La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 15. Lo que escoges #2
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15. Lo que escoges #2

—Tenemos claro por qué no has mandado a Índigo y a Hazel. Necesitáis un médico a bordo, y enviar a la princesa desaparecida hace años no sería la mejor manera de organizar un reencuentro familiar.

Neve lanzó una mirada a Índigo, que frunció los labios, pero siguió en silencio.

—Ahora bien —prosiguió la espía, imponente y seria en sus ropajes oscuros—, ¿por qué narices no nos lo has consultado?

—¿Os hubieseis negado? —inquirió Neve, pero no con altivez, sino más bien lo contrario.

—Tal vez —declaró Sage, seca, al fin rompiendo su silencio—.

Hubiese estado bien sentir que, al menos, se nos daba la opción de sopesar la posibilidad de tener que abandonar de forma indefinida el que ha sido nuestro hogar durante la última década.

Pero no me malinterpretes —levantó las manos en señal de rendición en un claro gesto de sarcasmo—, es solo un comentario.

—¿Cuánto tiempo estaremos fuera? —quiso saber Raven, con voz serena pero fría.

—No lo sé. ¿Cuánto tiempo crees que necesitaréis?

Esta vez, la Raven espía salió a la luz, evaluando mentalmente la tarea que tenían delante.

—Para algo como lo que pides, moviéndome de la manera adecuada..., tal vez en tres meses pueda darte respuestas.

—¡¿Y si no es así, Raven?! —saltó la artillera dando una palmada, a punto de desatarse—. Joder, estamos hablando de espiar al monarca del Continente Oeste, ¡no a un granjero de los valles de la isla de Teona!

Empezó a pasearse por la habitación con el ceño fruncido y clavando los tacones. Apretaba las manos a los costados del cuerpo y antes de volver a hablar soltó un gruñido de frustración.

—Sage... —Hazel intentó calmarla y fue hacia ella.

—¡No! —La artillera giró sobre sí misma y señaló a la curandera, que se quedó petrificada en el sitio.

Un instante después, se volvió y señaló a su capitana.

—¿Es que hemos perdido el juicio? ¿En qué momento nos hemos convertido en responsables de lo que sea que es esta misión estúpida? ¡Y todo porque el maldito Oráculo te dijo que dos tipos habían hecho un pacto! ¡No es justo, joder!

—Sage, compórtate —le exigió Raven en su perenne calma. Aun así, Neve percibió cierta crispación en su expresión.

—Me comportaré si me da la gana, espía —dijo esta con desdén sin detenerse, taconeando ruidosamente sobre el suelo de madera.

Se hizo un momento de tenso silencio tras aquellas palabras: Sage le sostuvo la mirada a Raven, mientras que Neve advirtió que Hazel e Índigo no se habían movido del sitio, pero estaban igual de tensas que sus compañeras.

La capitana se reportó y, haciendo un ejercicio de empatía hacia su artillera, decidió sacar el tema en aquel momento, pues no les quedaba mucho tiempo.

—Antes de que os marchéis —buscó los ojos de Sage y Raven, que parecían querer mirar a cualquier parte menos a ella—, debo daros algo.

—Oh. Otra sorpresa. Estupendo —soltó Sage con ironía.

Hazel e Índigo susurraron entre sí. Neve no se preguntó qué se habrían dicho: tampoco lo habría averiguado.

Fue hasta el gran baúl que había a los pies de su cama, lo abrió y extrajo una caja bastante grande que las demás reconocieron de inmediato.

Parecía un cofre corriente, pero lo que contenía distaba de ser ordinario.

Sintió un latigazo de dolor en el hombro y gruñó, pero se hizo la fuerte y, con paso firme y decidido, lo llevó al centro de la habitación, donde las dos chicas seguían de pie, dolidas, abatidas, tristes.

Sabía que había hecho mal. Durante años les había inculcado que esa tripulación no era como otras, que la jerarquía se podía romper en ciertos momentos y que, además de compañeras de travesía, eran familia.

Y las cosas en familia se hablaban. En esta ocasión, Neve había actuado como una matriarca y las había dejado sin voz ni voto, lo que para ellas era una traición de los principios y reglamentos por los que se regía aquel barco.

—No voy a decir que no tenéis razón porque sería una gran mentira. Por eso, para que recordéis que pertenecéis al Luz —abrió la tapa y fue como si la caracola hablase en respuesta—, la llevaréis con vosotras.

Raven y Sage intercambiaron una mirada de pura sorpresa, pues sabían lo importante que era ese objeto para Neve.

—No aceptaré un no por respuesta —atajó al ver que Sage iba a decir algo—. Usadla cuando necesitéis ayuda. Yo tengo otras vías para comunicarme con Nélida y compañía.

—Pertenece a tu familia, Neve. No... —Raven negó, apartándose de la caracola como si su mera presencia la intimidase.

—Y, como me pertenece, puedo hacer lo que quiera con ella —insistió la capitana—. Y quiero que la tengáis vosotras. Usadla si lo precisáis y que esto sirva para demostraros que tenéis mi total confianza, que vuestra vida vale más para mí que esta caracola.

No había rastro de duda en sus palabras. Neve hablaba desde la más absoluta honestidad y, les gustase o no, Sage y Raven lo veían en sus ojos, en su manera de ofrecerles el cofre.

La artillera lo aceptó a regañadientes, sabiendo también que le quitaba un peso de encima a Neve, porque el hombro debía de estar matándola de dolor.

—Entonces, ¿por qué nos envías tan lejos de ti? —murmuró Sage, con los ojos brillantes por las lágrimas.

—Porque solo vosotras podéis llevar a cabo esta misión. Tu labia, Sage, y tu red de espías, Raven, me darán las respuestas que necesito. Y tal vez...

—Salvarán vidas.

—Ya lo dicen, ¿no? —Sage parpadeó, y dos lágrimas le rodaron por las oscuras y redondas mejillas—. ¿Divide y...?

Neve le contestó con una mueca y, asintiendo, hizo un gesto a Índigo y Hazel para que se acercasen. Con las cuatro delante, hizo algo poco habitual en ella.

Abrirse por completo.

—Sois mi familia. Mis hermanas. Mis compañeras de vida.

Y esta no será la última vez que estemos juntas.

—Les tendió la mano derecha con la palma hacia arriba, invitándolas—.

Vendrán nuevos amaneceres para el Luz del Alba.

Este pacto terminará porque les pararemos los pies a Rout y al Emperador y luego podremos seguir con nuestra vida.

»Pero, ahora, quedaos con esto: os quiero. A las cuatro.

Sage depositó el cofre con cuidado en el suelo y se lanzó a los brazos de Neve, sollozando en silencio.

La capitana sintió ese familiar nudo en el pecho y, aunque ningún mar de sal le cubrió el rostro, estrechó a su artillera con fuerza.

Índigo fue la siguiente en unirse, besando a Sage en la coronilla.

Hazel aprovechó su pequeña estatura para colarse entre Neve e Índigo y abrazarse a la cintura de la capitana, y Raven esbozó una mueca, abrió los brazos y cerró el abrazo grupal.

Sus diferentes fragancias se fusionaron de manera única en un olor no de esos asfixiantes, sino de los que te llaman a inhalarlos una y otra vez de lo bien que combinan, de los que te invitan a respirarlos.

Y eso era para Neve su tripulación: un soplo de aire fresco, oxígeno dentro de la locura a la que su vida se había visto arrastrada.

Así que, durante unos segundos más, se deshizo en ese abrazo como si fuese un regalo del cielo.

Ver a Sage y Raven volver a cubierta con sus petates cargados con parte de sus pertenencias fue un choque de realidad que Neve no esperaba que le hiciese tanta mella.

Se marchaban. Se iban al barco enemigo cumpliendo una orden suya. Pero guardó sus sentimientos para sí misma, como siempre hacía, y mantuvo la compostura lo mejor que pudo.

El Indomable se encontraba prácticamente rozando el Luz del Alba , y varios miembros de la tripulación del otro navío colocaron la tabla de acceso para que su capitán, la hija de este y sus cuatro mejores hombres cruzaran al otro lado.

Nasir y Barak se despidieron uno a uno de los Demonios del Mar que permanecerían en su barco y se abrazaron con fuerza. Vasilak les susurró algo tanto al tercero al mando, Barak, que durante un tiempo se convertiría en el capitán, como a Nasir, el curandero, que asintió con un gesto.

Neve se sorprendió al ver el respeto con el que el capitán miraba a aquel hombre, hasta que cayó en la cuenta de que debía de ser él quien consiguió cerrar la grave herida que ella le había infligido, quien le salvó la vida cinco años antes.

Cuando pasó por su lado, Barak inclinó la cabeza sin mirarla, pero Nasir sí lo hizo, con una tranquilidad que escondía cierto resentimiento y crueldad.

—Cuidaremos de sus chicas, capitana O’Shea.

—Ya sabéis lo que pasará si no lo hacéis —amenazó ella de vuelta.

El pelirrojo sonrió de medio lado, sus ojos verdes claros y vivos en la luz de aquel soleado día de verano.

—Respetaremos el pacto —aseguró de nuevo el médico—. Y estarán bajo nuestra protección en el Indomable . No las tocarán.

—Como si los fuésemos a dejar —dijo Sage, desdeñosa, acercándose a ellos y dejando su petate en el suelo con un golpe seco—. Muévete, pequitas, y déjate de dártelas de héroe. Me estás poniendo enferma y eso es justo lo contrario de lo que tienes que hacer.

Neve tuvo que apretar la boca en una línea fina para tragarse a tiempo la carcajada que amenazaba con salir de su boca, pero sus hombros se movieron y la traicionaron. Sintió un ligero dolor, pero lo soportó.

Tras ella, Raven puso los ojos en blanco, pero también sonrió ante el comentario de la artillera.

Tras las despedidas, Nasir y Barak cruzaron hacia el Indomable y, en el espacio que habían ocupado, Hazel e Índigo se pusieron a la derecha de Neve.

—¿La lleváis? —preguntó la capitana.

La caracola. Se llevaban la caracola, y eso, en parte, la dejaba más tranquila. Sage asintió con un gesto, mientras que Raven ya andaba inspeccionando el barco enemigo cuando ni siquiera había puesto un pie en él.

Típico de ella.

—Me llevo a los cuervos —contestó en cambio, sin duda sintiendo la mirada curiosa de su capitana. Al fin, volvió la cabeza y la miró a los ojos—. Así os mantendremos informados de nuestros avances.

—Los estaré esperando —respondió Neve con sinceridad.

—No hay ni una mujer en ese barco —se quejó Sage en voz baja, acercándose más a Neve—. Voy a arrancarme las rastas, lo juro.