5. Solitud #3
Descendió a una velocidad vertiginosa y estimulante, y, una vez que la oscuridad la rodeó por completo, su visión adaptada a ese medio le permitió localizar a las criaturas que la habían llamado.
Redujo el ritmo y nadó con el grupo de ballenas, acariciando con cariño a una que había sido madre.
Percibió su felicidad por tener dos ballenatos que la seguían obedientemente.
Adoraba eso. Adoraba que los animales la reconocieran, que supieran quién era, y la consideración con que la trataban. Ya fuesen criaturas amigables o peligrosas, cuando nadaba cerca de ellas le mostraban su respeto. Eso era algo difícil de conseguir tanto en tierra como en el reino submarino.
— Hay rumores en las profundidades sobre ti.
Neve sintió que la mirada de la ballena se posaba en ella y se acercó al cetáceo, acariciándolo con suavidad.
— ¿He de preocuparme?
La ballena produjo un sonido afirmativo. Neve no se sorprendió. Entonces, sobre su cabeza, una tenue luz iluminó la superficie, prueba de que el nuevo día empezaba.
— Gracias por informarme .
La ballena emitió un sonido hermoso y alegre, y ella acarició a sus dos crías con dulzura antes de regresar. Con los ojos cerrados, percibió la calidez del sol a medida que se acercaba a la superficie y, al emerger y sentir el aire de la mañana, suspiró.
Se había alejado varias millas de su navío y nadó, veloz, para alcanzarlo. Llegó en un abrir y cerrar de ojos, y subió con una agilidad y una potencia nada humanas. Volvió a sentarse en el bauprés, empapada y todavía en su forma de sirena.
Cerrando los ojos, respiró hondo y su piel relumbró mientras absorbía la luz solar, lo que le produjo aquel hormigueo interno que despertaba cada vez que la luz la acariciaba en ese estado.
Suspiró y abrió los ojos, cogiendo uno de sus tentáculos y pasándolo por delante del cuerpo, como si se acariciase un mechón de cabello. Técnicamente, lo era.
—¿Ha ido bien el paseo acuático?
Había sentido su presencia antes de oír su voz y giró la cabeza tan veloz, tan animal, que pilló desprevenida a su espía. Habló con cuidado:
—¿Te he asustado?
—Solo me has cogido de improviso, por el gesto. Estoy más que acostumbrada a verte en esta forma, capitana.
—Ha sido productivo, el paseo acuático. —Puso los ojos en blanco, divertida—. ¿Qué manera de llamarlo es esa?
—¿Cómo lo llamarías tú, entonces? —Raven se apoyó en la base del bauprés y Neve descendió para estar frente a ella.
Una vez más, la espía del Luz del Alba constató que con esa apariencia, que a muchos les parecería monstruosa o peligrosa, Neve todavía irradiaba más liderazgo y, sobre todo, más imposición...
, como si ese cuerpo extraordinario emitiera una fuerza sobrenatural que te obligara a doblegarte.
Algo así como si fuese un alfa, aunque era evidente que ellas no eran lobos.
—Un chapuzón.
—A veces me olvido del humor que tienes.
Se hizo un corto pero intenso silencio entre ellas. La luz del amanecer iluminaba el cuerpo dorado de Neve mientras las gotas que resbalaban por su cuerpo caían sobre la madera del barco. Estaba empezando a cambiar de nuevo, y los tentáculos de su cabeza fueron lo primero en desaparecer.
—Necesito que contactes con ella.
Raven abrió los ojos, sorprendida. Dejando su pose relajada, se puso en alerta y, una vez que Neve volvió a tener piernas en vez de cola, la espía le acercó su camisa para que no estuviese desnuda.
Fue entonces cuando habló.
—¿Qué ocurre?
—Tengo la sensación de que algo va mal. Muy mal. —Cogió el resto de su ropa, tan solo vestida con su larga camisa blanca, descalza y con el pelo suelto y chorreando—. Necesito hablar con ella.
—No sé si aceptará, capitana.
—Consígueme ese sí, Raven. Te hice mi espía por algo.
—¿Qué ha pasado en ese chapuzón para que me pidas eso?
—Te lo diré una vez que me haya reunido con ella. Y no preguntes más.
Era la mejor opción. Cortar por lo sano la conversación cuando se inmiscuían demasiado. No quería dar explicaciones, no más de las indispensables.
Dejó atrás el bauprés y se dirigió al castillo de popa para prepararse para el largo día que les esperaba.
—Neve.
El tono de Raven la obligó a detenerse justo en la puerta de acceso a la estancia y se volvió despacio para quedar cara a cara; los oscuros ojos de la chica estaban tintados de lo que la joven capitana solo pudo describir como una mezcla de preocupación y comprensión.
—Estamos aquí para algo más que para cumplir órdenes. El Luz del Alba no es como los demás barcos. Tú misma nos lo dijiste.
Neve no respondió; tan solo mantuvo la mirada sobre la chica.
—Nos tienes para lo que sea. No lo olvides.
Sin más, Raven fue hacia una escotilla que llevaba al interior del barco y la dejó sola en cubierta. A veces Neve no sabía qué esperar de su tripulación. Tras una década surcando los mares juntas, aún la sorprendían, cosa que amaba y odiaba a partes iguales.
Tratando de no hacer caso del pesar que había en su interior, entró al fin en la estancia.
La luz se colaba por los ventanales y respiró hondo mientras se quitaba la prenda que llevaba puesta y se vestía con ropajes más adecuados que tenía a mano en un baúl al fondo de la habitación.
Un único pensamiento rondaba su mente: las pocas ganas que tenía de enfrentarse a la persona que la aguardaba en Vurta.
Las pocas ganas que tenía de volver a ponerse la máscara de nuevo.