La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 12. Lealtad #2
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12. Lealtad #2

Había gente por todas partes, y el intenso olor a especias les asaltaba las fosas nasales.

Con el rostro tapado y la vista al frente para evitar miradas indeseadas, se dirigieron al alcázar, situado en lo alto de la ciudadela.

Era el edificio más grande e imponente de Monha, y todas las avenidas y callejuelas llevaban a él.

Sus dos custodios no aminoraron el paso, y Neve les metió prisa a las chicas.

Los adoquines sustituyeron a la arena en el suelo y las calles se hicieron cada vez más empinadas.

En la zona alta, los comercios dieron paso a un barrio residencial en el que la mayoría de las puertas estaban abiertas y dejaban ver a mujeres y hombres hablando en los patios.

Ante la presencia del insólito grupo, algunos interrumpían la conversación y miraban a las desconocidas sin disimulo.

— Alhorbes! —exclamó un niño al que su madre cogió enseguida sin apartar los ojos de Neve, vigilante.

«Piratas».

Dejaron también atrás las áreas residenciales y accedieron a los jardines que rodeaban el alcázar y lo separaban del resto de la ciudad.

En cuanto estuvieron ante la imponente fortificación, los centinelas apostados en las puertas las abrieron de inmediato: sabían que aquellas mujeres venían a ver a su trishuka , en idioma común, su princesa.

En Derus no solo tenían una gobernante propia, sino también un idioma milenario: el deruseo.

Las magníficas puertas se cerraron tras ellas y un patio interior gigantesco les dio la bienvenida, dejando claro que se encontraban en un recinto opulento, reflejo del poder de quien lo habitaba.

El suelo era de mosaico y al fondo se levantaba una fuente: el murmullo constante del agua daba sensación de frescor.

Unas columnas de mármol blanco sostenían los arcos de herradura del pórtico que rodeaba el patio.

Las paredes de los tres pisos superiores estaban cubiertas por yeserías labradas con motivos vegetales, y la luz del sol se filtraba por las celosías de madera.

En el centro, un gran estanque lleno de peces, un par de garzas refrescándose y las exóticas plantas le otorgaban un aire aún más espectacular al espacio.

—Tienes que estar jodida para presentarte sin avisar, Neve O’Shea.

La capitana se giró despacio, al contrario que las demás, que se volvieron al instante al oír a alguien hablar en el idioma común.

Al otro lado del inmenso claustro, una mujer imponente, algo más alta que ella y vestida con el traje tradicional de la isla, la observaba.

Rodeó el estanque con paso firme pero elegante, seguida por sus dos protectores, altos y de pelo oscuro, descamisados pero armados.

—Te veo bien acompañada, trishuka Lamya.

La recién llegada sonrió con suficiencia, mirando por encima del hombro a los hombres.

La princesa poseía una belleza hipnótica.

Su cabello rizado era de un tono castaño oscuro que hacía juego con sus ojos.

Su piel, morena por naturaleza y no por la exposición al sol como Neve, parecía brillar en contraste con los tatuajes de henna que cubrían sus brazos.

Un aro adornaba su nariz y su atuendo era de un color crema sencillo, debajo del cual Neve sabía que escondía más de un arma.

Llevaba anillos en todos los dedos, y las uñas, largas y pintadas de bermellón.

Un velo sujeto por una fina tiara le caía sobre el cabello y se fundía con la tela del vestido.

—Tengo buen gusto con los hombres. Tú tampoco estás mal acompañada.

Neve se giró para ver cómo las chicas se habían inclinado ya para presentar sus respetos, y sonrió para sí, orgullosa una vez más de sus compañeras.

Al volverse de nuevo, descubrió que Lamya había acortado la distancia. La mujer tomó el rostro de Neve en sus manos, le besó la frente y declaró:

—¿En qué puedo servirte, vieja amiga?

Por motivos como ese, Vasilak Rackstorm amaba el mar.

El sofocante calor los perseguía y, aunque iban bien protegidos, quizá no fuera suficiente. Llevaban recursos para unas horas, y esperaba que Barak no se equivocase al leer el mapa, pues era él quien los guiaba. Nasir, a su lado, lo miró con preocupación.

—Seguro que está bien, Vasilak.

—¿Te he dado permiso para que abras la boca, Nasir?

—Nunca nos lo das, así que me la juego a pesar de que quieras partirme un labio o algo.

—Callad los dos —murmuró Barak, deteniéndose para mirarlos—. Puede que no estemos solos. Silencio absoluto.

El médico asintió y Vasilak respiró hondo, señal de que aceptaba esa indicación. Se obligó a mantener la mente fría; de lo contrario, sus respuestas serían desafortunadas y ninguno de sus acompañantes se merecía recibir su rabia.

«Si no rescatas a tu tripulante hoy, no volveremos, Rackstorm».

La voz de Neve resonó en su cabeza de una forma tan familiar que el odio subió por su garganta amenazando con alimentar todavía más sus ganas de matarla.

Su brusco modo de hablar, su laconismo, su imponencia, eran cosas a las que se estaba empezando a acostumbrar a pesar del poco tiempo que había pasado desde el pacto.

¡Y una mierda no iban a volver! El que no volvería sería él sin ella .

Se recolocó el turbante que le protegía la cabeza del intenso sol y trató de fingir que no notaba el sudor que le chorreaba por la espalda y le pegaba la camisa al cuerpo. Sin duda, haberse recogido el pelo en una trenza había sido lo más acertado.

Siempre lo era cuando no sabías si librarías una batalla en cualquier momento.

Continuaron, subiendo y bajando las densas dunas. Vasilak se volvió varias veces, solo para comprobar que la línea del mar en el horizonte había desaparecido y tan solo los rodeaba desierto. De su pantalón sacó un reloj de sol y calculó que debían de llevar más de dos horas caminando sin descanso.

¿Cuánto quedaría para encontrarla? ¿Para cuidarla de nuevo?

De repente, sintió el brazo de Barak chocando contra su pecho, deteniéndolo y sacándolo de su ensoñación. Extrañado, iba a preguntar qué ocurría cuando vio que Nasir se ponía a su lado y seguía la mirada del artillero del Indomable .

Un par de camellos descansaban sentados no muy lejos.

—Estamos cerca —susurró Barak—. Démonos prisa y...

—Barak, Nasir, no os mováis. Voy a inspeccionar la zona. Agachaos y quedaos quietos.

Les lanzó una rápida mirada y ambos asintieron.

Oteó los alrededores, pero no vio rastro alguno de los jinetes, aunque, sin duda, no debían de andar muy lejos.

Se deslizó por la arena hasta llegar a la base de la alta duna y se acercó a los camellos despacio, con sigilo, sus callosos dedos rozando la empuñadura de su gran espada. Buscó huellas que pudieran darle pistas acerca del paradero de los conductores de esas monturas del desierto...

—¡VASILAK!

El grito de Nasir fue suficiente para que reaccionara veloz y girara sobre sí mismo, espada en mano, para detener con su afilada hoja la de su atacante.

Este enseñó los dientes, sediento de batalla.

—Qué previsible eres, Rackstorm —soltó el vándalo entre dientes, esforzándose por contenerlo y evitar su ataque—. Vienes a por ella, pero llegas tarde. Ya deben de haber llegado a su destino. No podrás evitar que...

«Oh, sí», pensó. Esa vesania, esa furia y locura que embriagaban su corazón cada vez que amenazaban con herirla, se apoderó de él. El capitán Rackstorm se transformó en un verdadero Demonio del Mar y, sin proferir un solo sonido, se puso en acción.

Se deshizo del agarre de su enemigo con agilidad y cargó con todas sus fuerzas contra él.

El sonido de las hojas chocando era como un afrodisiaco para su adrenalina, que aumentaba por segundos.

Fue sencillo: dada su corpulencia, estatura y experiencia con la espada, lo desarmó con facilidad girando el arma hábilmente.

El hombre tropezó y cayó de bruces sobre la arena, maldiciendo.

Vasilak aprovechó el momento para coger la espada de su adversario y lanzarla lejos con una agresividad que dejó al otro paralizado por un instante.

Un instante que fue más que suficiente para Rackstorm.

Vasilak lo cogió del cuero cabelludo, asegurándose de clavarle las uñas lo suficiente para hacerlo sangrar.

El grito de puro dolor que emanó de los labios del desconocido lo hizo sonreír, y se permitió unos segundos para ver cómo Barak y Nasir le traían al otro vándalo, que sin duda había ido a por ellos.

—La mala noticia es que no está aquí —declaró Vasilak, lo que hizo que tanto el curandero como el artillero mirasen ansiosos y con odio al tipo que sostenía el capitán con ambas manos—. La buena, que solo necesitamos que uno hable para obtener las respuestas que no quieren dar. ¿Quién será?

Lamya las llevó a la cúpula que había en la parte más alta del alcázar y una agradable brisa las acarició nada más llegar al tramo final de las escaleras que conducían a la estancia.

Esta estaba abierta al cielo gracias a un anillo de esbeltas columnas y el espacio entre estas dejaba ver desde arriba la capital de Derus en todas direcciones, mientras que la cubierta, de telas de colores, las protegía del intenso sol.

Sobre una mesa baja rodeada de varios cojines redondos había fruta, pastas y té, y lo mejor de todo, una jarra con agua fresca.

La princesa les ofreció asiento y, a la pregunta de qué las había traído hasta allí, Neve respondió:

—El Emperador y Harker Rout han hecho un pacto y, como no encontremos la Séptima antes que ellos, se avecina una guerra.

Hasta los guardias y sirvientes que se hallaban cerca se detuvieron en seco y se exclamaron con sorpresa. A pesar de su aparente calma, Lamya había parpadeado ligeramente, gesto que mostraba su terrible preocupación.

—Podéis retiraros —les dijo, rompiendo su silencio.

—Si alguno de vosotros dice algo de esto, sabed que recuerdo vuestras caras —amenazó Neve, mirándolos uno a uno—. Dejaré que vuestra imaginación vuele hacia los diferentes castigos que eso os comportaría.