La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 14. Un favor
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14. Un favor

Un favor

Volvió a apuntarle con la pistola con tal decisión en la mirada que Neve supo que el próximo disparo daría en el blanco, pero vio que Rackstorm se abalanzaba sobre la joven y forcejeaba para arrebatarle el arma mientras los demás presenciaban atónitos la escena.

—Ivette, ¡no! ¡Para ahora mismo!

—¡¡¡Cumple tu venganza!!! ¡¡¡Acaba con ella!!!

Entre el griterío, Neve distinguió su nombre en los labios de sus compañeras.

—¡Hemos hecho un pacto! —El tono de Vasilak era diferente. Todo él parecía cambiar cuando hablaba con la cría—. Vuelves conmigo al Indomable , ¡ya!

»Nasir, cúrala. Ayuda a Hazel...

—No.

Neve respiró hondo tras soltar aquella palabra.

«Te han atacado y herido de peores maneras. Levántate», se dijo.

Y así lo hizo. Se incorporó poco a poco y Sage corrió a ayudarla, seguida de Hazel, que empezó a examinarla.

No le hizo falta mirar para saber que Índigo y Raven contemplaban la escena horrorizadas.

—Espera.

Con dificultad, se puso en pie y se encaró con la chica, que le clavaba sus ojos llenos de rencor como si fueran dagas.

Una mirada típica de los Rackstorm.

—Solo diré una cosa antes de que Hazel me saque la bala. —Todos se habían detenido, atentos a la capitana, en cuyo rostro el sudor tomaba cada vez más protagonismo—. ¿Por qué no me has dado en el corazón, niña? Sé que podrías haberlo hecho.

La pequeña sonrió con inquina y, altiva, respondió:

—Ese honor le pertenece a mi padre, que lo anhela desde hace tiempo.

—Me ha hecho partícipe de ello más de una vez.

—Un latigazo de dolor le arrancó un siseo, y, con un gesto, le indicó a Hazel que la llevase a sus aposentos para curarla—.

Índigo, te dejo al mando. Y por cierto...

—añadió, volviendo de nuevo su mirada a la niña—: Has roto el pacto, Ivette Rackstorm, así que el Indomable me debe un favor.

Bueno, en realidad, gracias a ti, ya van dos.

Enhorabuena y bienvenida a este viaje emocionante. Habrá que ver si sales viva de él.

»Ahora, sacadme esta jodida bala del hombro.

Índigo y Raven la miraron consternadas cuando, apoyada en Sage y Hazel, se dirigió despacio hacia las escaleras para bajar al interior del barco, dejando a los demás en cubierta. Tras cruzar las zonas comunes, por fin alcanzaron la última planta, que estaba por debajo de los cañones y la despensa.

El camarote de Neve.

Aunque tenía el despacho en el castillo de popa, aquella estancia era su aposento privado. En la puerta, Neve las detuvo.

—Sage, ve con Índigo y Raven —dijo con esfuerzo, sudando cada vez más—. Necesitarán tu ayuda para gobernar el barco..., y asegúrate de que nuestros camaradas se largan a su navío. Con esa nueva incorporación, no sé qué...

Un leve mareo la obligó a callar y cayó de rodillas, arrastrando consigo a Hazel, que la sostenía.

—¿Estás segura, capitana? —preguntó Sage—. Puedo ayudar...

—Vete. Por favor.

La artillera asintió e, intercambiando una última mirada de preocupación con Hazel, se alejó de allí con su característico taconeo, que resonó con más fuerza de la habitual sobre el suelo de madera.

La estancia era gigantesca. Se parecía bien poco a la que una vez fue la habitación de sus padres, desde la que hacía ya una década había accedido al escondite durante el ataque del Serpenteante .

Había sentido la necesidad imperiosa de modificar aquel lugar y, aunque estuvo a punto de echarse atrás durante las obras de reconstrucción, se obligó a continuar.

Solo se trataba de dejar el pasado atrás de una manera tangible, pues el recuerdo de sus padres la acompañaría el resto de sus días.

Aquella reparación, aquel cambio , había sido clave para que el Luz del Alba prosperase con ella como líder, no solo del barco, sino de todos sus abanderados.

—Quítate la camisa y muérdela, si quieres. Esto va a doler.

—No es la primera bala que me extraes, Hazel. —La capitana cerró los ojos cuando todo empezó a darle vueltas, y las manos empezaron a temblarle como hojas.

—Ya que lo mencionas, ojalá fuese la última, Neve.

No se había atrevido a mirar a su tripulación en todo el trayecto, no desde lo ocurrido frente a Lamya.

Quizá la tensión de la batalla les hubiese hecho olvidar el asunto durante un rato, pero se sentía culpable.

De alguna manera, les había fallado y, aunque disculparse no era su fuerte, sabía que tenía que hacerlo.

La cuestión era cuándo y cómo, aunque sin duda no en ese momento, con una bala alojada en el hombro y sangrando, por lo que se decantó por un tema distinto, pero igual de importante.

—Es su jodida hija, Hazel. ¿Qué coño vamos a hacer?

La curandera dispuso sus útiles en la mesa y desinfectó las pinzas con un poco de ginebra; sus movimientos precisos revelaban la experiencia que ya poseía, y, como el cabello corto y castaño le caía sobre la cara, Neve no podía verle las facciones.

Hazel se mantuvo callada mientras usaba la ginebra para desinfectarse las manos y para impregnar un paño con el que le limpió la herida y sus alrededores.

Neve siseó ante el contacto del alcohol, maldiciendo a la vez que Hazel al fin rompía su silencio.

—Al menos podemos afirmar que Rackstorm se preocupa por algo más que por su propio pellejo.

—La sanadora dejó el paño sucio de sangre en la mesa y cogió las pinzas, frunciendo el ceño mientras decidía cómo extraer el proyectil—.

Y ha tenido un par de huevos al enfrentarse a esos vándalos. Menudos salvajes.

Introdujo las pinzas en la herida y Neve mordió la camisa para ahogar un grito corto pero potente.

—Podría curarte de forma más rápida —ofreció Hazel retirando las pinzas, y esta vez Neve volvió la cabeza para mirarla a los ojos—. Ya sabes...

—Te dije que no quería que volvieses a usar tus habilidades jamás —contestó tras sacarse la camisa de la boca—. Aquella vez me salvaste la vida. Esto es solo un contratiempo. Cállate y sácame la bala, Hazel. Por favor.

Segundo «por favor» en menos de cinco minutos, una señal para que Hazel se diese prisa.

—No está muy honda. Tardaré poco, te lo prometo.

Neve se limitó a asentir con la cabeza, cerró los ojos y mordió la prenda de nuevo.

—Sobre todo, no pierdas el conocimiento. Aguanta despierta.

Con cuidado, la curandera insertó de nuevo las pinzas, apartando la carne para acceder bien a la bala.

Neve gimió de dolor y se aferró con la mano libre a la silla mientras las lágrimas le caían por el rostro sucio y empapado.

Los dorados cabellos se le pegaban a las sienes, pero mantuvo el brazo izquierdo inmóvil, facilitándole el trabajo a Hazel.

—La tengo pillada —explicó esta—. Ya casi está.

Extraerla era la peor parte. Neve sintió cómo el objeto extraño le desgarraba el músculo y gritó. La camisa cayó al suelo, y se aferró con más fuerza al reposabrazos de la silla, sollozando y gruñendo mientras Hazel se esforzaba por no hacerle daño.

—¡Ya está! —Tras un último tirón, la sanadora depositó la bala en el recipiente de metal que había sobre la mesa—. Estaba en diagonal, la hija de puta.

Neve no respondió, centrada en controlar su respiración mientras Hazel restañaba la sangre y preparaba hilo y aguja para coser la pequeña herida. Cuando empezó la sutura, el punzante dolor se mezcló con la tirantez de la piel que se unía para recuperar su forma original.

—Ha quedado bastante bien —anunció Hazel por fin, cortando el hilo—. Sanará rápido.

Neve se miró el hombro y calculó que le quedaría una cicatriz de al menos cinco centímetros. No sería la peor de las que le marcaban el cuerpo.

—Desnúdate despacio —la voz de Hazel interrumpió sus pensamientos—. Lo mejor será que te bañes para quitarte el sudor, la sangre seca y la sal del mar.

La capitana asintió con un gesto, se levantó despacio y empezó a quitarse la ropa con cuidado de no forzar el hombro mientras Hazel preparaba el baño; aunque el agua no estaría caliente, cumpliría su función.

Una vez desnuda, se metió en la bañera y se sumergió por completo.

A pesar del dolor, empezó a frotarse enérgicamente con la pastilla de jabón y el agua se oscureció enseguida.

Al poco, la sanadora le tendió un pequeño frasco de cristal con un brebaje de aspecto nada atractivo.

—Te aliviará el dolor, aunque no podrá evitarte las molestias —le dijo.

—Ya has hecho bastante, Hazel. Ve arriba. Necesito estar sola.

—No voy a dejarte sola en la bañera y recién curada.

—Se cruzó de brazos, mirando a Neve con una ceja enarcada—.

Pienso quedarme aquí hasta que te metas en la cama y descanses un buen rato, a no ser que estés barajando la posibilidad de marearte, caerte, abrirte una brecha en la cabeza y provocarle un infarto a Índigo mientras Vasilak se parte el pecho.

—El pecho ya se lo partí yo.

Hazel soltó una carcajada y empezó a recoger sus utensilios. Neve aprovechó para destapar el frasquito y beberse de un trago la medicina.

Estaba asquerosa.

—Casi, pero no del todo —corrigió la chica de ojos pardos—, aunque fue un muy buen intento, capitana.

Cogiendo la silla que Neve había ocupado antes, Hazel se sentó junto a la bañera, su mirada fija en sus pequeñas y delicadas manos.

—Volviendo a lo que has dicho antes... —La capitana se agarró a los bordes de la bañera y se puso de pie, cogió una jarra de agua limpia y empezó a aclararse el cuerpo para eliminar el jabón, pero con la atención puesta en su cuidadora—.

Vasilak Rackstorm tiene una hija, y ha sabido ocultarlo durante años .

—Debió de tenerla muy joven —comentó Neve—. Es apenas una adolescente y él está en la treintena.

—Lo que me sorprende es que la haya reconocido como suya —soltó con sinceridad Hazel—. Si pueden evitarlo, los piratas no reconocen a sus hijos. Y Rackstorm tiene poder y reputación. En parte la está poniendo en peligro al exponerla a una vida así...