La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 12. Lealtad
23%

12. Lealtad

Lealtad

Presente

Atracar el Luz del Alba y el Indomable en Monha habría llamado demasiado la atención, por lo que Neve decidió que fondearían un poco más al sur, a una milla de la imponente costa que se extendía de norte a sur.

Los cinco miembros de cada navío se acercaron a tierra en sendos botes y desembarcaron en una playa vacía y rocosa.

Derus era una isla en su mayor parte desértica, y ya al llegar habían notado las altas temperaturas que se gastaban por allí.

Además, la humedad les pegaba la ropa al cuerpo y estaban muy incómodos.

Tendrían que apechugar con ello.

—¿Dónde dijiste que tienen a tu rehén? —inquirió la capitana, dirigiéndose a Vasilak.

—Tierra adentro. Partiré ya con mi tripulación.

—Con todos, no —discrepó Neve, acercándose, pero manteniendo una distancia prudencial.

Vasilak llevaba el oscuro cabello recogido en una gruesa trenza que se le pegaba a la piel sudorosa—.

Mis chicas vendrán conmigo a la reunión.

A mi contacto le parecería extraño que faltase alguna, pues tenemos una estrecha relación y sabe cómo actuamos habitualmente.

Quizá hasta le parecería sospechoso, sobre todo teniendo en cuenta nuestra situación actual.

—¿Te refieres a nuestro pacto? —Garret fue quien habló, y Neve lo miró y asintió con la cabeza.

—En efecto. Por lo tanto, mi propuesta es que tres de vosotros vayáis a rescatar a vuestro tripulante, y los otros dos se queden vigilando los barcos.

»Y, sí, soy consciente de que estoy dejando a tu cargo mi barco , así que no me lo discutas, Rackstorm, y limítate a aceptarlo.

El capitán calló un momento y luego se giró hacia su izquierda con expresión seria y dijo:

—Arendar, Garret, os quedáis vigilando. Nasir, Barak, conmigo. Poneos esto. —Y les dio a sus hombres una tela blanca y ligera.

Neve imaginó que sería para hacerse luego el típico turbante que se usaba en el desierto para cubrirse la cabeza, la boca y la nariz, y protegerse del potente sol que, en nada, resultaría asfixiante.

—¿Cuánto tardaréis en regresar vosotras de ver a vuestro contacto? —quiso saber Arendar, sin replicar a su capitán. Con el rabillo del ojo, Neve apreció que Garret parecía contener su queja.

—Como establecimos, estaremos aquí antes del anochecer. No quiero pasar la noche en estas aguas.

—Creíamos que controlabas todo el archipiélago, capitana O’Shea —declaró Nasir colocándose en la cabeza la tela que le había entregado Vasilak.

Había cierto desafío en su voz, algo que gustó a Neve. Por lo visto el médico no era tan inocente y tímido como parecía. Toda la atención se posó en ella y, con seguridad, respondió:

—Y así es, pero hay jerarquías que deben respetarse. ¿Sabes lo que significa esa palabra?

Las chicas rieron tras ella y Nasir le respondió con una mueca, asintiendo para sí, pero con un brillo interesante en los ojos. Por el contrario, a su derecha Barak parecía a punto de saltarle encima por el simple hecho de dejarle claro quién seguía mandando allí.

«Vaya», pensó.

—He crecido con ella —respondió Nasir, volviéndose hacia Vasilak, que observaba el intercambio en silencio, pero sin quitar los ojos de Neve—. ¿Vamos, capitán?

—Sí, va siendo hora —musitó Barak adelantándose al resto.

—Nos vemos dentro de unas horas —se despidió Neve y, de inmediato, se pusieron en marcha.

—Que os sea leve la reunión —dijo con guasa Garret.

—Que te sea leve la vigilancia —escupió Hazel sin tan siquiera girarse.

Pero Neve vio la mirada de rabia que le lanzó el arquero. Arendar, a su lado, enarcó una ceja y, resoplando, agarró a Garret por el brazo y se lo llevó a rastras para empezar la guardia.

Los ocho subieron la rocosa colina que separaba la playa del resto de la isla y se encontraron con un camino de tierra que llevaba al este, a la ciudadela. Ante ellos se extendía el vasto desierto, que comenzaba apenas una milla tierra adentro.

—Nos vemos aquí al anochecer —dijo Vasilak sin ceremonia.

—Si no rescatas a tu tripulante hoy, no volveremos , Rackstorm —advirtió la capitana haciendo luego un gesto a sus chicas para que continuaran avanzando.

—Ya veremos, O’Shea. Ya veremos.

Ella se volvió para encararlo, pero el capitán del Indomable corría ya junto a sus hombres hacia la gran masa arenosa.

—¿En serio vamos a dejar que ese inútil vigile nuestro barco?

Todas se giraron para mirar a Hazel, que observaba con desprecio a un Garret que parecía estar ya quejándose con Arendar.

—Me preocupa más el contramaestre, Hazel. Pobrecito, lo que va a tener que aguantar —soltó Sage, arqueando una ceja.

—En eso llevas razón —dijo antes de reírse con guasa la curandera.

Neve intercambió una mirada con Índigo y Raven, que habían permanecido en su conocido silencio.

—¿Tenéis las telas?

La espía fue quien las sacó de una bolsa que colgaba de su hombro y las repartió, todas del mismo color blanco crudo. Una vez que cubrieron sus cabezas, Neve añadió:

—Venga, chicas, tenemos una calurosa caminata hasta la ciudadela de Monha.

Poco después de iniciar su marcha hacia la gran ciudad, se encontraron con un hombre que llevaba un carro tirado por dos caballos.

Neve no se lo pensó dos veces y le ofreció unas monedas que él aceptó de buena gana.

Las chicas subieron a la caja de la carreta, que iba llena de sacos.

Silenciosas, observaron el abrupto paisaje que las rodeaba.

Aunque el día acababa de empezar, el calor apretaba con fuerza, y el cuerpo pronto empezó a pedirles agua: tenían los labios resecos y la lengua se les pegaba al paladar.

Era desagradable e incómodo, pero Neve y sus chicas habían pasado por situaciones mucho peores.

En cuanto llegasen a destino, podrían hidratarse.

La escabrosa pista de tierra las obligaba a agarrarse bien al carromato que las transportaba. La capitana seguía con la vista fija en el desierto por el que en ese momento corría su nuevo aliado para rescatar a su maldito tripulante. Debía admitir que sentía curiosidad por saber quién podía ser.

Apostaba a que se trataba de su amante. Seguro.

—Monha —le susurró Índigo al oído.

Neve giró la cabeza por completo para ver, a su espalda y encaramada en una gran colina rocosa, el punto más alto de la isla, la ciudad principal de Derus, que les daba la bienvenida.

Rodeada por una imponente muralla exterior, su arquitectura era muy distinta de la del resto de las islas, adaptada al clima y la orografía, aunque lo cierto era que cada una de ellas tenía la suya propia.

En Derus se comerciaba sobre todo con especias, telas y alimentos que los habitantes de los mares del norte y las islas de Unea traían en sus barcos.

Había constantes disputas en esas aguas, y Neve había tenido que intervenir para dirimirlas en más de una ocasión, pero, por lo que sabía, llevaban un tiempo tranquilas.

Eso era una suerte, pues en aquel momento debía centrarse en la empresa que la había llevado hasta allí.

Cuando el tramo más empinado quedó atrás, las viajeras no se molestaron en esperar a que el vehículo se detuviese y saltaron a la señal de su capitana.

Índigo le lanzó tres nokdrils al comerciante, que iba cubierto de pies a cabeza por una túnica y al que solo se le veía el rostro bajo un turbante.

El hombre aceptó con una sonrisa abierta y amable, y murmuró «Gracias, capitana O’Shea» con un marcado acento lugareño.

Neve le guiñó un ojo y el carretero siguió su camino. Las mujeres se acercaron con paso decidido a la entrada de la ciudadela, custodiada por varios guardias. Los habitantes de la ciudad entraban y salían sin trabas, mientras que los extranjeros negociaban y comerciaban a sus puertas.

Aguardaron en la fila del control de entrada que había que pasar si no eras de allí y, cuando les tocó el turno, Neve tan solo tuvo que bajar la tela que le cubría el rostro. El guardia dio un paso atrás al reconocerla.

—Comunicaré que está aquí, capitana. Pase y espere dentro, vendrán a buscarla.

La guardia les abrió paso mientras su compañero entraba a toda prisa en la fortificación y se perdía de vista.

Mientras aguardaban, unos familiares graznidos sobre sus cabezas les llamaron la atención y vieron a los cuervos Trix y Sika volando en lo alto.

Neve se giró hacia Raven, situada a su derecha, y esta se recolocó el pañuelo para que le tapase todo el rostro excepto los ojos y asintió vehemente.

—Siempre te me adelantas —susurró Neve sonriendo.

—Soy tus ojos y oídos, capitana. No lo olvides.

—¿Podéis dejar el coqueteo para más tarde? Estamos en una misión y esas cosas.

Todas rieron por lo bajo ante el comentario de Sage, pero a Neve no se le escapó la mirada de soslayo que le lanzó Raven.

Poniendo los ojos en blanco, divertida, Neve volvió a cubrirse la cara y rastreó la zona con la mirada, incluso sabiendo que las aves estarían vigilando desde lo alto.

El guardia regresó poco después acompañado de dos hombres que vestían un uniforme diferente, más refinado.

Eran parte de un cuerpo de élite. Uno de ellos se inclinó de inmediato en señal de respeto y, al ver que el otro no hacía lo mismo, lo reprendió con severidad.

El compañero reaccionó por fin y se inclinó ante la capitana.

Neve sintió la mirada de Raven en la suya y lo supo. Había sido muy evidente.

—Necesito hablar con ella —anunció—. Y tiene que ser ya. Debo estar de regreso en el Luz del Alba al anochecer como muy tarde.

—Por supuesto, capitana. Sígame.

El nuevo guardia abrió la marcha, guiándolas, mientras su compañero se situaba detrás, cerrando la comitiva.