5. Solitud #2
El resto de la tripulación se encontraba maniobrando el barco.
A diferencia de su enemiga, Vasilak sí contaba con una tripulación tradicional, tal vez no tan extensa como la de otros navíos piratas conocidos, pero esos hombres eran leales, trabajaban bien y, sobre todo, mantenían la boca cerrada, conscientes de lo que les pasaba a quienes decidían abrirla.
Aun así, tan solo los cuatro que lo habían acompañado a tierra merecían la confianza ciega del capitán...
, a pesar de que en algunas ocasiones pudiesen parecer de poca ayuda.
—Suéltalo, Arendar.
—Sé que quieres ir tras O’Shea, pero tal vez deberíamos plantearnos qué cojones ha pasado en la isla.
—Sabía que estaría allí —gruñó Vasilak, su mandíbula apretada, sus ojos inyectados de esa familiar sed de venganza.
Arendar negó con la cabeza y se atrevió a responder a su superior.
— Intuías que estaría allí y resulta que era cierto, estupendo, pero se ha esfumado, uno de tus hombres está herido y...
No se atrevió a nombrar lo último.
—¿Crees que me ha sido fácil elegir? —La sed de venganza en su mirada se transformó en algo que también lo acompañaba esos días. Angustia. Desesperación. Miedo .
—Dejemos tu desquite pausado durante un tiempo, Vasilak. —Arendar cambió su tono al de un compañero, al de un viejo amigo—. Vayamos a por ella ... y luego matas a Neve O’Shea.
Había estado tentado de perseguirla. En otras circunstancias, lo habría hecho.
El capitán Rackstorm había visto al Luz del Alba alejarse de Derus a una velocidad sobrehumana en dirección sur.
Pero sabía que le habría resultado imposible alcanzarlo a tiempo y más sabiendo que las sirenas estaban de su lado.
Como bien había dicho a los suyos, lo sabía todo de ese navío y de su capitana.
— Ella no está en territorio neutral —explicó mientras intentaba eliminar las oscuras escenas que se agolpaban en su cabeza.
—Mierda... —gruñó Arendar, igual de frustrado.
—Pero sé dónde la tienen.
El contramaestre y él intercambiaron una mirada silenciosa y larga. Finalmente, Vasilak respiró hondo, ya con los pensamientos claros y dejando atrás el ansia que amenazaba con salir del interior de su pecho como un lobo hambriento, sediento de la sangre de cierta capitana.
—Da la orden y pongo a los hombres en marcha, Rackstorm.
Unos ojos verdes aparecieron en su mente junto con su conocida y familiar risa.
Rememoró la calidez que sentía cada vez que estaba con ella, la paz, pero también el desasosiego que inunda a cualquiera cuando hay amor de por medio.
Recordó los paseos por la orilla del mar, su voz, que tantos años lo había acompañado. Su pena. Todo de ella.
No dudó un instante más. Vasilak asintió y el chico de cabellos blanquecinos empezó a dar órdenes a la tripulación.
Aun así, el capitán no pudo evitar acercarse a la borda y mirar el horizonte, donde el Luz del Alba se había fundido con la oscuridad una vez más.
Tras fondear el barco cerca de la costa de Argea, Raven había bajado al camarote a dormir un rato junto a las demás, dejando a la capitana sola en cubierta.
Las tenues luces que iluminaban el negro perfil de tierra revelaban que estaban frente a la capital de la isla y su destino, Vurta.
Aun así, no pisarían el puerto, ya que el camino hacia el lugar al que quería llevar a los niños no lo requería.
Sentada en el inicio del bauprés mirando las dos lunas con la cabeza apoyada en sus rodillas, hecha un ovillo, por enésima vez quedó hipnotizada por cómo la marea abrazaba su navío, su hogar.
El cielo ya no era de un azul noche y las estrellas iban desapareciendo, a la vez que un azul más claro iluminaba el horizonte.
No quedaba mucho para el amanecer, pero antes necesitaba un descanso.
Tan solo un ratito consigo misma, para aclarar sus pensamientos y prepararse para otro día que Neve sabía cómo iba a empezar, pero no cómo acabaría.
Por un instante creyó oírlos de nuevo, riendo y celebrando otra jornada terminada.
Unos sonidos que habían quedado atrapados en el pasado, más de diez años atrás.
El escalofrío vino acompañado de un sentimiento tan familiar que la hundió aún más en sí misma.
Había pasado más de una década, pero esos momentos en los que el viento parecía traer grabados los recuerdos antes de la tragedia que cargaba sobre sus hombros dolían más que una daga... , más que cientos de ellas.
Al principio, lo que más le había preocupado era que sus mejillas estuvieran siempre secas; la tristeza la abrazaba, la nostalgia la embriagaba y los recuerdos la acuchillaban, pero no lloraba. No había llorado en diez años. Ni con sus padres ni con él.
Suspirando, bajó del bauprés y empezó a desnudarse. Primero su chaqueta, luego el sencillo corsé, la larga camisa blanca, las botas y los pantalones. Por último, se deshizo la trenza y su espesa cabellera dorada se movió con el viento. Con un salto rápido y grácil se sumergió en el mar.
El agua fría que tan bien conocía su cuerpo la recibió como un ungüento calmante.
Recordaba la primera vez que se hundió en el mar como quien recuerda su primer gran amor.
Lo curioso era que el océano realmente había sido el primer gran amor de Neve O’Shea.
Su madre jamás le ocultó su habilidad, pero también le enseñó cómo esconderla.
Fueron lecciones mantenidas en el tiempo y, con tan solo siete años, la capitana recordaba la primera de todas como si fuese una regla absoluta, una ley inquebrantable.
«Que jamás te vean transformarte».
No era una imagen agradable.
Neve no adquiría su apariencia mitológica al tocar el agua, pues podía lanzarse al mar y permanecer en su forma humana, de ella dependía.
Pero, si ese otro aspecto suyo no cobraba vida, bajo el mar quedaba en desventaja, se convertía en carnaza para posibles depredadores.
Y tanto en tierra como en el mar el instinto que prevalece siempre es el de supervivencia, por lo que la mayoría de las veces que se zambullía sabía que lo más inteligente era sobrevivir.
Y bajo la superficie, cambió. Cerró los ojos, accedió a esa especie de esencia que había dentro de ella y sintió cómo su anatomía se transformaba.
En ese proceso su piel se volvía dorada y escamosa.
No era doloroso, sino placentero sentir cómo su cuerpo pasaba de humano a acuático.
Sus mechones de pelo se tornaban tentáculos de un color también dorado, como el resto; sus uñas se convertían en largas garras, y el movimiento constante de la aleta ancha y elegante del final de su cola le daba estabilidad al nadar.
Se parecía a Nélida y Loire, pero a la vez era distinta, del todo diferente.
Le llegaron las vibraciones lejanas de otras sirenas que estaban a unas millas del navío. Sintió también en las profundidades la comunicación de unas ballenas que habían advertido su presencia y compuso una afilada mueca, una sonrisa. Y, sin pensarlo dos veces, siguió el sonido.