La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 16. Una última parada
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16. Una última parada

Una última parada

La clara noche los acompañaba en aquella inmensidad cada vez más inquietante.

El viento era propicio para navegar, y Neve estaba nerviosa, aunque no lo demostrase.

Si Vasilak creía de verdad que el Luz del Alba nunca había surcado las aguas situadas entre el mar Bhyeriano y el Océano Central es que era un necio, y le constaba que de necio no tenía un pelo.

Apostaría lo que fuera a que el capitán sospechaba cómo su enemiga había logrado moverse por aquel piélago sin que de las decenas de barcos que lo custodiaban ninguno la hubiese visto jamás...

, porque estaban en los dominios de los Rackstorm.

El control de las aguas y sus islas había quedado repartido entre los dos últimos grandes piratas.

Mientras Neve O’Shea se encargaba de recordarle a quienquiera que se pasase de la raya quién mandaba en el archipiélago, Vasilak Rackstorm hacía lo mismo al otro lado de la línea imaginaria que separaba ambos dominios.

Es decir, que decidía quién entraba y quién no en el océano... , cobrando un peaje, por supuesto.

En el lugar al que iban no sería bienvenida y, una vez allí, no tendría más opción que mantener la boca cerrada.

Pero jamás agachar la cabeza.

Puede que los Rackstorm mandaran allí, pero a la última de los O’Shea no le quitarían su dignidad.

Se giró y alzó la vista hacia el nido de cuervos, donde Ivette oteaba el océano con el catalejo.

El recuerdo de sí misma muchos años antes en esa posición, escuchando las órdenes de sus padres, la llevó a cerrar los ojos y rememorar la escena de la forma más vívida posible: aferrada a la imagen de Lara y Eriend O’Shea llenos de vida podía estar con ellos de nuevo, en vez de recordarlos colgados de...

—¡Tierra a la vista! —gritó Ivette entusiasmada.

Neve abrió los ojos y parpadeó para acostumbrarlos a la noche.

Había intentado mantener la mirada alejada del timón, porque la estampa le revolvía el estómago.

La de Rackstorm, tripulando el Luz del Alba .

«¿Por qué me lo ponéis tan difícil?», pensó.

Respiró hondo y subió despacio al puente. La tripulación andaba ocupada enrollando cabos, asegurando barriles y engrasando poleas. La incomodidad de Hazel e Índigo era evidente, y la contramaestre miraba con recelo a las dos nuevas incorporaciones.

A decir verdad, sobre todo a Arendar, pues de atosigar y martirizar a Garret ya se encargaba Hazel.

—¿Cuántas millas, enana? —gritó Vasilak a su hija.

—¡Menos de cinco! —La joven bajó a cubierta ágilmente y corrió hacia el timón plegando el catalejo—. Qué ganas tengo de...

Se interrumpió al ver a Neve a poca distancia detrás de su padre, cruzada de brazos y mirándola con seriedad.

Una sonrisa pícara le asomó a la cara.

—¿Cómo tiene la herida, capitana O’Shea? —dijo con inequívoco tono burlón.

—Menudos huevos tienes, niña —replicó ella, incrédula.

—Ivette, un respeto por la capitana.

La niña soltó un bufido y casi susurró su disculpa. Neve no le dio mayor importancia: no pensaba perder el tiempo intentando meter en vereda a una cría a la que pronto perdería de vista. Al desplazar la mirada hacia Rackstorm, sus ojos se encontraron.

La había estado observando.

Rackstorm se concentró de nuevo en el timón.

A lo lejos aparecieron unas luces a las que alguien que no conociera el mar no habría dado importancia, pero que Neve interpretó como las balizas de acceso a un puerto imponente.

Ni ella ni su tripulación habían pisado aquel sitio antes, pero supo al instante lo que era.

El Peñón de Run.

Era conocido como la «Aduana Marina», y allí iban a pasar las próximas horas.

Ni siquiera habían amarrado y Neve solo podía pensar en salir cagando leches.

Alejándose del timón y de los Rackstorm, y apoyándose en la barandilla para tener un panorama completo de la cubierta, intercambió una mirada con Hazel e Índigo, que murmuraban entre sí, y no le cupo duda de que compartían su misma ansiedad.

«Sage, Raven, ojalá estuvierais aquí», pensó.

Y abrazó el sentimiento que inundó su pecho de inmediato: la añoranza.

Se había fijado en que ella había estado pendiente de Ivette desde que esta se subió al nido, pero no había detectado odio ni rencor hacia su hija en aquellos ojos color canela, aunque habría sido de esperar.

Lo que sí había era curiosidad..., o tal vez fuera una simple distracción para no mirar hacia el puente, cosa también comprensible.

Tampoco era plato de gusto para él gobernar aquel barco.

Echaba de menos el Indomable .

Y a Nasir y Barak.

La capitana había subido a la timonera, pero no había dicho una palabra hasta que Ivette la había provocado, y ni siquiera entonces había respondido con rabia.

¿Estaba nerviosa? Tenía motivos para estarlo.

Mientras ordenaba que arriasen las velas para amarrar el barco en el muelle más apartado del puerto, Rackstorm pensó en cómo conseguiría evitar que atentasen contra Neve O’Shea.

Bastante tenía ya con deberle dos favores a causa de la imprudencia de Ivette, pero de eso ya se preocuparía en otro momento.

El puerto estaba atestado de embarcaciones, quizá barcos fantasma, cadáveres de navíos que una vez tuvieron sus días de gloria, porque no se veía un alma.

Pero la imagen era engañosa. Los dueños, capitanes y marineros de aquellas naves estaban, bien a bordo de sus barcos, bien pasándoselo en grande en el sitio que ellos visitarían en breve. En todo caso, se oían voces en la lejanía.

Habían excavado la roca del peñón para crear en su interior una estancia cavernosa que parecía extenderse hasta el corazón de la isla. A ella se accedía a través de unas grandes puertas en la cima, y hacia allí se dirigieron al desembarcar.

Rackstorm abría la marcha, con Arendar y Garret flanqueándolo a derecha e izquierda respectivamente. Los miembros de la tripulación del Luz iban detrás: la capitana en medio, a su izquierda Índigo y a su derecha Hazel.

—Iré al grano —dijo Rackstorm, girándose para mirarlas—: Nada de armas y boca cerrada. De momento, no saben que estáis aquí.

—¿Porque, de haber sabido tus intenciones, no te habrían dejado traerme? —dijo Neve, los brazos en jarras y la cabeza alta. Se había quitado el cabestrillo, y gracias a una medicina que le había dado Hazel se encontraba mucho mejor, con la herida casi curada.

—No lo dudes —declaró él sin vacilar—. Así que seguidnos, cerrad el pico y entregad vuestras armas cuando os las pidan al entrar, como señal de respeto a este lugar.

—Que no respetamos —contraatacó ella.

—¿Y qué respetas tú, Neve O’Shea? —Esta vez fue Ivette quien habló; mucho se había contenido su hija, pero ya asomaba de nuevo su cabezonería.

—¿Por qué no obedeces a tu padre y muestras respeto por una capitana, grumete?

—Lleva razón, Ivette. A veces es mejor no abrir la boca antes que soltar cualquier tontería producto de la rabia o el atolondramiento.

»No perdamos más tiempo, y recordad: nada de armas y boca cerrada si queréis salir vivas de aquí.

Los hombres e Ivette siguieron caminando cuesta arriba, pero ellas no se movieron.

—¿Es que tú no controlas este sitio, capitán? —preguntó Hazel—. Hiciste un pacto. Puedes obligarlos a que nos respeten.

—No soy omnipotente —declaró Vasilak, deteniéndose un instante y girándose hacia ellas—. La persona que controla esto trabaja para mí, pero tomará las decisiones que le parezcan pertinentes con respecto a las visitas.

Sin más que decir, Rackstorm reanudó la marcha y vio en los ojos de Ivette que anticipaba divertirse de lo lindo cuando llegaran.

Solo esperaba que los que estaban en el interior no se pasaran demasiado..., aunque tenían motivos para hacerlo.

Daba la sensación de que aquella gran puerta solo era la punta del iceberg de aquel lugar. Dos guardias imponentes la vigilaban y sonrieron de oreja a oreja en cuanto vieron que se trataba de Vasilak.

Neve había dado por supuesto que el juego empezaría una vez que franquearan esas puertas.

Pero, no, el jodido juego empezó en ese momento .

—No os separéis —les susurró a sus compañeras mientras analizaba la situación.

—Sí, capitana —respondieron Hazel e Índigo al instante.

El caso es que los dos guardias saludaron a la tripulación del Indomable calurosamente, pero en cuanto se percataron de la presencia de las mujeres y, sobre todo, reconocieron a la que estaba en el centro, se acabó el diálogo y se desenvainaron las espadas.

Muy a su pesar, Neve hizo lo que debía: mantenerse calladita y no echar mano de las armas..., como una jodida buena chica.

—Eso no será necesario —dijo Vasilak antes de que pudieran hacer nada.

Los guardias, confundidos, miraron alternativamente a uno y otra.

—¿Qué narices...?

—No es de vuestra incumbencia —declaró Rackstorm con tono tajante—, pero os aseguro que no os atacará..., por la cuenta que le trae.

Neve se mordió la lengua con tal fuerza que pensó que se la partiría y supo que Índigo y Hazel estaban igual.

—La jefa te va a matar, Rackstorm —sentenció uno de ellos, mirando con recelo a las piratas y envainando las espadas; su compañero lo imitó.

—No me lo recuerdes —se quejó Vasilak con gesto cansado—. Recoged sus armas, están al tanto.

Los guardias les indicaron por señas que los siguieran y, cuando cruzaron el umbral, se encontraron en una especie de vestíbulo circular con una recepción desde la que una joven les dio la bienvenida.

El techo y las paredes eran la propia roca del peñón, y una multitud de antorchas ofrecían una luz intensa y cálida.

—Dejad las armas aquí.

La tripulación del Luz obedeció y, en orden, fueron dejando pistolas, cuchillos y espadas. Aunque esperaba con paciencia y una falsa sonrisa cordial, Neve comprendió que la chica la había reconocido al ver la expresión de odio y disgusto de sus ojos.

—Las botas fuera, por favor.

«Hija de puta».

Suspirando, se descalzaron para sacar dagas y cuchillos cortos. Cuando terminaron, la joven se llevó la bolsa con las armas a una especie de armario que había tras la recepción, aunque Neve no creía que las dejaran ahí toda la noche.