La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 4. Reencuentro
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4. Reencuentro

Reencuentro

Vasilak Rackstorm la estaba apuntando con una pistola cargada.

Y Neve O’Shea sabía que estaba jodida.

Rackstorm salió de las sombras, en una posición sin duda ventajosa, deseoso de ejecutar su venganza un lustro después. Neve, alerta, no movió ni un músculo, pero bajó la mano izquierda despacio hacia la pistola que colgaba de su cadera mientras esgrimía la espada con la derecha.

Respiró hondo, sosteniéndole la mirada al capitán del Indomable , que fue el primero en romper el silencio.

—¿Sorprendida de verme aquí, capitana?

Una vez que estuvo al borde del saliente, la luz que entraba por las grietas del techo lo iluminó, y Neve hubiera podido jurar que sus ojos eran los de un gato, inyectados en un tono dorado acaso corrompido por los oscuros deseos del pirata.

Estaba sola en aquella caverna, con el hombre que le había puesto precio a su cabeza acompañado por cuatro piratas más que asomaron tras él, tres apuntándola con pistolas y el último con un arco... cargado con una flecha en llamas.

—Sorprendida de que los rumores sean ciertos y sigas vivo —respondió con osadía Neve.

Tiempo. Necesitaba darles tiempo a las demás. Y su perspicacia a la hora de lidiar con enemigos era un arma que tendría que usar en ese instante.

—He de admitir que, al ver tu barco en el horizonte, por un momento he creído que era una alucinación. Os habéis ocultado muy bien durante estos cinco años. ¿Acaso temíais lo que pudiese pasar?

—Supe de tu supervivencia hace cuatro años exactos, así que tus matemáticas andan erradas, capitán Rackstorm.

—Cuida tus palabras —la amenazó un pirata de cabello blanco y ojos azules situado a la derecha del capitán. No debía de ser mucho mayor que su líder, y sujetaba la pistola con una firmeza que le hizo saber a Neve que, si le disparaba, no fallaría.

En absoluto.

—¿Dónde están tus queridas compañeras? —Hablaba de nuevo el capitán del Indomable —. Es raro encontrarte sin tus cuatro camaradas.

—¿Qué puedo decir? —Neve se encogió de hombros, fingiendo tranquilidad—. Son mucho mejor compañía que la de cualquier hombre promedio. Solo pensáis en tres cosas: el alcohol, la batalla y vuestro rabo.

Pocos sabían que esa noche la capitana del Luz del Alba estaría en Nahulla, ni siquiera ella misma lo había sabido hasta pocas horas antes.

Por lo tanto, las sospechas de que había sido traicionada carecían de fundamento, incluso teniendo en cuenta que Vasilak poseía una red de contactos que se extendía por todo el archipiélago solo igualada por la suya propia.

Descartaba a Fergus. Se fiaba de él y, además, la había advertido de que podía encontrarse con barcos enemigos por el camino... Aunque se olvidó de mencionarle que uno de ellos podría ser el Indomable y que su mismísimo capitán estaría frente a ella horas después en una situación de ventaja.

Lo que sí tenía claro era que Rackstorm no era un hombre que se preocupase por niños, estaba allí por otro motivo...

Si las aguas lo habían informado de que ella estaría en la caverna, tenía sentido que decidiera aprovechar esa oportunidad única, pues Neve había logrado esquivarlo durante cuatro años.

Un leve movimiento del capitán la sacó de sus pensamientos a pesar de que no había apartado la vista de sus rivales ni un instante.

—Voy a disfrutar oyéndote gritar, Neve O’Shea —escupió con ira Vasilak.

Los cuatro hombres rieron y ella también, lo que los desconcertó y cortó en seco sus risas. Suspirando, hizo un gesto con la mano, señalándolos.

—¿Veis? Pensando con el pito. —Chistó con la lengua varias veces, negando con la cabeza—. Mal, capitán. Mal.

—¡Se acabó!

Aquellas palabras no salieron de la boca de Rackstorm, sino del hombre que tenía a su izquierda, que disparó la flecha de fuego.

Sin mucho tiempo de reacción, Neve se echó hacia atrás, pero no fue lo bastante rápida y las llamas le alcanzaron el brazo.

Gritó de dolor al sentir cómo le abrasaban la piel.

La flecha rebotó contra la pared de piedra cuando ella, veloz, la desvió tras el impacto.

Sintió el deseo de llevarse la mano al brazo derecho, que ardía por la herida, pero fueron unas manos sujetándola lo que hizo que se girase para ver quién era.

El familiar olor a alcohol y especias fue revelador.

Hazel estaba fulminando con la mirada al hombre del arco, de larga cabellera y varias gruesas trenzas, que cargaba ya la siguiente flecha mientras Vasilak lo reprendía por haber actuado sin orden previa de su capitán.

A pesar del dolor, Neve no pudo evitar que una sonrisa torcida le asomara a los labios al ver que el arquero volvía a tener lista su arma. Era jodidamente rápido.

Pero Hazel lo fue mucho más. Siempre lo era.

—No toques a mi capitana.

Algo salió disparado de su mano derecha en dirección a sus enemigos. Las palabras fueron seguidas de inmediato por un grito de dolor del arquero, que cayó de rodillas al suelo. La daga de Hazel había cortado el aire tan veloz que diríase que había sido un espejismo.

—¡Capitán, debemos responder! —exclamó el chico de cabellos blancos.

Descolocado por el ataque, Vasilak pasó su mirada de ella a su compañero herido varias veces, tratando de decidir qué hacer.

Y esos segundos fueron el tiempo que Neve necesitaba, pues oyó la llamada del agua bajo aquella laguna que conectaba con el mar.

Hizo una señal a su curandera que bastó para que esta comprendiera la situación.

Echaron a correr, tomaron aire y, con una agilidad asombrosa, se zambulleron en el agua.

Bajo la superficie, Nélida la esperaba junto a Loire.

— Cambia —le dijo Nélida en su cabeza a Neve.

Esta negó.

— Sacadnos de aquí. Vamos —le ordenó a la sirena.

Nélida asió a Hazel y desapareció por el túnel. Neve sintió cómo Loire la sujetaba y las seguía. Cerró los ojos y se dejó arrastrar a una velocidad vertiginosa por las oscuras aguas, lejos de la isla.

—¡NO! —gritó colérico.

Vasilak Rackstorm vio cómo, por segunda vez, Neve O’Shea se le escapaba de las manos.

Sin pararse a pensar, calculó la distancia, avanzó rápidamente y, mientras oía la reprimenda de su contramaestre, que se había percatado al instante de las intenciones de su capitán, saltó a la laguna.

Sin embargo, bajo la superficie no halló más que oscuridad; las dos piratas habían desaparecido sin dejar rastro.

A pesar del dolor que el agua salada provocaba en sus dorados ojos, permaneció unos segundos allí, mirando hacia la negrura que se abría frente a él, y percibió el leve tirón de la corriente que lo arrastraba.

Era un acceso directo a mar abierto y no le hizo falta romperse la cabeza para saber qué las había sacado de allí.

«Siempre jugando sucio, O’Shea», se dijo.

Soltó un burbujeante gruñido de rabia bajo el agua helada y emergió de nuevo en la caverna.

Salió de la laguna chorreando, con la camisa pegada al cuerpo y el largo y oscuro cabello cayéndole por la espalda.

Escaló las piedras con una facilidad que habría sorprendido a muchos y, cuando estuvo otra vez junto a los cuatro miembros de su tripulación, vio al arquero tendido en el suelo, retorciéndose de dolor.

El contramaestre lo sujetaba por los hombros: acababa de extraerle del abdomen la daga de Hazel.

—Levántate. Has sufrido heridas más graves y no te has quejado tanto —fue lo primero que soltó y, con un gesto de cabeza seco, se dirigió a otro de sus hombres, de cabello del color de un atardecer—. Cúralo, Nasir.

Este miró a Rackstorm y después al herido.

—No tengo el instrumental adecuado, capitán. Tenemos que llevarlo al barco si se trata de veneno.

—Entonces cargadlo entre todos y volvamos antes de que se escape . —Escupió las últimas palabras, con la intención de no perder tiempo y regresar a toda prisa al Indomable .

—Ya se ha escapado —se atrevió a replicar el contramaestre a sus espaldas—. Hay que curar a Garret.

—Aquí las órdenes las doy yo, Arendar. —Vasilak se giró, y todos vieron que sus ojos parecían estar tintados de sangre—. Que te quede bien claro.

El contramaestre miró a su capitán con sus cristalinos ojos azules, consternado, y se inclinó para examinar la herida del arquero. Maldijo en un murmullo y declaró:

—Está envenenada, Rackstorm.

—Por supuesto que está envenenada —espetó este, dejando la caverna atrás, empapado y rabioso—. Era su curandera, una experta en venenos.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Barak, su tercero al mando, guardando las dos pistolas de doble carga en sus fundas, una en cada cadera.

El capitán detuvo sus pasos y los cuatro hombres que lo habían acompañado hasta allí, que lo habían acompañado siempre, escucharon con atención.

—Yo, sobre el Luz del Alba —gruñó sin girarse del todo hacia los suyos—, lo sé todo .

Salieron a la superficie lo que pareció un milenio después. Sin demora, Nélida y Loire las llevaron hacia la escalera que Índigo ya estaba soltando desde arriba.

A Neve le dio un vuelco el corazón al verse el brazo herido, pero, a pesar de la quemadura, pronto estaría repuesta.

—¡Daos prisa! —las apremió la contramaestre, sus ojos fijos en la negrura de la isla.

Y con motivo.

Hazel había estado tosiendo desde que emergieron en un intento de llenarse los pulmones de aire; su pelo alocado se le pegaba a la sien, tapando parte de su visión, molestándola.

La curandera subió primero, seguida por Neve.

—Tenemos que salir de aquí ya —exclamó la capitana en cuanto sus pies tocaron cubierta, clavando su mirada en Nahulla, donde todavía se podían oír los gritos del combate—. ¿Los críos?

—En las bodegas —le aseguró Índigo, manteniendo cierta distancia con Neve.

—¿Habéis matado a todos los piratas?

—Algunos desangrados y otros degollados, sí. No han conseguido sobrevivir a nuestras espadas. —Esta vez habló Raven, que empezó a subir a la timonera.

Neve asintió, intentando mantener la calma. Índigo se dio cuenta y advirtió también la herida que su capitana tenía en el brazo.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó alarmada.

—Vasilak Rackstorm es lo que ha pasado.