12. Lealtad #3
Todos miraron a la princesa, que se encogió de hombros, confirmando que la amenaza de la capitana era genuina. Todos asintieron y se retiraron escaleras abajo, dejando a la tripulación del Luz del Alba y a su alteza a solas.
—¿Cómo lo sabes, Neve? Además, este tipo de información no se obtiene así como así.
—Hicimos una visita nada agradable al Oráculo de Minhea —dijo Índigo, que después bebió con avidez de su vaso de agua.
Las demás imitaron a la contramaestre, excepto Neve, que se mantuvo en la misma posición: sentada con la espalda muy recta, quieta.
—¿Fuiste otra vez allí?
—Qué puedo decir, me encantan los retos. Pero antes de ir a lo que nos atañe..., hay una cosa más.
—Entonces, ¿los rumores son ciertos? —planteó alarmada Lamya, con una expresión mezcla de sorpresa y desagrado—. ¡¿Te han visto navegando junto al Indomable ?! —exclamó.
—Cuánta lengua suelta hay por este archipiélago, la madre que me parió —soltó Sage, arqueando una ceja con hastío.
—¿Qué te lo ha confirmado?
—Me han informado de tu presencia, pero no he visto el Luz amarrado en el puerto, que, te recuerdo, se ve desde aquí. Por otro lado, han avistado el Indomable cerca, junto a otro navío..., y luego me han descrito tu barco. No ha sido difícil atar cabos.
—Sellamos el pacto ayer. Si te sirve de algo, eres la primera persona a quien se lo explico.
Lamya suspiró, pero asintió, creyéndola.
—Pues ya que estás, dime, ¿cómo has conseguido que no te mate?
—Por la gravedad del asunto, pero se trata solo de una tregua, en realidad —añadió Neve a toda prisa, quitándose la tela que le cubría la cabeza y dejando caer su cabello trenzado sobre su hombro—.
Nuestros dos bandos tienen el monopolio de estas aguas, eso es cierto, pero esta amenaza podría afectar tanto a la superficie como a las profundidades.
Logré convencerlo y aquí estamos. Mientras dure el pacto, no podemos herirnos, está recogido en nuestro acuerdo.
—Qué pesadilla ha de ser para ti —murmuró con empatía la princesa.
—No me lo recuerdes —gruñó Neve y, respirando hondo, fue al quid de la cuestión—. Hemos venido a verte porque necesitamos que nos ayudes a encontrar la Séptima.
Un silencio se abrió paso tras sus palabras, pero advirtió que sus chicas se quedaban quietas, atentas, aguardando la reacción de la trishuka .
—Te escucho.
—Sé que tu padre tenía unos manuscritos que nos podrían dar alguna pista acerca de cómo encontrar la parte del mapa que nos falta para ir a por la Séptima.
—¿Acaso sabéis lo que es la Séptima? —inquirió Lamya con rostro serio—. Estamos hablando de una reliquia que no se ha visto en milenios.
—¿Una reliquia? —la voz suave pero imponente de Hazel se incorporó a la conversación—. Entonces, ¿se sabe qué es?
—Por desgracia, no —lamentó la princesa, tomando un sorbo de su té después—. Con el paso de los años se la acabó denominando reliquia porque es algo que roza el mito. Revisaré con calma esos manuscritos y...
—No va a ser posible —la interrumpió la capitana.
—Debo suponer que no pasaréis la noche aquí, ¿verdad? —dedujo entonces.
—Como les he explicado a tus guardias al llegar, volveremos al Luz del Alba antes del anochecer —corroboró—. Cada minuto que pasa, Harker y el Emperador nos sacan ventaja.
—Explícame qué manuscritos son esos, Neve. Te prometo que haré lo que pueda.
—Lo sé. —Le dedicó un gesto de agradecimiento a su anfitriona, para seguidamente señalar a su contramaestre, a su derecha—.
Índigo ha traído consigo varios mapas. —La susodicha los sacó del interior de su chaqueta—.
Queremos que nos digas cuál de ellos podría llevarnos a algún lugar que nos facilite cualquier tipo de pista.
Todas se sentaron alrededor de los mapas excepto Raven, que se había mantenido de pie de brazos cruzados, mirando de vez en cuando más allá de las murallas de la ciudadela, siempre vigilante.
En la mesa, Lamya los fue observando con cuidado, llegando a aquel que mostraba con detalle la costa más occidental del Continente Este y las islas que poblaban el gran Océano Central.
—Voy a contaros la historia de la Séptima —dijo la princesa mientras comparaba dos mapas.
—Por lo que tengo entendido solo son leyendas, no sé si servirá de mucho —musitó Hazel, aunque había curiosidad en su tono.
—Pues entonces no seré yo quien os la cuente. Pregúntales a tus sirenas, Neve. Ellas podrán darte una versión más detallada y, sin duda, distinta a la mía.
—Creo que sería bueno que tuviésemos ambas versiones —comentó Índigo uniéndose a la conversación, su cuerpo inclinado hacia los pergaminos, como si quisiera protegerlos—. Para compararlas y tal vez encontrar algún punto de convergencia. ¿Sería posible, trishuka ?
—Solo si esa espía tuya se queda quieta y se sienta de una vez. Me está poniendo de los nervios.
Todas se giraron hacia Raven, que, con una ceja arqueada, replicó:
—Solo sigo órdenes. —Lo dijo señalando con la cabeza a Neve, que sintió una chispa de orgullo al saber cómo sabían lo que ella necesitaba que hicieran al llegar a nuevos lugares.
Cada una tenía un papel muy definido, y lo interpretaban y ejecutaban de manera precisa de forma natural. Y a Raven siempre le tocaba vigilar.
—Tengo la ciudad y mi hogar bien custodiados. —La voz penetrante y tajante de Lamya interrumpió sus pensamientos—. Siéntate, muchacha.
—Aquí manda más ella que yo, Raven —declaró la capitana del Luz del Alba , haciéndole un gesto para que se instalara a su lado.
Una vez que estuvieron todas sentadas y con su atención puesta en la princesa, esta no perdió tiempo en contar lo que sabía.
—Lo único que recuerdo son las historias que me contaba mi abuelo, ya que mi padre se negaba a compartir mitos, pues para él solo existían los hechos, la ciencia. Yo he logrado adquirir ambos conocimientos gracias a la mente abierta que me inculcó mi querido abuelo.
»Él me explicó que, hace milenios, el Emperador fue traicionado por su esposa, lo que provocó la división del océano.
»Se dice que lo único que se salvó de la dinastía de esa esposa es la Séptima, y que la única pista que dejó fue un mural oculto dentro de un palacio que después se perdió en el fondo del mar. Tal vez, si encontraseis ese mural, podríais llegar a la Séptima. Pero...
«Traición. División. Único legado. Palacio perdido».
«¿En serio?».
Neve jamás lo admitiría en voz alta, pero no pudo evitar recordar las palabras de Vasilak en referencia a la «búsqueda del tesoro» y lo jodido que era ese estereotipo para los piratas.
Aquello iba a ser más difícil de lo que ya había imaginado, que no era poco. Respiró hondo, dominando esa familiar presión que amenazaba con inundar su pecho.
«No. Contrólate».
—Podríamos tardar años en encontrarlo, ¿verdad? —preguntó su curandera, secándose el sudor de la frente, sus ojos en ese momento más verdes que marrones debido a la intensa luz que se colaba a través de las telas.
—Capitana, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Sage a su izquierda, inclinándose hacia ella.
Esta dirigió su vista a Lamya, cuyos oscuros ojos se habían teñido de preocupación ante su silencio.
«Di algo, vamos ».
—Dime cómo empezar a buscar esa reliquia y llevaré el Luz del Alba adonde haga falta.
—¿Y si al final es solo un mito? —contraatacó la princesa.
—Al menos tendré una excusa que explique mi incapacidad para encontrarla. Pero, aun así, tengo que intentar evitar lo que pasará si los planes de esos dos siguen adelante.
—Dadme un segundo.
Lamya se levantó y, en su milenario idioma materno, llamó a uno de sus guardias personales. La princesa se inclinó para murmurarle algo al oído, y este asintió con convicción y desapareció escaleras abajo.
Cierto nerviosismo recorrió a Neve. Solía ser experta en enterrar ese tipo de reacciones y sentimientos dentro de ella, pero sabía que la princesa había notado cómo su cuerpo reaccionaba ante tal presión. Las chicas no se habían percatado y eso era lo importante.
No podían verla así.
El guardia volvió con un pergamino y una bolsita de cuero cerrada con un cordel. Se los tendió a la princesa con una inclinación de cabeza y se retiró. Su señora fue a ocupar el hueco que había entre Neve e Índigo.
—Permitidme...
Puso el pergamino en blanco sobre la mesa, justo encima del mapa que había estado estudiando poco antes.
—Índigo, ¿podrías sujetar las esquinas?
Esta asintió y obedeció, sus largos dedos manteniendo el mapa abierto y el pergamino vacío sobre este con cuidado.
Lamya extrajo un puñadito de los polvos que había en la bolsita y lo esparció por el pergamino en blanco. Una vez cubierto, pidió con un gesto a Índigo que se apartase, pero Neve hizo lo contrario, inclinándose para ver qué ocurría.
Cuando levantó el pergamino vacío, vieron que el mapa de Índigo se había calcado por el otro lado.
Esta, con el asombro inundando sus facciones, exclamó:
—¿Cómo puedo conseguir una bolsa de eso?
—Puedes quedarte esta. Tengo más aquí. —La princesa le guiñó un ojo y a la contramaestre del Luz del Alba le brillaron los ojos como a una niña pequeña durante ese primer cumpleaños en el que eres consciente de que es tu cumpleaños —. Y, como me temía, ahí está...
Lamya se levantó y le tendió el mapa a Índigo, que se puso de pie al instante.
—Échale un vistazo.
Asiéndolo con ambas manos, la chica de cabellos negros levantó el mapa, moviéndose hacia la intensa luz del sol. Neve la siguió, el resto de las chicas la imitaron. Todas se pusieron tras su contramaestre, que, segundos después, soltó un exabrupto.
—¡Qué cojones!
—¡¿Qué pasa?! —exclamó Neve, alarmada.
—¡Aquí! —Señaló un punto en medio del gigantesco océano marcado ligeramente—. El mapa tenía una ruta escondida.
Índigo se volvió y corrió de nuevo hacia la mesa, casi atropellando a sus compañeras, de las que se había olvidado por completo.
—¡Ve con cuidado! —soltó Hazel, frunciendo el ceño.