4. Reencuentro #2
Toda la tripulación, incluso las dos sirenas que observaban apoyadas en la baranda de cubierta, se tensaron ante la mención de ese nombre.
—¿Está aquí ? —quiso saber la contramaestre.
—Ya estaban allí. Es imposible que les hayan chivado nuestra posición —gimió Neve, apoyándose en la borda también—. Por otro lado, lo de los críos... Sin duda sabían que acudiríamos en su rescate de enterarnos, por lo que...
—... ha sido una trampa —concluyó Índigo, con ojos llameantes de furia.
—Rackstorm no ha conseguido lo que se proponía, aunque su arquero ha estado cerca. La flecha estaba en llamas y me ha rozado la piel. No es nada.
Sage había corrido a atender a Hazel, que, en cuanto subió al barco, se dejó caer de rodillas tratando de recuperar el aliento.
Había pasado casi dos minutos bajo el agua y, aunque estaban entrenadas para aguantar ese tiempo y mucho más, comprendía que su cuerpo pidiese oxígeno a gritos.
La artillera se había arrodillado a su lado y se había asegurado de que no estuviese herida.
Pero Neve tenía que mantener su papel de capitana. Sobre todo, en medio de una batalla imprevista y sangrienta como la que acababan de librar y de la que tenían que huir.
—¿Qué le has lanzado al arquero? —exigió saber.
Hazel la miró con sus ojos pardos y se puso de pie, respirando cada vez con más normalidad.
—Una daga envenenada —respondió sin inmutarse—. En concreto, una de pedernal. Pequeñita pero certera.
—Estás loca. —Sage sonrió a su lado, aprobando su acción.
Raven e Índigo se mantuvieron en silencio, y las sirenas, Nélida y Loire, hicieron lo mismo.
—¿Lo has matado?
—Por supuesto que no —aseguró con total calma Hazel—. Es solo un veneno que parece letal, pero no lo es. Los mantendrá en vilo lo suficiente como para que podamos escapar y urdir un plan.
—Podrías haberlo matado, Hazel. —La voz de Neve sonó dura y tajante—. Darle más razones a Vasilak para venir a por mi cabeza.
—No habría ganado nada liquidándolo —explicó tranquila Hazel—. Pero sí he conseguido algo que necesitabas: tiempo . No espero un «gracias» por tu parte, capitana, pero te acabo de salvar la vida.
—Y has enfurecido aún más al hombre que quiere acabar conmigo.
—Gracias. —Esta vez, las palabras de Hazel iban dirigidas a las sirenas—. Espero no haber sido una gran carga.
—En absoluto —dijo Nélida con voz cantarina pero, a la vez, con cierto toque espeluznante. Neve todavía se sorprendía ante la diferencia de oír sus voces en su cabeza bajo el agua y oírlas cuando salían a la superficie y se comunicaban de forma convencional con las demás.
—Lamento si mis acciones no han sido las más correctas, capitana O’Shea. Pero, y disculpa mi franqueza, estamos vivas, ¿no?
Neve aguantó la mirada de Hazel, consciente de que nada parecía perturbar a la pirata más joven de su tripulación. A veces, la curandera le daba escalofríos. Y, conociendo sus capacidades, Neve se limitó a asentir.
—Te recompensaré.
—Gracias —susurró Hazel.
—¿Rumbo? —intervino Raven, al mando del timón.
Índigo, Sage y Hazel la miraron también, esperando indicaciones.
Todas estaban cubiertas de sangre, con heridas, y, aun así, esperaban sus órdenes.
En el fondo, Neve no podía quejarse de sus compañeras de vida.
—Vamos a Vurta, al sur. No pararemos en toda la noche, así que, a vuestros puestos. —Las piratas empezaron a moverse por cubierta y Neve se giró hacia las criaturas marinas—: Nélida, Loire, ¿podéis ayudarnos desde el agua?
—Nuestras hermanas están ya bajo el casco. Cuando quieras —le contestó Nélida.
—Estaremos lejos de miradas indiscretas en menos de una hora —recalcó Loire.
Neve asintió, señal suficiente para que las dos desapareciesen en la negrura del mar. Respirando hondo, se cuadró de hombros sin hacer caso del dolor del brazo y se dispuso a visitar las bodegas.
—Voy a ver cómo...
—Yo me encargo de los críos —intervino Índigo, sus ojos como de cristal puro relumbrando incluso a la luz de las lunas menguantes—. Ve a que Hazel te cure la quemadura.
—Índigo, ve ahora mismo...
—Neve, vamos. Ya hemos tenido suficiente por hoy. Ve a que te curen, por favor .
La capitana fue a responder, pero el repentino movimiento del Luz del Alba la distrajo. El navío viró en dirección sur, hacia la isla de Argea.
Las sirenas habían cumplido su palabra: impulsaban el barco desde el agua.
Un privilegio con el que solo contaba Neve.
Sage y Hazel izaron velas, Raven pilotó la nave e Índigo y Neve permanecieron en medio de cubierta, agotadas tras tan largo día.
—¿Es una orden?
La chica de cabello negro chasqueó la lengua, exasperada.
—Es una petición. Como contramaestre y como... —Índigo no pronunció la palabra, pero Neve supo lo que iba a añadir.
«Como amiga ».
Puede que las relaciones entre esas cinco mujeres que huían de un pasado que las atormentaba en busca de un futuro en el que pudiesen disfrutar de cierta libertad, cierto dominio sobre su vida, fueran en su día meramente jerárquicas, pero eso quedaba ya lejos.
Sobre todo, tras diez años navegando hombro con hombro.
Eran más que una tripulación, pero a Neve a veces le costaba admitirlo.