La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 7. El Núcleo
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7. El Núcleo

El Núcleo

El Luz del Alba había surcado en muchas ocasiones las costas de las islas Minhea y, aunque estas funcionasen casi como el corazón del archipiélago de Bhyeria, lo cierto es que tan solo alguien desesperado se aventuraría a pisar esas tierras, a visitar a quien regía El Núcleo, la isla central.

Irónicamente, ese era el destino del navío que en ese momento transitaba por el pequeño archipiélago entre las dos islas del sur. Una espesa niebla cubría la zona, por lo que navegar con precaución era vital. Neve, al timón, mantenía todos sus sentidos alerta.

Anclaron el barco cerca de la costa de la isla central y las cinco se dirigieron a tierra en un solo bote.

Esta vez no necesitarían la vigilancia de las sirenas, pues ni siquiera ellas se atrevían a cruzar aquellas aguas.

Se rumoreaba que eran tan antiguas que lo que habitaba bajo su superficie estaba sacado de las peores pesadillas.

Hacía muchos años, Neve se había acercado a esas costas a nado. Justo en el punto en que el muro de niebla comenzaba en la superficie, bajo el agua todo adquirió un matiz oscuro y antiguo.

Milenario.

Neve salió despavorida y volvió al barco junto a sus padres, aún vivos entonces.

El Núcleo era un islote desnudo. Ni animales ni plantas lo habitaban, tan solo arena grisácea cubierta por esa escalofriante bruma que parecía viva.

Bajaron a tierra firme con antorchas para intentar iluminar el camino pedregoso que llevaba hacia lo único que había allí: una campanita levitando en la nada.

Cuando Neve se detuvo, todas la imitaron. La capitana escrutó los alrededores y respiró hondo.

—Quedaos aquí —ordenó.

Rompió la formación y, acercándose a la campana, la observó durante un instante. Volvió a invadirla esa extraña sensación que había experimentado años antes.

Sin darse tiempo a pensar, asió la cuerda y tañó la campana.

Llamó tres veces, como la última vez, y cada tañido le estremeció los huesos.

Cuando el último tintineo se disipó, volvió con las chicas y aguardaron.

Durante unos segundos no pasó nada, pero, de pronto, la temperatura pareció descender varios grados.

Las chicas se apretaron unas contra otras llevándose la mano a las espadas, mientras que Neve, con la vista al frente, mantuvo la calma y esperó su aparición.

Porque ese frío repentino era señal de que ella estaba allí.

—No estamos solas —advirtió Índigo en un susurro apenas audible.

— Habéis crecido desde la última vez que estuvisteis aquí.

La voz no solo le llegó a Neve, pues, por la reacción de las demás, quedó claro que también la habían oído.

—Está aquí —murmuró Sage agitada.

— Todavía no. Guarda tus balas para otro momento, artillera.

—¿Vas a mostrarte? —preguntó la capitana, escrutando el lugar, viendo por dónde podría aparecer.

— Te estaba esperando, Neve O’Shea.

—Me extrañaría que dijeras lo contrario —respondió la susodicha—. No soy de las que desafían lo que ya está escrito.

— Odio las mentiras, sirena.

Sage, Hazel, Raven e Índigo rompieron la formación en círculo y se plantaron a cada lado de Neve, creando una línea perfecta, listas para proteger a su capitana.

Apareció entre la neblina, con el mismo atuendo de la última vez. En aquella ocasión, Neve se había horrorizado, pero en ese momento estaba más preparada.

Nunca había visto el rostro del Oráculo.

Junto con el vestido negro de tela sencilla que caía por el suelo en una cola bella y estremecedora, sobre su cabeza caía un velo que le llegaba hasta el pecho, y sus manos, la única parte visible de su piel, eran de color dorado, como si las hubiesen cubierto con pintura pesada y brillante.

En contraste, sus uñas, largas y negras, se asemejaban más a garras.

— No perdamos más tiempo.

—En eso estamos de acuerdo.

Una vetusta risa acompañó a una sola palabra.

— Pasad.

Pero no fueron a ningún lugar, sino que todo a su alrededor cambió, como por arte de magia. La isla se transformó en una sala de estar, con una chimenea encendida, una mesa redonda grande y el Oráculo sentada a ella.

Incluso debajo del velo, Neve pudo ver la sonrisa espeluznante que le disfrazaba los labios.

— Sentaos. Estaremos aquí un buen rato.

—Qué bien —murmuró Índigo con ironía.

Las cinco obedecieron, Neve instalada en el centro. Sobre la mesa redonda tan solo había una varita de incienso encendida que dejaba un leve aroma, varias cartas de tarot que desde su posición la capitana no pudo identificar y un mortero que desprendía un fuerte olor a hierbas.

— He visto que al fin has tenido tu reencuentro con Rackstorm. Espero que haya ido bien.

—¿Os podéis creer el humor de esta tía? —soltó Sage, incrédula.

—Sage, por favor —le advirtió Hazel, disculpándose por la artillera.

—Anoche su arquero casi me abrasa el brazo. Al final solo fue una pequeña quemadura sin importancia.

— Y tú casi acabaste con su vida hace un lustro. Podría decirse que estáis en paz.

—Tenía mis motivos.

— Lo sé. Los conozco muy bien.

Ninguna se atrevió a romper el silencio. Neve se mantuvo impasible.

— Cuéntame, ¿qué te trae por mis tierras, O’Shea?

«Al grano».

—He percibido un cambio. —Notó los ojos de sus compañeras sobre ella, pues ya sabían lo que iba a decir—. El océano no se siente igual, ni tampoco la tierra.

— Eso se debe al Comité de tus padres.

—Ese Comité Pirata desapareció cuando Graves atacó mi barco y les arrebató la vida.

Los tres días posteriores a la muerte de sus padres, Neve, que entonces tenía dieciséis años, escribió a los cuatro capitanes que quedaban vivos.

Estos respondieron consternados ante la noticia de que Graves había roto el pacto del Comité, y anunciaron que aceptaban la reunión que había convocado la muchacha.

Días después, con Índigo, Hazel, Sage y Raven ya en su tripulación, Neve se dirigió con ellas a ese encuentro.

Las nuevas tripulantes se mantuvieron al margen y observaron la situación sabiendo que, en ese momento, no había vuelta atrás. Una vez que entras en la vida pirata, no hay forma de salir de ella.

— Sé lo que pasó, Neve. Lo que está pasando y lo que pasará. Lo que puede que pase. Lo que puede que pase si no pasa lo que debe pasar. Quiero que tú me expliques lo que pasó hace dos noches.

—Uno de mis hombres de confianza me dijo que habían secuestrado a un grupo muy grande de niños con la intención de venderlos como esclavos en el norte. Fui en su rescate, con la mala suerte o casualidad de que ya había piratas allí.

»Nos enfrentamos a ellos pensando que serían los contrabandistas, pero el último pirata con el que luché me dijo que había ido a rescatar a los críos porque había oído que yo era la que tenía intenciones poco civilizadas con ellos.

— Prosigue.

—Nos tendieron una trampa —gruñó con rabia al darse cuenta de pronto de que sus sospechas eran ciertas—. No solo a mí, sino también a Rackstorm.

— Es un hombre muy inteligente y audaz. Sabe jugar muy bien sus cartas y, ahora mismo, lo está haciendo .

—¿Qué quieres decir con que juega bien sus cartas? —instó Hazel, inclinándose hacia delante.

— No tires piedras sobre tu propio tejado. No es bueno.

La chica palideció ante el comentario del Oráculo e hizo algo inaudito en ella: retroceder.

Estaba claro que el resto de las chicas, incluida ella misma, no habían oído todo el mensaje.

Algo había sido ocultado por el ente. A veces Neve olvidaba que lo que tenían delante no era humano . Tampoco quería saber qué era.

—Ahora que ya has dejado descompuesta a mi experta en venenos, volvamos al asunto que nos atañe.

—Neve se inclinó hacia delante apoyando los codos sobre la mesa, que se meció bajo el peso de la chica—.

Por un lado, hicieron creer a los aliados de Rackstorm, él incluido, que yo era quien estaba tras la venta de esos críos, porque sabían que aprovecharían la oportunidad para vengarse de mí.

Por otro lado, se las ingeniaron para que yo también acudiese a salvar a esos niños, con el fin de que nos encontrásemos y lucháramos.

En conclusión, si ninguno de nosotros dos, ambos los únicos con poder suficiente para saber lo que pasa en el mar, organizó el ataque contra el otro, significa que lo hizo una tercera persona.

— Chica lista.

Todas se miraron entre sí ante la confirmación del Oráculo.

Les habían tendido una trampa.

—¿Se te ocurre quién ha podido ser? —preguntó Índigo al ver que Neve procesaba las palabras del misterioso ser.

— Yo sé quién es. Curioso que lo preguntes tú de entre todas, princesa.

—¿A qué viene eso? —exigió saber Neve.

— Necesitarás aliados, O’Shea, pues en el horizonte los enemigos se acercan. Harker Rout se acerca.

Esta vez las miradas se concentraron en Índigo, pero Neve no apartó los ojos del Oráculo, pues sabía la expresión que tendría su mano derecha. Curiosidad y, al mismo tiempo, terror.

—El rey del Continente Oeste se está moviendo; descriptivo pero limitado.

— Haré que conectes todos los puntos, O’Shea. Eres sabia y muy avispada, pero en ocasiones se te escapan cosas.

—Es él quien nos tendió la trampa —murmuró Neve siguiéndole el juego al Oráculo. Aunque, en realidad, las reglas y la partida las controlaba el ser que se ocultaba bajo aquel velo negro.

—¿Sabrá que estás aquí? —declaró Raven mirando a Índigo.

Esta apretó la mandíbula y negó con la cabeza.

—Y aunque lo supiese, tiene más herederos por los que preocuparse.

—Rackstorm y yo somos los únicos líderes piratas que quedan en estas costas —dijo Neve interviniendo en la conversación, consciente de que ese tema era delicado para Índigo, aunque las demás también lo sabían—.

Los otros miembros del Comité Pirata desaparecieron tras el asesinato del resto de los líderes.

Él y yo somos lo único que queda de ese pasado utópico, lo que significa...

—hizo una pausa, luchando contra el pequeño nudo que empezaba a crecer en su garganta, un hecho poco habitual en ella y que solo sucedía cuando se veía en un gran apuro— que Vasilak y yo tenemos un enemigo común.