7. El Núcleo #3
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente, pero no será ahora. Tenemos otros asuntos más importantes que atender. —Sin darle la oportunidad de responder, la capitana prosiguió—: ¿Qué os parece?
—¿Y si descubren... lo tuyo? —inquirió Raven, preocupada.
—Lo mío solo lo sabéis vosotras, y así continuará siendo —recalcó la capitana algo molesta, pues parecían desviarse del tema.
—Saben de tu alianza con las sirenas —añadió Índigo.
—Eso lo sabe todo el mundo. —Neve luchó con todas sus fuerzas para no perder la compostura—. Quedó patente cuando hace diez años volví con dos barcos como única superviviente, por si no lo recuerdas.
—¿Puedo intervenir? —preguntó Hazel.
—Por favor —rogó Raven, poniendo los brazos en jarras.
—Tengo la primera norma. —La curandera estaba sentada en un barril, de piernas cruzadas, y Sage la animó a continuar con un gesto—. Regla número uno: Prohibido matarnos entre nosotros —pronunció—. Lo cual juega en mi contra, pues no podré volver a usar mis queridos venenos con ellos.
—No sé vosotras, pero, con este monstruito en el barco, no sé cómo seguimos vivas —se mofó Sage, que le sacaba una cabeza a la sanadora.
—Tenéis la suerte de que, a pesar de que las personas me desagradan en grado sumo, a vosotras os tolero.
—Qué privilegio —respondió Raven esta vez.
—No matarnos mutuamente ni atacarnos. Me parece lógico —convino Neve con las manos en sus anchas caderas, reconduciendo la conversación.
—Regla número dos: No compartir barco —declaró Índigo un instante después—. Si tenemos que buscar ese trozo de mapa perdido, habrá que navegar mucho, pero lo haremos por separado, cada uno en su navío.
—¿En paralelo? —propuso Neve—. No creo que sea buena idea perderlos de vista, por si acaso.
Hubo un asentimiento general.
—Guardias nocturnas —añadió Sage—. Dos cada noche, cambiando turnos cada cuatro horas.
Neve asintió y, entonces, otra idea apareció en su cabeza; una que sabía que cambiaría el tono de la conversación, pero que, conociendo a sus chicas, sabía que era necesaria.
—Una última cosa: Prohibido acostarse con nadie de su tripulación.
Todas la miraron atónitas, aunque intentando mantener una expresión serena. Sage y Hazel fracasaron estrepitosamente.
—¿A qué viene eso? —dijo la artillera enarcando una ceja.
—Voy a poneros en contexto: conformaremos un grupo de hombres y mujeres que compartirán mucho tiempo en alta mar, donde se extraña, y mucho, el calor humano.
Da igual la enemistad que pueda haber entre ambas tripulaciones, el deseo carnal es más poderoso, lo he visto con mis propios ojos en numerosas ocasiones.
Además, vosotras mismas sois un buen ejemplo de ello, ya que no es raro que atraquemos en un puerto y tardéis por lo menos dos noches en volver. Nos conocemos .
—Tenemos derecho a pasárnoslo bien —se defendió Hazel con una sonrisa felina. Raven y Sage la imitaron, pero Índigo se mantuvo seria, al igual que Neve.
—Nadie dice lo contrario, pero, con esa tripulación, lo prohíbo. Ya bastante preocupada estaré con vigilar a Vasilak...
—¿Por qué no lo obligas a hacer el pacto en Cráneo Negro? —Las palabras de Índigo cambiaron por completo el tono de la conversación de nuevo.
Cráneo Negro era la ciudad donde estaba enterrado el capitán que le había dado nombre, el hombre que firmó el pacto de Nuhuria que en ese momento pendía de un hilo.
Muchos iban allí a dejar regalos y a venerar al pirata, y no solo los de su gremio, sino gente que jamás se había adentrado en el mar.
La leyenda acerca de esa histórica figura había crecido con el tiempo y se había transformado de manera imparable en los últimos trescientos años.
Neve había estado allí en varias ocasiones con sus padres y la antigua tripulación del Luz del Alba . Había visto la fascinación y la veneración por el legendario capitán.
—Es la tumba de Cráneo Negro. Es nuestro lugar más sagrado, custodiado por sacerdotes. Podrías convocarlo allí para sellar el pacto y, sean cuales sean las normas que al final incluyamos en este acuerdo, no podrá negarse.
—Y ella tampoco —añadió la espía señalando a Neve con una mano cubierta por un guante negro—, lo que puede ir en su contra, ponerla en desventaja.
—No, Raven, los pone al mismo nivel —la corrigió Índigo, dando un paso hacia delante y cerrando todavía más el círculo—.
Esa es mi propuesta. Debe realizarse en Cráneo Negro...
y con un testigo por cada parte que certifique que ese pacto es real y que, en caso de que las cosas se tuerzan, pueda aportar su testimonio.
—Lo veo bien —concedió Neve, que advirtió que Índigo soltaba una bocanada de aire, más relajada—. ¿Algo más?
—Oh, sí... —murmuró Hazel—. Vamos a dejarles bien claro que esto no hará que se salgan con la suya.
—A mi camarote, entonces. Tenemos una misiva que escribir.
Arendar se dirigió con rapidez y el corazón palpitante al camarote de su capitán, sorteando a los muchos tripulantes que trabajaban para el Indomable , aunque los únicos que se acercaban a esa estancia eran él, Barak, Garret y Nasir.
Estos dos últimos estaban todavía en la enfermería, pero parecía que el arquero se estaba recuperando de la herida. Aun así, le dejaría cicatriz.
Llamó con impaciencia a la puerta, aun sabiendo que las cosas estaban tensas en el barco y quizá no era la mejor manera de proceder..., sobre todo desde...
—Adelante.
Arendar entró y se encontró con Barak allí plantado de brazos cruzados. Barak le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo que él ignoró, pues tenía prisa por informar de la situación.
—Una carta, capitán.
Vasilak miraba el horizonte a través de los ventanales situados tras su escritorio, su larga melena negra cayendo por su espalda. Llevaba días sin cambiarse de ropa y el sudor y la sangre manchaban su otrora blanca camisa.
—¿De quién es el sello? —preguntó con sequedad.
—Creo que lo mejor será que lo veas tú mismo, Rackstorm.
Ante el tono informal, Vasilak se volvió, mostrando las grandes ojeras bajo sus ojos. Arendar apretó los labios, pues conocía el motivo que las había originado. El capitán del Indomable le quitó la misiva de las manos y tensó la mandíbula al ver el sello que la cerraba.
De color dorado y el sol asomando sobre una simple ola.
—¿De quién es? —quiso saber Barak, sin perder la seriedad que caracterizaba sus ojos negros, aunque Arendar sabía que tenía tanta curiosidad como él. Llevaba los cabellos algo alborotados, pero sus rizos, intactos, le daban un aire atractivo y varonil.
El segundo al mando volvió su mirada al capitán, que había abierto la carta y estaba leyendo lo que parecía ser un texto corto y directo, con puntos.
Y entonces Vasilak hizo algo que sorprendió a Arendar.
Se llevó el pergamino al rostro e inhaló profundamente, con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Se quedó así unos segundos, y Arendar pudo ver que los ojos se movían con brusquedad bajo los párpados, como si estuviese recordando algo.
Una vez que los volvió a abrir, una tormenta se abrió paso en los ojos dorados del capitán.
—Es de ella. Es indiscutible.
—¿Puedo preguntar cómo lo sabes?
Vasilak lo enfrentó y, aunque Arendar estaba acostumbrado a sus miradas amenazantes, esa vez vio algo más, algo mucho más oscuro y primitivo en el capitán.
En su amigo.
—Huele igual que el día que la tuve encima clavándome el cuchillo. Es de ella, no me cabe duda.
—¿Y qué quiere? —preguntó su contramaestre.
—Parece ser —la voz de Rackstorm era una mezcla de gruñido y ronroneo— que Neve O’Shea es la que busca ahora mi atención. Y responderé como se merece.