La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 4. Reencuentro #3
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4. Reencuentro #3

E Índigo, su mano derecha, lo sabía mejor que nadie.

La pirata de cabellos dorados apretó los dientes y, con un gesto de asentimiento, siguió a Hazel, que había estado escuchando la conversación y la esperaba en el acceso que llevaba al camarote.

—Sé buena con ellos, Índigo.

—Sabes que lo seré —dijo la voz familiar con ese tono de contralto tan particular detrás de ella.

Neve sonrió y, permitiéndose un quejido de dolor y una mueca, bajó con cuidado las escaleras tras Hazel. Sentía la mirada de Vasilak Rackstorm clavada en su espalda desde la oscura isla, cada vez más distante debido a la rápida navegación.

En la isla habían descubierto demasiadas cosas.

Cosas con las que tendrían que lidiar.

Pero no de inmediato.

No en ese momento.

Con el Luz del Alba rumbo a Vurta y Neve siendo atendida por Hazel, Índigo abrió la escotilla que daba acceso a las bodegas y bajó las empinadas escaleras.

Atravesó la sala donde dormían las cuatro juntas, cada una en una cama y no en la típica hamaca que solía haber en otros barcos pirata.

Una nueva escalera a la izquierda la llevó al vientre de la nave.

Entre barriles y toneles de bebida, comida y reservas, como pólvora, leña o carbón, allí estaban, sentados y acurrucados unos contra otros..., aterrorizados.

Los críos retrocedieron en cuanto ella se acercó. En otras circunstancias habría sentido una punzada de dolor en el corazón. En ese momento solo sintió pena por aquellos chiquillos.

Mantuvo las distancias, pero conservó su postura autoritaria a la vez que asertiva.

—¿Quién de vosotros quiere hablar conmigo? Sé que estáis asustados, pero os prometo que no vengo armada. —La contramaestre levantó las manos y les mostró que los pliegues donde pudiese haber habido un arma nada escondían—. Si nadie se anima, os informaré de lo que va a pasar.

—¿Nos vais a vender? —preguntó una vocecilla, pero Índigo no pudo distinguir de quién procedía.

—Por supuesto que no. Ahora estáis bajo la protección del Luz del Alba —recalcó la joven con una voz que desprendía calma; una voz que había entrenado durante diez años—. Os vamos a llevar a la isla de Argea, al sur. Allí estaréis a salvo.

—¿Cómo podemos confiar en ti?

—No podéis —declaró con total sinceridad la pirata, y el miedo pareció volver a los ojos de aquellos inocentes—. Pero os prometo que os digo la verdad.

»Me quedaré con vosotros esta noche para asegurarme de que descansáis, pero antes voy a traeros mantas, agua y comida. Llegaremos a nuestro destino poco después del amanecer, así que será mejor que durmáis un poco.

—No te entiendo.

Índigo frunció el ceño, y uno de los niños se levantó. Lo reconoció: Kal, el que había hablado en la cueva.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Seamos honestos —el chico no tendría más de trece años—: obtendríais un gran beneficio si nos vendieseis. Cada vez nacen menos niños y los marineros necesitan mano de obra barata.

—¿Cómo sabes eso? —Índigo se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Los pequeños que estaban más cerca se apartaron, aferrándose a los que había detrás.

—Es lo que decían quienes nos secuestraron —explicó el chico con dureza—: Que necesitaban mano de obra para ciertos señores del norte, que iban a pagar grandes sumas de dinero por nosotros.

A Índigo se le revolvió el estómago. Se obligó a creer que de verdad los querían comprar para trabajar y no... para ese oscuro escenario que inundó sus pensamientos.

—Nosotras no vamos a venderos a nadie. Tal vez tengáis que aportar algo allá donde os llevamos, pues nada es gratis en esta vida, pero os aseguro que seréis bien tratados.

—¿Lo juras?

—Lo juro —sentenció la contramaestre, que se levantó despacio sacudiéndose los pantalones y añadió—: Voy a buscaros algo de ropa y comida. Volveré enseguida.

Se disponía a alejarse cuando uno de los pequeños se atrevió a preguntar:

—¿Cómo te llamas?

Volviéndose con una sonrisa dulce, sincera, susurró:

—Me llamo Índigo. Y soy la contramaestre de este barco.

—¿Y cómo te convertiste en contramaestre? —preguntó Kal, su mirada curiosa pero aún reticente a confiar del todo en ella.

La ternura llenó el corazón de Índigo al pensar que, incluso después de todo lo que habían pasado, esos niños seguían manteniendo la curiosidad y cierta ingenuidad ante el mundo.

—Tras un viaje muy largo e inesperado —es lo único que respondió antes de dirigirse al fondo de las bodegas.

—Tienes unos ojos muy bonitos —susurró una de las crías que había delante, mirándola algo sonrojada.

Índigo sonrió, agradeciéndole el comentario, y fue a buscar lo que les había prometido: calor y algo con lo que llenar sus estómagos.

Rememoró los sucesos de aquel lejano día.

Y, aunque en su momento solo la desesperación la había acompañado, en aquel instante, mientras salía a cubierta para comunicar que los pequeños estaban en buenas condiciones antes de volverse a la bodega, al ver a sus compañeras trabajar a destajo en el Luz del Alba , la segunda al mando sonrió.

Una de esas sonrisas que solo se dedican a aquellas personas que realmente la merecen.