La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 12. Lealtad #4
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12. Lealtad #4

—Neve, ven. —Esta la obedeció y contempló el mapa con detenimiento—. Aquí, compáralo con el mío. No estaba, es como si los polvos hubiesen descubierto otra capa del mapa que yo no había visto. Esto me proporcionará la posibilidad de analizar todas mis copias y descubrir rutas secretas.

»Y esta área de aquí... Creo que tengo un mapa detallado de la zona y no tan solo de las rutas de la superficie, sino también de las submarinas.

»Quizá, si hablásemos con Nélida y Loire y les mostrásemos estos mapas, podrían decirnos en qué zonas concentrarnos con el Luz y de ahí trazar una ruta que nos pudiese llevar a más pistas sobre el mural.

—¿Crees que el mural existe de verdad, Lamya? —preguntó con voz seria Neve, mirando todavía el mapa que su contramaestre sostenía entre las manos.

—Era la historia favorita de mi abuelo, y eso me hace pensar que cabe la posibilidad de que así sea. Debemos tener en cuenta que el Emperador todavía existe. ¿Quién nos asegura que esa mujer a la que se enfrentó no existió y dejó un legado que, algún día, tal vez deba ser encontrado?

»Y, teniendo en cuenta que el Oráculo os dio esa pista..., opino que es una clara señal de que deberíais seguirla.

—Lo que a mí me gustaría —intervino Sage en la conversación— es saber lo que hay dentro de ese vasto océano para que ciertas rutas sean transitables y otras no. Además, este mapa está ocultando ¿qué?

—Muchas cosas —advirtió Índigo, analizándolo con sumo detalle—. Y lo primero que veo es...

El rostro de la contramaestre palideció, sus oscuras cejas enarcándose de forma exagerada.

—¿El qué? —quiso saber Neve con el ceño fruncido mientras intentaba ver lo que los cristalinos ojos de Índigo veían.

—Las murallas submarinas de Noros —susurró casi como si estuviese en un ensueño.

El corazón de Neve se detuvo en seco al oír ese nombre. Era tan solo...

—Eso también es un mito —declaró Sage, cruzándose de brazos.

Sin duda, había verbalizado lo que la capitana había sopesado.

—¿Lo es? Podrías preguntarles a tus compañeras acuáticas —añadió Lamya dirigiéndose a Neve.

—Se dice que están en la parte más recóndita del océano y la más alejada de toda tierra. Los barcos que han intentado llegar allí jamás han vuelto.

»Ni siquiera Nélida o Loire conocen a alguna sirena que se haya atrevido a cruzar esas aguas. Debéis saber que el mar también está dividido en regiones: no se puede navegar ni nadar como uno quiera. Yo misma lo intenté alrededor de las islas Minhea y...

Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero y todas se miraron entre sí, sus ojos llenos de desasosiego.

—Lo que está claro es que debemos considerar que los mitos... tal vez no lo sean tanto —intervino Lamya—. Utilizad estos polvos para encontrar lo que sea que se esconda en esos mapas. El polvo no los dañará, te lo aseguro.

—¿Cuánto crees que tardaremos en...?

La pregunta de Índigo se vio interrumpida por un sonido lejano pero potente que las silenció, y todas miraron más allá de la cúpula del alcázar.

—¡¿Qué diantres es eso?! —exclamó Hazel.

Los guardias de la princesa irrumpieron de pronto y dijeron algo en su idioma natal.

—Los vándalos del desierto —explicó Lamya con voz tensa—. Parece que han entrado en conflicto con alguien. He de ir a ver qué pasa.

—¿Has dicho el desierto ? —planteó Sage, en alerta.

—Tal vez sea...

Neve se interrumpió y cerró los ojos, tragándose un «Mierda» antes de que se le escapase.

Sin embargo, poco importaba, pues Lamya era una persona muy lúcida y deductiva, captaba a las personas al instante..., y la había pillado.

—Rackstorm. Es él, ¿verdad?

Neve se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Qué hace Vasilak Rackstorm merodeando por mi desierto? ¡Pensaba que había permanecido en el Indomable , Neve!

—Fue una decisión difícil para ella —intervino Índigo—. Vasilak nos dijo que habían secuestrado a un importante miembro de su tripulación y...

—Índigo, puedo defenderme yo sola —soltó la capitana, interrumpiéndola.

—Aquí nadie te está defendiendo —respondió Hazel dando la cara por su contramaestre—. Está contando hechos.

Raven y Sage se miraron entre sí, tensas.

—No vas a cuestionar mi autori ...

—Chicas, ¿podéis dejarnos a solas?

Lamya cortó la tensa conversación sin que le temblara el pulso. Las cuatro jóvenes se giraron hacia ella, pero la princesa tenía los ojos fijos en Neve, que asintió, haciendo un gesto a su tripulación para que obedeciesen.

—Por favor, bajad y pedid que os lleven a los establos. Estaremos allí con vosotras enseguida.

Raven se ocupó de Índigo, mientras que Sage se encargó de Hazel.

Ni contramaestre ni curandera miraron a Neve, que sintió su rechazo como una patada en el estómago, pero se mantuvo firme.

Instantes después, los pasos de su tripulación se desvanecieron torre abajo, y princesa y capitana se quedaron a solas en la cúpula.

En cuanto desaparecieron, su ausencia le resultó insoportable. Le dolía esa soledad, pero aún más le dolía haberles contestado así.

Típico de ella.

Con paso lento, Lamya se acercó a Neve, ladeando la cabeza de tal manera que la oficial del Luz del Alba supo que estaba analizándola a la vez que intentaba averiguar qué narices estaba pasando.

—Creo a Índigo, por cierto —aquellas palabras rompieron el tenso ambiente—, pero quiero que me lo expliques tú. Y rápido. No tenemos mucho tiempo.

—Ha ido a rescatar a un miembro de su tripulación que secuestraron los vándalos —contestó con calma—.

Le dije que, mientras me reunía con «mi contacto», podía ir en su rescate, pero que tenía que estar de vuelta al anochecer, ese fue el plazo que le di para cumplir su cometido.

También lo hice porque no quería traerlo aquí.

Hay sitios que es mejor que no visite. Bastante he tenido con que haya pisado la cubierta de mi barco.

—¿Y por qué no me has dicho nada? —Había reproche en la voz de la gobernante de Monha—. Podría haberme encargado personalmente...

—Lo que haga Rackstorm no es asunto mío —gruñó la capitana exasperada.

—Lo es si se trata de mi isla. ¡No me jodas, Neve!

—¿Qué querías que hiciera? —contraatacó ella con voz dura y dando un paso adelante, ocupando un espacio que hizo que Lamya se sintiera pequeña durante unos segundos—.

¿Que, además de contarte lo jodidos que estamos con el pacto entre Rout y el tipo que controla el mar, te dijese que nuestro enemigo, ahora convertido en aliado temporal, andaba suelto por el desierto que se ve desde tu ventana?

—¿Qué tal si me hubieras dicho que se paseaba por mis tierras a su antojo? ¡Habría estado bien, sí! —escupió esta con un tono de voz comedido, sin perder la calma.

El lejano sonido de la ciudad inundó el lugar cuando ambas callaron, aunque la llama de su discusión ardía en silencio entre ellas, lo que no ayudaba en nada.

Neve se alejó despacio, pasándose una mano por la cara e intentando recuperar el control de la situación.

Lo peor era que sabía que había hecho mal; que debería haber sido sincera con su aliada... , con su amiga .

Pero Neve no era capaz de diferenciar la política de la amistad, sobre todo teniendo en cuenta el poder y las consecuencias que tenían sus decisiones.

—Creo que todo esto... —la suave voz de la trishuka la devolvió a la realidad, lo que fue aún más doloroso. Eso todavía no había acabado.

—Lamya, escucha...

—Escúchame tú a mí, Neve O’Shea. Estás en mi hogar, bajo mi techo y mi protección, y me escucharás por la memoria de mi madre..., de nuestras madres.

Aunque la mención de su madre muerta le había formado un apretado nudo en la garganta, Neve asintió.

—Todo esto es más grande de lo que esperabas y no sabes cómo enfrentarte a ello —afirmó Lamya, lo que fue un golpe brutal para Neve, que sabía que su amiga hablaba desde la honestidad y la empatía—.

Sobre todo teniendo que estar siempre alerta por haberte aliado con tu enemigo. Lo que no logro comprender...

Con los labios apretados y aferrada a la empuñadura de sus dos espadas, Neve dejó que la princesa siguiese hablando, pues, si la interrumpía, diría algo que no debía.

A veces su impulsividad se convertía en una debilidad que acababa pagando cara.

—... es qué os llevó a Rackstorm y a ti a luchar hasta la muerte aquella noche. Es cierto que saliste con vida, pero de milagro , Neve, igual que él.

La capitana negó con la cabeza, respirando muy hondo.

—No puedo contártelo.

—Eso ya lo sé. Pero no me falta razón en que no sabes cómo enfrentarte a esto.

Estás ofuscada por proteger a tu tripulación a la vez que demuestras tu poder en esta situación...

, poder que sin duda tienes. Controlas el archipiélago y tienes ojos en todas partes, y mi espada y los míos lucharán a tu lado si lo necesitas.

Pero no puedo evitar pensar que te viste obligada a cargar con un peso enorme con solo dieciséis años.

»Tal vez haya capítulos que todavía no has cerrado. Y eso no soluciona nada. Al contrario, solo lo complica aún más.

—Estamos perdiendo el tiempo —gruñó Neve con rabia y dolor.

—Creo que la que está perdida eres tú. No sabes dónde estás.

Sabía que no lo decía en sentido literal. La metáfora era evidente, pero no significaba que doliese menos.

«¿Dónde estás, Neve?».

Lamya descorrió una de las cortinas de la cúpula. Desde allí se veía el gran puerto de Monha, y Neve no pudo resistir la tentación de acercarse a mirar: había más de veinte navíos de diferentes tamaños amarrados en ese inmenso fondeadero.

—Los silencios cuentan más que las palabras.

Es algo que solía decir mi madre —añadió la princesa, y, apoyando una mano en la columna que tenía al lado y con la otra aún en la empuñadura de la espada, Neve la escuchó.

Sus ojos se perdieron en la imponente flota mientras la voz de Lamya inundaba el ambiente—.

Puedes replicar a mis palabras. No te contradiré.

Se tomó unos instantes para calmar el remolino de sentimientos que ni siquiera era capaz de definir, pero que por desgracia le eran muy familiares, antes de contestar.

—No va a ser fácil. —Su voz sonó dura y distante.