La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 14. Un favor #2
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14. Un favor #2

—Me importa bien poco si la pone en peligro o no, lo que a mí me preocupa es la tripulación. Nuestra tripulación. —Neve hizo una breve pausa, pensativa, antes de volver a hablar—. Pero tal vez pueda sacar provecho de esta nueva situación.

—¿Cuál? —preguntó Hazel, tendiéndole una toalla y ayudándola a salir.

—Ahora que conocemos su secreto, tal vez rebaje el tono tan distante con nosotras para evitar que lo contemos. Por eso mismo debo mostrarme... benevolente, a pesar de la locura que ha cometido su hija, que, por otro lado, lo ha dejado en deuda conmigo. Pero además...

La capitana fue a su armario y sacó un sencillo camisón blanco.

—Vasilak Rackstorm tiene un punto débil. Esa niña es su debilidad, y no le ha quedado otra que presentárnosla. Tengo esta partida a mi favor y debo jugar bien mis cartas.

—Me alegra ver que vuelves a estar maquinando —comentó Hazel yendo hacia ella—. Pero, ahora, como doctora tuya que soy, tengo que pedirte que descanses. ¿Necesitas algo más antes de que me vaya?

—Sí.

—Cómo no —musitó Hazel con una mueca.

—Me reuniré con él en el castillo de popa mañana antes del alba —explicó la capitana—. Le escribiré la «invitación» ahora y me iré a descansar, así las dos quedamos contentas. ¿Le parece bien, doctora?

Hazel puso los ojos en blanco y, suspirando, asintió. Neve fue a su escritorio, cogió el tintero y la pluma, y escribió una breve nota en un trozo de pergamino que después dobló y lacró con su sello. Se lo tendió a la sanadora, que se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—Hazel.

Esta se giró antes de llegar a la puerta y vio que Neve ya se estaba metiendo en la cama.

—Procura que a Índigo no le dé un ataque al corazón. Y lamento lo de antes, en el palacio de Lamya.

Sonriendo de medio lado, la curandera asintió.

—Gracias por las disculpas. Y lo de Índigo... —guiñándole el ojo, susurró—: Eso está hecho.

Con paso firme, volvió a cubierta, dejando sola a Neve O’Shea, que cayó al instante en un profundo sueño.

Vasilak y los suyos volvieron a toda prisa al Indomable . Nada más pisar la cubierta, Ivette saludó sonriente a la tripulación, que mostró sus respetos a la hija del capitán. Los conocía a todos y cualquiera de ellos habría dado su vida para salvarla.

Bajaron a la bodega y atravesaron el primer piso de los dos que había, uno para el descanso de la tripulación y el otro para provisiones y armas. Las escotillas apenas dejaban entrar luz, pero el espacio estaba ordenado, algo primordial para el capitán de aquel barco.

Cuando entraron en su camarote, Vasilak le indicó a la niña que se sentara en la cama, y esperaron a que Barak, que iba el último, cerrase la puerta tras él para, al fin, comenzar a hablar.

Pero su hija, como siempre, se le adelantó.

—¿De verdad has hecho un pacto con ella?

—El que va a hablar ahora soy yo, enana.

—Y una mierda.

El resto de los hombres reaccionaron con gestos y sonidos de diversión ante la respuesta descarada de la joven.

Ver a dos Rackstorm enfrentándose era bastante habitual, sobre todo porque Vasilak había criado a Ivette en el mar, rodeada de piratas, para que algún día pudiese sustituirlo.

En el fondo, hubiera querido otra vida para su hija, pero sabía que no sería posible.

Suspirando con resignación, el capitán se acercó y se agachó frente a ella mientras cogía aquellas manitas sucias entre las suyas.

—¿Estás bien?

—¡¿No ves que sí?! —exclamó ella a la defensiva—. No me ha pasado nada. Papá, ¿por qué narices...?

—Las preguntas las debería hacer yo, ¿no crees? —Ella se calló y le cedió la palabra a regañadientes—. Y estás sana y salva porque sabían que les arrancaría la cabeza si te hacían algo. No debes cometer estas imprudencias; no siempre vas a tener mi protección, Ivette.

—Era por el bien de nuestra gente. Si no miramos por nosotros, nadie lo hará. No lo han hecho nunca.

—Lo sé. Créeme que lo sé.

—Además, nos has puesto en un aprieto de cojones —soltó Arendar, interviniendo en la conversación, cosa que solo hacía cuando veía que Vasilak lo necesitaba, como era el caso.

Con chulería y confianza, Ivette se giró hacia el resto de los hombres, arqueando una ceja.

—Cualquiera diría que se te ha subido a la cabeza lo de ser contramaestre.

Varios silbidos inundaron la estancia, pero, con su típico gesto serio, Arendar no se dejó amedrentar.

—Enana, tu padre lleva razón. ¿Qué mierda hacías en Derus?

—Yo solo respondo ante mi capitán —contraatacó ella—, y esta enana cumplirá catorce años en breve, así que cuida tu boca.

—¿Por qué no has acabado con ella? Sé que la habrías matado de haber querido.

Ante el comentario de Garret, Ivette sonrió y se acercó a él, que le devolvió la sonrisa. Siempre había sido su favorito.

—¡Yo te enseñé a disparar, conozco tu puntería!

—Algún día seré mejor que tú.

—Ya lo veremos.

—Es papá quien tiene que cargársela, no yo. —Barak asintió con la cabeza al oír aquello y le ofreció un puño que Ivette chocó con ganas.

—¿Vas a contarnos por qué fuiste allí? —preguntó Nasir, intrigado.

—Había oído que estaban traficando con las mercancías de nuestro pueblo y quise comprobarlo.

—Te ordené que te quedaras en casa —dijo Vasilak con voz grave.

—Mi casa, mi hogar, es el Indomable , con vosotros —se acercó a su padre, imponente frente a ella—, no una isla apartada de todo lo importante que sucede en el archipiélago.

—Pero ¿cómo llegaste a Derus? —preguntó Arendar.

—Responde a la pregunta, Ivette —la instó su padre—. ¿Cómo?

—Me subí a una tortuga marina muy amable que me llevó a lomos de su duro y gigante caparazón. Un viaje incómodo, he de decir.

— Ivette. —Había dureza en la voz de Vasilak, exasperado por las evasivas de su hija.

—¿Acaso importa? Puedo confirmarte que los rumores son ciertos y que debes hacer algo al respecto. Además, te echan de menos en...

—Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes.

—Yo creo que sí que hace falta que te lo recuerde, pero eso ahora no tiene tanta importancia como el hecho de por qué narices navegamos junto al barco de esa asesina .

—Porque tanto esa asesina como yo, al igual que esta tripulación y los habitantes de tierra y mar, estamos en peligro, hija mía.

—¿De qué diablos hablas?

Llamaron a la puerta, y Nasir abrió. Un marinero le entregó una carta. El médico rompió el sello y leyó con rapidez.

—Es de la capitana. Está fuera de peligro después del balazo de Ivette.

—Asunto resuelto. Ahora...

—Capitán, hay algo más. Insiste en verte. A solas.

Volver al Luz del Alba no estaba en los planes de Rackstorm, pero no le quedaba otra.

Había dejado a Ivette a cargo de sus hombres de confianza y había cruzado la plancha que comunicaba un navío con el otro, ya que estaban anclados en paralelo y apenas a unos metros de distancia, quietos en alta mar.

Los envolvía la oscuridad total que precede al alba.

El tenue resplandor de las lunas, ambas en fase menguante, era lo único que los iluminaba.

En el castillo de popa encontró a la contramaestre del Luz del Alba , que salía de allí y dejó la puerta entreabierta.

—Te espera dentro. Si necesitáis cualquier cosa, estaré por cubierta.

Vasilak tan solo asintió con gesto severo ante la fría expresión de la mujer, que sin duda estaba ojo avizor. Índigo se tomó aquel gesto como una despedida y lo dejó allí, con el calor que emanaba de la estancia dándole la bienvenida.

Despacio, abrió la puerta del todo y entró en el que supuso que era el camarote de Neve. No quería acostumbrarse a eso de reunirse con ella, y menos a solas, pero, por desgracia, no tenía elección.

Sabía lo que se le venía encima: le preguntaría por su hija, y era consciente de que debía ser cuidadoso con lo que respondía, y también con lo que preguntaba. Tenía que admitir que lo de estar en constante alerta lo agotaba mentalmente.

Lo esperaba sentada ante el escritorio, con unos ropajes mucho más sencillos que los que llevaba el día anterior, cuando se enfrentaron codo con codo contra los vándalos.

«Hemos luchado juntos. Eso no entraba tampoco en mis planes», se dijo de pronto, y gruñó de frustración al no haber podido controlar ese pensamiento.

—¿Eso es todo? ¿Un gruñido? Empezamos bien.

La mujer se removió en la silla y la camisa negra que vestía, con los primeros botones desabrochados, le resbaló por el hombro y dejó al descubierto el vendaje de la herida que le había hecho Ivette.

Otro asunto más con el que lidiar.

—Lamento el comportamiento de mi hija —se disculpó, antes que nada.

—Así que no lo niegas. Es tu primogénita.

—¿Tanto te extraña?

—Viniendo de ti, sí.

Vasilak se dejó caer en el asiento que había al otro lado del gran escritorio, se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos en el tablero y entrelazó las manos mirándola a los ojos.

—Luchaste bien —dijo Neve, lo que sorprendió a Vasilak.

—¿Es que la herida te ha dado fiebre? —bromeó, gesticulando mientras hablaba—. ¿Acabas de hacerme un cumplido?

—¿No puedes aceptarlo y ya está? —Él la miró, sin hacer más gestos—. Parece que todo lo transformes en una competición para ver quién es el mejor. Luchaste bien. Toma el cumplido y sigamos adelante.

—Si me permites la indiscreción, tú también.

Había en Neve algo que siempre le había llamado la atención.

Al margen de la expresión que mostrase su rostro, ya fuera confusión, enfado o calma, tenía un brillo en los ojos que no desaparecía nunca, una especie de luz interior que parecía siempre prendida, como una llama, esperando como un depredador acecha a una presa.

Jamás lo admitiría en voz alta, pero le parecían fascinantes.

Puede que fueran enemigos, pero sabía reconocer a una mujer hermosa cuando la tenía delante. Y ella lo era de una forma magnética.

—¿Por qué me has llamado, O’Shea?

—Sin duda tenemos cosas que hablar, así que pongamos las cartas sobre la mesa. Este maldito hombro me está matando. —Se recolocó en el asiento, haciendo una mueca de dolor y llevándose la mano instintivamente al hombro, pero sin tocárselo.