La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 9. Cráneo Negro #2
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9. Cráneo Negro #2

—¿Cómo sabe que...?

—¿Será usted la testigo?

Ante tal interrupción, Índigo contestó con seguridad.

—Así es.

—No perdamos más tiempo, pues. Por favor, acompáñenme. El hermano Frank ha ido a buscar a la otra parte compareciente.

Neve e Índigo intercambiaron una mirada cuando el sacerdote echó a andar hacia la entrada de la cueva. Ambas asintieron.

Allí las esperaba otro sacerdote, y Louis murmuró:

—Debéis dejar las armas aquí. Está prohibido acceder armado a un lugar sagrado.

Las piratas no pusieron objeción, pues ya estaban al tanto de las reglas del santuario. Aun así, entregaron sus armas a regañadientes al custodio de la puerta. Finalmente siguieron a Louis por el túnel excavado en la roca iluminado por antorchas, bajando y bajando hacia el corazón de la montaña.

Hacia la cripta donde estaba la tumba de Cráneo Negro.

Tardaron más de diez minutos en llegar al corazón de la caverna, un altar digno de reverencia con la calavera negra gigante que decoraba su techo.

Índigo y Neve se habían adentrado en el lugar respetando la norma más sagrada: ir desarmadas.

Los guardianes de la tumba del difunto capitán Cráneo Negro no recibían muchas visitas de ese estilo, no al menos desde hacía décadas.

Con el paso del tiempo, la memoria de aquel que consiguió para los piratas todo lo que tenían ahora se había difuminado.

Y el olvido era un arma muy peligrosa.

Neve se giró para mirar a Índigo, extrañada ante el silencio de su mano derecha. No había pronunciado palabra desde que se habían adentrado en la montaña. La capitana entendía sus motivos.

—Saldrá bien —le aseguró.

Índigo levantó la vista, una gélida expresión acompañando sus delicados rasgos.

—Eso espero, Neve. Si no..., no sé qué nos espera.

El eco de unos pasos sustituyó al silencio y, al volver la cabeza, la capitana lo vio accediendo a la cripta.

Tal y como les habían indicado, tan solo un testigo podía acompañarlos. En su caso, Rackstorm apareció también con su contramaestre, Arendar Norman, quien con semblante serio escrutó a Neve e Índigo para cerciorarse de que no llevaban armas.

—Acabemos con esto cuanto antes —escupió con rabia Vasilak, subiendo los escalones que llevaban al altar.

La capitana comprendía que lo que se disponían a hacer iba en contra de todo lo que él creía; en contra del ajuste de cuentas que tenía pendiente con ella, de sus principios, de su propia alma. Pero también sabía que, si no unían fuerzas, su enemigo común sería letal.

Y no podían permitirse perder lo que tanto les había costado ganar.

—Baja —instó Neve a la chica morena—. Solo podemos estar él y yo.

Índigo asintió y descendió los escalones con rapidez mientras Vasilak ocupaba su sitio. Ella y Arendar permanecieron a cierta distancia a los pies del altar, vigilándose el uno al otro sin pestañear.

Neve volvió su mirada a Vasilak, quien, a pesar del cálido color de sus ojos, desprendía una frialdad que habría calado hasta los huesos a cualquier otro. Pero a Neve tan solo le recordó el sentimiento que compartía con Rackstorm: el ansia por cerrar el pacto cuanto antes.

Otras pisadas llenaron el lugar y el sacerdote que iba a oficiar el pacto entró cubierto con una capa de color blanco roto. Con serenidad, subió las escaleras e inclinó la cabeza ante ambos capitanes como muestra de respeto.

—Es una pena que hayamos llegado a tiempos en los que volvemos a enemistarnos entre nosotros.

Nadie pareció prestar atención a esas palabras, y el recién llegado rodeó a Vasilak por detrás para ponerse al otro lado del altar. De espaldas a ellos, levantó los brazos, casi como si honrase algo que ellos no podían ver.

Finalmente, se giró hacia ambos y se echó atrás la capucha, dejando a la vista una cabeza calva cubierta de símbolos que Neve no supo descifrar.

—Hoy, Neve O’Shea y Vasilak Rackstorm se presentan aquí voluntariamente para someterse a los términos recogidos en este pacto con el objetivo común de hacer prevalecer la paz instaurada desde el pacto de Nuhuria en estas tierras.

»Este pacto durará desde el día de hoy hasta que los objetivos establecidos en este tratado hayan sido alcanzados. En ese momento, la relación entre ambos firmantes recuperará su naturaleza original.

El sacerdote desenrolló el pergamino y leyó uno por uno los puntos allí recogidos, pidiendo el asentimiento tras cada uno para luego continuar. Al finalizar, declaró:

—Unid vuestras manos derechas y luego posad la izquierda sobre estas en señal de aceptación.

Ambos se tomaron un momento. Neve no necesitó girarse para saber que los contramaestres habían dejado de mirarse por un instante para contemplar la escena, tensos.

Imaginó a Índigo llevándose la mano a la cadera, donde solía estar su espada, para encontrarla desnuda debido a las normas del santuario.

Debía confesar que la estaba matando pensar que no llevaba armas. Luego recordó lo que era capaz de hacer con sus propias manos, y cierta calma volvió a ella. Leve, pero suficiente.

Fue Rackstorm, con cierta reticencia, el primero en tenderle la mano, la manga de su camisa blanca remangada hasta el codo.

Neve hizo lo propio y la sensación fue de lo más extraña.

Su mano quedó casi enterrada en la manaza de él, morena debido al sol y también áspera, llena de cicatrices y callos.

El apretón fue tímido al principio, pero luego se intensificó, como si dudara que la estuviera tocando, como si la creyera una mera visión.

Neve hizo una mueca al figurarse la cantidad de veces que él se habría imaginado matándola o barajando formas de hacerla sufrir. La respuesta silenciosa a su pregunta se coló en los ojos de Rackstorm, casi como si la hubiese oído.

Vasilak puso su mano izquierda sobre las ya unidas de ambos y Neve cerró el gesto poniendo también la suya encima.

—No me sueltes ahora, Rackstorm, o el pacto no se dará por bueno.

Él notó la diversión en su tono de voz y la miró con desdén.

—Ganas no me faltan.

Al momento, el oficiante volvió a hablar.

—Anunciad vuestra aceptación, piratas. Las damas primero.

Neve lanzó una mirada gélida al sacerdote, pero este se mantuvo impasible, esperando.

Respirando hondo, la chica rubia obedeció.

—Yo, Neve O’Shea, capitana del Luz del Alba , me someto a este pacto durante el tiempo que perdure. Juro proteger a la tripulación del Indomable , así como esta protegerá a la mía. Mis espadas lucharán junto a las suyas y no contra ellas. Durante el pacto, su fin y tres soles.

El eco de sus palabras se perdió en las rocas como si de un trance se tratara. Un sueño disfrazado de pesadilla a punto de hacerse realidad. El clérigo giró la cabeza hacia el capitán y, haciendo un gesto con la mano, dijo:

—Su turno, capitán.

Hubo un ligero apretón en sus manos, reflejando la duda. Se encontraba en un lugar sagrado, por lo que no podría hacerle daño. Así que lo único que se podía permitir era resignarse, luchar contra su orgullo y repetir el juramento.

—Yo, Vasilak Rackstorm, capitán del Indomable , me someto a este pacto durante el tiempo que perdure. Juro proteger a la tripulación del Luz del Alba , así como esta protegerá a la mía. Mis espadas lucharán junto a las suyas y no contra ellas. Durante el pacto, su fin y tres soles.

—¿Confirman los testigos que, de ser necesario, darán la cara para defender el pacto sea cual sea la situación en la que este deba ser invocado?

Índigo y Arendar intercambiaron una mirada y volvieron a dirigir sus ojos al oficiante antes de pronunciar un «Sí» férreo.

—Soltad vuestras manos, capitanes, pues de esta manera el ritual se da por finalizado.

»Firmad, y que las mareas y los vientos os lleven a buen puerto.

Ambos piratas rompieron el contacto físico, pero Vasilak mantuvo la mirada fija en ella, que aguantó el escrutinio impertérrita. Neve tan solo se había amedrentado frente a un hombre en su vida, y llevaba años muerto.

Ahí, tras apartar sus manos y sentir un nuevo peso, una nueva carga en ellas, la capitana supo que aquello era una cuenta atrás.

Los capitanes firmaron el pergamino y el sacerdote abandonó la cripta en ese silencio sepulcral. Cuando los cuatro estuvieron de nuevo solos, Vasilak gruñó:

—Cuando todo esto acabe —su voz sonó gutural, amenazante—, acabaré contigo, Neve.

Ella sonrió con suficiencia y, levantando la cabeza altiva y orgullosa, respondió:

—Estaré deseando terminar lo que dejé a medias.

El pacto quedó sellado, y la búsqueda de la parte perdida del mapa comenzó su travesía.