La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #4
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16. Una última parada #4

La habitación era también redonda y estaba en lo más alto de una torreta.

Habían subido varios tramos de la serpenteante escalera y se habían cruzado con más piratas, pero estos estaban tan borrachos, muchos además acompañados, que no les habían prestado demasiada atención... , hecho que Neve agradeció.

Por supuesto, se había tomado la libertad de memorizar el camino por si se daba el caso de que tuviesen que salir pitando de allí.

Una emergencia podía surgir en cualquier momento.

Las dos centinelas se marcharon en cuanto ellas entraron en la habitación, y la capitana se apresuró a cerrar la puerta e inspeccionar el lugar.

Hazel e Índigo no tardaron en imitarla, pero terminaron pronto, pues no había más que tres camas y sendos baúles vacíos a los pies de estas, además de, por suerte, un gran ventanal que daba al inmenso Océano Central y que dejaba entrar una brisa muy agradable en la sofocante estancia.

En el candelabro que colgaba del techo y en pequeñas repisas repartidas por la pared de piedra ardían velas nuevas, pero también otras a punto de consumirse.

—¿Comentarios? —inquirió Neve, intentando hacerlas hablar.

—Contar con el favor de la hermana de Vasilak es una ventaja que nos tenemos que permitir. Creo que has hecho bien al no poner demasiadas trabas. Ahora bien, por poco me cago en el gran salón. —Hazel usó un tono cómico con aquellas palabras, pero su capitana sabía que estaba siendo sincera.

—No pueden hacernos...

—¿De verdad no pueden? —preguntó Índigo, hablando por primera vez desde el ataque de los guardias de la entrada—. ¿Estás segura de que Vasilak no romperá su parte del pacto?

—El pacto de Cráneo Negro es sagrado. Incluso aunque yo en algún momento estuviera tentada de romperlo, no lo haría, porque eso significaría insultar a todos los que estuvieron antes que nosotros y lucharon por vivir en concordia y, sobre todo, al que nos trajo la paz que ha durado siglos... , hasta ahora.

—Una paz que se está resquebrajando por momentos.

—Índigo fue a zancadas hacia ella; sus ojos cristalinos titilaban a la luz de las llamas, azul y fuego mezclándose de una manera hipnótica.

De haber querido, habría podido usarlos como arma, pero era tan consciente de ese poder que se reprimía—.

Volviendo al tema: ahora no estamos rodeadas por una pequeña tripulación...

Joder, Neve, hay cientos de piratas ahí abajo que harían lo que fuera por montar un espectáculo con tu muerte.

—Qué mal rollo, Índigo —dijo esta, jocosa, con un escalofrío fingido... en parte.

—He estado pensando, y analizando —continuó la contramaestre, perdida en sus reflexiones mientras caminaba por la habitación—.

Por lo que parece, la familia Rackstorm lleva la red en mar abierto.

Primero su hija, aunque en realidad la pequeña no tiene poder alguno, ya has visto cómo la sobreprotegen.

Ahora su hermana... Estaría bien averiguar si hay alguien más y qué tipo de jerarquía tienen.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? Solo somos tres, y Raven es la única que nos podría conseguir esa información —observó Hazel.

—No podemos contactar con ella, no tan pronto —objetó Neve, cruzándose de brazos—. Tendremos que investigar nosotras, pero con cautela.

»Por eso mismo, centrémonos en el aquí y ahora. ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí encerradas, o bien salimos para intentar averiguar algo, lo que sea?

—Ni hablar de ir al gran salón —remarcó Índigo.

—Creo que el consejo de Vesna es sabio: a cualquier lugar menos a esa taberna.

—Yo me quedaré aquí trazando la ruta para mañana. —De su chaqueta sacó un pergamino y tiza que había ocultado. Neve sonrió orgullosa—. Sabes que siempre los llevo encima.

—Yo iré a inspeccionar la zona —dijo Hazel, alisando sus pantalones y mostrando una sonrisa inocente en los labios.

—¿O más bien vas a «inspeccionar» a alguien? —soltó Neve, sabiendo lo que pretendía.

—Va a ser la última noche que pasemos en tierra en mucho tiempo. Quiero... divertirme un poco.

—¿Es que no has oído lo que he dicho? —recalcó Índigo.

—¿Recuérdamelo? —La curandera se dirigía ya hacia la puerta mientras contestaba.

— ¡Nos quieren matar!

—¿Y eso no lo hace más emocionante?

Hazel salió y cerró con un portazo.

Neve e Índigo intercambiaron una mirada de pura estupefacción... y no pudieron evitarlo: se echaron a reír a carcajadas. Por lo ridículo que era todo, por la tensión acumulada y por el simple deseo de Hazel de pasarlo bien.

Tenía razón. Era la última noche que pasarían en tierra en muchos meses.

El Océano Central era impredecible y las islas más cercanas se encontraban a semanas de distancia...

, eso si se mantenían en el camino correcto.

Por eso no detuvo a Hazel. Era discreta con sus amantes y sabría elegir al indicado.

Uno que no corriese la voz sobre quién era.

Y sabía que también aprovecharía la ocasión para investigar.

Dos por uno, sin duda.

—Índigo —susurró Neve al ver la intranquilidad de su contramaestre. Era algo habitual en ella, formaba parte de su naturaleza, de su manera de ser. En cierta manera eso le funcionaba, porque la mantenía alerta, así que la capitana se abstuvo de criticarla o reprenderla.

Al contrario, intentó acompañarla.

—¿Sí, capitana? —contestó esta con una formalidad exagerada, dado donde se encontraban.

—¿No te apetece? Pasar la noche con alguien.

—Claro que me apetece, pero no aquí. No sabes lo que echo de menos que me cojan en volandas como si no pesara nada. —Neve le dedicó una mueca divertida a la chica—. Pero hay cosas más importantes.

—¿Trazamos la ruta juntas, entonces?

Índigo mostró una sonrisa de oreja a oreja y señaló la ventana.

—Ven. Necesitaremos a nuestras guías principales.

—¿Y quiénes son?

Neve conocía la respuesta, pero le dio el placer a Índigo de responder de todos modos.

—Las estrellas. Nuestras queridas dos lunas y las estrellas.

Hazel se mantuvo en las sombras mientras descendía por el largo tramo de empinadas escaleras por el que habían venido. Ese lugar era un verdadero laberinto, con decenas de habitaciones y el servicio yendo arriba y abajo para mantenerlo ordenado.

Debía decir que, de todos los antros en los que se había alojado a lo largo de los años, ese no era ni de lejos de los peores; no estaba nada mal.

Al menos no olía a orina y alcohol, sino a sal. A mar.

Agarrada a la barandilla para no caerse, se impuso solo una norma: no ir al gran salón. Pero ese sitio era más grande de lo que parecía a primera vista, así que, decidida, comenzó a investigar.

Piratas, marineros, hombres y mujeres reunidos en grupos conversaban en voz alta y bebían cerveza y otros licores que habrían mareado a cualquiera. Pero a ella, aquellos olores tan familiares la hicieron sentirse como en casa incluso en aquel entorno hostil.

Las antorchas iluminaban los anchos pasillos excavados en el interior de la montaña, y, al final de uno de ellos, vislumbró una luz azulada que se colaba a través de una abertura en la pared de roca.

Apresurándose y llena de curiosidad, acabó en una estancia que debía de ser de las pocas que daban al exterior.

Grandes ventanales la decoraban y un par de candelabros colgaban de las paredes.

Era como una versión más pequeña del gran salón, con una barra a la izquierda y sillas y mesas repartidas aquí y allá.

También había un acceso a un balcón enorme, donde una banda tocaba y la gente bailaba sin parar.

Le fascinó ver cómo la luz de las llamas se mezclaba con la de las dos lunas.

Una voz familiar le llegó desde la otra punta de la sala, a su espalda, grave y llena de una diversión que conocía y le repulsaba al mismo tiempo.

Y lo vio. A Garret, apoyado en la barra con total despreocupación, sus ojos turquesa entrecerrados mientras escuchaba con atención a la chica que tenía delante.

Cuando esta se rio y su rostro quedó a la vista, Hazel la reconoció.

Tania, la joven que los había llevado hasta el gran salón al llegar.

Tomando ventaja del gesto, había aprovechado para apoyar las manos en el pecho del Demonio del Mar y se reía demasiado de lo que este había dicho.

«Patético», pensó Hazel. Pero, por otro lado, sonrió con malicia.

Él no era el único que se lo iba a pasar bien.

Estudió la estancia. Por desgracia, la mayoría de los piratas allí reunidos estaban tan borrachos que pensó que le sería más difícil de lo que había creído en un principio encontrar al candidato para una última aventura pasional antes de partir.

Suspirando, fue hacia el otro lado de la sala, se sentó en un taburete y se pasó una mano por el cabello corto y castaño. Fue entonces cuando varios hombres se fueron, dejando a uno solo, que posó los ojos en ella.

Y era guapo. Muy guapo .

«Objetivo localizado», se dijo.

Cruzaron miradas y le mostró una sonrisa gatuna, su marca personal, que, junto con sus rasgos afilados, ojos pardos y pecas a medio difuminar por todo el rostro, eran un arma infalible.

Al momento venía hacia ella.

Era alto, aunque no resultaba difícil ser más alto que ella, pues no pasaba del metro sesenta y cinco. Tenía el cabello rubio ceniza oscuro y unos ojos negros como la noche, además de barba incipiente.

Hazel ya empezaba a sentir el deseo creciéndole en el vientre.

—¿Ves algo que te llame la atención, preciosa?

La pirata lo repasó de arriba abajo. Sospechaba que era algo mayor que ella, tal vez treinta y tantos, pero no le importó.

Allí no había atadura alguna. Solo diversión.

—Bastantes cosas. ¿Qué estás bebiendo?

—Ahora mismo, nada, pero puedo ir a por lo que quieras.

—Confío en tu criterio.

—Estupendo..., ¿eh...?

—Dalia.

Ese era el nombre que utilizaba para estas ocasiones.

—Yo soy Roy. Ahora vuelvo, Dalia. —Le guiñó un ojo y fue presuroso a buscar las bebidas.

Mientras esperaba y sin nada que le redujera el campo de visión, Hazel vio con total claridad que Garret había advertido su presencia.