10. En la orilla
En la orilla
Varias semanas antes
El encuentro tuvo lugar en la linde donde ambos mundos convergían: en una playa virgen y silenciosa.
Un enclave donde la tierra se hundía y era absorbida por el agua y, poco a poco, desaparecía hasta fundirse con la oscuridad de las profundidades...
, aunque no podía decirse que esos terrenos desconocidos fueran lugares que el rey Harker Rout se sintiese incitado a visitar.
Nunca le había gustado el mar. Una inmensidad tan vasta como desconocida, y repleta de los seres que usaba a su favor para mantener a los suyos alejados de él. Y por eso mismo seguía preguntándose por qué había aceptado la invitación de la criatura más peligrosa de todas.
Era plena noche, y ambas lunas brillaban llenas.
El monarca encabezaba la marcha, seguido de un séquito de guardias que vigilaban con gran atención no solo las aguas, sino la tierra alrededor.
Sus hombres no se hallaban solo en la playa, pues había soldados apostados en las rocas y los acantilados que rodeaban el enclave.
La invitación había sido tan simple que había alertado sobremanera a Rout. Un encuentro entre ambos líderes, para discutir ¿qué, exactamente?
¿Acaso el Emperador se iba a convertir en una amenaza?
Harker no había tenido motivos para poner en duda la paz de sus dominios.
Por supuesto que había las trifulcas y los problemas típicos de un reinado, pero llevaban sin guerras desde el pacto firmado por su antepasado el rey Edgar Rout II y el capitán Cráneo Negro, hacía más de trescientos años.
Por eso, tal vez aquella misiva no era tanto una invitación como una amenaza.
El oleaje se mecía tranquilo, iba y venía en su tira y afloja natural. Aunque los meses de invierno habían quedado ya atrás, el aire salobre seguía siendo frío.
—Majestad —advirtió uno de los guardias, señalando hacia unas rocas cercanas.
La alarma fue general. La comitiva se detuvo y se desenvainaron las espadas; en los acantilados, las flechas se encendieron con fuego, todos listos para el combate.
—¡Alto! No ataquéis —ordenó el monarca, que fue el primero en acercarse, sus botas acariciando la espumosa agua.
Fue precisamente con ese contacto cuando el ambiente se llenó de risas; un eco escalofriante pero magnético que no provenía de la criatura que había sobre la roca, sino del mar.
—Tú no eres el Emperador. ¿Dónde está? —exigió respuesta con voz autoritaria Harker, que mantenía una postura rígida y firme a pesar de su edad.
—Lamento que mi presencia os haya decepcionado, majestad. —La voz que pronunció aquellas palabras era aguda, cantarina y sensual, con cierto toque exótico que puso los pelos de punta al rey—. Y también lamento tener que ser yo quien os informe de que mi señor no va a estar presente en esta reunión.
Un murmullo se esparció entre los guardias, pero el monarca no dijo nada. Mantuvo la mirada de la moradora del mar, desafiante.
—Mi señor me envía como emisaria, rey Harker Rout de la superficie.
De nuevo su voz. Era embriagadora, atrayente, atrapante; como un fuego cálido en plena tormenta de nieve; como un vaso de agua tras horas caminando por el desierto; como los suspiros de una amante en respuesta a un trabajo bien hecho.
Era todo. Todo lo que estaba bien.
Y no fue la única. Aparecieron más, surgiendo del agua de manera lenta y calculada, sus melenas empapadas cubriendo sus cuerpos desnudos, algunos más gruesos y otros más esbeltos, pero todos hermosos.
Eran de una belleza que quitaba la respiración, que hacía dudar de las propias creencias, de la propia existencia.
Sus voces, un canto de ultramar tan mortal como ellos mismos.
Uno no era rey porque sí. Harker Rout dio un paso adelante, sus cristalinos ojos, característicos de la casa real, desafiándola.
—Tu nombre, sirena.
Ante aquellas palabras, el gesto que hizo la criatura fue de puro horror, de asco incluso.
— ¿Sirena? Oh, no, lamento decir que os equivocáis. Esos seres... Resulta horroroso que nos comparen con ellas.
—¿Qué sois, entonces? —dijo el monarca sin ceder.
—Mensajeras... del Emperador, el que se comunicó con vos.
—¿Por qué no se ha presentado él mismo?
—Hubiese sido algo que le habría encantado hacer, pero su naturaleza le impide salir de las profundidades. La luz... no es muy beneficiosa para nuestro señor. Espero que aceptéis sus disculpas y entendáis el motivo de que me haya enviado a mí como su emisaria.
—Comparte tu nombre.
La criatura sonrió de medio lado, seductora, como si fuese un acto tan natural como respirar.
Desnuda y con una gracia innata, se deslizó por la roca hasta que el agua de la playa cubrió sus piernas infinitas, delgadas y pálidas, pero a la vez fuertes, con su larga cabellera blanca adhiriéndose a su cuerpo, pero dejando poco a la imaginación.
El resto de las mujeres pez se mantuvieron en su sitio, algunas sobre las rocas, otras en el agua, todas sin parpadear y vigilando a los hombres.
Harker se dijo que, si se veía obligado a volver a reunirse cerca del mar, lo haría acompañado por mujeres, pues su guardia estaba embelesada ante el poder de aquellas hermosas presencias marinas.
Aun así, Harker Rout aguantó el tipo, se mantuvo firme y repitió:
—Tu nombre.
—Podéis dirigiros a mí como Inna. —Le tendió la mano y, aunque las escamas habían desaparecido, sus uñas eran garras afiladas.
No cabía duda de que quería que él las viera, para que quedara claro que no estaba indefensa—.
¿Damos un paseo por la orilla y os cuento el motivo por el que nos encontramos aquí?
Horas después, las criaturas habían vuelto al fondo del mar y, en el cielo, el amanecer despuntaba cuando Harker Rout inició su regreso a palacio.
Pero, a diferencia de cuando había salido, no volvía con las manos vacías.
Pues de su cuello, obsequio del Emperador por haber aceptado el encuentro, colgaba una pequeña caracola de color negro que vibraba sobre su piel.