La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 15. Lo que escoges #3
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15. Lo que escoges #3

—Llevas años dejándotelas crecer —intervino Índigo, cruzándose de brazos—. Tu orgullo te lo impediría.

—Ahí me has pillado, morena. —Sage guiñó un ojo a su contramaestre para luego mirar a Hazel, a su lado—. Los tengo a buen recaudo. Letales, ¿verdad?

—De creación propia. Una gotita bastará.

—A veces me das escalofríos, Hazel —comentó Raven, que fue a darle un abrazo, algo cómico teniendo en cuenta la gran diferencia de estatura entre espía y curandera.

El siguiente abrazo fue para Índigo, y Neve posó sus ojos en Sage, que seguía frente a ella con postura regia, intentando ocultar lo poco que le gustaba la situación.

A Neve, incluso menos.

Por eso fue ella quien inició el abrazo, atrayendo a la artillera hacia sí. Cuando esta se lo devolvió, le susurró al oído:

—Eres la mejor con esas pistolas. Te elegí porque eras la mejor y lo seguirás siendo, ¿me oyes? —Sage asintió contra su hombro al oír aquellas palabras y Neve la estrechó con aún más fuerza—. No os separéis. No dejéis que creen discordia entre vosotras, y ten siempre esas preciosidades cargadas.

Se separaron y Neve le tomó el rostro entre las manos, asintiendo, mostrando seguridad y resiliencia, pues eso era lo que hacía una capitana.

Y era lo que en ese momento necesitaban sus dos compañeras.

Sage fue a despedirse de Hazel e Índigo, y Raven se acercó a ella despacio, sus oscuros y rasgados ojos cargados de tristeza a pesar de que mostraba una media sonrisa en el rostro.

En eso ambas se parecían mucho: en ocultar bien lo que sentían, aunque se estuviesen rompiendo por dentro.

Neve la abrazó como había hecho con Sage: la atrajo hacia sí y estrechó el cuerpo esbelto de su espía.

Era una mujer reservada, y solo hablaba para decir verdades como puños.

Y aunque no dijo nada, sí aferró con fuerza a su capitana, prueba de que a menudo las palabras se quedaban cortas para explicar lo que una sentía.

Neve cerró los ojos durante un instante, intentando tragar el nudo que la ahogaba.

Rompiendo el abrazo, Raven soltó un silbido fuerte y potente, que sorprendió a Vasilak, Arendar, Garret e Ivette, que se habían retirado a la otra punta del barco para darles intimidad.

El graznido de dos cuervos inundó la mañana y ambos descendieron de los cielos, posiblemente desde lo más alto de los palos, que usaban como percha.

Se posaron en los antebrazos de Raven, hasta que Sage ofreció uno de los suyos, pues las criaturas eran grandes y pesadas. Acomodando a las aves en el hombro, cogieron sus bártulos y, echando un último vistazo a los Demonios del Mar que permanecerían allí, Raven soltó:

—Más vale que cumplas el pacto, capitán Rackstorm.

Los cuervos graznaron con fuerza, como un grito de advertencia que Neve interpretó casi como si saliese de la propia Raven.

Dirigiendo su atención a los nuevos miembros de su tripulación, Neve vio que Ivette, con mirada iracunda, estaba a punto de dar un paso hacia delante, pero Vasilak la detuvo con el brazo y sin aspavientos.

—Lo mismo digo, artillera. Disfrutad de mi hogar.

Las dos piratas cruzaron la plancha, que enseguida fue retirada por dos tripulantes del Indomable . Levaron anclas, izaron las velas y Neve vio que Barak había ocupado ya su puesto de capitán y giraba el timón en el puente de mando.

En la cubierta del Luz , Neve, Índigo y Hazel contemplaron cómo el otro navío viraba y ponía rumbo al archipiélago de Bhyeria, y cómo cogía velocidad gracias al viento de la mañana.

La capitana permaneció allí, inmóvil, con la mandíbula apretada y con la mirada de angustia y tristeza de sus compañeras grabada en la memoria.

Sage y Raven también las miraban desde el oscuro barco que, poco a poco, se iba alejando.

Los graznidos de los cuervos fueron lo último que pudieron oír hasta que el navío solo fue un punto en la distancia.

Solo entonces se volvió Neve, con Índigo y Hazel a la zaga, y fue a reunirse con los demás, que habían respetado la silenciosa y larga despedida, y las esperaban en mitad de cubierta.

Irguiendo la espalda y recuperando la compostura, la capitana habló.

—Vamos a dejar unas normas claras: dormiréis en el primer piso, nada más entrar por esas escaleras.

—Señaló la escotilla que había a su derecha—.

Haremos guardias cada noche, en las que participaremos todos, también los capitanes.

Somos pocos, así que aquí no hay jerarquías que libren de ninguna obligación.

—¿Cómo te atreves a hablarle así a mi padre? —gruñó Ivette, incrédula.

—¿Te he dado permiso para hablar? —respondió Neve en el mismo tono, sacando su vena de capitana—. Pues cierra el pico.

—¡Pero qué...!

— Hija. —Esta vez fue Vasilak quien habló—. Es tu superior tanto como yo, aunque no te guste, así que obedece .

La niña se mordió la lengua, cruzándose de brazos y evitando la mirada de Neve, que no pudo evitar pensar en la de veces que había estado en su posición, cuando sus padres vivían y la estaban entrenando para ocupar el puesto que tenía en ese momento.

Para ser la capitana que un barco merecía.

—¿Algo más que añadir?

—Sí. —Vasilak dio un paso adelante—. Y no te va a gustar.

Neve suspiró mientras ponía el brazo en jarras.

—¿Qué es lo que no me va a gustar exactamente?

—Tenemos que hacer una última parada..., y después pondremos rumbo a océano abierto.

—¿Otra más? ¿Es que tienes otra hija que rescatar o...?

Vasilak salvó la distancia que los separaba en un instante y se inclinó hacia ella con la mandíbula apretada y un brillo peligroso en los ojos dorados, exudando furia por todos sus poros.

—No alimentes mis fantasías de venganza por lo que me hiciste, O’Shea, y menos con comentarios como ese.

Ella hizo un puchero y parpadeó cómicamente.

— Tiemblo.

Vasilak parecía más imponente por momentos. La larga cabellera oscura le caía sobre el rostro como una cortina que le ocultaba a medias las facciones.

Neve le sostuvo la mirada sin un atisbo de temor.

Sin embargo, Índigo y Hazel respondieron con rapidez dando un paso hacia delante con las manos en sus espadas..., igual que Garret, Arendar e Ivette.

—No hace falta, chicas —advirtió Neve, retrocediendo un poco para distanciarse del capitán—. Está bien, Rackstorm. Haremos una última parada, pero exijo saber el lugar exacto.

Rackstorm retrocedió también y, cruzándose de brazos de nuevo, soltó con voz grave y seria:

—Dame un mapa y te lo mostraré.