13. Contra reloj
Contra reloj
Shryam iba en cabeza, las chicas siguiéndolo de cerca, recorriendo el camino arenoso por el que habían llegado horas antes.
El sol de la tarde les iluminaba el perfil izquierdo y, a lo lejos, Neve divisó los dos barcos en el mismo lugar donde los habían anclado.
Esbozó una sonrisa fugaz que casi ni ella misma percibió, y apremió al caballo a ir más rápido.
La respiración entrecortada, los latidos de su corazón y el incesante sudor parecían haberse aliado para intentar amedrentarla.
También a las demás les costaba respirar, de lo que dedujo que había que estar preparada tanto para batallar como para vivir en una isla tan desértica y calurosa como Derus.
La abrupta pendiente de una colina les proporcionó una mejor vista de los navíos, cada vez más cerca.
A lo lejos, hacia el este, el batallón de Lamya se dirigía hacia el desierto, con la princesa en cabeza.
Tardaron unos minutos más en llegar a la playa donde Garret y Arendar seguían en sus puestos, en ese momento con las espadas desenvainadas ante la llegada repentina de las piratas.
—¡He de volver con su alteza! Dejad los caballos aquí, mandaré una patrulla a buscarlos cuando hayamos detenido a esos vándalos —indicó Shryam, que inclinó la cabeza en señal de respeto—. Buen viaje, Neve O’Shea.
—Gracias, Shryam. Ten cuidado.
Él asintió y, despidiéndose de las demás con un gesto, volvió sobre sus pasos y desapareció con su caballo tierra adentro.
Desmontaron y corrieron hacia el contramaestre y el artillero del Indomable .
—¿Cómo es que habéis vuelto a caballo?
—Es una larga historia. Tenemos que regresar a los barcos ya. ¿Dónde está Rackstorm? —exigió saber Neve.
—Todavía no ha aparecido —informó Arendar y sus ojos miraron en la dirección por donde Vasilak había desaparecido esa mañana—. Faltan poco menos de dos horas para que anochezca, capitana. Debemos esperar.
—¿Acaso tengo opción? —replicó esta, sudorosa y agotada—. Esperemos que no...
Un estruendo los sorprendió y todos se giraron para ver cómo los tres Demonios del Mar bajaban a toda prisa a lomos de sendos camellos la cuesta por la que habían llegado las chicas.
Al llegar junto a los botes, Nasir y Barak bajaron de un salto de los animales y se acercaron al otro camello, ocupado por Rackstorm y alguien que iba sentado delante de él, oculto bajo una capa. A simple vista se veía que era mucho más pequeño que él.
—¡La traemos! —anunció Vasilak.
Neve no se había equivocado. Habían ido a por su jodida amante, pero aquel no era el momento de recriminar nada.
—¡Todas al barco! —gritó la capitana del Luz , y obedecieron al instante. Subieron a los botes, quedando ambos capitanes los últimos.
Fue entonces cuando las balas cayeron al agua, en una advertencia clara que los obligó a los dos a girarse.
—¡Seguid! —ordenó Vasilak, apremiando al resto de los piratas—. ¡A los barcos!
Los dos capitanes volvieron a la playa, espada en mano y en posición de pura alerta. De pronto vieron a tres vándalos, pero Neve se percató de que ninguno de ellos llevaba pistola.
—¿Quién narices ha disparado? —Vasilak formuló la pregunta que ella misma se había hecho.
—Mira aquí, capitán Rackstorm.
Ambos levantaron la cabeza en dirección a la voz que les llegó de más allá de la playa, de las rocas que llevaban al desierto.
La sorpresa fue inmediata, pues de pronto aparecieron muchos más bárbaros en el acantilado, descendiendo con gran agilidad.
Hubo un momento en el que Neve perdió la cuenta, pero calculó que había al menos quince.
—¡Neve!
—¡Capitán!
Sus tripulaciones los llamaban, y Rackstorm se apresuró a responder:
—Embarcad en el Luz del Alba , ¡es el que está más cerca!
—¡Nosotros nos ocupamos de ellos! —añadió Neve sin girarse. Jamás debías apartar la mirada de tu oponente ni darle la espalda.
Jamás.
Tan solo ella y Vasilak quedaron en la playa para enfrentar la avalancha de enemigos que venía directa hacia ellos.
—Los rumores se confirman, aunque no podía creerlo —gruñó uno de ellos, abriéndose paso entre sus compañeros—. Vasilak Rackstorm y Neve O’Shea, ¿aliados? Cortadme y no sangro.
—Eso último lo podemos comprobar, si quieres —escupió la capitana, desenvainando su segunda espada.
Y se lanzaron a la batalla.
Era inquietante ver cómo luchaba Rackstorm, sin dar tregua ni a sus adversarios ni a sí mismo.
Una y otra vez, giraba con la espada en alto sujeta con ambas manos y atravesaba a sus atacantes.
Algunos morían al instante, otros quedaban solo heridos, pero sin fuerzas para luchar.
Su ropa, como la de ella, ya estaba llena de sangre, que goteaba de sus armas, fresca y brillante.
Neve no se permitió más distracciones y, gruñendo, una táctica no solo para intimidar al enemigo, sino también para impulsarse a sí misma, hirió y lisió a un buen número de atacantes.
Sintió la mezcla de olores, propios y ajenos; el aliento de aquellos hombres; sus gemidos al caer.
Recibió varias heridas, pero todas superficiales, sencillas de curar.
Pero, aun así, eran demasiados.
Dos piratas contra tantos vándalos era una lucha demasiado desigual, imposible vencer.
Neve empezó a retroceder ante el ataque coordinado de dos vándalos, y una de las espadas enemigas le rozó la tela de la manga. Sin arredrarse, se cubrió como pudo y vio que Vasilak también retrocedía hasta situarse a su lado.
—Tenemos que llegar a los barcos —gruñó Neve, sin apartar los ojos del combate.
—Y que nos maten en la orilla como carnaza. Menudo final —replicó Vasilak, escupiendo sangre.
—¿Qué otra opción tenemos? Nos cortan el paso a la isla y..., jo-der ...
Vasilak siguió su mirada y descubrió que otra decena de hombres descendían por el acantilado con las armas en ristre en señal de desafío.
La cosa se estaba poniendo muy fea y retrocedieron otra vez, casi metiéndose en las aguas agitadas que batían contra la playa pedregosa.
—¿Últimas palabras, piratas?
—Voy a alimentarme de vuestros gritos con gusto —gruñó Vasilak, inclinándose hacia delante. Incluso sabiéndose la presa, jamás actuaría como tal.
Cuando se disponía a atacar, Neve le puso la mano en el antebrazo y lo detuvo. La mano se veía pequeña ahí.
—¡¡Espera!!
Aquello llamó la atención incluso de los vándalos.
El súbito y breve silencio les permitió oír lo que Neve había percibido: un leve temblor de tierra que sacudía las piedrecitas del suelo.
Al alzar la vista vieron que sus nuevos atacantes se giraban y gritaban, sorprendidos por una tropa a caballo que se les echaba encima.
Allí estaban: Lamya y su batallón, acabando con sus enemigos con una habilidad pasmosa.
—¿Quién cojones es? —preguntó Vasilak, posando su mirada en Neve.
—Mi contacto —declaró esta con orgullo y, sin perder un instante más, se lanzaron a la batalla.
Lucharon contra los que tenían delante, pero los demás se vieron acorralados por Shryam y sus hombres. Lamya, a su lado, portaba un arco y flechas.
—¡Huye, Neve! ¡Yo me encargo! —gritó la princesa despachando de tres flechazos a los vándalos que aún quedaban en la playa y dejándoles la vía libre para escapar.
—¡Vamos, O’Shea!
Y pasó algo que jamás habría imaginado: Rackstorm la agarró de la muñeca con su mano gigante y tiró de ella en dirección al mar.
Neve envainó las espadas como pudo, pero pronto él la soltó y se lanzó al agua.
Nadaron con brazadas vigorosas hacia el Luz del Alba , el navío más cercano, pero su capitana oyó que uno de los vándalos gritaba su nombre.
Se giró, el agua entrando en sus ojos, para ver quién era.
En la playa, un hombre alzaba su espada mientras presionaba con la mano libre la herida que tenía en el costado.
—¡Tarde o temprano caerás, O’Shea! ¡Y tú también, Rackstorm! ¡No podéis quedaros en los mares para siempre!
Neve siguió nadando. Vasilak subía ya por la escalera de cuerda que le habían tirado desde el Luz del Alba , el Indomable varias millas más allá.
En cuanto estuvieron a bordo, no perdieron el tiempo.
La capitana ordenó que levasen el ancla e izasen las velas, y el navío se abrazó a los fuertes vientos y se alejó de la ensangrentada playa.
Con el corazón en un puño vio cómo el batallón de Lamya le paraba los pies al enemigo: algunos fueron hechos prisioneros y atados de pies y manos en el campo de batalla, mientras otros seguían cayendo bajo sus flechas y espadas.
Levantó la mano a modo de despedida y, aunque sabía que la trishuka no vería el gesto debido a la distancia, deseó que así fuera.
Todavía con la adrenalina inundándole el cuerpo, inspeccionó el barco, tratando de calmarse.
Los Demonios del Mar estaban en cubierta y, en el centro, Vasilak cuchicheaba con ellos.
El misterioso miembro de la tripulación por el que se habían jugado el cuello seguía oculto bajo la capa, pero, una vez lejos de tierra, no tardó en mostrar su rostro.
Cuando este quedó a la vista, Neve se quedó pasmada, cosa que no sucedía a menudo.
Una niña. Una niña de ojos grandes y cabello negro como la noche que la miraba con insolencia.
Se estudiaron mutuamente. Esos ojos, de un tono verde musgo, la escudriñaron y, de pronto, la luz del reconocimiento brilló en ellos, como si, a pesar de no haberla visto nunca en persona, supiese quién era.
—¿Qué es esto? —exigió saber Neve. Avanzó un paso, desafiante—. ¿Qué es esto?
—Controla tu tono con ella —gruñó Vasilak—. Ella es a quien hemos ido a buscar al desierto.
A su derecha, el distinguido taconeo de Sage se acercó poco a poco y oyó que la artillera decía:
—Tiene que ser una jodida broma. Neve, ¿sabías algo de esto?
La capitana negó con la cabeza y a continuación declaró:
—¿Esa persona tan importante era unacría ? —Neve gruñó, hecha una furia—. ¿Nos hemos jugado la vida, con lo que eso comporta en estos complicados momentos, para rescatar a...?
Nadie lo vio venir y nadie pudo evitarlo.
El sonido retumbó en el aire: el estampido de un disparo.
Un momento antes Neve estaba recriminándole a Rackstorm su manera de proceder y, al siguiente, una bala le perforaba el hombro izquierdo.
Se tambaleó y cayó de bruces. Conmocionada, se llevó la mano a la herida, que había empezado a sangrar profusamente.
Quiso gritar, pero estaba tan aturdida que solo pudo gimotear.
Con la visión borrosa, vio que la niña saltaba sobre ella, enseñando los dientes y con los ojos rojos llenos de inquina y repulsión.
—Te lo tienes bien merecido —masculló la pequeña, el espeso cabello ondulado tapándole media cara. Su cuerpo ocultó parte de la débil luz del sol de poniente—. Por intentar matar a mi padre .