La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 11. Dos pájaros de un tiro
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11. Dos pájaros de un tiro

Dos pájaros de un tiro

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Tenerlos a bordo y no poder ni siquiera acercar su mano a la empuñadura de la espada que llevaba al cinto era, sin duda, una clase de tortura que Neve jamás habría imaginado. Pero un trato era un trato y debía controlar sus impulsos, en ese momento más que nunca.

«Has pactado con Vasilak Rackstorm. Estás rematadamente loca o desesperada», pensó en lo más profundo de su mente.

Las dos cosas, lo más seguro.

Era clave mantener la cabeza fría para actuar con precaución y, también, con precisión.

Aunque los capitanes y sus contramaestres volvieron en botes separados, por indicación de Neve todos se dirigieron al Luz del Alba .

Los otros tres miembros más relevantes del Indomable aterrizaron en cubierta como si de un abordaje se tratara: descolgándose por los cabos que colgaban de los mástiles del navío hasta entonces considerado enemigo, anclado al lado.

Lo hicieron con un sigilo que no le pasó por alto a nadie.

Tras la capitana O’Shea, Índigo, Raven, Sage y Hazel vigilaban alerta a los cinco hombres que tenían delante.

—Creo que no he presentado a mi tripulación como es debido.

Ella es Índigo, mi contramaestre. Tras ella está Raven, mi mensajera.

—Se negaba a desvelar que era su espía. No debía ser necia a la hora de compartir cierta información—.

A su lado, Sage, mi artillera, y a mi izquierda está Hazel, curandera, entre otras muchas cosas.

—¿Cómo podéis llevar el barco siendo solo cinco? —inquirió Arendar con lo que Neve solo pudo definir como verdadera curiosidad.

—Ser mujer tiene sus ventajas. Por lo que veo, no hay ninguna en tu tripulación —contestó Neve con suficiencia—. Sabemos coordinarnos bien. Ahora, vamos a lo que nos atañe. Índigo, ve a por los mapas.

Esta cumplió la orden y bajó a las entrañas del barco, y el minuto que tardó en regresar pareció una eternidad en medio de aquel silencio solo interrumpido por los gritos de las gaviotas que revoloteaban sobre las embarcaciones señalando la proximidad de tierra.

Detrás, la isla de Nuhuria, con el santuario de Cráneo Negro en lo alto de la colina, los vigilaba para asegurarse de que no rompían el pacto.

Neve se recordó que lo primordial desde ese instante era dar con la Séptima. Y que para eso, antes que nada, debía recabar información. Y conocía a alguien que se la podía facilitar, un contacto clave.

Unos pasos anunciaron el regreso de Índigo a cubierta, y la capitana se apartó para dejarle espacio en la mesa que se había dispuesto entre ellas y la tripulación del Indomable casi como una barrera, como si Neve todavía no creyese que se había aliado con él .

Los cinco hombres permanecieron callados, mirando con curiosidad mientras la contramaestre desenrollaba dos mapas de diferentes tamaños.

—Nuestra misión es hacernos con la Séptima antes que nuestros enemigos, como ya os comentamos, pero para eso primero tenemos que encontrar el fragmento que completa el mapa. Acercaos.

Solo Vasilak y Arendar se acercaron; los otros tres Demonios del Mar mantuvieron posiciones parecidas a las de sus chicas.

Sabía que el Indomable no era como el Luz del Alba .

Lo superaba algo en eslora, pero el Luz tenía ventajas: era más veloz y silencioso.

Y, aunque necesitaba cuidados, sin duda no eran tantos como los que requería el imponente y oscuro navío en el que en ese momento faenaba una tripulación de treinta y tres marineros.

Tiempo atrás, a petición de la capitana, Raven había conseguido descubrir que los denominados «Demonios del Mar» eran los cinco hombres que tenían delante.

Las banderas también eran muy distintas: la de Neve, con su brillante dorado y calavera blanca; la de Vasilak, roja con espadas negras. En ese momento ambas ondeaban a poca distancia, casi como si se desafiasen en silencio.

—La primera parte de nuestra misión es sencilla —explicó Índigo, marcando con un lápiz de carboncillo los puntos clave del archipiélago de Bhyeria—.

Iremos por el norte, dejando atrás Unea para adentrarnos por la parte noroeste de Derus.

Rodearemos la isla y nos encontraremos con el contacto de mi capitana, que nos ayudará a recabar información sobre el mapa y, sobre todo, sobre la Séptima.

—¿Nos dirá lo que es? —inquirió Vasilak, e Índigo asintió—. ¿Tenéis alguna idea al respecto?

—No creemos que sea un cofre lleno de oro, si eso es lo que imaginas —declaró Neve, anclando su mirada en la de él—. Tiene que ser algún tipo de artilugio. Algo mucho más valioso que el oro.

—Pocos estarían de acuerdo en que hay algo más valioso que un buen puñado de nokdrils de oro, capitana —intervino Arendar, analizando los mapas—. Contramaestre Índigo, ¿dónde se encuentra el contacto de vuestra capitana?

Esta miró a Neve, que asintió. Un segundo después trazó un círculo en un punto del este de Derus, su espesa coleta cayendo por su costado debido a la inclinación de su gesto.

—Esa es la ciudadela de Monha —declaró Garret, el arquero. Neve contuvo el siseo que estuvo a punto de lanzarle. Todavía le dolía la herida del brazo derecho—. Dicen que es la fortaleza más protegida después del palacio del rey Rout.

—Y no se equivocan —afirmó Neve, apoyando sus manos sobre la mesa—. Pero tengo un as en la manga y llegar a la persona que nos puede ofrecer respuestas no será difícil. Lo prometo.

—Antes de ir a ver a tu contacto —la seriedad en la voz de Vasilak la obligó a apartar los ojos del mapa y mirarlo—, debemos hacer una parada.

—Ni pensarlo —contestó ella con rotundidad.

El silencio los tensó a todos . Las dos tripulaciones se miraron, buscando la manera de reaccionar. Sus capitanes se estaban desafiando, pero, esta vez, no había forma física de resolverlo.

Diálogo, pues.

—¿Ni siquiera vas a escuchar mis motivos? —inquirió él.

—¿Por qué debería? Representa un estorbo para la búsqueda. La ciudadela será nuestra primera parada. Luego veremos qué hacemos con la información que obtengamos.

—Dices que tu contacto está en Derus. Bien, un miembro vital de mi tripulación se encuentra allí, y no muy lejos de la ciudadela. Solo digo que vayamos a ver a tu contacto después de recuperar a mi tripulante.

—Creo que nos las podremos apañar sin él —soltó Hazel, caminando de un lado a otro como una tigresa, imponente a pesar de su baja estatura—. La visita a nuestro contacto en Monha es primordial. Nos ahorrará tiempo y disgustos.

—No veré a vuestro contacto si no vamos a por mi tripulante .

Quedó claro que no era una sugerencia, sino una decisión. Neve hizo un gesto con la cabeza hacia el mapa.

—¿Sabes dónde está?

—¡Capitana! —escupió Hazel, anonadada.

—¡Silencio! —le ordenó Índigo, exudando autoridad.

Garret, en su esquina, rio por lo bajo.

Neve no lo vio, pero supo que Hazel lo había fulminado con la mirada.

—¿Dónde está tu querido miembro, Rackstorm?

Algo brilló en la mirada de Vasilak, una luz que Neve habría descrito como furia.

Pero no por ella. Reconocía bien la rabia causada por su presencia, por su mera voz, en el capitán del Indomable .

Y no era esa. Lo que había en los ojos de Rackstorm era un sentimiento provocado por otra cosa... , algo oculto.

Otro secreto más por descubrir.

Vasilak dio un paso hacia la mesa donde los mapas estaban esparcidos. Con un grueso y oscuro dedo señaló el centro de la isla, una zona desértica donde apenas había civilización. Estaba a unas horas de la ciudadela, pero aun así les haría perder tiempo: un día, quizá dos.

—Asumo que no está allí por gusto. ¿Lo han secuestrado?

—Así es —aclaró el capitán, apartándose y cruzándose de brazos. No era un gesto defensivo, sino de desafío, de estatus; de dejarle claro que allí ambos eran iguales.

Por los dioses, Neve tenía ganas de pegarse un tiro.

—Tal vez los secuestradores estén de mi bando. Podría contactar con ellos y...

—Son los vándalos del desierto —la interrumpió él sin miramientos—. No tienen bandera. Si hubiesen sido tus aliados, te lo habría pedido directamente, camarada.

La chica apretó los labios y volvió a mirar los mapas. Perderían tiempo, un tiempo precioso. No quería imaginar lo que podía estar sucediendo en las profundidades del mar. Y no saber qué pacto habían hecho Rout y el Emperador le quitaba el sueño por las noches.

Además del pirata de dos metros con mirada dorada de halcón.

Aunque, por otro lado, si Vasilak se quedaba tranquilito al recuperar a su compañero secuestrado, quizá no descargaría tanta rabia en ella..., aunque, entonces, ¿dónde quedaría la diversión?

Volvió a mirarlo, y este enarcó una ceja y alzó la barbilla, desafiante. O’Shea no se dejó intimidar y, relajando la espalda, adquirió una expresión serena pero firme.

—Está bien. Levaremos anclas —indicó, y sus chicas la miraron sin ocultar su sorpresa—.

Esto es lo que puedo ofrecerte, porque no estoy dispuesta a perder ni un segundo de más: llegaremos a Derus mañana al amanecer y tendrás todo el día para rescatar a tu estimado camarada , pues partiremos al anochecer.

Mientras tanto, nosotras iremos a ver a mi contacto y luego os esperaremos. Sin peros.

—Trato hecho. —El capitán le tendió la mano para cerrar el trato y Neve se apartó, arrugando la nariz.

—Ahórratelo. —Dicho esto, le hizo un gesto a Índigo, que recogió los mapas de inmediato.

Rackstorm se giró hacia los suyos, indicándoles que volvían al Indomable .

Una vez que estuvieron de nuevo a solas en el Luz del Alba , todas fueron hacia Neve en manada, listas para avasallarla a preguntas.

La chica de cabellos rubios se adelantó.

—Ya sé lo que me vais a decir —soltó—. Rackstorm no iba a ceder. Ahora hay que ser inteligentes, es cuestión de equilibrar siempre la balanza. Quién sabe cuándo necesitaré yo pedirle un favor así. Mejor que me deba uno, para quedar en tablas.

Las chicas intercambiaron una mirada rápida, pero no respondieron nada, solo asintieron y se pusieron en marcha, Raven subiendo por el obenque, Sage y Hazel yendo hacia el ancla.