La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 6. Maldita #2
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6. Maldita #2

—Soy la capitana de este barco, Neve. ¿Cómo te llamas?

La chiquilla, rubia de ojos azules, la miró con recelo y, titubeando, murmuró:

—Lily. Me llamo Lily.

—Lily. Como la flor, ¿verdad? Las flores merecen estar en tierra, no en un barco en alta mar. Y merecen crecer en el campo, con el sol, la lluvia y la tierra.

La niña asintió mientras se abrazaba al sencillo camisón que llevaba.

—Aunque estéis en tierra, hasta el fin de vuestros días estaréis bajo la protección del Luz del Alba .

Si alguien os hace daño, a ti o a los demás —Neve se giró para mirarlos a todos, que ya habían formado una fila perfecta, Índigo al final mirando con intensidad y orgullo a su capitana—, lo sabré.

Y cuando me enfado, doy mucho miedo, ¿sabes?

»Así que no temáis. Estáis a salvo.

La pequeña la miró asustada, pero en aquellos ojos había cierta curiosidad y un toque de fascinación. Neve le ofreció una sonrisa dulce, algo que no hacía a menudo y que se ganó la perpleja mirada de sus compañeras. Lily sonrió con esa inocencia que solo los niños tienen.

Y se pusieron en marcha.

Repartieron a los chiquillos en cuatro botes que esperaban amarrados junto al barco.

Índigo guio el primero hacia la playa, donde emprenderían el viaje hacia el hogar de Hester; Sage y Hazel la seguían en los dos siguientes botes.

Raven cerraría la marcha con el último. Antes de bajar al bote, anunció:

—Ya he contactado con ella. Toca esperar respuesta.

Neve asintió y, mostrando una mueca, dijo:

—Buen trabajo. Vamos a tierra, Nélida y Loire ya están avisadas.

—Tendrás que compensar a esas pobres criaturas, se pasan el día vigilando nuestro navío —bromeó Raven mientras bajaba por la escalera de cuerda.

Neve sonrió y, siguiéndola, dijo:

—No te falta razón, la verdad.

—Soy Hester O’Shea y, a partir de ahora y hasta vuestra mayoría de edad, estaréis bajo mi cargo.

Os ofrezco asilo, cama y comida. A cambio, espero que me ayudéis con estas tierras que ahora también son vuestro hogar.

Este es Gus, mi compañero y guardián de nuestra casa.

Las reglas son sencillas: el desayuno es a las ocho, la comida, a las dos, el té, a las cinco y la cena, a las ocho.

Todo el mundo estará en la cama a las diez.

»Por la mañana, un tutor vendrá a daros clases y, por la tarde, atenderéis las tierras. Os iré enseñando junto con los hombres y mujeres que han venido a ayudarme estos últimos meses. Aun así, espero que seáis eficaces.

—Algunos son todavía muy pequeños, señora O’Shea —se atrevió a decir Hazel.

Neve le lanzó una mirada de advertencia, pero la anciana se le adelantó.

—No soy estúpida. Les asignaré las tareas en función de su edad. ¿Qué os pensáis?, ¿que por ser mayores somos idiotas, o qué?

Hazel negó con la cabeza, haciendo un gesto de disculpa.

—Controla mejor a tu tripulación, niña —le gruñó a Neve.

—¿Sois familia? —preguntó Lily.

—Por desgracia, sí —musitó la anciana.

—Es mi querida abuelita, pequeña Lily —escupió Neve, y la niña se apartó de Hester, que la miraba con recelo—. Y es quien se encargará de vosotros a partir de ahora.

Neve y las chicas, vigiladas por Hester, enseñaron la casa a los críos.

Por suerte, la anciana vivía en un hogar lo bastante grande para todos; de hecho, nueve de las diez habitaciones que tenía estaban vacías.

Además, de regreso al barco un rato antes, Neve había parado en Vurta para contratar porteadores que trajeran cuatro camas por habitación.

Dividieron a los niños por edad, de mayores a más pequeños.

Al anochecer estaban todos bañados y vestidos con las ropas sencillas pero limpias que les proporcionaron.

Cenaron sopa caliente con pan y, en cuanto sus cabezas tocaron las almohadas, la mayoría cayeron rendidos, aunque la capitana notó que algunos, entre ellos Kal, trataban de mantenerse despiertos y estudiaban el lugar con suspicacia.

Esa era la diferencia entre unos y otros: los mayores protegían a los pequeños y, a cambio, perdían su inocencia y la máscara de pureza con la que venían al mundo quedaba destrozada en mil pedazos.

Con el atardecer de nuevo en sus cielos, Neve había ordenado a las chicas que volvieran al barco, y en ese momento se encontraba a solas con Hester en el porche.

—¿No vas a acercarte?

Neve la miró, pero Hester tenía los ojos fijos en el camino que llevaba a los jardines que había detrás de la casa.

—Me preguntaba si me darías permiso, la verdad. La última vez que intenté dejar flores en la tumba de mi padre me fui con un tiro en la pierna. —Neve se tocó el gemelo derecho, pero esto no afligió a Hester—. Buena puntería.

—Nada de esto habría pasado si...

—No empieces, por favor te lo pido. Y no tienes derecho a increparme por no ir a su tumba. Yo decido cómo lidiar con mi luto.

—Vergüenza debería darte... —gruñó la anciana mirándola al fin; y, aunque el color avellana de los O’Shea tenía en los ojos de Neve un toque dorado, como de motas de sol, había que reconocer que los ojos de una eran un calco de los de la otra.

—Todo fue culpa de Lara. Del monstruo de tu madre.

—Ni se te ocurra, Hester. Ni por un jodido segundo pienses que puedes hablar de ella así en mi presencia, y menos cuando ella no puede defenderse del veneno de tus palabras.

—Estás maldita, niña —escupió sin parpadear, apoyada con fuerza en su bastón—. Tu madre lo estaba y tú también lo estás. Y esa maldición me quitó a mi hijo.

»Lo sedujo y lo atrajo a los mares. Lo apartó de mí. Lo...

Neve dio un paso atrás, desenvainó su espada y, de pronto, ahí estaba el filo, rozando el cuello de su abuela, a tan solo un movimiento de darle la muerte. La mujer se quedó sin aliento, paralizada y silenciada por el gesto de su nieta.

—Puede ser rápido, Hester. —La capitana hablaba con tono quedo.

Era como si hubiese salido por un instante de su cuerpo y algo primitivo e inexplicable controlase sus movimientos.

Y se dejó arrastrar por esa sensación aborigen...

, aunque no por mucho tiempo—. Puedo quitarte el sufrimiento que es tu simple existencia.

Pero no lo haré y te diré por qué: has sido tú misma la que has cavado la tumba en la que el dolor se alimenta de ti.

»Ese día tú perdiste un hijo y yo, a mis padres. Y pretendes hacerme sentir que no merezco experimentar el dolor de su pérdida; que ese dolor solo te pertenece a ti. Tu querido hijito . Pero debes saber que él fue mejor padre de lo que tú nunca pudiste ni siquiera soñar ser.

Neve le apartó la espada del cuello y oyó que Hester suspiraba aliviada, pero ni siquiera había parpadeado. De los ojos enrojecidos de la anciana brotaban abundantes lágrimas que le corrían por las mejillas. La joven no supo decir si eran de dolor o de rabia, o ambas cosas.

—Aunque no puedas soportar la idea —prosiguió la capitana—, voy a protegerte hasta tu último aliento. Porque sé que eso es lo que habría querido papá.

»Tienes esta casa y a esos niños que espero te devuelvan un poco de cordura y cariño por la gente. Ganas de vivir. Ojalá sean mejor que la compañía de un viejo perro que se merece algo más que tus rabietas.

Neve le dio la espalda, harta de la energía que esa conversación le estaba robando. Observó durante unos instantes cómo el sol tornaba de color anaranjado todo lo que había a su paso al descender y, tras respirar hondo, habló por última vez.

—No sé si nos volveremos a ver. Pero esto es lo último que te voy a decir: la Neve de antes te quería mucho, Hester.

Aunque tú nunca pudiste hacerle un hueco en tu corazón, te quería y te admiraba.

Espero que puedas hacerle hueco a alguno de esos críos y ser la abuela que sé que te hubiese gustado ser con alguien que no fuese yo.

Sin darle la oportunidad de contestar y sin molestarse en ver la expresión en el rostro de la madre de su padre, bajó por la colina para regresar a su hogar, con su siguiente destino en mente: el Oráculo de Minhea.