La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 9. Cráneo Negro
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9. Cráneo Negro

Cráneo Negro

«Quiero que seas tú la testigo», le había dicho.

Neve lo había tenido claro. Si alguien debía acompañarla para ser testigo del pacto, esa era Índigo.

En ese momento, ambas se encontraban en la playa que daba al santuario de Cráneo Negro, en la costa sureste de Nuhuria.

Era un lugar muy visitado por peregrinos, por lo que habían fondeado el Luz del Alba más lejos de tierra de lo habitual, pero sin ocultarse.

Sabía que la presencia de la última O’Shea por esos lares aportaría cierta paz a los más vulnerables.

Puede que para muchos Neve fuese un monstruo o alguien a quien derrocar, pero para otros era una salvadora. Una heroína.

La dicotomía de la vida siempre le había resultado fascinante.

No llevaban ropajes especiales, pero habían aprovechado para ducharse y vestirse de limpio. Se podía ser pirata, pero nunca una desaliñada.

El resplandor anaranjado del amanecer se reflejó en los ojos cristalinos de Índigo, que miraba con intensidad hacia el horizonte.

Llevaba la cabellera negra suelta, a excepción de una trenza que, a modo de tiara, le ceñía la parte superior de la cabeza.

Sus prendas eran una combinación de azul oscuro con negro, que contrastaba amenazante con el tono plateado de sus espadas.

Neve aprovechó el momento para tener al fin esa charla .

—Sé que te preguntas a menudo por qué te escogí contramaestre a ti en lugar de a cualquiera de las chicas. —La imponente voz rompió el silencio entre ambas, que miraban hacia el mar, cuyas olas llegaban una y otra vez como un abrazo constante a la tierra.

Índigo la miró al fin, pues la había rehuido desde que bajaron del barco.

La capitana del Luz del Alba comprobó una vez más que la princesa de dieciocho años que subió atemorizada a su embarcación en busca de un refugio y una nueva vida había desaparecido.

El problema era que todavía se infravaloraba demasiado y no veía lo que era capaz de hacer.

Pero Neve sí. Lo había visto en cuanto entró por la puerta del castillo de popa.

—Confío en ti. —La voz de Índigo era suave, como terciopelo, en ese tono de contralto tan particular que contrastaba con la dulzura y el magnetismo de sus facciones.

Las facciones de la realeza—. Al principio porque no me quedó otra, tenía que hacerlo.

Debía creer que lo que me estabas ofreciendo era la libertad que tanto ansiaba.

Luego llegó la confianza de verdad, cuando nos demostraste que todas llevábamos las riendas de nuestra vida.

»Pero también veo que las demás no aprueban ciertas decisiones que tomo. Siento que la voz que de alguna manera me has dado se apaga, pues quizá no soy el ideal de contramaestre que ellas esperaban.

—Antes de venir al Luz del Alba ninguna habíais sido pirata. Yo sí. Créeme, cada una cumplís vuestro papel de la mejor manera: la vuestra. No seguís los patrones de otros, algo complicado en un mundo donde criamos a los niños para que sean un calco de lo que somos los adultos.

—En eso estoy de acuerdo contigo. Mis hermanos parecían miniaturas de Harker Rout, pero sin su experiencia.

Hubo una pausa en la conversación, y aunque Neve dudó si encaminarla en esa dirección, al final se arriesgó.

—Nunca nos has contado los motivos por los que abandonaste la lujosa vida palaciega.

Índigo respiró hondo y, tras unos segundos, habló.

—Aunque marcharme fue algo que acabé decidiendo casi de un día para otro...

, creo que en realidad siempre supe que pasaría.

—Se inclinó hacia su capitana y su mirada se perdió en los recuerdos, tal vez lejanos en el tiempo, pero recientes en su corazón—.

Era la penúltima hija de siete hermanos.

El mayor estaba listo para el trono, y el segundo, y el tercero...

; todos ellos, por si acaso les sucedía alguna desgracia.

Mi hermana pequeña y yo éramos las únicas chicas, un mundo aparte.

Éramos las olvidadas..., y, cuando hay olvido, también hay libertad.

Dicho esto, permaneció un buen rato en silencio. Silencio que rompió Neve.

—No me puedes dejar a medias ahora —la instó a seguir, intrigada por descubrir adónde llevaba todo eso.

—Aproveché su desatención para estudiar todas las artes: las que se supone que son solo para las mujeres, como la música y la pintura, y también aquellas que en teoría solo conciernen a los hombres.

Por eso tuve la suerte de poder formarme tanto en ciencias como en letras...

, y quedé fascinada por una rama de las ciencias: la astronomía, el conocimiento del cosmos.

Descubrí que no era solo un montón de puntos brillantes sobre un lienzo negro que había sobre nuestras cabezas.

No, se trataba de un mapa. Un mapa que estaba vivo.

»Estudié desde los seis hasta los quince años sin parar. También aprendí a moverme sin ser vista, y eso me permitió huir de palacio. Planeé mi escapada en apenas unos días, tras...

—Tras la muerte de tu hermana.

Índigo tragó con dificultad. Neve recordó la noticia de la muerte de la princesa más pequeña. No le fue difícil atar cabos al ver a Índigo llegar a su navío poco tiempo después.

—Me marché tras la muerte de Ariadne. —Neve vio que aferraba la empuñadura de su espada con más fuerza y que se tomaba unos segundos para recobrar la voz—. Mi hermanita no pudo superar esas fiebres. Siempre había estado delicada de salud.

—No podrías haber hecho nada, Índigo.

Una sonrisa triste cubrió el rostro de la chica.

—Lo sé. Lo sé muy bien. —Se permitió un momento para suspirar antes de proseguir—: Cuando decidí irme, también decidí calcar los mapas, pensé que me serían útiles.

Conseguí acceso a la sección prohibida de la biblioteca privada de mi padre y me pasé varias noches sin dormir para copiarlos todos. Me llevé toda la información que pude.

»Irme fue sencillo. Nadie me echó de menos. Mi padre tenía a sus hijos listos para heredar el trono. No necesitaba a dos hijas que llegaron sin esperarlo.

—¿Alguna vez mostró afecto por ti o por tu hermana?

Índigo dudó un momento antes de responder.

—En su día lo hizo, antes de la muerte de mi madre. —Neve recordaba que la reina había fallecido dando a luz a la hermana de Índigo—. Todo cambió. Y conocí dos versiones de mi padre. A Ariadne la trató siempre igual. Fui yo la que experimentó dos versiones de su propio padre.

Neve hizo algo poco habitual en ella, pero sabía que quizá era lo que Índigo necesitaba.

—El día que te fuiste, Harker Rout creyó perder a una hija inútil, débil, pero lo que perdió fue poder. Te elegí por un motivo, algo que vi desde el instante en que te conocí, aunque tú te niegas a verlo.

—¿El qué?

Neve ladeó la cabeza y, apretando las manos de su amiga, contestó:

—Eres desafiante, Índigo. Las demás también lo son, pero cada una desempeña un papel distinto en la tripulación.

Y tú, además, eres resolutiva. No todas nacen con la capacidad de saber qué hacer en momentos desesperados.

Y aunque te pongas nerviosa, que es humano, enseguida sabes actuar.

Sabes cómo llevarlas por el camino correcto.

—A veces no es el correcto, Neve. —Y ahí estaba, infravalorándose de nuevo.

—Yo también me equivoco, ¿acaso lo dudas? Y no pienses que te lo digo para hacerte sentir mejor.

—A veces hablas de una forma tan críptica que no logro entenderte, Neve. ¿Qué quieres decirme con todo esto?

—Somos la misma cara de dos monedas idénticas.

—Juraría que el dicho no es así. —Índigo frunció el ceño, pero soltó una risa ligera unida a su más que evidente confusión.

—No voy a decir que somos dos caras de una misma moneda porque eso implicaría que una cara es diferente a la otra. Tú y yo no somos cara o cruz, Índigo. Tú y yo somos la jodida cruz de una moneda de oro.

—¿Eso ha sido un halago?

—Y de los buenos.

Ambas rieron por lo bajo, hasta que Índigo suspiró. Sus siguientes palabras cambiaron por completo el tema de conversación, algo muy habitual en ella.

—Supongo que tienes claro que, en cuanto subamos a ese templo y hagas el pacto, esta «paz» se acabará, ¿verdad?

—Demasiado bien. Así que disfrutemos de este amanecer unos minutos más —respondió Neve con un gran suspiro.

Índigo, asintiendo, dijo:

—Como mande, capitana.

Dos sacerdotes las esperaban en la entrada del santuario dedicado a Cráneo Negro, situado al final del camino que llevaba a lo alto de la colina.

El día era despejado y las chicas tuvieron que entrecerrar los ojos ante el reflejo del sol en las túnicas blancas talares que vestían los clérigos.

Aunque atendían el santuario, no vivían en él, pues la tumba de Cráneo Negro estaba en una cripta en el corazón de la montaña.

—Bienvenida, Neve O’Shea —saludó uno de los prelados con una ligera inclinación de la cabeza, cubierta por la capucha de la túnica—. Soy Louis, el sacerdote que oficiará el pacto. Eres la primera en llegar.

—Odio la falta de puntualidad —gruñó ella con sinceridad—. ¿Cómo procedemos?

—Hasta que el capitán Rackstorm aparezca, no podemos empezar, así que, por favor, si puedes entregarme el pergamino con las bases del pacto, el hermano Frank y yo lo revisaremos para proceder como se merece.

El santuario de Cráneo Negro estaba regido por una orden desde poco después de la muerte del capitán, pero al principio había sido la propia tripulación del difunto pirata la que se había encargado de rendir homenaje a su caído líder.

Con el paso del tiempo, se formó una pequeña congregación que convivió con los piratas expulsados del Continente Oeste.

Desde entonces, el culto a la figura de Cráneo Negro lo había elevado casi a la categoría de un dios.

Neve hizo un gesto a Índigo, que sacó el pergamino del bolsillo interior de su chaqué. El hermano Frank lo cogió esbozando una sonrisa cálida, y Louis y él repasaron los puntos que iban a pactar ella y Rackstorm.

Al poco, Frank le confió el pergamino a Louis y, tras disculparse, empezó a bajar la colina.

—¿Qué ocurre?

—El capitán Rackstorm ha llegado.

Índigo abrió los ojos sorprendida.