La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 6. Maldita
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6. Maldita

Maldita

Esta vez iría sola.

Neve salió del Luz del Alba bajo una capa para ocultarse de miradas indiscretas.

Aunque el amanecer ya las había alcanzado, la capitana fue cauta y no perdió el tiempo.

En cuanto estuvieron cerca de la costa, cogió el bote y remó hasta la playa más cercana.

No habían amarrado en ningún puerto, pues no lo necesitaban para ir a ver a la persona que tenía en mente.

Subió la colina hasta llegar a la propiedad rodeada por una gran verja de metal. Pocos lugares ponían nerviosa a Neve O’Shea, pero aquellos que removían su pasado se contaban entre ellos. Y la persona con la que se tenía que encontrar iba a revivir demasiados recuerdos.

Abrió la verja con decisión y siguió el frondoso camino hasta que la gran casa se presentó frente a ella.

Todo seguía como años atrás, aunque el blanco de las paredes amarilleaba por falta de nuevas capas de pintura, las escaleras de madera estaban maltrechas y necesitadas de reparación...; menudencias que no impedían que la persona que vivía allí se moviese con libertad.

A su izquierda, campos sembrados brillaban con nuevos cultivos, algunos recogidos, mientras que otros esperaban su turno. Detrás de la casa, a lo lejos, los acantilados recibían el incesante embate de las olas, el horizonte majestuoso e inquietante esperándolas más allá.

Sus ojos volvieron a la casa y la puerta principal se abrió con un chirrido. Un perro salió por ella, moviendo la cola entusiasmado mientras corría hacia Neve: la había reconocido. La joven sonrió al ver al animal, ya viejo.

—Hola, Gus —susurró agachándose para acariciarlo.

Lo siguiente que oyó fue un arma cargarse.

Estaba un poco harta de aquel sonido.

Al levantar la vista, la chica se encontró con la anciana de pie, apuntándola con una precisión que conocía bien.

—Da media vuelta. Ahora.

—Es un placer verte, abuela. ¿Me has echado de menos?

—Para ti, Hester —dijo la anciana con tono amenazador—. Vuelve por donde has venido antes de que te vuele los sesos para cobrar tu recompensa.

—Lo normal es que las abuelas den dinero a sus nietas, no al revés —respondió Neve con tranquilidad mientras se ponía de pie; Gus iba de una a otra sin notar la tensión entre ambas—. Además, me quieren viva. No conseguirías mucho por un cuerpo inerte.

—Mejor que nada —masculló su interlocutora entre dientes.

Dejando cualquier tono de mofa a un lado, Neve sacó su as bajo la manga.

—Ahora en serio. Iré al grano: vamos a hacernos un favor mutuo.

Hester se tomó unos segundos para responder mientras la brisa de la mañana jugueteaba con algunos mechones de su ya blanco cabello. Era algo más baja que Neve debido a la edad, pero compartían el mismo esbelto cuerpo.

—Ilumíname, rubia —musitó al fin.

—Veo que te harían falta un par de manos más en estas tierras. Podrías sacar un buen dinero con todo lo que has cultivado.

—¿Quién dice que no tengo ayuda?

—¿A estas alturas vas a intentar colármela, abuela ?

— Hester .

Neve apretó los labios y observó a la intimidante anciana, que vivía lejos del continente en el que se había criado a propósito.

Tras quedarse embarazada de su padre, tuvo que huir y buscarse una vida.

Neve había pasado parte de su juventud corriendo por esos páramos cuando no estaba en alta mar.

Pero, en ese momento, las cosas eran bien distintas a como fueron antaño.

Y Hester haría lo que fuese con tal de que se marchara.

—Necesito que te encargues de unos niños, treinta. Los he rescatado cuando iban a ser vendidos como esclavos y quiero confiártelos.

—¿Desde cuándo eres una salvadora?

—Hester, por favor —insistió Neve, dando un paso hacia delante. La mujer no bajó el arma—. Son huérfanos, los mayores no tienen más de trece años. Es evidente que necesitas ayuda para llevar estas tierras y sé que tienes espacio de sobra en esta casa para acogerlos a todos.

—¿Por qué debería hacerlo, niña? —Pocos llamarían con ese calificativo a Neve y vivirían para contarlo. Pero a Hester se lo permitió, como siempre—. Te dije hace mucho tiempo que no quería saber nada de ti ni de la tripulación que mancilló el barco de mi hijo.

—Sé que me sigues culpando de la muerte de papá.

—Pudiste haberlo salvado —había dolor en sus palabras y, esa vez, el arma sí que bajó—, pudiste haber actuado para intentar evitar aquella masacre. Pudiste...

—¿Haber muerto con ellos?

Hester no contestó, pero el silencio habló por ella.

—Te lo he dicho una y mil veces: todo fue demasiado rápido. Y la que tuvo que cargar sus cadáveres y darles un adiós digno fui yo. Yo lo viví todo y, aun así, eres tan egoísta como para pensar que no luché por salvar a mis padres por pura cobardía.

»Déjame recordarte algo, Hester O’Shea: de cobarde no tengo un pelo. Y no intentes rebatirme porque harías lo que odias por encima de todo, mentir .

»Te lo repito: tengo a treinta niños a mi cargo y he venido hasta aquí para confiártelos. Te enviaré dinero cada mes para proporcionarles comida y ropa, y para que reciban clase. Solo dales cobijo.

—Si tanto te preocupan esos críos, entrénalos para que sean tu tripulación.

—Mi tripulación está cerrada. Y ningún niño debería verse obligado a vivir una vida en alta mar. Ninguno.

—¿Acaso te sentías así cuando mi hijo cuidaba de ti? —escupió su abuela con rabia, pero ni una lágrima asomó a sus oscuros ojos.

Neve se resignó, tragándose el grito de furia que amenazaba con salir de su garganta.

Una leve brisa le inundó las fosas nasales con el familiar olor de aquel lugar, lo que provocó una avalancha de recuerdos, dulces, amargos y agridulces.

Era el precio que pagaba cada vez que visitaba a su única pariente viva. Un precio demasiado alto.

—Mensaje captado. Gracias por tu hospitalidad, abuela. Siempre es un placer verte —soltó con sarcasmo.

Se dio media vuelta sin darle opción a responder.

Tuvo que controlar el impulso de gritarle demasiadas cosas a aquella mujer desbordada por la soledad y la pena de haber perdido a su único hijo.

Pero aquel día ella no fue la única que perdió a alguien a quien quería: Neve perdió a sus padres.

A la antigua tripulación del Luz del Alba . A su familia.

Y a ella misma.

Tenía que pensar en otra alternativa, en otro lugar donde dejar a una treintena de críos a salvo de malhechores. Los orfanatos no eran una opción: había visto cómo trataban a los menores, la mirada vacía con la que estos realizaban las tareas que les mandaban. No, tal vez si...

—Tráelos.

Neve se detuvo en seco y, controlando su expresión de sorpresa, respiró hondo y se giró poco a poco bajo la oscura mirada de su abuela.

—¿Te estás quedando conmigo?

—¿Acaso estás sorda? He dicho que me los traigas. A todos.

Neve dudaba si creerla o no, pero Hester siguió hablando.

—Llevas razón. —No se movió del sitio, pero sí que apoyó la escopeta en el suelo, casi como si fuese su bastón—. Estoy ya demasiado vieja para cuidar sola estas tierras y necesito ayuda para bajar a la ciudad. Para todo. Tráelos. Yo me ocupo de ellos.

—No olvidaré esto, Hester. El primer día de cada mes recibirás la paga de cada niño.

—Llévate tu sentimentalismo a otra parte. Cómo se nota que eres hija de tu padre.

—Estaré de vuelta dentro de una hora.

Hester gruñó y, con paso lento pero firme, entró de nuevo en el caserón, seguida de un Gus algo más tranquilo. Neve asintió para sí misma y se apresuró a regresar al Luz del Alba sabiendo que iba a dejar a esas criaturas en buenas manos.

Se permitió una media sonrisa mientras descendía la colina.

—¿Ha aceptado? ¿En serio? —Raven estaba asombrada.

En realidad, todas lo estaban. Tan solo se habían encontrado con Hester una vez en el pasado. Y Neve, para variar, no había acabado muerta de milagro.

—¿Por qué te extraña tanto? Sé cómo negociar estas cosas —se defendió la chica subiendo por la escalera de cuerda del barco, el bote balanceándose debajo.

—Esa mujer te odia —declaró Índigo, situada junto a la espía.

—Como la mayor parte de la población, estoy acostumbrada. —De un salto, se plantó en cubierta.

—Hay algo que no nos estás contando —musitó Sage de brazos cruzados, apoyada en los barriles colocados en torno al palo mayor.

Neve se dirigió hacia la escotilla de acceso a las bodegas y todas la siguieron para bajar a buscar a los niños.

—La he convencido diciéndole que nos haríamos un favor mutuo. Se quedarán con ella y le enviaré una paga por cada uno de ellos. Es lo mínimo que puedo hacer.

—No le debes nada a esa mujer, capitana —recalcó Índigo, a su lado—. No ha hecho más que despreciarte y apartarte.

—Pero al menos sé que esos niños estarán en buenas manos.

Una vez en la bodega, el chirrido de la puerta levantó un coro de suspiros ahogados entre los pequeños: estaban muertos de miedo. Se apartaron de la entrada y se reagruparon, intentando protegerse.

Uno de los mayores, un chico, se puso delante de todos con el ceño fruncido.

—Parece que ya tienen un líder —susurró Hazel a su izquierda.

Era evidente que la presencia de Neve los intimidaba, así que la capitana miró a su contramaestre, a su derecha, e Índigo salió en su rescate.

—Kal, muy valiente por tu parte querer defenderlos, pero no tienes que temernos, ya te lo dije.

—Permíteme que lo dude. Sois piratas.

—¡No todas somos malas! —exclamó Sage algo indignada.

—¿Lo dice la que lleva cuatro pistolas colgando de sus caderas?

Sage cogió una, girándola en su mano, gesto que asustó aún más a los niños.

—¿A que molan?

Kal hizo una mueca de desagrado. Sage se encogió de hombros en aquel semicírculo que, inconscientemente, habían formado.

—Todos de pie y en fila de dos —ordenó con autoridad pero suavidad al mismo tiempo—. De más pequeños a más mayores. Os vamos a llevar a vuestro nuevo hogar.

Los chiquillos obedecieron algo recelosos, muchos abrazándose unos a otros.

—Por favor, no nos vendáis —susurró una de las más pequeñas.

A Neve se le encogió el corazón al oírla y se acercó despacio a ella. La cría se apartó, pero ella se agachó, apoyándose en una sola rodilla.