8. La propuesta #2
Poco después llegaron al final, a tierra firme, y, siguiendo las órdenes de Neve, la tripulación escondió el bote tras una tupida cortina de maleza.
Después, Neve se llevó el dedo a los labios para indicar silencio absoluto y les hizo un gesto para que la siguiesen, consciente de que solo disponía de unos minutos para prepararse y enfrentar al capitán del Indomable por segunda vez en pocos días.
Hacía rato que habían dejado el bote y la entrada de la caverna atrás, y avanzaban con paso sigiloso por el estrecho acceso que las llevaría al punto de encuentro: el corazón de la cueva.
La isla era uno de los puntos de reunión más conocidos por los piratas, y esa zona en particular era de las pocas donde los caníbales que habitaban la parte norte de la isla no habían conseguido penetrar, pues el acceso por tierra era casi imposible. La única manera de llegar allí era por mar.
Hacia el final del trayecto, empezaron a ver cierta claridad y, cuando sus ojos se adaptaron a ella, descubrieron que se encontraban en una gruta cuya abertura superior aparecía rodeada de una gran cantidad de vegetación, como si la selva que cubría la isla quisiera ocultar aquel rincón lleno de sangre y muerte.
—En posición. Espadas envainadas. Se supone que esta reunión es pacífica. Pero...
—Entendido, capitana —dijo Raven justo detrás de ella.
Se oyeron unos pasos al otro lado y Neve se detuvo en seco, obligando a sus compañeras a imitarla.
Más allá, a una distancia considerable y separados por la pequeña laguna que ocupaba el centro de la cueva, una parte de la tripulación del Indomable apareció ante sus ojos, con el capitán Rackstorm en cabeza.
Neve lo reconoció al instante; era difícil no hacerlo.
Pura rabia personificada.
Seguía igual que la última vez, aunque las circunstancias algo más pacíficas del encuentro le permitieron estudiarlo con más detenimiento: una altura imponente, cabello largo y negro como la noche cayéndole por la espalda, piel morena y llena de cicatrices y tatuajes, una barba crecida pero cuidada, y unos ojos dorados llenos de furia.
Vestía una camisa blanca que desaparecía bajo unos ajustados pantalones que se hacían más anchos a medida que descendían por sus piernas.
Las botas oscuras que calzaba se veían algo desgastadas.
De su cadera colgaba la espada que siempre lo había acompañado y a la que ella misma se había enfrentado años atrás.
Aquella espada siempre le había parecido curiosa, porque no se parecía en nada a la de un pirata, pero también la había odiado, porque le había costado horrores pararla con sus propias armas.
La voz de su enemigo interrumpió sus pensamientos.
—Capitana O’Shea. Te estábamos esperando.
Ella fue rápida contestando.
—Se te ve en muy buenas condiciones físicas, capitán Rackstorm. ¿Ninguna herida de guerra que te moleste?
La tripulación de Neve sofocó unas risitas, mientras que los Demonios del Mar gruñeron o se llevaron la mano a la empuñadura de sus armas, aunque sin desenvainarlas, ante aquellas palabras. Vasilak hizo una mueca, asintiendo más para sí mismo que para nadie más.
—No te conviene bromear en una situación tan delicada, capitana. Te recuerdo que quien me ha citado en tan peculiar lugar eres tú .
Neve sabía que las palabras de Vasilak portaban una verdad muy peligrosa, pero el placer de humillarlo, aunque fuera un poquito, pudo con su control.
—Hay confianza entre nosotros, ¿no crees? Estoy segura de que no te habrá resultado fácil olvidarte de mí. Suelo dejar una marca muy honda en la gente que conozco.
Esta vez sí que algunos de los hombres del Indomable desenvainaron sus espadas.
Neve mantuvo la calma, sin apartar los ojos de los de Vasilak.
Si en ellos había habido pura furia hacía unos instantes, esta se había convertido en ira.
Una ira que, Neve sabía bien, contendría para usarla en el momento en que pudiese hacerle más daño.
A Vasilak Rackstorm no le gustaban los espectáculos.
Si tenía asuntos que cerrar, y Neve estaba a la cabeza de su lista, lo haría por su cuenta, y lo haría como es debido, pero aún quedaba mucho para eso.
Y más con el plan que tenía la capitana O'Shea en mente.
—Tal y como acordamos a través de nuestra correspondencia —declaró Neve—, tan solo capitanes y contramaestres iremos al centro de la laguna. Mantendremos ahí nuestra conversación.
Al igual que ellas, tan solo eran cinco. Vasilak iba acompañado por los cuatro chicos de la última vez.
El resto de su tripulación debía de estar en el barco.
Mala señal.
—Arendar —Vasilak no apartó la mirada de Neve mientras llamaba a su segundo y empezaban a avanzar.
—Índigo, vamos —ordenó Neve, y ambas comenzaron a adentrarse en el agua, que les llegaba por debajo de las rodillas, por lo que no sería difícil escapar en caso de tener que hacerlo.
El agua estaba helada, pero apenas la sintió.
La atención de Neve se concentraba en los dos hombretones que se acercaban, altos e intimidantes.
No se le escaparon tampoco las miradas que el contramaestre Arendar le echaba a Índigo, que seguro que debía de estar vigilándolo con ojos de halcón.
El encuentro iba a ser más tenso de lo que habían previsto, lo que no ayudaba a aquietar las aguas.
Cuando solo los separaban tres metros, se detuvieron, todos con las manos en la empuñadura de sus espadas.
—He de reconocer que tengo tremenda curiosidad por saber el motivo de tu llamada, así que ve al grano, O’Shea.
Neve no perdió tiempo, pues no lo tenían.
—Me han llegado rumores de que Harker Rout se ha aliado con el Emperador que rige las aguas que surcamos. Están buscando algo.
Ante aquellas palabras, capitán y contramaestre intercambiaron una mirada rápida. Vasilak soltó una risa seca y, chulesco, la señaló con la cabeza antes de decir:
—¿He de creerte?
—He estado en El Núcleo —respondió ella de inmediato—. El mismo Oráculo me lo contó.
Los dos hombres se quedaron pasmados. El contramaestre de Vasilak, Arendar, se inclinó hacia él, tapándose la boca mientras le susurraba algo al oído. Ni siquiera entonces apartó sus ojos dorados de ella. Ni siquiera parpadeó.
—No te fíes, capitán —dijo otro de los hombres de Rackstorm al mismo tiempo; tenía el cabello negro y rizos bien cuidados—. Dicen que eso del Oráculo es un mito.
—Estoy con Barak. No te fíes, podría ser una trampa —convino el chico pelirrojo situado a la derecha del moreno de hondos rizos.
—Nasir, ahora no —increpó Arendar al parecer al chico pelirrojo.
—Tenemos las de perder, ¿sabes? —Hazel interrumpió la conversación, pero ni Neve ni Índigo se giraron hacia ella—. Así que os convendría cerrar el pico y escuchar.
—Tú eres la menos indicada para hablar —gruñó el chico de pelo castaño al que había herido la curandera la última vez. Por la tez y el color de su piel, quedaba claro que todavía no se había recuperado del todo de su ponzoñoso ataque.
No la vio, pero Neve supo que Hazel le estaba mostrando una sonrisa felina.
—¿Sigues vivo? —su voz fue un puro ronroneo—. Pobrecito..., puedo acabar la faena.
—¡BASTA! —gritó Neve con un poder que hizo que no solo su propia tripulación, sino también la del Indomable , se parase en seco a mirarla—. Créeme o no me creas. Tú mismo.
—No puede hacer tal cosa —replicó Vasilak, cruzándose de brazos. Neve se preguntó cómo esas mangas y los botones de su camisa podían soportar tanto músculo—. Nadie en su sano juicio rompería el pacto de Nuhuria. Eso provocaría una guerra..., ¿y por qué?, ¿por más territorio?
—Este archipiélago es un enclave de gran importancia estratégica, capitán Rackstorm.
Es un punto vital de defensa, pero también de ataque, y no estoy hablando solo del mundo terrestre, sino también del acuático.
Pero no creo que sea eso lo que quiere, y mis contactos me lo han confirmado, así que se trata de otra cosa.
—¿Qué es? —Esta vez la pregunta vino de Arendar, insistente, pero con semblante serio. A su izquierda, Neve vio con el rabillo del ojo que Índigo se movía, alerta.
—Tengo entendido que Rout y el Emperador se han aliado porque están buscando la Séptima. Y, para encontrarla, necesitan la parte que le falta al mapa que poseen.
—Déjame adivinar: ¿tú tienes esa parte perdida? —planteó Rackstorm.
—Digamos que tengo una forma de acceder a ella.
—No somos del tipo de piratas que se dedican a buscar tesoros —escupió Vasilak con desdén.
Neve rio por dentro. Claro que no lo eran.
—Somos mercaderes, saqueadores; vivimos por y para la mar, y de vez en cuando para conseguir algunas monedas —añadió el capitán pasándose una mano por el largo cabello, varios mechones cayendo sobre su rostro—. Abandonamos eso de los tesoros hace siglos porque podemos subsistir tras el tratado.
—Pues tal vez tengamos que volver a buscar tesoros o esconderlos bajo arena caliente en islas remotas para poder sobrevivir si no actuamos de inmediato —contraatacó ella.
—Este territorio no es algo que poseamos los piratas, capitana O’Shea. El archipiélago no es nuestro. Los piratas y mucha gente que huyó del continente vivimos aquí, sí, pero ni tú ni yo somos los líderes de Bhyeria como tal.
—Entiendo que el concepto de «poseer» os atraiga, pues a veces pensáis más con el rabo que con la cabeza, pero ya no solo se trata de mí, ni de mi tripulación o la vuestra.
—Varios silbidos por parte de los tres hombres más alejados de Vasilak hicieron que la tripulación de Neve gruñese—.
Mucha gente se verá afectada, es cierto.
Y no solo eso. Está en riesgo la vida de muchos seres inocentes. Habrá muertos.
—Cualquier conflicto trae muertos.
—Yo no mato a quien no se lo merece, capitán.
—¿Y yo me lo merecía?
Hasta Arendar se vio sorprendido por la pregunta de su capitán, aunque enseguida puso los ojos en blanco, exasperado. ¡Menuda paciencia había que tener!
—Sería genial que prestases atención a la conversación en lugar de ser tan egocéntrico, Rackstorm.
— Capitán.