La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #3
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16. Una última parada #3

Neve mantuvo el silencio mientras Rackstorm hablaba entre susurros con la mujer, cuyos ojos inyectados en rabia no se apartaban de ella. El capitán se volvió y le hizo un gesto para que se acercara.

Lejos de obedecer, Neve puso su mirada más inocente, se encogió de hombros y negó con la cabeza.

«Me querías calladita. Calladita estoy».

Al ver que Vasilak tensaba la mandíbula y apretaba los puños para reprimirse, Neve sonrió, satisfecha.

El capitán le dijo algo a Vesna y, de pronto, esta se convirtió en una ola de cólera en movimiento que venía hacia ella con la negra cabellera flotando detrás en una cascada de oscuridad. Se detuvo a tan solo dos pasos de Neve, cerniéndose sobre ella como una torre.

En menos de un parpadeo sintió el frío cañón de su pistola entre ceja y ceja.

El griterío aumentó, y hubo palabras de ánimo para la recia pirata.

—¡Acaba con ella, jefa!

—¡Reviéntale los sesos!

—¡Un problema menos para la mar!

—¡SILENCIO! —ordenó Vasilak con un potente chorro de voz cargado de amenaza.

La algarabía se fue apagando, y el capitán se acercó a toda prisa y puso una mano en el hombro de su hermana.

—¿No vas a decir nada en tu defensa, O’Shea? —masculló esta, apretando más el arma contra su frente. Tras ella, Índigo y Hazel contenían el aliento, carcomidas por las ganas de atacar y su pacto de silencio—. Suéltame, Lak.

—Vesna, ya has demostrado quién manda aquí, aunque nadie dudaba de tu autoridad, pero ahora baja el arma.

Por toda respuesta, ella amartilló la pistola.

Neve alzó aún más la cabeza, desafiante, pero sin soltar prenda.

—¿Estás tan cagada que el nudo que tienes en la garganta no te deja hablar?

—Vesna —le advirtió una vez más en voz baja Vasilak—. La capitana O’Shea y yo estamos bajo pacto vinculante. No podemos atacarnos. Baja el arma .

Indignación fue lo siguiente que cundió por la sala. El gentío se volvió hacia su líder exigiendo explicaciones, agitando espadas y pistolas en el aire.

—¡Los rumores son ciertos! —exclamó Rackstorm, esta vez a viva voz para que todos pudieran oírlo—.

No puedo desvelar el motivo, pero hemos sellado el pacto por una poderosa razón.

Además, es temporal. Cuando solucionemos el grave problema que nos ha obligado a unirnos, la normalidad volverá y... ya veremos qué ocurre después.

Lo que vino a continuación hizo flaquear a Neve. Vesna levantó la mano y disparó al aire, hacia el techo de roca. El tiro resonó por toda la estancia y, segundos después, los presentes estallaron en carcajadas y aplausos regocijados por el espectáculo.

Neve recuperó el aliento y Vesna sonrió con suficiencia: aunque no la había asustado, sí había sorprendido a la capitana del Luz , y con eso le bastaba para satisfacer su sed de protagonismo.

—Tráelas a mi despacho. Ahora —ordenó dándose media vuelta y haciéndole un gesto a Ivette, que, sonriente y mirando con malicia a Neve, se dispuso a seguirla.

Con un gesto de la cabeza, Vasilak le indicó a Neve que los siguieran.

Arendar y Garret esperaron a que pasaran y cubrieron la retaguardia.

A Neve no le pasó inadvertido ese modo de actuar ni lo que significaba.

No tenían el control total de aquella gente.

Pudo oír los gruñidos y el afán de pelea mientras se abrían paso a través del gran salón.

Piratas de todas las edades observaban la marcha de su líder junto a su archienemiga.

Al final de la enorme sala una puerta inmensa custodiada por dos guardias, ambas mujeres, y flanqueada por dos antorchas les dio la bienvenida.

Una centinela la abrió y todos entraron apresuradamente.

Una vez dentro, Arendar la cerró tras de sí.

El despacho de Vesna era redondo y carecía de ventilación o ventanales, por lo que el espacio era algo sofocante.

En el centro, cerca de la pared más alejada de la entrada, había un escritorio con varias velas encendidas y a medio consumir, tintero y pluma, nokdrils y, lo más sorprendente, una jarra hasta arriba de agua.

A Neve le pareció un dato interesante que Vesna se mantuviera sobria rodeada de tanto alcohol; eso la convertía en alguien responsable.

La mujer estaba de pie, de brazos cruzados, apoyada en su mesa. Ivette, junto a la chimenea, observaba la escena, atenta.

Neve y las chicas no se movieron del sitio.

Esa no era su batalla, sino de Vasilak y su aliada.

—Escúchame, Vesna.

—Convénceme para que no le raje la garganta.

—Para eso tendrás que dejarme hablar y los dos sabemos lo que te cuesta hacerlo, así que cállate y...

—Vamos en busca de la Séptima para evitar una guerra que afectará tanto a los mares como a la superficie, a todos .

Vesna giró la cabeza despacio hacia la capitana y la atmósfera se crispó aún más.

Vasilak le lanzó una mirada en la que se podía leer «¿No te he dicho que te estuvieses callada?».

Neve lo retó. Dio un paso hacia delante con las manos en alto, dejando claro que no pensaba atacar.

—¿No te han enseñado a mantener el pico cerrado, O’Shea?

—Si he de romper mi pequeño juramento de silencio para dejar de perder el tiempo y defender la causa por la que me he aliado con un Rackstorm, lo haré —declaró con convicción, sus ojos canela brillantes mientras encaraba a la maciza pirata—. Hay demasiadas vidas en juego. Lo hago por honor.

—O tal vez es orgullo.

—¿Semántica? —sugirió Neve, inclinando la cabeza.

—Explícame, entonces, hermano —la mirada oscura de Vesna pasó de Neve al capitán del Indomable —, ¿qué narices está pasando?

«Hermano».

La capitana se giró hacia Vasilak con expresión confusa, como exigiéndole explicaciones..., aunque, en primer lugar, sabía que no tenía derecho a pedirlas y, en segundo, que no se las daría.

Neve se mordió la lengua una vez más y él le contó a su hermana mayor cómo se habían desarrollado los sucesos.

Esta vez fue lo bastante avispada como para permanecer en segundo plano, y solo intervino cuando fue necesario.

Vesna fue asimilando la gravedad de la situación a medida que el capitán hablaba.

Tras la historia, se dejó caer en el asiento de cuero tras su escritorio; apoyó los codos en el tablero y la cabeza en sus entrelazadas manos.

Sus ojos, negros como su pelo, parecían un pozo infinito.

—No sé si darte dos hostias por no contarme todo esto antes de pactar con ella o acojonarme porque la cosa parece seria.

—Las dos —susurró Garret a su izquierda con mirada traviesa. Arendar, a su lado, de brazos cruzados, puso los ojos en blanco. Vesna le dedicó una mueca divertida.

—¿Y qué pensáis hacer ahora? Supongo que esta visita no es de cortesía —dijo después.

—Necesitamos provisiones, Vesna.

—¿Para cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? —escupió, consternada—. Vasilak, no me jodas.

—Tres meses. —Neve intervino en la conversación y todas las miradas fueron a ella—. Tres meses bastarán.

—¿De verdad crees que vais a encontrar un mito en tres meses?

—Si no funciona, el pacto quedará roto y yo misma me encargaré de pararles los pies a Rout y al Emperador. No molestaré más a tu hermano.

—Tendrás tres enemigos, en ese caso —dijo Vesna con voz sugerente. La idea le parecía más que dulce.

—Ya los tengo ahora, solo que uno está en pausa —contraatacó ella sin amedrentarse.

La mayor de los Rackstorm miró alternativamente a Neve y a Vasilak varias veces; era evidente que le costaba convencerse de que todo aquello no era una alucinación, sino la realidad que le había tocado vivir.

—Así que... el Indomable navega con Barak al mando, junto con Nasir y... dos de las tuyas.

—Exacto —confirmó Neve—. Ellos se encargarán de Rout mientras nosotros vamos a mar abierto.

—De ahí las provisiones —recalcó Vasilak.

—Que sí, que os daré las provisiones, pero quiero algo a cambio de la capitana O’Shea.

Neve sintió la afilada mirada de Vesna, pero no se dejó intimidar, aunque no tenía ni idea de qué podría querer de ella.

—¿De qué se trata?

—Oh, no, ahora mismo no quiero nada —explicó la pirata gesticulando con las manos—, pero digamos que intercambiaremos provisiones por un favor que me cobraré en el futuro.

«Otra atadura más con los Rackstorm. Estupendo».

Tragó la amargura de tal pensamiento y asintió con la cabeza.

—Acepto el trato.

—No esperaba menos. Mis guardias os llevarán a vuestros aposentos para esta noche, situados en la zona este, y yo encargaré de inmediato que abastezcan vuestro barco con todos los suministros posibles antes de que partáis mañana.

—¿De qué tipo de suministros estamos hablando? —quiso saber Neve.

—Agua, ron, víveres, además de armas, mantas y otras cosas que detallaré en pergaminos para que llevéis la cuenta de lo que va quedando durante el viaje.

»Y permitidme una advertencia: no volváis a pisar la taberna o se os comerán vivas.

Vesna se acercó a la puerta del despacho, la abrió y se dirigió a las centinelas apostadas allí.

—Quiero que las llevéis sanas y salvas a los aposentos de la torreta este, donde no hay tanta gente —explicó la mayor de los Rackstorm.

—Antes de irnos... —sorprendidos, todos miraron a Hazel, que había dado un paso al frente— me gustaría que su hermano, el capitán Rackstorm, le informase de un incidente que ha tenido lugar a nuestra llegada.

Vesna miró de Hazel a Vasilak.

—¿De qué se trata?

—Una auténtica vejación sexista —explicó Hazel, que, de haber podido, habría escupido fuego por los ojos—. Como ha quedado claro quién manda en este peñón, espero que haga algo al respecto para que no se repita ni quede impune.

—¿Quién ha sido? —preguntó Vesna.

—Los dos guardias de la puerta principal. —Fue Garret quien habló, adelantándose a Hazel, pero esta no pareció tomárselo a mal. Intercambiaron una mirada fugaz, turquesa con pardo, hasta que la chica asintió y volvió a mirar a Vesna.

—Me encargaré de ellos.

Las tres chicas salieron del despacho y las dos guardianas las llevaron escaleras arriba. Lo último que Neve vio fue que Vasilak salía para ver cómo se iban y, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, volvía al despacho de su hermana con una tormenta en los ojos.