La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #5
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16. Una última parada #5

Se mantuvieron la mirada durante un instante que pareció alargarse, pardo con azul verdoso unidos por un magnetismo que la chica se obligó a romper.

Movió los dedos a modo de saludo, divertida, y el arquero puso los ojos en blanco y apartó la mirada de ella para fijarla en Tania, que se aferraba a él como una recién nacida a su madre.

—Chica, qué desesperación —dijo Hazel en voz alta.

Roy volvió con dos jarras de cerveza hasta los topes. Chocaron sus bebidas, tomaron un trago y Hazel comenzó una conversación en la que dejó que él fuese el centro de atención..., justo lo que les gustaba a los hombres; además, a ella no le interesaba contar demasiado.

Bastante suerte había tenido con que ninguno de los presentes la reconociera como tripulante del Luz del Alba .

Roy se embarcó en la narración de cómo habían tenido que robar unas mercancías que les habían robado previamente, pero había tanta inconsistencia en la historia que no se sostenía ni por asomo.

A la curandera no le podía importar menos.

Solo se fijó en sus brazos, en sus ropas cuidadas y limpias, lo cual era extraño en un pirata, y en cómo utilizaba su sonrisa de medio lado sabiendo que era su punto fuerte.

—Así que tuvimos que salir cagando leches para que no nos pegasen un tiro —acabó él, apoyando una mano en la pared y medio acorralándola.

—Madre mía, tuvo que ser horrible —soltó Hazel con voz inocente, para luego dar otro trago a su cerveza y levantar la cabeza a pesar de que estaba sentada en un taburete bastante alto.

—Dalia... —la miró de arriba abajo, pasándose la lengua por los labios, y Hazel solo pudo pensar en dónde le gustaría que la usase—, ¿te gustaría tener compañía esta noche?

—Pensaba que lo eras tú . ¿Acaso hay alguien más que...? —respondió esta de forma seductora.

—Oh, no, preciosa. Respeto esas prácticas, pero no soy de compartir a la persona con la que me acuesto. —Dejó la jarra en la estrecha barra de madera adosada a lo largo de toda la pared y le acarició la pierna—. Y menos a ti. A ti no te comparto..., si lo ves bien.

—Confieso que yo sí he actuado así con otras personas, pero hoy... —Lo agarró por la pechera y lo atrajo hacia sí—. Esta noche quiero un uno contra uno.

Eso fue suficiente para que Roy se lanzara.

Hazel abrió la boca y lo recibió con ganas. Era increíble, pero olía bien. Su barba le raspaba, pero no le importó. El hombre sabía lo que se hacía, y eso era algo que agradecía.

En otras ocasiones no había tenido tanta suerte.

Había echado de menos esa sensación, esa que te nace en el fondo del vientre y se extiende poco a poco por la piel hasta nublarte el entendimiento.

Soltó un suspiro de satisfacción y sonrió sobre los labios de aquel desconocido.

Oh, sí. Se lo iba a follar hasta el olvido.

La sala estaba algo más vacía que antes, y los piratas que quedaban, borrachos perdidos y absortos en sus batallitas, no les prestaban atención. Roy la llevó hasta la pared más cercana, la cogió en brazos y la alzó en volandas, a lo que ella respondió ciñéndole la cintura con sus piernas.

Sus lenguas se encontraron con fiereza y Hazel le mordió el labio inferior. Él gruñó en respuesta y la apretó aún más contra la firme superficie a sus espaldas, y se atrevió a bajar sus besos por su mejilla y su mandíbula hasta llegar a su largo y expuesto cuello.

Fue ahí cuando Hazel se permitió abrir los ojos. Al principio le costó enfocar, pero, cuando su vista volvió a la normalidad, lo descubrió.

A Garret observándola fijamente desde la otra punta.

Durante un momento se quedó extrañada. A esas alturas de la noche, ella había dado por supuesto que el pirata se habría ido, pero no.

Y, de pronto, el artillero del Indomable mostró una mueca.

Sorprendiendo a la joven Tania, la cogió con fuerza de la nuca y le plantó un señor beso en los labios.

La chica respondió con ganas, pasándole las manos por el cuello, poniéndose de puntillas y profundizándolo al punto de que Hazel no supo dónde acababa ella y dónde empezaba él.

Roy descendió despacio, dibujándole un húmedo trazo con la lengua hasta la base del cuello, succionándolo con fuerza y mordiéndolo. A Hazel se le escapó un gemido de placer y se agarró con más ímpetu al pirata, dejándole claro que quería más de eso.

—Vuelve a gemir para mí, preciosa Dalia.

Le besó de nuevo el cuello y ella pensó que le saldrían cardenales. No sería la primera vez y poco le importaba. Hazel movió las caderas al sentir la erección del pirata contra su entrepierna. Parpadeó varias veces, suspirando, y cuando sus ojos pardos volvieron a Garret, lo vio.

Cómo besaba a Tania con fogosidad, pero sus ojos turquesa estaban en ella.

Sin parpadear, como si no quisiese perderse nada del espectáculo que le estaba ofreciendo.

Hazel cogió el rostro de Roy y, antes de que pudiera negarse, lamió sus labios, repasándolos con la lengua a la vez que sonreía. Este murmuró un «Joder» y, asegurándose de que la tenía bien sujeta, la besó de nuevo con anhelo y ella cerró los ojos.

Sus respiraciones eran cada vez más agitadas y, mientras el beso seguía su curso, Hazel abrió los ojos.

Y buscó la mirada de Garret, que seguía en ella.

Cuando el joven se dio cuenta de que lo miraba, sus ojos relampaguearon y sus manos bajaron por la espalda de Tania, apretándola contra él y amasando con descaro su trasero.

Hazel sintió cómo sus partes íntimas se contraían, casi como si gritasen en silencio.

Las manos del arquero, grandes y gruesas, cubrían el culo de la chica con ganas, agarrando sus carnes y masajeándolas mientras su lengua se divertía inspeccionándola.

Y Hazel se fijó en que le faltaba una parte del cuarto dedo de la mano derecha.

—Preciosa —la voz de Roy la devolvió a la realidad—, ¿por qué no vamos a un sitio más privado?

«Sí. Sí. Sí. Sí. Sí».

—Soy toda tuya.

Tras dejarla en el suelo con cuidado, la agarró de la mano y se la llevó de la sala con rapidez, abriéndose paso entre piratas borrachos y otros que aplaudían ante lo evidente de lo que estaba a punto de pasar.

Pero Hazel no lo pudo evitar.

Antes de salir de allí, dirigió la vista hacia Garret.

Y aunque en ese momento eran los labios de Tania los que estaban en su cuello, los ojos de Garret miraban a Hazel.

Ella le ofreció una sonrisa felina a la vez que arqueaba una ceja y, despidiéndose de nuevo con los dedos, salió a disfrutar de la noche.

La fiesta seguía su curso. Los piratas no cesaban de divertirse, ya fuese bebiendo, jugando a las cartas o bailando las animadas melodías que los músicos tocaban. Era inusual ver a los hombres del Indomable tan relajados.

Aunque en parte los entendía. Se estaban tomando esa noche como si estuvieran en el ojo de un huracán, el último día de calma antes de iniciar un viaje de incierto resultado.

Neve había decidido mantenerse en las sombras después de la tensa e incómoda reunión con Vesna Rackstorm.

La mujer, mayor que Vasilak y no mucho más amable que su insufrible hermano, había accedido a proporcionarles las provisiones después de que le explicaran por qué habían pactado y por qué debían partir de inmediato.

Aunque, para ser sincera, empezaba a estar harta de dar tantas explicaciones.

Sentía el cuerpo pesado, cansado, y un sentimiento que hacía tiempo que no la visitaba decidió llamar a su puerta aquella noche: la envidia.

En un principio, se había preguntado el motivo de desear ser como ellos, comportarse igual.

Observó la sala, se embriagó del olor a licor, la música y la fiesta desde arriba, oculta en las sombras que la luz de las antorchas proyectaba en aquel rincón de la gigantesca estancia.

Lo más sensato habría sido quedarse en la habitación y dormir hasta el amanecer...

Pero ¿quién se habría perdido la oportunidad de ver en esas circunstancias a sus potenciales enemigos? Así que, tras quedarse un rato ayudando a Índigo con la ruta, decidió arriesgarse.

Creía que sentiría superioridad, desdén, repugnancia, ante su manera de actuar.

Sin embargo, al poco de llegar su respiración se había aquietado, la mandíbula se le había relajado y, apoyándose en la baranda de madera, había empezado a pasear la mirada por los diferentes grupos reunidos en la taberna.

Envidia. Envidia pura y dura.

Por la familiaridad con que se trataba la gente. Por las risas, sinceras y genuinas. Por el respeto a la jerarquía. Por cómo Vasilak los saludaba a todos y se paraba a escuchar sus peticiones.

Podría haber usado sus habilidades acuáticas para husmear y enterarse de lo que decían, pues apostaba a que gran parte de las conversaciones giraban en torno a su presencia allí.

Aun así, envidiaba el ambiente.

Echando un último vistazo, vio que Vasilak se había girado hacia su hija, que parecía estar recriminándole algo. Más a la derecha, Arendar estaba centrado en una partida de cartas. No había rastro de Garret.

Con ese conocido dolor de nuevo instalado en su pecho, salió al balcón que había tras ella y cerró la puerta, respirando hondo al encontrarse sola.

En ese silencio, lo primero que le vino a la mente fue cómo estarían Sage y Raven; le dolía ignorar cuándo estarían de nuevo las cinco juntas.

Además, a pesar de la distancia que las separaba, seguía sintiendo el enfado de sus dos compañeras como una sombra constante.

Demasiadas sombras la acechaban últimamente.

Solo habían revelado sus planes a Vesna, pues las lenguas largas se ocultaban donde menos se esperaba y cualquier descuido podía ser fatal para las dos partes del equipo, en ese momento separadas por el maldito destino.

Recordaba con tanta claridad el dolor y la decepción en sus ojos...

A pesar de que habían aceptado la caracola sabiendo que era algo sagrado para ella, el hecho de que pensaran que tenía favoritas le hacía hervir la sangre.

—¡Mierda!

Neve se giró, inmutable, y vio que Ivette salía al balcón tan ensimismada en su enfado que no se percató de la presencia de la capitana hasta que oyó su voz.

—¿Otra vez cabreada?