8. La propuesta
La propuesta
Recordaba con exactitud el contenido de la carta porque la había leído decenas de veces antes de enviarla.
Aun sabiendo que las respuestas obtenidas del Oráculo quizá no fueran las que ella hubiera querido, confiaba en aquella criatura, pues, años atrás, sus predicciones acabaron siendo certeras. Y en ese momento, de nuevo en su camarote, Neve leyó una y otra vez la contestación del capitán.
Menudo descaro al escribirme, aunque es típico de ti, ¿verdad, O’Shea?
Por si es una trampa, iré preparado.
Y si no lo es..., definitivamente, te has vuelto loca.
Confirmo que me encontraré contigo en el lugar indicado en tu misiva.
Nos vemos mañana al amanecer.
Vasilak Rackstorm Capitán del «Indomable»
Quiso convencerse a sí misma de que eso era una mala idea, una horrible iniciativa que llevaría al desastre. Pero ese sentimiento, el mismo que la había llevado a buscar respuestas en el Oráculo, le indicaba que, por desgracia, ese era el camino .
«Si acepta el trato», pensó.
—Voy a pasarme muchas noches sin dormir —se dijo en voz alta.
Giró sobre sus talones, echando un vistazo a través de los grandes cristales de su camarote.
El Luz del Alba no era como otros barcos, ya fuesen piratas o navíos mercantes.
Había sido remodelado por manos expertas que le habían proporcionado una serie de ventajas que Neve necesitó tras la muerte de sus padres.
Así, la parte inferior del navío en la zona de popa, donde se ubicaba su camarote, no estaba cubierta por la robusta madera de las embarcaciones de ese tipo, sino por un semicírculo de un cristal tan grueso que nada podía romperlo.
Neve desconocía su origen, pero se fio de la persona que le construyó ese escaparate al fondo del mar.
Sin duda había acertado al fiarse, pues, en los nueve años que hacía que la nave había adquirido aquel nuevo aspecto, el Luz del Alba apenas había sufrido unos pocos rasguños y ese cristal se había mantenido intacto.
Además, aquella inmensa ventana al fondo del océano no era lo único espectacular del barco.
Algunos bancos de peces nadaban junto al navío y se acercaban con curiosidad ante tal estampa. Incluso desde ahí, Neve percibía la intranquilidad que había bajo las aguas. Por esa misma razón, y por su propia inquietud, se enderezó y, con paso firme, abandonó el camarote.
Justo cuando salía, oyó la voz inquebrantable de Sage anunciando que avistaban tierra.
Neve subió los dos pisos que separaban su camarote de cubierta, dejando atrás las bodegas y la sala donde las chicas dormían.
Ya en el exterior, vio que las cuatro chicas se apresuraban a arriar las velas para disminuir la velocidad a medida que rodeaban la solitaria isla.
Parecía una impenetrable fortaleza perdida en medio del mar para no ser encontrada, con acantilados donde un resbalón sería la perdición de alguien poco avezado y donde una espesa niebla, producto de la gran humedad reinante, decoraba las zonas más altas de la selva que formaba el lugar.
Neve ya podía notar esa humedad en ella: tenía la piel pegajosa y la frente le sudaba con profusión.
—Capitana —Índigo detuvo su tarea para dirigirse a ella—, ¿cuáles son las órdenes?
—En cuanto echemos el ancla, irás a mi camarote, cogerás la caracola y convocarás a Nélida. Necesito que se quede vigilando el barco en nuestra ausencia —anunció Neve, con la vista fija en el perfil de la isla dibujado frente a ella.
—Buena idea.
Neve se giró con la comisura de los labios ligeramente elevada, sus ojos canela brillando con una calma que Índigo conocía muy bien. Se estaba preparando para una posible batalla. Y, esa vez, sí que necesitaría toda mano capaz de coger una espada a su favor.
—Os necesito a todas conmigo. Soy consciente del riesgo que conlleva, pero sería todavía más necio por mi parte no llevaros. —Echó a andar hacia las escaleras que llevaban al timón, que su espía manejaba con pericia—. Nélida podrá llevarse el Luz del Alba en caso de que nos pase algo.
—¿Te refieres a...?
La capitana asintió con la cabeza, su mirada fija en la isla que las aguardaba.
—Son capaces de intentar abordarlo y saquearlo antes siquiera de que lleguemos al punto de encuentro. Por otro lado, no me he dejado la piel en vosotras durante los diez últimos años, entrenándoos a fondo, para perderos ahora por una minucia, así que debemos estar alerta.
—Es tan cariñosa —bromeó Raven preparándose para soltar el ancla con la ayuda de Sage, que rio ante el comentario.
—Además —Neve al fin parpadeó, volviendo a la realidad y enfrentándose a los cristalinos ojos de su mano derecha—, ¿he de recordarte con quién nos vamos a encontrar hoy?
—Con el puto capitán del Indomable —gruñó Índigo.
—Con el puto capitán del putoIndomable —repitió Neve con más énfasis, dando un paso adelante—. Y no tendríamos este maldito problema si hace cinco años hubiese apuntado un poco mejor con mi cuchillo.
—Algo que no ha olvidado y con lo que está un poquito obsesionado —recalcó la contramaestre más para sí misma que para Neve, pero la capitana asintió.
—Orgullo masculino —se mofó Hazel, moviéndose con sus dagas para preparar su cuerpo—. Infantil pero jodidamente peligroso. Tenemos que ir con cuidado.
—Por eso mismo. Somos piratas y en nuestra naturaleza está buscar venganza. Y él la buscará conmigo.
—La tendrá por encima de nuestros cadáveres —señaló Sage cargando sus pistolas.
Neve sonrió con satisfacción, asintiendo.
—Aunque sé que cuento con vuestra protección, en caso de que pase algo inesperado, a mi señal os largaréis de la isla y, con la ayuda de Nélida, huiréis viento en popa a la bahía del Mal Presagio. Allí, perfil bajo durante al menos un par de semanas, ¿entendido?
Todas asintieron con firmeza y, una vez que el barco quedó anclado en la parte sur de la isla, Índigo fue a por la caracola, descendió con uno de los botes al agua y, sumergiendo la caracola, llamó a la sirena, que no tardó en aparecer.
Nélida y las demás siempre estaban cerca, algo que la capitana había agradecido en más de una ocasión.
Y esa era una de ellas.
Neve le explicó la situación, y la criatura marina llevó el aviso a sus compañeras.
Cuando volvió a mirar a tierra, una abertura en las rocas del acantilado brumoso le indicó el acceso a su lugar de reunión: la Cueva de los Perdidos.
—¡Todas al bote! —ordenó Neve mientras escrutaba los alrededores de la isla buscando un indicio, el que fuese, de que el Indomable ya se encontraba en aquellas aguas.
El Luz del Alba había fondeado lo bastante cerca como para que, en caso de tener que huir, su tripulación lo alcanzara sin tardanza.
Esperaba no tener que jugar esa baza.
— Neve.
Oyó la voz en su cabeza y, asomándose por la borda, vio que Nélida y otras ocho sirenas rodeaban la embarcación.
— Si ninguna vuelve, llevaos el barco —susurró la capitana en la mente de la criatura acuática.
— Hay murmullos en el mar, Neve.
Neve bajó la escalera de cuerda que llevaba hasta el bote y Nélida se acercó hasta que estuvieron la una frente a la otra mientras las demás bajaban tras ella.
—Índigo —dijo Neve sin dejar de mirar a Nélida—, ¿lo tienes?
—Sano y salvo —le aseguró la chica, sentándose frente a la capitana.
— Les tienes tanto cariño, a pesar de que intentes ocultarlo —murmuró la sirena de nuevo en sus pensamientos. Podía haber hablado en voz alta para que la oyeran todas, pero había decidido no hacerlo porque no quería que las demás se enterasen de esa conversación.
— ¿Qué pasa ahí abajo, Nélida?
— Sabes lo que pasa. Y los rumores pronto se convertirán en amenazas..., y mi pueblo está cansado, Neve. Y él aún más.
La chica quiso responder algo que calmase el nerviosismo de Nélida, pero supo que sería inútil.
Estaba en todo su derecho a sentirse inquieta, sobre todo teniendo en cuenta lo que el Oráculo le había revelado.
Un momento después, ella y las sirenas que la acompañaban se hundieron bajo el agua.
Tras confirmar que ya estaban todas en el bote, Neve se tomó un momento para mirarlas una a una y, con firmeza, dijo:
—Inclinémonos por el diálogo, es lo que más necesitamos ahora mismo..., pero si se ponen testarudos...
—No te preocupes, capitana —le aseguró Sage con guasa—: en ese caso les meteremos una paliza.
—Espero que no tengamos que llegar a eso. Y es irónico que sea yo quien lo diga.
El fuerte oleaje golpeaba la pequeña embarcación y pronto estuvieron todas chorreando.
A medida que se acercaban a su destino, Neve oyó algunas exclamaciones de sorpresa ante la escena dantesca.
Varios cadáveres colgaban del techo de la angostura que se abría entre los acantilados, algunos ya descompuestos, otros picoteados por las gaviotas y otras aves de la isla.
Otros custodiaban las rocas de la entrada, con sus armas aún ceñidas a sus caderas esqueléticas.
Todas presentaron sus respetos a los muertos según el antiguo rito pirata, que consistía en pasar el dedo pulgar desde el centro de la frente hasta los labios, en ellos cerrar la mano en un puño y, finalmente, darse un golpe suave en el pecho mientras se inclinaba la cabeza.
—Avancemos hasta el fondo. Ocultaremos el bote en un sitio donde no puedan encontrarlo —ordenó Neve una vez que accedieron al canal—.
De momento hay suficiente luz, pero tendréis que acostumbraros a la oscuridad.
Como habréis visto, no hemos traído candiles ni otras luces, que nos convertirían en un blanco fácil si los usáramos.
Por otro lado, si os parece que alguna de las armas de los muertos puede sernos útil y está a vuestro alcance, no os cortéis y cogedla.
Y así lo hicieron. Mientras avanzaban por las serenas aguas del pasadizo interior que llevaba a la boca de la cueva, se hicieron con tres espadas y algunos cuchillos de los finados que estaban cerca del bote o de la orilla.