12. Lealtad #6
La orden fue clara. Barak soltó al hombre y, con una rapidez, habilidad y determinación que le habría puesto los pelos de punta a cualquiera, el curandero le retorció el cuello, partiéndoselo y matándolo al instante.
El cuerpo del vándalo fue a parar junto al de su compañero, que había caído minutos antes como un saco sobre la arena. Sin perder un segundo, los tres fueron hacia los camellos, montaron y partieron hacia el oasis serpenteando entre las dunas con Vasilak en cabeza.
Tardaron lo que le pareció una eternidad en llegar al oasis, pero cuando miró el reloj que llevaba consigo supo que no había pasado más de media hora. Cuando por fin lo tuvieron delante, comprobaron que era de un tamaño considerable.
Los vándalos se habían instalado frente al manantial y bebían con avidez y rellenaban las botas de agua. Parecían tranquilos y hablaban entre ellos con normalidad.
Él la buscó de inmediato con la mirada y no tardó en encontrarla, atada de manos y pies, cubierta por una tela que tan solo dejaba entrever su oscura cabellera, junto a uno de los camellos.
—¿Cómo procedemos, capitán?
Vasilak se giró ante la pregunta de Barak, y su respuesta fue una pregunta, pues el médico había sacado el catalejo y estaba haciendo un barrido de todo el lugar.
—Nasir, ¿cuántos hay?
—He contado nueve.
—Tres para cada uno. —Desenvainó la espada y luego empuñó su pistola con la otra mano—. A partir cabezas, chicos.
—A Garret le va a joder esto que te cagas —soltó Barak con una mueca divertida.
—Nos los cargamos y nos la llevamos. Así de fácil, ¿entendido?
Sus compañeros asintieron, Barak con sus pistolas a punto y Nasir con su espada en una mano y un puño de hierro en los nudillos de la otra.
No fueron con medias tintas. Dejaron los camellos a cierta distancia y se acercaron arrastrándose por la arena con sigilo.
Cuando estuvieron cerca, se levantaron y saltaron sobre ellos causando gran conmoción, pues los habían pillado desprevenidos.
El primero cayó a manos de Vasilak, que le atravesó el corazón con la espada sin darle ocasión de defenderse.
—¡Es Rackstorm! —oyó que gritaba uno—. ¡Avisad al jefe! ¡Avisad de que está aquí!
El capitán gruñó y fue a por él. El vándalo se defendió con agilidad, evitando los golpes y contraatacando.
Bajo sus pies, la arena se convirtió en otro participante de aquella trifulca, haciendo que tropezasen y que moverse fuera complicado.
La lucha los llevó junto al manantial y Vasilak se hundió un poco en el agua.
El vándalo aprovechó la ocasión y cargó contra él, sus ojos inyectados de adrenalina y sed de sangre.
Aunque el pirata logró apartarse, la espada le rozó el brazo y le abrió una pequeña herida en el bíceps izquierdo.
A pesar de eso, Rackstorm continuó asestando estocadas con una precisión abrumadora.
El roce del acero de las espadas resonaba y los contendientes acabaron de nuevo con el agua por las rodillas.
De pronto Vasilak tuvo una idea y se agachó para tirarle agua a la cara al vándalo, distrayéndolo durante un segundo que resultó vital.
Lo agarró por el cuello y, con un movimiento potente, lo ancló al suelo. El impacto fue tal que al hombre se le cayó la espada y Rackstorm la alejó de una patada.
Nasir se acercó corriendo, con la ropa cubierta de sangre, la frente empapada de sudor y la respiración agitada. Más allá, Barak acababa con la vida del último de los bárbaros que quedaba en pie.
—¡Había otro escondido, capitán! —gritó Nasir—. Ha escapado.
—No importa. Me encargo de este y estoy con vosotros.
No se regodeó. Con una sola mano, lo levantó por los aires; el vándalo pataleó en un intento de darle una patada. Apartando un mechón de su cara con un resoplido, Vasilak inclinó la cabeza y le susurró a su víctima:
—No se toca a los míos, hijo de puta. Y menos a ella .
—No haberla dejado campar a sus anchas donde cualquiera podía llevársela...
La espada le entró por la papada y le salió por la frente, silenciándolo para siempre. Las patadas cesaron y Vasilak lanzó el peso muerto al agua, que se tiñó de sangre al instante.
Guardando el arma, corrió hacia sus compañeros, que ya habían desatado a la chica. Los ojos verdes de ella se encontraron con los suyos y Vasilak se agachó, enmarcándole el rostro con las manos. Estaba algo deshidratada, pero no parecía herida.
«Gracias. Gracias».
—¿Te han hecho algo?
Ella negó, firme y con la cabeza alta.
—Estoy bien. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
Vasilak no respondió. La atrajo hacia sí y la abrazó, sintiendo su calor como un regalo del cielo. Ella le devolvió el abrazo con un suspiro que era evidente que había estado reteniendo.
Un suspiro de alivio.
Entonces, un cuerno se oyó en la lejanía. Alarmados, rompieron el abrazo y los cuatro se giraron en dirección al sonido, que venía del norte.
La llamada había sido lo bastante potente como para oírse a lo lejos.
Vasilak lo supo. La guarida de los bandidos estaba demasiado cerca de allí. Cogió de la mano a la chica y corrió hacia los camellos. Nasir y Barak no tardaron en seguirlos.
—¡Volvemos al Indomable ya!