La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 5. Solitud
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5. Solitud

Solitud

Aún quedaba para la llegada del amanecer.

Hacía largo rato que habían visto en la lejanía el perfil de las islas Minhea y en ese momento se dirigían hacia la que se encontraba más al sur del archipiélago de Bhyeria.

Índigo sabía mejor que nadie quién las esperaba allí y lo que eso significaba para su capitana, pero ninguna había dicho nada al respecto, pues comprendían que la decisión de Neve no tenía que haber sido fácil.

Además, tensa ante la posibilidad de que el Indomable las siguiera, le costó conciliar el sueño después de compartir con los niños algo de pan, queso y agua.

Los más pequeños cayeron rendidos bajo las mantas que les había entregado, mientras que los mayores aguantaron un poco más, aunque finalmente el cansancio pudo con ellos.

Cuando se disponía a salir de la bodega, advirtió que el «líder» de la cuadrilla, Kal, la vigilaba como un halcón. No había inocencia en esos ojos, solo la responsabilidad de un adolescente por actuar como un adulto, algo que la contramaestre conocía muy bien, por desgracia.

Neve se había encerrado en el castillo de popa, Raven seguía al timón, Sage estaba escribiendo en el diario de a bordo y Hazel acababa de empezar a lavar la ropa ensangrentada de la batalla, así que Índigo decidió ayudarla.

Se habían puesto ropa limpia algo más cómoda.

Había un par de cubos de agua, uno con agua caliente, que se fue enrojeciendo, para mojar la ropa antes de frotarla con fuerza con las pastillas de jabón, y otro con agua fría limpia para enjuagarla.

Luego la colgaban de una cuerda para que se secara al aire.

Le gustaba la compañía de Hazel. Si bien era cierto que a veces podía ser espeluznante, tras una década de convivencia se había acostumbrado a sus comentarios, a sus miradas y al olor a veneno que desprendía, que no es que fuese desagradable; lo peor era que a veces olía tan bien que su primera impresión engañaba.

Pero la contramaestre ya distinguía algunos de esos olores, pues la curandera le había enseñado.

Y, a cambio, Índigo le había enseñado a leer el firmamento.

No hablaron durante la hora y media que pasaron lavando la ropa, un silencio para nada incómodo. Tan solo la brisa nocturna, el vaivén del barco sobre las aguas y el rechinar de la madera las acompañaron, junto al restregar de la ropa entre sus manos.

Pero había algo que Índigo se moría por saber..., y lo preguntó.

—¿Qué ocurrió en la cueva, Hazel?

—No pude ver nada hasta que llegué —empezó a explicar esta mientras escurría una camisa de color caqui; un mechón ondulado y castaño le caía sobre el rostro—, pero sí oí un gruñido de dolor de nuestra capitana, algo poco habitual en ella. Entonces corrí y los vi allí. A los Demonios del Mar.

»Vasilak estaba en cabeza, pero ataqué al arquero. El muy hijo de puta le había lanzado una flecha en llamas a Neve. Apenas la rozó, pero tenía claro que estaba herida, de ahí el quejido.

—Siempre quiere hacer las cosas por su cuenta —murmuró Índigo, vigilando que la susodicha no estuviese cerca—. Me exaspera que... que, a pesar de habernos dado esta vida, de habernos preparado para defenderla en caso necesario, se aísle en situaciones así.

—Ya sabes lo solitaria que puede llegar a ser, Índigo —musitó Hazel, fijando sus ojos pardos en los ojos cristalinos de su amiga—. No te lo tomes como algo personal.

—Es que odio no llegar a comprenderla.

—Créeme, si hay alguien que comprende a Neve mejor que nadie, esa eres tú. Por algo te escogió como contramaestre.

—Tal vez se equivocó.

Las palabras salieron antes de que pudiera controlarlas y cerró los ojos, maldiciendo en silencio. Hazel frunció el ceño y cogió a Índigo por la barbilla, obligándola a mirarla.

—¿A qué ha venido eso?

—No quiero ponerme sentimental.

—¡Y una mierda! —exclamó Hazel—. ¿No pensarás de verdad que no sirves para el puesto?

—Siempre le llevo la contra a Neve. Parece que la enfurezco más de lo que me gustaría, pero...

—No compartís puntos de vista, y creo que eso, en parte, es tu punto fuerte.

A veces se deja llevar demasiado por la situación y se muestra demasiado fría.

Seguro que es por lo que le ha tocado vivir, pero, de alguna manera, tú la equilibras.

Y estoy segura de que no lo haces de modo consciente, lo que lo convierte en un hecho aún más fascinante y admirable.

Índigo chistó, negando, pero con una media sonrisa formándose en sus labios.

—Eres una lameculos; lo sabes, ¿verdad?

—Solo estoy intentando consolar a una amiga.

Ambas rieron por lo bajo y vieron a Sage, que subía las escaleras con el cuaderno de bitácora aferrado al pecho.

—¿Estáis aquí pasándolo bien sin mí?

—Dice que no cree que sea buena contramaestre —soltó Hazel sin más e Índigo la miró con la boca abierta.

—¡Gracias por tu discreción!

—¿Me permites, con toda la educación del mundo, que te dispare entre ceja y ceja?

La recién llegada se sentó al otro lado de Índigo, quedando la morena de ojos cristalinos en medio.

—¿Me permites recordarte que quien manda ahora mismo, estando nosotras tres, es una servidora?

—Una insolencia como ninguna otra, contramaestre —se burló Sage, sonriendo de medio lado.

—Sigo sin saber cómo puedes luchar con esas botas. ¿El tacón no te molesta?

—Al contrario; no sería la artillera que soy sin ellos. Son mi marca personal.

—Pero no le bailes el agua, Índigo —escupió Hazel—. Ya tiene el ego por las nubes.

—Ahora en serio. —Sage la cogió por los hombros, obligándola a mirarla—. Eres la mejor contramaestre que este barco podría pedir. Nos mantienes a raya, Indi.

—Ni se te ocurra llamarme así otra vez —susurró ella, manteniendo la vista en el horizonte, pues si la miraba sabía que se echaría a reír.

—Y Neve, en el fondo, lo agradece —prosiguió Sage, soltándola—. Todas somos capaces de atravesar su caparazón, pero tú eres la que lo tiene más fácil.

A Índigo se le formó un nudo en la garganta y Sage se dio cuenta. Hazel fue quien rompió el silencio.

—Una metáfora preciosa.

—A veces subestimas mis habilidades, Hazel —bromeó Sage, guiñándole un ojo—. Contadme, ¿qué tal la batalla? ¿Había muchos? Raven y yo salimos cagando leches de allí con los críos. Ojalá hubiésemos podido ayudar en algo.

—Hicisteis lo correcto. Están a salvo y es lo que importa —declaró la sanadora.

—Primero nos enfrentamos a una decena —dijo Índigo, respondiendo a la pregunta de la artillera—. Entre Hazel y yo matamos unos seis. Neve fue a por los más duros de roer.

—Mató al puto capitán. Se volvieron locos —recalcó la curandera mientras se levantaba y tiraba el agua sucia de los cubos por la borda.

—Y tú has dejado casi muerto a uno de los Demonios del Mar. Date un poco de crédito —declaró la contramaestre.

—A veces eres demasiado impulsiva, Venenos —declaró Sage, adoptando una posición pasiva sobre el suelo del navío.

Hazel levantó una mano, su cabello color castaño moviéndose con el viento a pesar de lo corto que lo llevaba. A simple vista ofrecía una imagen dulce, pero ocultaba a una mujer calculadora y muy astuta.

—¿Con qué lo atacaste? —quiso saber Sage.

—Una daga de pedernal untada de una de mis creaciones.

—¿Crees que se estará retorciendo de dolor? —inquirió la contramaestre.

Hazel sonrió con malicia mientras miraba hacia el horizonte apoyada en la toldilla, y ahí estaba, el escalofrío recorriendo el cuerpo de Índigo.

Intercambió una mirada con Sage, que arqueó las cejas, igual de impresionada.

—Te puedo asegurar que sí.

—El veneno lo va a matar —gruñó Arendar, agarrando el brazo derecho de Garret, que no paraba de retorcerse en la camilla de Nasir.

El médico del Indomable estaba concentrado en crear un antídoto mientras Vasilak permanecía de brazos cruzados junto a la puerta, observando la noche a través de una de las escotillas.

Barak, el artillero, sujetaba la cabeza del doliente con una expresión de total calma, aunque el capitán sabía que estaba tan molesto por la situación como él.

—Vale, inmovilizadlo. Esto te va a doler, Garret —le advirtió el curandero.

—¡Te juro que la mataré! Usaré sus propios venenos contra...

Nasir vertió un líquido de color cobalto sobre la herida, en constante supuración.

El fluido azul se mezcló con el pus carmesí, creando una combinación cromática violeta que por un momento brilló.

Garret respondió con un grito desgarrador, revolviéndose y obligando a Arendar y Barak a agarrarlo con más fuerza.

Vasilak se acercó con parsimonia y sujetó a su arquero por los tobillos.

—Te lo tienes merecido —soltó el capitán, aunque su mente no estaba del todo allí—. Desobedeciste órdenes.

—Técnicamente... —siseó entre dientes el desdichado, sudoroso debido a la alta fiebre que tenía—, no se puede desobedecer si no hay algo que obedecer.

—Me obedeces a mí, pedazo de cabrón —gruñó Vasilak.

—Pero no nos prohibiste... ¡AAAAAAH!

El alarido estremecedor de Garret vibró en las paredes de la enfermería. Su cabellera castaña clara, aún recogida en esas particulares trenzas que siempre llevaba, estaba empapada de sudor y se le pegaba a la piel.

—¿Podéis callaros? Estoy intentando tratar a un paciente —exclamó exasperado Nasir, sus cejas, pelirrojas como su cabello, fruncidas.

—Lancémoslo al mar. Final del asunto —soltó Barak.

—¡HIJOS DE PUTA!

—¡Se acabó! —exclamó Arendar entre dientes—. Nasir, cúralo. Garret, cierra la maldita boca antes de que te la cosa yo mismo. Barak, sujétale la jodida cabeza, y capitán... quiero hablar contigo.

Vasilak reaccionó. Pocas veces Arendar perdía los estribos, pues, de los dos, era el menos temperamental. Por lo visto, en ese momento los dos estaban igualados.

—Obedecedlo. Vamos, Arendar. Dejemos que Garret siga gritando. —El capitán lanzó una mirada rápida a Nasir, que fue el único que la captó y asintió al instante, como si dijese «Se recuperará, no te preocupes».

Seguido de su segundo, Rackstorm salió de la enfermería al caos del Indomable .