12. Lealtad #5
Lamya asintió y posó su mano en el brazo de Neve que sujetaba la espada.
—Yo solo he expresado lo que veo y creo que pasa en tu interior.
Te has enfrentado a cosas peores, y esta vez no estás sola.
Recuerda: tienes mi flota a tu disposición.
La has tenido desde el día que te presentaste aquí hace nueve años con una tripulación de chicas tras estar desaparecida un año y dejar que la gente pensase que los O’Shea y el Luz del Alba habían pasado a ser historia.
—Tendrán que tirar mi cuerpo al mar antes de que eso pase.
La princesa sonrió al ver cómo algo de confianza volvía a su vieja amiga, cuya mirada dorada escondía tanto que ni ella misma sabía articularlo.
El caparazón era duro.
—Solo contacta conmigo, no importa lo mar adentro que estés. Tendrás refuerzos de inmediato.
—Al sitio al que voy se tardan semanas en llegar. Para entonces puede que esté muerta.
Lamya soltó una carcajada seca, incrédula.
—¿Morir tú, Neve O’Shea? No les des tan dulce placer a tus enemigos.
—Vamos a por esos vándalos, entonces.
—No —la detuvo Lamya, cogiéndola del brazo—. Shryam, uno de mis guardias, os acompañará al Luz del Alba . Yo iré con un batallón al desierto para esclarecer lo ocurrido.
Lamya lo llamó desde el inicio de las escaleras y este apareció a los pocos segundos, ofreciendo una sonrisa cordial a ambas. Luego le dio un par de indicaciones en voz baja y finalmente se dirigió a la chica.
—Vamos, no perdamos más tiempo. —Dicho esto echó a andar, y Neve y Shryam la siguieron sin dudar.
Bajaron las escaleras de la torre que llevaba a la cúpula y después cruzaron el precioso patio, pero, esta vez, en lugar de ir a la entrada principal del alcázar, se dirigieron a la parte trasera de la fortificación, donde las chicas ya estaban a caballo.
—Capitana, elija el que más le guste —dijo Shryam yendo a por el suyo.
Neve montó uno de color azabache y cogió las riendas con firmeza.
—Lamento no haberte dicho lo de Rackstorm. He jugado con tu confianza y no volveré a hacerlo.
—Más te vale. Ahora, vuelve a tu barco y, por favor...
Neve frunció el ceño mientras otro guardia personal de la princesa le traía su caballo y esta montaba. Ambas se miraron desde sus corceles.
—... cántale las cuarenta a Rackstorm. Y hazlo rabiar —añadió Lamya con voz imponente.
La capitana sonrió con suficiencia y asintió divertida.
—¿Cómo puedo resistirme a tal tentación? Por cierto, antes de irme creo que tengo que advertirte que tienes un espía entre tus filas. Uno de los guardias que nos ha llevado ante tu presencia no me ha reconocido.
—Oh, estoy al tanto de eso —le aseguró Lamya y Neve enarcó una ceja al ver lo despreocupada que estaba—. Ya estoy investigando sobre ello, pero gracias.
—No. Gracias a ti, Lamya. Siempre.
Pudo sentir las intensas y curiosas miradas de Índigo y el resto. Pedirían explicaciones sobre lo que habían hablado, de eso no le cabía duda.
Se despidieron con un choque de manos y, guiadas por Shryam, la tripulación del Luz del Alba salió del alcázar y recorrió el camino que llevaba hasta la playa a gran velocidad mientras la trishuka y su batallón se dirigían hacia el inmenso desierto.
Tenía las manos llenas de sangre. La misma que manchaba la cara del vándalo que en ese momento luchaba por su vida mientras era sujetado por Nasir y Barak.
Vasilak se echó hacia atrás, respirando con dificultad debido a los brutales puñetazos que le había asestado.
—¿Dónde cojones está el oasis? —preguntó por tercera vez.
—No vas a matarme —escupió el hombre del desierto, su cara hinchada por los golpes y su boca y camisa repletas de su espesa sangre—. Si no, ¿cómo vas a recuperarla, Rackstorm?
—No me toques los huevos si quieres que no te raje la garganta.
—La verdad es que es divertido hacerte cabrear. —Iba a matarlo—. ¿Sabes lo fácil que resultó...?
«Por ahí no».
Fue a por el hígado. Vasilak cogió impulso y su rodilla golpeó de lleno el pecho del incauto. El golpe le robó el aire y lo dobló sobre sí mismo.
—Ponedlo en pie —ordenó Rackstorm con voz fría.
Nasir y Barak obedecieron y levantaron con facilidad al hombre, que parpadeó varias veces antes de mirar con desprecio a su adversario.
Con un movimiento seco, Vasilak le bajó los pantalones y le dejó sus partes al aire.
Despacio, el capitán cogió la daga que portaba en la parte baja de su espalda y la giró sobre su mano.
En sus ojos brilló algo que sus acompañantes reconocieron y que les ponía los pelos de punta.
Ese lado del capitán del Indomable salía solo en contadas ocasiones..., cuando iba a hacer algo muy oscuro.
—Voy a apiadarme de tu lengua y de tu garganta. Así podré oír cómo gritas y cómo luego me dices dónde está el oasis...
—¡No! —declaró el hombre antes de que el pirata terminase.
—... mientras me quedo con tu polla de recuerdo.
— ¡No! ¡No, por favor, eso sí que no! —Forcejeó con los dos piratas que lo sujetaban, que gruñeron y sacaron los dientes.
—Tranquilo, tengo experiencia. No eres el primero al que le corto el rabo o las pelotas.
— ¡Te diré dónde está! —chilló desesperado, rogando—. ¡¡¡Pero, por favor, no lo hagas!!!
—¿No os encanta el dulce sabor de la desesperación? —bromeó Vasilak, acercándose al desgraciado y rozándole el miembro con el filo de la daga—. Aunque no es tan sabroso como el de los gritos de desgarro. Esos son los mejores.
— ¡Al este! Está al este, ¡a tan solo unas millas! Coged los camellos y llegaréis en menos de una hora, ¡lo juro!
—¿Cómo puedo creerte?
—Hay un catalejo en mi bolsa, ¡compruébalo, no miento!
No les quedaba mucho tiempo. Había pasado ya el mediodía y aún tenían que encontrarla y regresar.
Soltando un largo suspiro, Vasilak fue hacia la bolsa y en ella encontró el catalejo.
Lo extendió y, poniéndoselo en el ojo derecho, miró en dirección este.
Lo único que vio fue desierto y más desierto... , hasta que...
Ahí estaba. Verde, con agua y algunas palmeras.
El hijo de puta había dicho la verdad.
—Acabas de joderme la diversión.
—Gracias..., gracias, de verdad.
—No. Gracias a ti por los camellos. Nasir...