La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada #2
34%

16. Una última parada #2

—Están todos en el gran salón. Os acompaño —informó la chica al volver con ellos, echando un más que largo vistazo a cada uno de los piratas.

«Vamos, no me jodas», pensó Neve.

—Ánimo con la vigilancia, chicos —soltó Arendar a los guardias de la entrada, inclinando la cabeza en señal de respeto.

—Ánimo a vosotros —contestó uno de los guardias mirándolas a todas de arriba abajo—. Quedaos con esto: al menos están buenas, ¿verdad, capitán? Si se quedan calladas, tienen algo de provecho.

Error.

Gran error.

Fue Índigo quien tuvo que detenerla.

Hazel se había girado de inmediato para atacar, aunque fuese solo con las manos desnudas. Desatada, soltó un grito de rabia que caló en lo más profundo de Neve, que se activó al instante.

—¡Hazel! —gruñó la capitana, sujetándola también—. ¡No merece la pena!

Las tres forcejearon: Hazel, para deshacerse de las manos que la retenían, y la contramaestre y la capitana, para detener a su compañera. Mientras tanto, los dos guardias se reían con ganas. Esa era la reacción que esperaban, habían conseguido su propósito.

—Estáis tan desesperados por que os la chupen —gruñó la curandera, que seguía intentando zafarse de Índigo y Neve— que estoy segura de que, cuando nadie mira, os vais a un rincón a mamárosla hasta reventar.

Uno no tardó en responder.

—¡Será zo...!

—Disculpaos.

Ante la voz de Vasilak, todos se volvieron hacia él como atraídos por un imán de autoridad y respeto que debía ser obedecido.

—Pero capitán... —empezó a protestar un guardia.

—Hoy, aquí, son mis invitadas. —Su voz era un susurro gutural intimidante—.

Una cosa es que yo les diga qué deben hacer en este lugar y otra muy distinta que vosotros las insultéis y rebajéis de esa manera.

A un enemigo no se lo reconoce por las diferencias que tiene con uno, sino por cómo su grandeza iguala la propia.

Es decir, por la amenaza que supone. Y ellas lo son, son una amenaza, pero han aceptado las reglas y merecen respeto; aunque sean las enemigas de los míos, esta noche no serán tratadas así. Por lo tanto, disculpaos. Ahora.

—Ya habéis oído —intervino Garret tras él, con un brillo en sus ojos turquesa que sorprendió a Neve—. No se lo hagáis repetir otra vez o puede que los que salgáis mal parados seáis vosotros.

Hazel dejó de forcejear, pero esperó, respirando con dificultad, la disculpa de aquellos impresentables.

—Siento si nuestras palabras os han ofendido —gruñó uno de ellos; el otro se limitó a asentir con la cabeza.

—Los dos —gruñó la curandera dando un paso hacia delante—. Quiero que pidáis perdón los dos.

—Vamos —apremió Garret—. Haced lo que dice.

—Sentimos nuestras palabras. No volverá a suceder.

—Volved a vuestro puesto. De inmediato —ordenó Vasilak.

—Sí, señor. —Con el rabo entre las piernas, los dos guardias regresaron a la entrada, pero Hazel no apartó sus ojos pardos de ellos, su cuerpo aún preparado para atacar.

—Ya está —la apremió Neve en voz baja, cogiéndola del brazo—. No malgastes energía con ellos. Nos espera una larga noche.

—No me olvidaré de sus caras.

Neve sonrió, orgullosa de la chica, y supo que había palabras que no había dicho, palabras que implicaban cosas mucho más oscuras.

—Sé que no.

—Pero ahora no es el momento —intervino Índigo, sus ojos cristalinos brillando bajo las antorchas—. Como ha dicho Neve, la noche será larga. Repórtate.

Hazel asintió y las tres esperaron órdenes de Rackstorm.

La amargura de aquel pensamiento le subió por la garganta, pero no le impidió fijarse en que Garret había lanzado una mirada más que curiosa a Hazel, que seguía absorta en sus múltiples planes y formas de venganza.

—Tania —Vasilak llamó a la joven que les había confiscado las armas a las chicas, que pareció aletear al oír su nombre en labios de Rackstorm. Un poco más y se le cae la baba—, ¿nos acompañas ya al gran salón?

—Por supuesto. Seguidme.

No sabía qué pensar de la disculpa que Vasilak había exigido a los guardias.

Se preguntaba si de verdad tenía relación con esa supuesta «admiración» por sus enemigos, ellas, que había comentado.

¿Sería ese el motivo? También podía haberlo hecho, al menos en parte, para dejar claro quién mandaba allí y poner de manifiesto que aquellos que traspasasen la línea no recibirían un trato cálido de Rackstorm.

Si era por el segundo motivo, lo entendía. Ella habría hecho lo mismo. Si era por el primero... No sabía cómo tomarse ese supuesto respeto que le tenía.

En realidad, no lo comprendía, y eso le molestaba demasiado.

Siguieron a la tal Tania por un ancho pasillo iluminado por antorchas cuyo crepitar, junto con las sombras que proyectaban sobre las paredes, le daban al lugar un aire intimidante que acrecentó su desconfianza.

Lo único que la calmó en aquel momento fue tener a su lado a Índigo y a Hazel; aun así, debían andarse con ojo, pues no eran bienvenidas allí.

Pasaron ante algunas puertas con curiosas decoraciones, en su mayoría motivos marinos, y vieron que desde aquel pasillo central se abrían otros.

Al final la capitana divisó unas escaleras ascendentes custodiadas por guardias.

Como el peñón era un lugar de paso en el que poder descansar para muchos piratas y marineros, lo más probable era que esas puertas dieran a las habitaciones.

Descanso, eso era lo que ella necesitaba con urgencia, pues, aunque la herida del disparo estaba cicatrizando rápido gracias a su naturaleza no humana, todavía estaba recuperándose de las consecuencias del ataque de Ivette.

La guía se detuvo y Neve la vio mirar de arriba abajo a los tres hombres del grupo. Se le podía leer la palabra orgía en la frente; por lo visto, con la emoción parecía haberse olvidado de la presencia de la cría, la hija de su jefe, nada menos.

Neve puso los ojos en blanco, exasperada.

—Os esperan, capitán —dijo con voz melosa—, aunque creo que has decidido traer a tu... —dedicó una larga mirada a la tripulación del Luz — compañía en un mal momento.

—¿Y eso por qué? —No hubo dulzura ni reciprocidad en el tono de Vasilak, que había detenido a Ivette antes de que esta, entusiasmada, abriera las puertas.

—Lo veréis enseguida. —Tras dedicarles una leve inclinación de la cabeza, la muchacha les dio un último repaso a los tres antes de alejarse por el pasillo.

Solo Garret se giró lo suficiente para ver cómo se iba, con una mirada que Neve había visto en los ojos de muchos hombres.

—Juraría que esta noche ya tengo planes —soltó el arquero.

Ivette, con cara de disgusto, susurró un «Estás desesperado», lo que provocó no solo la sonrisa de Arendar y Vasilak, sino la carcajada que se le escapó a Hazel.

Aunque no quería hacerlo, sabía que debía. Neve le dio un codazo para que se comportara a la vez que Garret la miraba de arriba abajo con cierta frustración en sus oscuros ojos turquesa.

—Bueno —dijo Vasilak—, buena suerte, capitana O’Shea.

Las puertas se abrieron y entraron en la estancia.

Vasilak entendió al instante a qué se refería la chica con lo del mal momento.

El gran salón estaba a rebosar . Había decenas y decenas de personas, quizá un centenar.

La mayoría eran tripulaciones enteras que comían y bebían alrededor de mesas y sillas agrupadas sin orden ni concierto.

Reconoció a todos los capitanes, que se distinguían por llevar la insignia Rackstorm prendida del pecho.

A cada lado de la sala había una barra atendida por varios camareros, y la parroquia disponía del amplio espacio central para moverse y hablar con libertad o incluso pelearse, algo que por suerte no estaba sucediendo en ese momento.

También había una banda de música al fondo, al lado de una mesa situada sobre una tarima cuya anfitriona conversaba con sus acompañantes.

Hasta que lo vio. A su...

—Hermanito —dijo muy bajito la mujer, que se levantó, bajó del entablado y se acercó a ellos sonriendo de oreja a oreja; aunque Vasilak le sacaba una cabeza, ella era muy alta y corpulenta—. ¿Qué cojones hacéis aquí? Pensaba que habíais vuelto a casa.

—Eso le llevo diciendo yo hace mucho tiempo —declaró su hija, que sonrió a su tía con viveza.

—Hola, Vesna. Yo también me alegro de verte —dijo Vasilak con sarcasmo.

—Enana, ¿qué coño hacías en Derus? —Sin hacerle el menor caso a su hermano, la mujer recriminó su manera de actuar a la joven Ivette, agachándose para estar a su altura—.

Me enteré del secuestro tarde, cuando ya estabas con tu padre, y me dijeron que los vándalos habían sido ajusticiados por esa tal Lamya, la princesa de la isla.

—Es cierto —aclaró el capitán—. No hubo más problemas de los necesarios.

Vesna desplazó la mirada hacia Garret y Arendar, a los que saludó con un fuerte apretón de manos, y luego más allá, buscando, confusa.

—¿Dónde están los otros dos? La parejita. El gruñón y el matasanos... —Y entonces las vio—. Vasilak, ¡NO ME JODAS!

—Vesna, no he podido avisarte —empezó a explicar Vasilak, gesticulando con sus grandes manos y acercándose a su hermana mayor—, pero...

Se hizo el silencio.

Pasaron uno, dos, tres segundos, y un súbito griterío inundó la sala y un centenar de pistolas apuntaron a Neve, Índigo y Hazel.

Mantuvo la vista al frente, fija en Rackstorm, demostrándole que no se iba a dejar amedrentar. Oyó cómo amartillaban una pistola tras otra, hasta que perdió la cuenta. La atmósfera tensa se volvió irrespirable: estaban en la boca del lobo.

Decenas de pares de ojos, tanto de hombres como de mujeres, las escudriñaban, y Neve no pudo evitar sentirse como un cordero rodeado de fieras hambrientas.

En otras circunstancias podrían haber intentado defenderse, pero tan solo ellas tres, sin armas, contra una multitud desatada era una desventaja excesiva: caerían muertas antes de dar un solo paso.

Y aunque contaban con la protección de Vasilak, la incertidumbre sobre cómo acabaría aquello la tenía en vilo. Tras ella, Índigo y Hazel se giraron levemente para formar un triángulo con su capitana, sin puntos muertos, espalda contra espalda.