3. Bajo la superficie #3
No cayó en la trampa; si hablaba, perdería energía, se distraería.
Debía mantener la concentración y, reuniendo parte de su fuerza, lanzó un grito desde lo más profundo de su pecho para impulsarse.
Sentía los latidos de su corazón en los oídos y su respiración cada vez más agitada, viendo como el otro pirata estaba en su misma situación.
El sudor les chorreaba de la frente y, presintiendo una arremetida directa del otro, Neve se anticipó y le golpeó los jarretes, haciendo que cayese de rodillas.
Con rapidez, le cogió la cabeza y le rajó la garganta de un corte certero.
Su cuerpo se desplomó como un peso muerto, nunca mejor dicho.
—¡Tenemos que darnos prisa en volver! —gritó Índigo, que había sacado su segunda espada y luchaba con dos hombres a la vez. De todas ellas, la contramaestre era la que mejor luchaba contra más de uno.
Hazel se levantó tras acabar con otro pirata y, cuando sus ojos se encontraron con los de Neve, los abrió con alarma y señaló a su espalda.
—¡Neve, por detrás!
Se volvió para ver cómo el siguiente contrincante llegaba, por lo que no perdió más tiempo y se lanzó a la batalla.
Era bueno. Usaba una espada larga y otra corta con gran habilidad, lo que hizo que la capitana se plantease alargar la mano hacia la bota en la que escondía una daga.
Decidió no cogerla y, entre gruñidos y suspiros debido al esfuerzo y los continuos choques, continuaron la pelea con un único fin: matar al otro.
En un descuido del pirata, Neve aprovechó la ventaja para girar su espada, cubriendo la hoja con la mano; sintió cómo esta le cortaba la palma, pero era necesario.
Le golpeó la nariz al hombre con el mango del arma, y este echó la cabeza hacia atrás y se llevó la mano a la nariz rota, que sangraba profusamente.
La capitana del Luz del Alba volvió a coger su espada de forma correcta. Debía ser cuidadosa para no mostrar todas sus tácticas. Era entretenido luchar contra ellos, puesto que sus habilidades eran mediocres, pero Neve necesitaba respuestas.
Y las necesitaba ya .
—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas —declaró de pronto mientras lo rodeaba—.
Me dices quién os ha ordenado secuestrar a los críos y yo me encargo de que se pudra en el fondo del mar, o te lo sonsaco, te mato y te pudres tú también con él en las profundidades.
He oído que ciertas criaturas que rondan por los fondos marinos están mueeertas de hambre.
La única respuesta que obtuvo de su enemigo fue una risa seca y el espeluznante aspecto de sus ojos, tan inyectados en sangre que esta parecía mezclarse con el marrón del iris.
—Neve O’Shea en persona... —El hombre escupió más sangre, mostrando su dentadura podrida y teñida de rojo en una sonrisa—. ¿Creías que podrías ocultar a esos críos mucho tiempo?
—No me vengas con...
—No vas a llevártelos. —Una amenaza—. Nos han dicho lo que quieres hacer con ellos y no lo conseguirás .
—¿Te refieres a rescatarlos y alejarlos de las garras de monstruos como vosotros?
—Neve O’Shea, damas y caballeros, siempre autoproclamándose la salvadora de los pobres, cuando solo es una mentirosa y una manipuladora compulsiva.
Estaba harta de todo aquello. Con un movimiento rápido, Neve se lanzó contra él, desarmándolo y derribándolo, por lo que ambos cayeron contra la escarpada superficie.
No hizo caso del dolor del golpe y, tras un forcejeo, inmovilizó al pirata en el suelo con una mano mientras con la otra le ponía el filo de la espada en el cuello.
—¿Para quién trabajáis? —bufó, sus ojos dorados como un amanecer brillando con pura malicia.
—Lo sabes muy bien, ¿no? —respondió él, provocándola.
Tenía sus sospechas. Y no le gustaba nada pensar que tenía razón.
—Nos han contado lo que ibas a hacer con ellos, hija de la gran puta —volvió a gruñir él.
Neve estaba cabreada, asqueada y confundida. Muy confundida.
—Yo he venido a rescatar a esos críos, ¡desgraciado! —gruñó entre dientes—. ¿Quién os ha...?
—¡Neve, por detrás! —oyó que la avisaba Hazel.
Aún sujetando al hombre, hizo lo más inteligente.
Era él o ella.
Hizo acopio de fuerza y giró sobre sí misma para hacer frente a la corta pero afilada espada de quien pretendía matarla por la espalda.
El hombre que aún sujetaba y al que había arrastrado en su giro se convirtió en su escudo y la hoja le atravesó el pecho de parte a parte. Murió exhalando un último quejido ahogado.
La mezcla de olores era nauseabunda. Sangre, aliento a alcohol y un tufo a sudor de días y días sin asearse.
Esforzándose por ignorar ese hedor, soltó al fiambre para provocar una distracción:
—¡Tranquilo! —le dijo a su víctima—. Estoy ayudándote a cumplir vuestro papel en la sociedad: protegernos de cualquier peligro —canturreó la capitana, para luego rodar por el suelo y apartarse del cadáver.
Durante un segundo, su atacante quedó descolocado al darse cuenta de que había matado a su propio compañero, pero enseguida se recuperó y soltó un berrido que resonó por toda la cueva, haciendo que la pelea se interrumpiese un momento.
—¡Ha matado al capitán! —exclamó otro.
Pero Neve no prestaba atención a otra cosa que al hombre que se acercaba a ella con paso lento pero decidido y que sacó su pistola, quitó el seguro y la apuntó con una habilidad que la consternó, pues por ese solo movimiento supo que su puntería era buena. Incluso se atrevería a decir que certera.
Pero al final no fue ese pirata lo que hizo que Neve temiera por su vida, sino algo que debería haber previsto: el resbaladizo suelo de la cueva.
Cuando pisó en falso, no pudo detener la fuerza de la gravedad y resbaló de una forma casi estúpida.
—¡Neve! —oyó que gritaba Índigo, que no tuvo tiempo de alcanzarla.
Se precipitó por el hueco de una gran roca y trató en vano de agarrarse para evitar la caída.
Todo estaba oscuro y aterrizó en el suelo con un golpe duro, para luego rodar sobre la áspera y húmeda superficie.
Soltó un quejido de dolor, que retumbó en la cueva, y, alarmada, abrió los ojos, analizando el entorno.
A pesar de la penumbra vio que su espada había acabado varios metros a su izquierda y corrió a recogerla.
Luego se cercioró de que no había sufrido daños mayores palpándose brazos, caderas y piernas.
Tenía algunas laceraciones y magulladuras, pero se encontraba bien.
Giró sobre sí misma y miró hacia arriba, constatando que el hueco por el que se había precipitado estaba al menos a quince metros de altura. No podría escalar, por lo que asumió que no tenía más alternativa que seguir adelante.
De pronto oyó un silbido y se apartó a tiempo de evitar que una bala la atravesase.
Después le llegó la risa del pirata que le había disparado.
—No podrás huir por mucho más tiempo, O’Sh...
El sonido gutural que siguió le hizo saber que le habían cortado el cuello.
«Un problema menos», se dijo.
Pidió en muda plegaria que Sage y Raven hubiesen tenido tiempo de llevar a los niños al Luz del Alba y que Hazel e Índigo estuviesen a salvo. De no ser así...
Evitó tal pensamiento.
Respiró hondo y cerró los ojos, posando la mano izquierda en el suelo húmedo mientras con la derecha sujetaba con firmeza su espada.
Buscaba el curso del agua, su procedencia, por dónde se movía y hacia dónde iba. Sintió el tirón del agua, cómo la corriente subterránea la guiaba, y con fuerza mandó una vibración que abrió el camino hacia delante. Como si de un hilo se tratase.
Emergió al otro lado y se percató de que estaba en un pequeño pasadizo que, unos cuantos metros más adelante, desembocaba en otra cueva.
Debía de ser la principal, pues su tamaño triplicaba el de la anterior.
La luz de las lunas se colaba entre las grietas y la más grande parecía iluminar una reducida laguna a su derecha que conectaba con el mar.
Había encontrado una vía de escape que, por el oleaje, parecía susurrar su nombre, la marea ascendiendo poco a poco.
Neve sonrió y dio el primer paso.
Pero, de pronto, el sonido de varias pistolas amartillándose y de espadas saliendo de sus vainas a su alrededor la hizo pararse en seco y adoptar una posición defensiva. Cuando levantó la mirada, el corazón le dio un vuelco por la sorpresa de lo que tenía delante.
Varios hombres la apuntaban con diferentes armas, listos para atacar, desde otro acceso a la cueva que quedaba a varios metros de altura. Y, en el centro, con una sonrisa maliciosa y sedienta de sangre, él apareció frente a ella.
Ese al que se había enfrentado hacía cinco años.
Ese que había vuelto de la muerte.
El capitán Vasilak Rackstorm.