleras...

Dio otro sorbo al café y, en sus pensamientos, volvió a aparecer.

Como una cascada dorada.

Neve. Neve. Neve. Neve.

«Neve».

Llamaron a la puerta y fue tal el sobresalto que tiró parte del café al suelo. Maldiciendo, dejó la taza en la repisa de la ventana y se dirigió hacia los pies de su cama para ponerse una camisa, pues llevaba solo los pantalones.

Abrió y, al otro lado, Vesna lo miró de arriba abajo, como lo hace una hermana mayor.

—Menudas pintas llevas. Acaba de vestirte y avisa a tus hombres. Ya tenéis el barco listo.

—Buenos días a ti también, hermanita.

—Que sepas que Tania está que trina.

—Y eso, ¿por qué?

—Pregúntaselo al guaperas de trenzas largas. Se ve que la calentó a base de bien y luego la dejó a medias.

—¿Garret? No me lo creo.

—Solo te informo de lo que me han dicho. Os espero abajo. Tu querida nueva aliada ya está con una de sus chicas en el Luz del Alba .

»Y, respecto a Ivette, dentro de unos días yo misma la llevaré a casa, así nos ahorramos sustos.

—Te debo demasiado.

—Podría decir lo mismo. Por cierto... —Tras dar varios pasos, Vesna se detuvo; parecía debatir consigo misma sobre algo.

—Suéltalo.

—Cada día se parece más a ella. Sus ojos...

Vasilak asintió, captando a qué se refería.

—Lo sé. Yo también me he dado cuenta.

Hubo un silencio cargado de comprensión, de empatía, pero también de aflicción.

—Bajo enseguida con los chicos, hermana.

La mujer tomó aquellas palabras como una despedida y se alejó por el pasillo iluminado por antorchas.

Vasilak cerró la puerta y fue hacia la ventana que daba al vasto océano.

Su hija seguía profundamente dormida. Apretó los labios y vio su reflejo en el cristal, su oscura melena cayéndole en cascada a ambos lados de la cara.

Cerró los ojos y, durante un momento, sintió que podía volver a vislumbrar su rostro. Su sonrisa ladeada. Su castaña cabellera. Sus ojos verdes.

Habían pasado tantos años que la imagen comenzaba a desdibujarse en su recuerdo..., así que se lo tomó como un mensaje para no olvidarla. Algo imposible.

«Yo también te echo de menos», lanzando el pensamiento al universo.

—Recomponte, Lak. Va a ser un viaje largo y pesado —se dijo a sí mismo, aunque le costó encontrar la voz.

Cogió la taza de café ya frío de la repisa y se dirigió hacia la alcoba contigua, que se comunicaba con la suya a través de una puerta. Arendar y Garret dormían en sus respectivas camas y, sin demorarse, los despertó y los apremió para que se vistieran.

—Vesna me ha dicho que dejaste con las ganas a Tania anoche.

—¿Qué cojones...? —soltó Arendar, su cara pura sorpresa y mofa..., lo opuesto a la de Garret.

—¿Por qué no os calláis la boca de buena mañana?

—¿Tuviste un gatillazo? —murmuró Arendar, tentándolo a entrar en el juego.

El arquero resopló, cabreado, y apartó las sábanas blancas con gesto brusco y se levantó de un salto de la cama.

—Pensad lo que queráis, pero dejadme en paz.

Desnudo, cogió la ropa, fue hacia el baño y cerró la puerta tras de sí.

Arendar y Vasilak intercambiaron una mirada, este último mordiéndose el labio y negando con la cabeza divertido.

—No tiene remedio. ¿Y tú qué? ¿Pasaste toda la noche jugando a las cartas?

—Gané veinte nokdrils...

—¿Y de qué te sirve ese dinero ahora que vamos a alta mar, amigo?